El hospital más cercano

El hospital más cercano

Conocí a Pepe y Lucero por motivos de trabajo hace unos cuántos años. De la relación profesional pasamos a la personal y ahora nos une una sincera amistad que procuramos alimentar.

Estuve tomando café en su casa como tantas veces; ese día estaban solos, los hijos ya habían salido cuándo llegué, cada uno con su plan. Quizás por eso la conversación derivó a temas más de fondo, propios de un matrimonio que procura educar a los hijos con la palabra y el ejemplo. El buen ambiente familiar que han conseguido en casa se palpa cuando están todos. Pero eso no les evita dificultades y disgustos, precisamente porque quieren que sean libres y responsables.

Lucero contó lo que le había pasado con Isabel, la mayor de las hijas. Esa tarde había tenido clases en la universidad y luego entreno con el equipo de básquet; como no habían coincidido en todo el día, decidió esperarla y, al menos, verle la cara y darle un beso. El día en el trabajo había sido pesado, les tocó limpiar a fondo unos despachos recién reformados y quería acostarse pronto. Aun así, se sentó con ella a la mesa mientras cenaba: te acompaño unos minutos y me voy enseguida que estoy muy cansada. La veía comer con ganas, el pelo mojado, la cara radiante; mientras la contemplaba orgullosa, Isabel levantó la vista y la pilló embobada: mamá – ¡ah, dime!… y arrancó una conversación íntima, pausada.

Isabel conoció a Pedro haciendo voluntariado en el comedor social de unas monjas; coincidieron varias veces y empezaron a salir. Llevan dos años de noviazgo: mamá, yo le quiero, pero hay actitudes suyas que me inquietan y no me gustaría que las mantuviera si llegamos al matrimonio. Es así desde el principio; confié que con cariño mejoraría, pero sigue igual.

El ambiente de la noche, la escucha atenta, las miradas, algún suspiro y por momentos los ojos llorosos, no consiguieron detener el tiempo. Se asustaron al ver el reloj de la pared y decidieron cortar; había que dormir si al día siguiente querían ser personas. Un abrazo intenso puso el punto final al día ¡gracias, mamá! buenas noches.

Y ¿qué ha pasado después? añadí curioso. No le he vuelto a preguntar; tiene que ser ella quien tome la iniciativa. Sabe que sus padres somos el hospital más cercano, para prevenir y para curar. Así les educamos, aunque a veces a nosotros también nos cuesta, no te vayas a pensar.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Actualizado 05/02/25

Original 23 de enero de 2022

 

Ella

Ella

Dejo el coche en el garaje con ganas de llegar a casa y relajarme; sobre todo darle un abrazo. El día en la oficina ha sido intenso y tenso. Salgo del ascensor y pienso en ella. A primera hora de la tarde me ha llamado ¿a qué hora llegarás? Querrá contarme algo, compartir una alegría o un disgusto. Me entran las prisas.

Delante de la puerta respiro hondo tres veces, hago reset y limpio la mente. Visualizo su cara, eso me llena el corazón de alegría y me ilumina la cara con una sonrisa. Me arreglo la corbata, estiro un poco la americana y entro. ¡Hola! ¡hola!… no hay respuesta. Avanzo por el pasillo, abro todas las habitaciones, no está. Noto la amenaza de tormenta, de crisis emocional ¿cómo es posible que no esté?

Entro en la cocina, la mirada se va directa a un papel pegado en la nevera, escrito con letras grandes: he salido un momento a comprar, no te quites la corbata, vuelvo enseguida ¡TE QUIERO!

Cierro los ojos, imagino el abrazo, me quedo bobo y ahí me encuentra ¡anda, míralo! ¿por qué no respondes, qué haces?  Pues … es que te estaba diciendo que … yo también ¡TE QUIERO!

16-12-19

Relato inspirado y dedicado a Ignacio y Lola, que el día 5 cumplieron veintidós años de novios. Recuerdan con todo detalle el momento, lugar y circunstancias en que se puso en marcha su calendario particular, donde también tienen remarcada la fecha de la boda y el nacimiento de cada uno de los tres hijos. No todo ha sido de color rosa, pero han sabido mantener viva la llama que aquél día encendieron; esa llama que hoy sigue chisporroteando por sus ojos cuando se miran y que calienta los abrazos cuando al final de la jornada se encuentran.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Ikea decepciona con anuncio Navidad 2018

Ikea decepciona con anuncio Navidad 2018

El anuncio de Ikea para la Navidad de 2018 no es que sea bueno, es … lo siguiente; si eres de los pocos que todavía no lo han visto, pincha aquí para verlo y luego continúas con el texto.

El sábado tuvimos comida familiar, en la sobremesa alguien lo comentó y aunque la mayoría lo conocía, fue unánime el deseo de verlo. Al acabar, emoción generalizada; algunas lágrimas habían corrido por varias mejillas. La tertulia continuó centrada en el contenido y mensaje que transmite. Hubo quien sacó el móvil, lo buscó y difundió entre sus contactos sobre la marcha, precisamente lo contrario de lo que se propone al final del vídeo. El impacto emocional mueve, dispone, pero no es suficiente; hay que aplicar el esfuerzo personal para aterrizar e incorporar las ideas que nos parecen buenas.

Está muy bien hecho, es actual, toca un tema interesantísimo y… le sobran los siete últimos segundos; ahí es donde naufraga y decepciona. Justo hasta ese momento consigue un clima que lleva al espectador a sacar un propósito, sin que se lo sugieran: la necesidad de dedicar tiempo a quienes están a tu lado, de hablar y escuchar. Pero han querido añadir dos textos que es donde tiran por tierra todo lo anterior. En uno nos dicen que las redes sociales nos perjudican (desconecta); y en el otro que la solución es prescindir temporalmente de ellas (del 24 al 1). Pues lo siento, pero me recuerdan aquellos amigos que fueron a ver el Museo del Prado y, a la salida, uno de ellos comentó: “¿os habéis fijado cuánto polvo tienen los marcos de los cuadros?”. Nada que ver el contenido con la conclusión.

Si las redes sociales nos perjudican, no me diga Vd. que las va a desconectar durante una semana; si son malas, deje de usarlas. Porque de lo contrario se parece a los supermercados cuando empezaron a cobrar las bolsas de plástico, aludiendo que así contribuían a preservar el medio ambiente; mire Vd. si las bolsas de plástico son malas, no las oferte, ni gratis ni pagando, o entenderé que Vd. quiere recaudar más dinero y se saca una excusa que entra bien. Si quiere darle vacaciones a los que llevan las redes sociales, no me diga que lo hace porque así me ayuda a tener más conversaciones en familia.

Podemos considerar si las redes sociales son perjudiciales o si lo perjudicial es el mal uso que hacemos de ellas. En ese caso vamos a encarar el problema de otra manera, porque la tecnología ha venido para quedarse. De la misma forma que distinguimos entre consumo y consumismo; al primero lo vemos como algo positivo porque resuelve necesidades de las personas y mantiene la economía, al segundo como algo negativo. Y no por eso los centros comerciales proponen cerrar durante la Navidad y así facilitarnos evitar el mal uso del dinero.

Ante el reto que nos plantean las redes sociales, tenemos cuatro alternativas como sucede con otras innovaciones que surgen de continuo: aislarnos, acoplarnos a su propuesta, combatirlas para eliminarlas o formarnos para usarlas correctamente, aprovechando lo mucho bueno que tienen. El anuncio apuesta por la primera, mi propuesta es la última.

Mi admiración por Ikea es anterior al vídeo que comentamos y de verdad que les felicito por la difusión que está teniendo, señal de que han acertado en el tema y en cómo lo tratan; pero eliminaría los mensajes escritos del final y dejaría el logo sobre la escena de la cena familiar, tan animada que ella sola transmite un mensaje tremendamente positivo: en estos días de Navidad y siempre, con redes o sin redes sociales, sepamos dedicar tiempo a escuchar y compartir con quien está a nuestro lado.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Súper rockera en plan guay

Súper rockera en plan guay

He quedado con Jorge en la puerta de la farmacia, la que hace esquina con la plaza de la Iglesia. De pie en la acera, le espero con la mirada puesta en la entrada de la calle para que me vea enseguida.

La zona se empieza a llenar con los invitados a una boda; llegan en grupo, en pareja o solos, pero hablando con su móvil que ahora es otra forma de presentarse acompañado. El desfile de trajes y vestidos se parece a una competición por llamar la atención, por conseguir el reconocimiento de los demás. Se diría que es más importante el yo que el tú y que los novios.

A mis espaldas se saludan dos grupos; ellos dan fuertes palmadas, ellas reparten besos sonoros. Y salta la exclamación: ¡tía me encanta, me encanta, me encanta! vas de súper rockera en plan guay.

