Sep 25, 2024 | Escritos
Santiago es un jardinero joven, alto como un ciprés, enamorado de su profesión, que sabe todo sobre plantas, casi todo sobre pájaros y mucho de animales. Tenemos en común que nos hemos criado en el campo, por eso nuestras conversaciones, aunque empiecen hablando de la vida en general, acaban aterrizando en los temas que nos unen, donde sintonizamos el mismo lenguaje y revivimos ambientes parecidos.
El lunes fui a saludarle mientras trabajaba en el jardín; se puso de pie, se quitó los guantes, esbozó una sonrisa y me enseñó el teléfono: “mira lo que me encontré el otro día mientras limpiaba las hojas debajo de un matorral”. Era la foto de un erizo hecho una bola marrón cubierta de púas. Recordaba que hace cuatro años, durante el aislamiento por la pandemia, me había encontrado con otro en la misma zona. Podría ser el mismo, porque viven de media unos ocho años y este es más grande, ha crecido. Durante este tiempo es normal que no lo hayamos visto porque son nocturnos, transitan de noche en busca de insectos y de día duermen entre la hierba o en agujeros en la tierra, donde cavan madrigueras para protegerse. Es un animal solitario, territorial y de oído muy fino; en cuanto oye un ruido que le resulta extraño, se protege con las púas haciéndose una bola.
De pequeño, cuando estábamos por el campo, nos advertían que no nos acercáramos al erizo porque pincha. Supongo que era una leyenda dicha con ánimo de que fuéramos precavidos, porque las púas del erizo no pinchan ni es un animal que ataque; simplemente se protege, quedándose quieto en esa posición mientras intuye peligro.
Aquellos días del confinamiento salí al jardín con frecuencia; un día me encontré con el erizo cuando se refugiaba bajo unas ramas en el suelo. Al acercarme se hizo bola, me puse a su lado en cuclillas y permanecí buen rato sin moverme. Poco a poco deshizo la bola, se estiró y avanzó; en cuanto me moví, volvió a protegerse. Los días siguientes iba a buscarle, no siempre con suerte. Cuando lo encontraba me ponía a su lado, lo observaba sin tocarlo; acabó acostumbrándose a mi presencia y llegué a tenerlo entre las manos mirándome con su cara tan simpática.
“Santiago, el comportamiento del erizo me recuerda el de algunas personas; necesitan tiempo y cariño para que se encuentren cómodas y entonces se abren”. Le conté el caso de Ángel, un chaval que conocí en el instituto cuando cursé COU nocturno. De gesto serio, poco participativo en grupo y en apariencia de pocas palabras. Vivíamos cerca y, al salir de clase, casi todos los días hacíamos juntos el camino de regreso. Llegamos a tener una sincera confianza y me hablaba con desparpajo de su familia, del trabajo, de las aficiones. El tiempo que pasamos juntos y la atención que le presté, hizo que se abriera y que le conociera en profundidad. Combinaba el trabajo en un banco con el estudio; se graduó en Derecho, preparó oposiciones y sacó plaza de Notario. Algunos de los compañeros de clase me llamaron sorprendidos por la noticia de Ángel; simplemente no le conocían. No habían tenido la oportunidad de traspasar la bola con la que se protegía.
Habitualmente es Santiago quien habla, porque a sus conocimientos y experiencia de la vida, añade sentido común y verbo fácil; disfruto escuchándole y se nos pasa el tiempo rápido, hasta que el cuello se me cansa de mirar hacia arriba cuando estamos de pie y lo tengo enfrente. Pero esta vez le tomé la delantera y vi que asentía la comparación entre el erizo y algunas personas. Sin embargo, la última palabra fue suya, porque cerramos la conversación con su comentario. “lo siento por tu amigo, pero hay una diferencia notoria: este es un erizo simpático”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/09/24
Sep 4, 2024 | Escritos
Así empieza un poema de Carmelo Guillén, un sevillano de mi quinta que conocí durante una velada cultural en un curso de verano en Jerez de la Frontera. Por entonces, recién estrenado el nuevo milenio, era profesor de instituto además de escribir poesía y bastante bien según la crítica. Sentados en la terraza para aliviar el calor con el ligero fresco de la noche jerezana, formamos un semicírculo amplio en torno al poeta que nos explicaba los detalles de cada poesía; poco a poco las sillas se fueron acercando, cerrando el círculo a medida que aumentaba el interés por las palabras del artista. Recitó alguna de sus composiciones, acompañando cada verso de una musicalidad y ritmo que te envolvía y elevaba hasta devolverte a la tierra con el punto final en un aterrizaje suave.
Desde aquella noche, recuerdo con frecuencia la que empieza con el título de este escrito “De amigos ando bien y me gusta enseñarlos en álbumes de fotos y hacerles coincidir y que se den sus números de teléfono, que tengan entre ellos un trato”. A lo mejor será también porque retrata muy bien a mi amigo José Manuel, de quien me enorgullece que me tenga en su corazón y en su lista de amigos y, de vez en cuando, me haga coincidir con otros de esa lista. Por eso conozco a padres de alumnos del colegio donde trabaja, a compañeros de su anterior trabajo, a vecinos del barrio donde creció, a su cuñado, a colegas de su hijo universitario; y tengo sus teléfonos y de vez en cuando nos cruzamos algún mensaje de pedir favor.
Sus padres dejaron el pueblo de unos pocos cientos de habitantes, marcharon a la capital y se instalaron en un barrio de la periferia. Al poco de nacer José Manuel descubrieron que su corazón no era de serie, que estaba hecho de otra pasta más flexible, con capacidad de ensancharse para albergar ilusiones y personas sin tener que decir basta. Dejó pronto la escuela por aquello de ayudar en casa cuanto antes; pero ya de casado y con hijos sacó carrera universitaria, aunque eso no lo dice a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, que lo suyo es lo de menos y lo tuyo lo de más.
“De amigos ando bien y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo, que vienen a mi vida y me cogen el peine, y se peinan, y me ponen los versos perdidos de afecto, y se resbalan en este corazón que es su casa”. Así es mi amigo, su corazón es mi casa o la tuya si eres mi amigo; y su casa un corazón, porque así de a gusto estás cuando franqueas la puerta y te recibe la sonrisa de Carmen, su mujer que le anima a invitarnos a todos, porque antes que a todos ella ya ha recibido más que nadie y se siente privilegiada. Aunque a veces ella lo mira con esa mezcla de cariño y amonestación, porque cuando está entre amigos, en algún momento sus gestos pueden resultar un poco toscos y su voz algo estridente; pero a nosotros nos da lo mismo porque andamos ocupados en él, como dice el poema “De amigos ando bien, y andan ocupados en mí, en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo en mangas de cariño o si llevo o no el cuello rozado de quererles”.
Tiene una fe recia en su Dios y la hace realidad en nosotros sus amigos, sin reconvenciones ni monsergas; en todo caso me dice que de ahí saca fuerza para querer a los suyos, que me los hace sentir como míos; y a los míos que hace tiempo los hizo suyos. En eso y en otras cosas es para nosotros ejemplo, precisamente porque no va de ejemplar y nos echa a nosotros la culpa de ser feliz: “De amigos ando bien y me noto importante, tal vez algo más gordo de ser feliz, por eso me quedan las camisas estrechas y me sale un brillo en la mirada sólo porque de amigos ando bien”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
04/09/24
Jul 10, 2024 | Escritos
Mi relación con el mundo académico quedó interrumpida por derribo; mientras trabajaba en el banco hice el COU nocturno por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro. Después me matriculé en Económicas en el turno de la tarde, pero al acabar el primer trimestre saqué bandera blanca y no volví a aparecer por la facultad.
Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves.
Me llegó la información cuando andaba buscando alguna actividad que mejorara mi formación humanista, me atrajo el título y me conquistó el programa; en la conferencia de presentación rematé la decisión, solicité plaza y conseguí colarme por la gatera para sentarme en el aula como uno más. Del programa y de los profesores estaba al corriente, sabía que me esperaba un nivel alto y la realidad ha respondido a las expectativas. Pero la auténtica sorpresa, más allá de contenidos y docentes, han sido las personas que me han acompañado en esta aventura. Las intervenciones en clase y las conversaciones fuera del aula, han permitido conocernos, generar confianza, valorar las diferencias y cohesionar el grupo, que se ha convertido en una auténtica escuela de la vida, de donde he salido enriquecido.
Las vivencias personales compartidas y los comportamientos sinceros en el aula han jalonado el recorrido, añadiendo al curso una dimensión personal, humana, que las materias impartidas no podían dar. En estos dos años hemos tenido cinco nietos, entre los de Fernando y los de Concha; nos ha nacido una hija de María, que a las dos semanas asistía a clase en su carrito; hemos celebrado las bodas de plata de Javi; hemos publicado un libro con Elvira; nos hemos ido al Líbano con Marta. En clase nos hemos removido inquietos en el asiento cuando Natalia expresaba sus dudas en voz alta, porque nos sacaba de nuestra zona de confort; conteníamos el aliento cuando Pilar levantaba súbitamente la mano; escuchábamos con atención las intervenciones de Don Mario impregnadas de serenidad y profundidad. Hemos arropado a Iakov con las noticias de Rusia; hemos acompañado a Josefina con las elecciones argentinas y a Paulina con las de México. Hemos superado algunas crisis de quienes estaban por tirar la toalla y abandonar el curso porque les costaba seguir el ritmo y hemos dicho adiós a otros que lo han dejado, pero han seguido unidos con los mensajes del grupo. Y en el día a día también han aportado su quehacer ordinario Rocío, Paulina, Isa, Chantal, las dos Anas, María Teresa, Gema, Cristina, Juan Andrés, Vicente, Luchy, Mari Carmen, Mercedes, Mar, Bea, Don Oscar, Álvaro, Elena, Roxana y Jaime, eficazmente coordinados por Carmen y muy bien representados por la otra Rocío. Con las puntadas de cada semana se ha tejido un paño que nos arropaba, un tapiz de nudos con los colores variados de cada uno que configuraban un conjunto armonioso.
El curso se proponía ayudarnos a encontrar conocimientos avanzados para comprender los problemas y desafíos del mundo actual en todos sus aspectos: intelectuales, históricos, sociales, científicos, artísticos, literarios, filosóficos y teológicos. Pero es que además me llevo de propina una relación personal valiosa. Si al final, el contacto personal y la relación con el otro es lo que más valoro del máster, y también eso lo tengo cada día en la familia, en el trabajo o en la calle, igual estoy cursando un máster desde hace muchísimos años y no me he enterado.
Por eso, esta experiencia me lleva a compartir un consejo: sea en la calle o en la Universidad, pon un Máster en tu vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/07/24
Oct 7, 2023 | Escritos
Conocí a Rafa cuando teníamos siete años. Su hermano y el mío eran monaguillos en la iglesia de los franciscanos y nos llevaron con ellos. Luego llegaron Manolo, Vicente, Jesús, José Manuel y Agustín. Para nosotros, ser monaguillo era una actividad que llenaba casi todo el tiempo libre: juegos en el huerto, ping pong, partidos de fútbol y atender las funciones litúrgicas. Lo pasábamos en grande y era el punto de encuentro para hacer otros planes. Los domingos por la tarde, cuando salíamos de la iglesia nos íbamos a jugar a los jardines y allí coincidíamos con Chus, Asun, Rosa, Margarita y Carmen. Entre juegos y carreras, se recortó la distancia con ellas y empezamos a jugar juntos; del trato surgió la amistad y pusimos los fundamentos de la pandilla.
Nos hicimos “mayores” cuando a los diez años dejamos las Escuelas y estrenamos el Instituto con aquel bachillerato laboral. El horizonte vital se amplió, hicimos nuevos amigos y el grupo se amplió por las dos bandas, que las chicas también estaban activas en el colegio de las monjas. Los jardines de la Parroquia seguían siendo nuestra base operativa, después del cine y los futbolines, hasta que vimos la necesidad de organizarnos de otra manera y canalizar nuestras inquietudes de un modo más eficaz. En cuanto pudimos, alquilamos un local para poder estar juntos sin deambular por la calle y promover actividades.
Hasta entonces, Rafa era el eje en torno al que nos agrupábamos de modo natural, sin darnos cuenta. Ahora, con el local, adquirió mayor peso: unas veces era el cimiento donde se sostenía lo que hacíamos y otras, la locomotora que tiraba de nosotros. Era imaginativo y práctico, ponía en marcha las ideas y nos implicaba en sus propuestas. Por algo salía elegido presidente siempre que hacíamos elecciones, sin darle importancia. Supo unir a todos en sacar adelante aquel proyecto y gracias a eso tuvimos un espacio y un grupo donde recibir las novedades que la vida nos descubría en esa etapa tan apasionante; y crecer en pandilla, lo mejor que te puede pasar cuando la adolescencia te revoluciona por dentro y por fuera y te cambian las referencias que hasta entonces te han servido de guía: allí se apaciguaban los enfados cuando los padres no te comprendían; o se atemperaban las emociones del primer enamoramiento, al compartirlo con los más íntimos.
Con la madurez, a la pandilla le llegaron los primeros trabajos, siguieron las bodas, los hijos, las alegrías y contrariedades que nunca faltan, las bodas de plata y las jubilaciones; aunque la vida nos haya llevado por aquí y por allá, todo lo hemos vivido en grupo y lo hemos disfrutado con el mismo espíritu de los inicios. El mérito es de todos, pero considero que con Rafa a la cabeza.
Hoy hace tres años que cruzó el puente a la otra vida, donde nos espera con Pili, José Antonio y Vicente. Si en el cielo hay locales, seguro que ya tienen uno preparado para acogernos a medida que vayamos llegando y reunir de nuevo a la peña; volveremos a organizar la recogida de cartones en invierno a beneficio del Asilo, la carroza en verano para las fiestas o las excursiones a Masatrigos. Y si hacemos elecciones, será nuestro presidente.
Por todo lo que hiciste por el grupo, del que tan orgulloso me siento y a quien tanto debo ¡muchas gracias, Rafa!
07-10-23
(Rafael Barberán Ralfas falleció el 7-10-2020 a los sesenta y cinco años.)
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader