Tonos y Pili

Tonos y Pili

Jorge es un tipo de saber polifacético que lo vierte con suavidad en las conversaciones pausadas. Coincidimos todas las semanas en la reunión del Patronato de una labor social y esperamos con inquietud el momento informal de la comida, una vez resueltos los puntos que el orden del día marca para avanzar en la misión que se nos ha encomendado. Es la oportunidad de compartir novedades, de ponernos al corriente de los derroteros por los que transitamos, tan ricos y variados como la paleta multicolor del artista pintor. Y de ese abanico temático deriva el enriquecimiento de la conversación que hilvana el primer plato con el segundo y el postre con el café hasta que el tiempo se agota y cuesta despedirse porque no encontramos el momento para el punto final.

En una de las últimas ocasiones antes de las vacaciones de Navidad, escuchábamos con interés su actividad en el campo de la moda, tanto desde la docencia en la Universidad como en el asesoramiento de una marca de ropa en expansión. Hablaba de tendencias, de colores, de texturas, de combinaciones; hablaba sobre todo de personas, porque concibe ese mundo al servicio de las personas para resaltar sus valores y hacer más agradable la relación entre ellas. Hablaba de la elegancia como un concepto abierto con unos cánones que se actualizan en cada época, en cada generación. La persona elegante tiene un toque vanguardista, un sello personal, un estilo peculiar que sobrepone a la moda sin dejarse arrastrar por ella. Seguir ciegamente la moda nos despersonaliza, nos convierte en objetos moldeados, resultamos aburridos: conocido uno, conocidos todos. La elegancia requiere cierta exigencia, incompatible con la entrega cómoda e incondicional a la moda. Se alcanza con el esfuerzo de la inteligencia; el gusto se perfecciona, no es algo que se tiene y ya está. Saber escoger lo mejor se ensaya en cada elección personal; cada uno es elegante a su manera porque somos irrepetibles. Nos decía que no se trata de “ponerse elegante” si no de “ser elegante” y eso tiene mucho que ver con la sencillez y riqueza interior más que con el adorno de unas ropas, que la elegancia sale de dentro a fuera.

Mientras Jorge nos tenía con la cuchara suspendida a medio camino entre el plato y la boca para no perder el hilo de su exposición, me acordé de Pili la de Tonos, como la llama mi madre, aunque ya hace años que traspasó el negocio. Tonos es una tienda de telas en el pueblo y Pili era la propietaria, además de dependienta, asesora, confidente y amiga de quien entraba en aquel reducido local. Su gusto y sencillez lo reflejaba el minúsculo escaparate, del que fui asiduo contemplativo cada vez que iba al pueblo a visitar la familia. Aquel rincón perfumado con el aroma de la elegancia me atraía para contemplar en silencio la composición con la que mostraba los tejidos por temporadas. Recogido con mirada atenta, descubría la belleza que la luz de su interior alumbraba. Sensibilidad, claridad, orden, paz, calidez, humanidad; aquella decoración reflejaba un modo de entender la vida.

Escenografías pensadas al detalle, elementos traídos de Dios sabe dónde, porque la pereza no tiene acomodo en su diccionario: una máquina de coser a pedal con base de hierro fundido, una escalera de madera, una cómoda con los cajones entreabiertos de los que sobresalían mantones de bobiné, el carro del afilador con el que recorría las calles afilando cuchillos, un espantapájaros de tamaño natural hecho con tela de saco. Recreaciones según la época del año: un rincón de aula con pupitre, pizarra, mapas y mesa de profesor; una chimenea de fuego bajo dando ambiente al salón de la casa; un cuadro compuesto con hojas secas otoñales y unas calabazas gigantes en la base; un mueble viejo recubierto con un tul transparente en tono fucsia adornado con motivos navideños.

Unos días después de aquella comida, aparqué al lado de una tienda que me llamó la atención. Me acerqué expectante: muchos metros de escaparate en la calle principal y la entrada al doblar la esquina. Estaba bien, pero continué caminando. El ruido del tráfico, las prisas de los viandantes, el frío de la tarde; esbocé una sonrisa, me arrebujé en el abrigo y con la imaginación volví al remanso humano y cálido de Tonos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

7 de mayo de 2025

La palabra

La palabra

Este pasado fin de semana, lluvioso y frío, mientras leía frente a la ventana, la mirada quedó clavada en el horizonte teñido de gris tormenta y saltó el recuerdo de la carta que Pepe me escribió hace quince años en un domingo parecido, para compartir el impacto que una conversación le había dejado en su interior.

Querido Rafa: Se acaba un fin de semana largo que he podido disfrutar con intensidad. El viernes ya tuvimos fiesta y lo aproveché para esas gestiones que a diario es difícil de combinar con el trabajo; se pasó en un abrir y cerrar de ojos de tan ocupado que estuve, aunque ahora mismo no sabría decirte en qué.

Hoy domingo he despertado con el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado de pizarra que veo desde la ventana. La monotonía del sonido que se colaba en la habitación,  ha hecho más lento el despertar. Al regresar de Misa, el ambiente era frío, por el camino las gotas de agua perdían peso y ganaban volumen, caían suaves, resbalaban lentamente por el parabrisas del coche, se acumulaban en las aceras y las pintaban de blanco. Ahora ya por la tarde, mientras te escribo, contemplo los copos espesos que se posan en el cristal de la ventana inclinada, el jardín de la casa de enfrente cubierto de un manto espeso que amortigua los ruidos. Hasta aquí llega el silencio de fuera y los ruidos de dentro; en la sala de estar, apostados frente al televisor unos cuantos siguen animosos el partido de tenis. Este día invita a buscar el calor de la compañía, de la afición común.

A mí me lleva al ayer inmediato, al ayer de ayer, al ayer sábado que precedió a este domingo y llenó otra página del álbum histórico, esa colección de momentos entrañables que gusta recordar, no para anclarse en el pasado y lamentar el presente, si no para saborear esos instantes, tomar impulso y salir con garbo en busca de lo que nos espera a continuación.

La mañana soleada pasó entre las paredes del despacho, resolviendo cuatro asuntos pendientes que requerían algo de la paz que el día ordinario les niega. La satisfacción de haber rebajado la lista de tareas en los asuntos propuestos, también aporta su granito al balance del día. La cita de la tarde dejó la impronta de lo inesperado. Un encuentro sobrio, sin más adorno que la palabra; frente a frente, la conversación fluía ligera, sin prisas, tejida de habla y escucha, de pregunta y respuesta, de asentimiento y disconformidad; variedad, diversidad, comunión de ideas, diferencia de matiz, coincidencia en el fondo. A la palabra le acompañaba el gesto, la adornaba la sonrisa, la fortalecía la mirada. Ideas, sentimientos, dudas, convicciones; un mundo interior que la palabra descubría discretamente, sin llamar la atención, como pidiendo perdón por el atrevimiento de salir, de darse a conocer. Consciente de que eso no sucede siempre que dos personas hablan, abría los poros para dejarme empapar de aquella lluvia fina que nos cubría; no puedo decir que el tiempo pasaba sin darme cuenta, porque las agujas del reloj daban un salto imponente cada vez que las miraba; temía el momento de marchar como el estudiante el final de las vacaciones; agradecí la prórroga primera, y la segunda y la tercera. Quedaba mucho por decir, pero ya no era posible pedir más.

El frío de la tarde se había colado por las rendijas de la sala. Abstraído por el calor de la conversación, sólo cuando llegué a casa me di cuenta que me había quedado helado. Tomé algo caliente. Gozoso, lento, recogí con cuidado, ordené las cosas y algo de mi vida. Me acosté, cerré los ojos; poco a poco se fueron apagando las luces de un día que había dejado señal. Y aquí me tienes contándotelo, para compartirlo contigo y que te alegres conmigo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

12/03/25

Un erizo simpático

Un erizo simpático

Santiago es un jardinero joven, alto como un ciprés, enamorado de su profesión, que sabe todo sobre plantas, casi todo sobre pájaros y mucho de animales. Tenemos en común que nos hemos criado en el campo, por eso nuestras conversaciones, aunque empiecen hablando de la vida en general, acaban aterrizando en los temas que nos unen, donde sintonizamos el mismo lenguaje y revivimos ambientes parecidos.

El lunes fui a saludarle mientras trabajaba en el jardín; se puso de pie, se quitó los guantes, esbozó una sonrisa y me enseñó el teléfono: “mira lo que me encontré el otro día mientras limpiaba las hojas debajo de un matorral”. Era la foto de un erizo hecho una bola marrón cubierta de púas. Recordaba que hace cuatro años, durante el aislamiento por la pandemia, me había encontrado con otro en la misma zona. Podría ser el mismo, porque viven de media unos ocho años y este es más grande, ha crecido. Durante este tiempo es normal que no lo hayamos visto porque son nocturnos, transitan de noche en busca de insectos y de día duermen entre la hierba o en agujeros en la tierra, donde cavan madrigueras para protegerse. Es un animal solitario, territorial y de oído muy fino; en cuanto oye un ruido que le resulta extraño, se protege con las púas haciéndose una bola.

De pequeño, cuando estábamos por el campo, nos advertían que no nos acercáramos al erizo porque pincha. Supongo que era una leyenda dicha con ánimo de que fuéramos precavidos, porque las púas del erizo no pinchan ni es un animal que ataque; simplemente se protege, quedándose quieto en esa posición mientras intuye peligro.

Aquellos días del confinamiento salí al jardín con frecuencia; un día me encontré con el erizo cuando se refugiaba bajo unas ramas en el suelo. Al acercarme se hizo bola, me puse a su lado en cuclillas y permanecí buen rato sin moverme. Poco a poco deshizo la bola, se estiró y avanzó; en cuanto me moví, volvió a protegerse. Los días siguientes iba a buscarle, no siempre con suerte. Cuando lo encontraba me ponía a su lado, lo observaba sin tocarlo; acabó acostumbrándose a mi presencia y llegué a tenerlo entre las manos mirándome con su cara tan simpática.

“Santiago, el comportamiento del erizo me recuerda el de algunas personas; necesitan tiempo y cariño para que se encuentren cómodas y entonces se abren”. Le conté el caso de Ángel, un chaval que conocí en el instituto cuando cursé COU nocturno. De gesto serio, poco participativo en grupo y en apariencia de pocas palabras. Vivíamos cerca y, al salir de clase, casi todos los días hacíamos juntos el camino de regreso. Llegamos a tener una sincera confianza y me hablaba con desparpajo de su familia, del trabajo, de las aficiones. El tiempo que pasamos juntos y la atención que le presté, hizo que se abriera y que le conociera en profundidad. Combinaba el trabajo en un banco con el estudio; se graduó en Derecho, preparó oposiciones y sacó plaza de Notario. Algunos de los compañeros de clase me llamaron sorprendidos por la noticia de Ángel; simplemente no le conocían. No habían tenido la oportunidad de traspasar la bola con la que se protegía.

Habitualmente es Santiago quien habla, porque a sus conocimientos y experiencia de la vida, añade sentido común y verbo fácil; disfruto escuchándole y se nos pasa el tiempo rápido, hasta que el cuello se me cansa de mirar hacia arriba cuando estamos de pie y lo tengo enfrente. Pero esta vez le tomé la delantera y vi que asentía la comparación entre el erizo y algunas personas. Sin embargo, la última palabra fue suya, porque cerramos la conversación con su comentario. “lo siento por tu amigo, pero hay una diferencia notoria: este es un erizo simpático”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

25/09/24

De amigos ando bien

De amigos ando bien

Así empieza un poema de Carmelo Guillén, un sevillano de mi quinta que conocí durante una velada cultural en un curso de verano en Jerez de la Frontera. Por entonces, recién estrenado el nuevo milenio, era profesor de instituto además de escribir poesía y bastante bien según la crítica. Sentados en la terraza para aliviar el calor con el ligero fresco de la noche jerezana, formamos un semicírculo amplio en torno al poeta que nos explicaba los detalles de cada poesía; poco a poco las sillas se fueron acercando, cerrando el círculo a medida que aumentaba el interés por las palabras del artista. Recitó alguna de sus composiciones, acompañando cada verso de una musicalidad y ritmo que te envolvía y elevaba hasta devolverte a la tierra con el punto final en un aterrizaje suave.

Desde aquella noche, recuerdo con frecuencia la que empieza con el título de este escrito De amigos ando bien y me gusta enseñarlos en álbumes de fotos y hacerles coincidir y que se den sus números de teléfono, que tengan entre ellos un trato”. A lo mejor será también porque retrata muy bien a mi amigo José Manuel, de quien me enorgullece que me tenga en su corazón y en su lista de amigos y, de vez en cuando, me haga coincidir con otros de esa lista. Por eso conozco a padres de alumnos del colegio donde trabaja, a compañeros de su anterior trabajo, a vecinos del barrio donde creció, a su cuñado, a colegas de su hijo universitario; y tengo sus teléfonos y de vez en cuando nos cruzamos algún mensaje de pedir favor.

Sus padres dejaron el pueblo de unos pocos cientos de habitantes, marcharon a la capital y se instalaron en un barrio de la periferia. Al poco de nacer José Manuel descubrieron que su corazón no era de serie, que estaba hecho de otra pasta más flexible, con capacidad de ensancharse para albergar ilusiones y personas sin tener que decir basta. Dejó pronto la escuela por aquello de ayudar en casa cuanto antes; pero ya de casado y con hijos sacó carrera universitaria, aunque eso no lo dice a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, que lo suyo es lo de menos y lo tuyo lo de más.

“De amigos ando bien y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo, que vienen a mi vida y me cogen el peine, y se peinan, y me ponen los versos perdidos de afecto, y se resbalan en este corazón que es su casa”. Así es mi amigo, su corazón es mi casa o la tuya si eres mi amigo; y su casa un corazón, porque así de a gusto estás cuando franqueas la puerta y te recibe la sonrisa de Carmen, su mujer que le anima a invitarnos a todos, porque antes que a todos ella ya ha recibido más que nadie y se siente privilegiada. Aunque a veces ella lo mira con esa mezcla de cariño y amonestación, porque cuando está entre amigos, en algún momento sus gestos pueden resultar un poco toscos y su voz algo estridente; pero a nosotros nos da lo mismo porque andamos ocupados en él, como dice el poema “De amigos ando bien, y andan ocupados en mí, en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo en mangas de cariño o si llevo o no el cuello rozado de quererles”.

Tiene una fe recia en su Dios y la hace realidad en nosotros sus amigos, sin reconvenciones ni monsergas; en todo caso me dice que de ahí saca fuerza para querer a los suyos, que me los hace sentir como míos; y a los míos que hace tiempo los hizo suyos. En eso y en otras cosas es para nosotros ejemplo, precisamente porque no va de ejemplar y nos echa a nosotros la culpa de ser feliz: “De amigos ando bien y me noto importante, tal vez algo más gordo de ser feliz, por eso me quedan las camisas estrechas y me sale un brillo en la mirada sólo porque de amigos ando bien”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

04/09/24

Punto de encuentro

Punto de encuentro

Mi abuela Agustina tenía poder de convocatoria sin levantar la voz; a su lado se estaba a gusto y por eso estaba siempre acompañada. Su casa en las fiestas era punto de encuentro familiar y los domingos después de misa, un peregrinar de nietos. Se hacía mayor y propuso hacer una romería para dar gracias y, se intuía, para decir adiós a la familia, aunque eso nunca nos lo dijo. Quedamos en Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen cerca de Barbastro, equidistante de los varios puntos que acudiríamos para acompañarla ese día. Han pasado algo más de cuarenta años y de aquel día nos queda el grato recuerdo de la jornada, una foto en color que ha perdido buena parte del brillo y la ausencia de unos cuantos de los que formaban el grupo.

Ese sitio, como la casa de la abuela, fue lugar de encuentro de personas con personas. Supongo que para eso lo hicieron, y también para que las personas puedan encontrarse con Dios de la mano de la Virgen; y con la naturaleza, o con el silencio y la paz, dada su fácil localización a la vez que cerca de nada y apartado de todo.

El recuerdo de la abuela me viene porque este mes de agosto he pasado unos días en Torreciudad, con un grupo variopinto por su lugar de origen y por las circunstancias de cada uno. De nuevo el encuentro entre personas. La convivencia es enriquecimiento, es ampliar horizontes al comprobar cómo tipos tan distintos caminan hacia un mismo objetivo, que los modos no son únicos. Ese lugar invita a vivir la fe allí y en tu pueblo o ciudad, a bajar el cielo a la tierra y pasar de la oración a la acción sin cambiarse de ropa. El espíritu cristiano se manifiesta integrador, de tender puentes entre orillas separadas por el río de mil historias; aunque no tiene la exclusiva y algunos comportamientos contrarios son la excepción.

Gregorio llegó la tarde del segundo día, acompañado de Félix; nos sentamos juntos en la cena. No nos conocíamos, pero nos levantamos como si de toda la vida. Tomó la iniciativa para contarme alguna cosa de su vida y situarme; no sé bien en qué momento me debió preguntar, pero me vi hablando de mí, contándole mis impresiones sobre algún punto de interés común y él me seguía con atención. El porcentaje de uso de la palabra cayó de mi lado por abrumadora mayoría. Esa escena se repitió con frecuencia el resto de los días: Gregorio escuchando y alguien contándole lo que sea; se interesaba por tus intereses, sacaba temas en los que podías aportar y la conversación fluía amena, entretenida. Como a mi abuela, siempre le veía acompañado; al lado de esas personas se está a gusto, por eso atraen.

Ahora cuando pienso en esos días, en la película de mi memoria se juntan la abuela Agustina, Torreciudad y Gregorio; será porque a pesar de ser tan distintos, encarnan el mismo papel: el de atractivo punto de encuentro.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

28/08/24