Hago un esfuerzo por no girarme y a punto estoy de sucumbir a la tentación. La curiosidad por conocer el vestido y el personaje, van a partes iguales. ¡Pero, qué ganas! ¿cómo será el vestido, y ella, y la otra?

Mientras sigo pendiente de que Jorge no se me escape, lo que acabo de oír me lleva a reflexionar sobre el vacío que abunda en la sociedad, lo bajo que hemos caído y me voy deslizando por la pendiente de la crítica que no lleva a ninguna parte, salvo a la amargura de comprobar que los demás no son como yo… ¡qué lástima, ellos se lo pierden!

Y de repente un pensamiento maligno, atrevido, insolente: oye ¿tú serías capaz de ponerte ese atuendo? ¡qué dices! Yo no me visto así jamás, vaya ridículo. O sea ¿no estás dispuesto a salir de tus esquemas? ¡Pues no, hasta ahí podemos llegar!

En esto llega Jorge, ya en el coche le cuento lo que bulle en mi interior. Él no le da la misma importancia, tiene un enfoque distinto; me dice que no está de acuerdo en el postureo y la falta de contenido con el que se comportan algunas personas. Pero que, si no somos capaces de salir de nuestro yo y llegarnos al otro con el sano propósito de comprenderlo, nunca le podremos ayudar.

Le miro con cara de sorpresa: lo que me quieres decir es que sin dejar de ser quien soy, he de dar entrada en mi mundo a quienes no son como yo; que tengo que hacer el esfuerzo de escucharles y entenderles, aunque estemos en las antípodas.

Tú lo has dicho, por ahí vas bien.

Vaya con la súper rockera en plan guay, la que me ha liado; intentaré hacer caso a Jorge.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

De poca inteligencia

De poca inteligencia

Pues le pasa como a mí,  que soy un hombre de poca inteligencia, me dijo Pedro en medio de la conversación. Habíamos quedado una tarde de este verano para ponernos al corriente. Después de un buen rato de contarnos las últimas novedades y no recuerdo bien a santo de qué, me soltó la frase. Me sorprendió porque lo tengo por persona sensata y prudente, bien formada y con criterio. Como me conoce bien y sabe de mi tendencia a la seriedad, intuí que había un doble sentido en aquella sentencia, así que frené mi impulso a ponerme trascendente y opté por no interrumpirle para decírselo en ese momento; puse cara de asombro, le miré con afecto, respeté su turno de palabra y continuó hablando.

Resulta que a finales de curso había estado con Begoña, su mujer, en una reunión del colegio para los padres de la clase de su hija Yolanda, la 3ª de los cuatro que tienen. A la salida se quedaron en la puerta con otros dos matrimonios, comentando el contenido de la reunión; la crítica se hizo presente enseguida, esta vez a cuenta de una profesora con la que no hay quien pueda. “Si es que eso es como todo” dijo otra de las madres allí presente, a modo de conclusión; y para corroborarlo pasaron a la política, la economía, el deporte… y se quedaron tan a gusto después de un buen repaso a tirios y troyanos. “¡Uy qué tarde se nos ha hecho!”, se despidieron y cada uno marchó por su lado. Por el camino Begoña le comentó que no le gustaba el tono de la conversación que habían tenido, demasiado hablar de los defectos de los demás, aunque no le dio mayor importancia.

En casa, entre los dos acostaron a los niños, recogieron la mesa, prepararon los desayunos y aún sacaron un rato para quedarse a solas contándose las incidencias del día. Mientras ella se preparaba para acostarse, Pedro siguió con el libro que tiene empezado, a ver si le llegaba el sueño. Había pasado dos o tres páginas cuándo se encontró un párrafo que le impactó: “Algunos creen que descubrir defectos es señal cierta de sabiduría, pero nada requiere tan poca inteligencia” (El poder oculto de la amabilidad, de Lawrence G. Lovasik).

Lo dejó ahí, cerró el libro y reflexionó sobre lo hablado en la puerta del colegio; una vez más se había dejado llevar por la crítica fácil que presume de saberlo todo. Fue en busca de Begoña: ¿recuerdas lo que me has comentado sobre el tono de la conversación? Bajó los ojos, le tomó las manos y con tono de arrepentimiento le confesó: pues has de saber que estás casada con un hombre de poca inteligencia.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader