Abr 3, 2024 | Escritos
Estos días he recordado el viaje que hace un año hice a Salamanca. Me habían invitado a la clausura de un Congreso de alumnos de Bachillerato que tendría lugar el último sábado de marzo, en la sede de la Universidad Pontificia. Acepté encantado, también movido por la curiosidad de conocer de cerca lo que unos chavales jóvenes pueden decir sobre el tema del congreso “La felicidad en tiempos difíciles”.
La mañana estaba fresca, de cielo limpio y soleada; conducía sin prisa, con ánimo de dejarme empapar por la naturaleza que me envolvía. A ratos bajaba la ventanilla para que el aire limpio refrescara el interior y me despejara, respiraba hondo y dejaba correr la vista por los sembrados incipientes que a derecha e izquierda unían la carretera con el horizonte, pintando de verde el paisaje.
Cerca de Peñaranda, en una de aquellas rectas eternas sin final, un tractor labraba en paralelo a la carretera. Lo estuve observando mientras me ponía a su altura y después a través del retrovisor: me fijé en la marca del tractor, calculé la potencia que podía tener, el número de rejas del arado, la profundidad de los surcos que abría en la tierra.
Y del interior de aquella tierra que el arado dejaba al descubierto, surgieron los recuerdos. Me acordé de un labrador de mi pueblo, fallecido a principios de este siglo, al que le debo mucho. Era hijo de labrador, nieto y bisnieto de labrador; pero él no quería ser labrador. Se escolarizó tarde, cuando la República inauguró la Escuela Nacional en el pueblo, y la dejó pronto, a los diez años, porque había que ayudar a su padre como un campesino más. En sus sueños juveniles imaginó una vida alejada del campo, abriendo una brecha en el estrecho horizonte que la tradición familiar le dibujaba. Cuando su padre murió joven, consideró que, de momento, su sitio estaba allí, arrimando el hombro junto a su madre y sus tres hermanos para reponer a la familia de la sacudida inesperada. En eso estaban, no habían pasado dos años y un virus maléfico se llevó también a uno de los hermanos, dejando la familia de nuevo maltrecha, a punto de casarse el mayor y con el menor en la mili. En ese momento decidió cortar el hilo del globo de las ilusiones y redefinir su futuro asumiendo la responsabilidad familiar que la vida le ponía delante: su oficio sería el de labrador y el campo su socio en comandita. Alimentó su inquietud cultural con frecuentes lecturas, con gran facilidad para la geografía y la historia, con la que entretenía a sus contertulios en las veladas familiares. A la vuelta de unos ejercicios espirituales incorporó a Dios en su vida y la recorrieron juntos hasta el final. Por amor a su pueblo y espíritu de servicio, aceptó encargos de responsabilidad en instituciones locales, tanto civiles como religiosas, a las que dedicó mucho tiempo y desvelos.
Sentado en la sala donde los grupos exponían sus trabajos, me admiraba como aquellos quinceañeros se desenvolvían con soltura y hablaban con desparpajo, lanzando propuestas de calado que removían el interior de cada uno.
Cuando me llegó el turno de dirigirles unas palabras, les felicité por dedicar un sábado a formarse como profesionales y como personas; les dije que ese es un buen camino para mejorar la sociedad y eso lleva a la felicidad que se proponía como lema del congreso. También les dije que la felicidad sale al encuentro cuando no la buscas para ti si no para los demás, con generosidad y espíritu de servicio. Les podría haber dicho, aunque no lo hice, que esto lo había aprendido del labrador de mi pueblo, del que me había acordado en el viaje; y que yo lo tengo siempre bien presente, porque ese labrador es mi padre.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
03/04/24
Mar 27, 2024 | Escritos
En la segunda quincena de enero, cuando aún quedaban restos de turrón en la despensa y algunos escaparates mostraban juguetes todavía, empezaban los primeros movimientos con la mirada puesta en la Semana Santa; las cofradías convocaban reunión, las bandas desempolvaban los tambores y se citaban para las primeras pruebas. Cada una tenía su rincón reservado por las cercanías y al anochecer resonaban las pieles de bombos y tambores por los cuatro puntos cardinales.
Desde que tengo uso de razón he vivido el ambiente de la Semana Santa en mi casa: mi padre estaba al frente de una Cofradía, mi hermano coordinaba la banda de tambores, mi madre y otras ponían a punto los faldones, túnicas y las flores del paso. Por entonces yo era del equipo de monaguillos de la iglesia de los Franciscanos, donde se alojaban varias cofradías, y participaba a fondo en las procesiones desde dentro, tanto en su preparación como en el recorrido.
Después mi horizonte se ensanchó y me alejé del pueblo, pero los recuerdos me han acompañado siempre porque son un trozo de mi vida, son parte del tesoro acumulado en mi interior.
En estas fechas, si estoy fuera vuelvo a ellos con orgullo y agradecimiento; y si puedo, estoy presente para revivirlos de nuevo con la misma emoción.
La Semana Santa en Caspe bebe de la tradición del Bajo Aragón: el redoble del tambor flota en el aire y marca un estilo propio. En las procesiones, la banda de bombos y tambores anuncia la llegada del paso con la figura de Jesús en alguna de las escenas de la Pasión. No es ruido que disperse; el ritmo que marcan bombos y tambores estremece por fuera, pero repliega hacia dentro, invita a un diálogo interior con la imagen que viene despacio, se acerca, pasa rozando y marcha lentamente por el fondo de la calle ¡cuántas peticiones! ¡cuántos “perdón”! ¡cuántos propósitos de mejora en esos momentos!
Hoy miércoles santo, la procesión es distinta. Le llamamos Vía Crucis del Silencio, porque Jesús clavado en la Cruz pasea en horizontal a hombros de los cofrades sin banda de tambores. No hace falta anunciar su llegada, porque le acompañamos apiñados alrededor, arropándole en un recorrido de calles estrechas y empinadas. Se oye el roce de los zapatos en el suelo, el bisbiseo de una conversación, el saludo bajito a una conocida en el balcón, el sacerdote que lee la estación: Quinta, Simón Cirineo ayuda a llevar la Cruz. Luego añade una breve reflexión y me siento invitado a ser otro Simón con los que están a mi lado. Al “amén” abro los ojos y descubro la luna llena sobre el cielo negro alumbrando los tejados; la noche está fría, me encojo para resguardar la cara del ligero cierzo que viene de frente.
De nuevo caminamos a su lado, en silencio.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/03/24
Mar 20, 2024 | Escritos
Conocí a Javier una mañana de junio. Se incorporaría al curso siguiente como profesor de lengua. El director de la ESO le acompañó hasta el despacho para que le explicara la documentación que necesitaba para el contrato; hizo las presentaciones y nos dejó solos. Seguía las explicaciones con una ligera sonrisa, atendía con interés y siempre que levanté la vista me encontré con su mirada como si me quisiera decir que le importaba lo que yo decía. Con el tiempo me di cuenta de que a Javier lo que de verdad le interesan son las personas, que por eso seguía con atención lo que yo le contaba; los papeles van después.
Y seguramente por eso, cuando las explicaciones llegaban al final, me preguntó alguna cuestión que abrió otra ventana de conversación y nos aventuramos en un aterrizaje suave a cuestiones más personales. Aunque nos alargamos mucho más tiempo del previsto, se me había pasado la contrariedad inicial por aquella visita imprevista que iba a retrasar el trabajo entre manos. Le acompañé hasta la salida y, al despedirnos, me quedó la sensación de que nos conocíamos de toda la vida. En poco tiempo, su conversación me había dejado huella.
Volvimos a encontrarnos con el curso empezado; en la sala de profesores, en el comedor, en los patios, siempre le veía con gente; era más de escuchar que de hablar. Discreto, sonriente, se había ganado a la clase donde era tutor por el cariño que ponía en el trato con los alumnos a la vez que sabía ponerles metas exigentes. Organizaba partidos de futbol a mediodía, aprovechando el tiempo libre entre las clases de la mañana y la tarde. El deporte no era lo suyo, evitaba el balón sin que se notara mucho, pero a cambio animaba a todos, les implicaba en el juego y conseguía hacer equipo. Al acabar, se les veía en un rincón de las gradas, a la sombra, comiendo el bocadillo entre risas y alguna palabrota.
A final de curso, el día que se entregan las notas y ya sólo queda trabajo interno, nos íbamos todos a comer al campo. Era una tradición que se mantenía con fuerza y se esperaba con ilusión. Aquel año, después de la comida nos acomodamos en la sombra de la alameda; algunos en silla, otros sentados en el suelo recostados en el tronco. Los vasos del café corrieron el rondo y Antonio nos unió en torno a sus recuerdos de los primeros años del colegio. Luego apareció la guitarra y cantamos distendidos una de esas de todos. ¡Javier ahora tú! Le pasaron la guitarra, rasgueó unos acordes para ajustar el ritmo y entonó la canción. Me pilló hablando con el de al lado, oí su voz sin prestar atención; se había hecho el silencio y también callé a la segunda estrofa: “Eso que tú me das / no creo que lo tenga merecido…” Un cosquilleo me recorrió el cuerpo “Eso que tú me das / es mucho más de lo que te pido…” “Gracias por estar / por tu amistad y compañía…” No era sólo su voz, también la música y la letra se me colaban y me elevaban como un globo por encima de las copas de los árboles en busca del cielo abierto: “Gracias a ti / seguí remando contra la marea…” “Me ayudaste a remontar / a superarme día a día…” “Eso que tu me das / es mucho más de lo que pido” “Eso que tú me das / no creo que lo tenga merecido…”
Para cuando acabó la canción me había levantado y alejado; necesitaba pasear, estirar las piernas, respirar hondo y saborear aquellas estrofas que se convertían en oración de la que brota en conversación de tú a tú con ese a quien quieres. Desde la distancia vi el grupo con la mirada fijada en Javier que se arrancaba con otra. El bisbiseo de las hojas movidas por la brisa me impidió distinguir la nueva canción, pero daba lo mismo; había entrado en bucle con el estribillo de la anterior que resonaba con gozo en mi interior “Eso que tú me das…”
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/03/24
“Eso que tú me das” es una canción del grupo Jarabe de Palo que puedas escuchar pinchando aquí
Feb 14, 2024 | Escritos
Me pregunto si el jueves pasado sería el día de las buenas personas, una de esas celebraciones internacionales que se difunden ahora y que te enteras a toro pasado al cabo de un tiempo. No me sorprendería que hubiera sido así y que al día de autos le caracterice lo mismo que a las buenas personas: pasan desapercibidas.
Todo empezó con algo que escribí en octubre de 2015 y que esa mañana encontré mientras buscaba otro papel:
“Desayuno con unos amigos. Mientras se prepara la mesa, Guillermo coge el periódico y va directo a las páginas deportivas. Comenta en voz alta lo que lee y se anima el ambiente fresco de esta mañana otoñal.
¡Mira lo que dice Vicente del Bosque!, que prefiere ser buena persona a ser buen entrenador. Luego compruebo que no es exactamente lo que ha dicho, pero ya está liada.
Felipe entra en liza con ganas de polémica: vamos a ver, entonces ¿o eres buena persona o buen entrenador? No, no… interviene Raimundo, sereno y profundo, no es eso lo que quiere decir. Para ser buena persona hay que procurar ser buen profesional, y para ser buen profesional hay que procurar ser buena persona. A un chapuzas o a un vago no se le puede añadir «pero es buena persona»; a un malaje o a un egoísta no se le puede añadir «pero es un profesional como la copa de un pino». Para ser buen entrenador, o buen estudiante o buen marido, hay que esforzarse por ser buena persona.
Guillermo a lo suyo, tercia con una noticia sobre Nadal. El tintineo de las tazas y el aroma del café nos distrae de la conversación; pasamos a otros temas de relevancia internacional, dispuestos a arreglar el mundo en un plis plás.
Y a mí me queda un run run por dentro, pienso en éste Del Bosque y su frasecica, que tiene tela: ser buena persona ¡ahí es ná!”
Por la tarde fui a una oficina de Correos; llovía finamente y la temperatura había bajado para recordarnos que aún estamos en invierno. Entré encogido con las solapas del abrigo levantadas y la gorra calada que orientaba la vista hacia el suelo. Después de coger el número, mientras me despejaba la cabeza y estiraba el cuerpo, me encontré con una cara sonriente al otro lado del mostrador que me miraba antes de que la pantalla avisara mi turno y me hizo un gesto para que me acercara. Me recibió con un comentario sobre el tiempo, se interesó por lo que necesitaba “¿envío ordinario o certificado?”, decliné su invitación a participar en un sorteo solidario que derivó en una conversación interesante. “No se olvide la gorra, que pase buena tarde” y me despidió con la misma sonrisa que me había recibido.
Aquella señora dejó en mí el impacto que dejan las buenas personas, esas que son de carne y hueso, que tienen que afrontar conflictos porque su vida no es monótona y previsible, que tienen que superar contratiempos para conseguir lo que se proponen y no siempre lo consiguen, que se sobreponen a los altibajos del camino porque así es la ruta del mapa vital; y con todo eso en la mochila, te reciben con una sonrisa, se preocupan de lo que necesitas, te dan conversación y te despiden como si fueras lo único que ha pasado en su día.
No sé el nombre de aquella señora, pero lo añado a la lista junto con el de Juana, Antonio, Lucero, Rafael, Felipe, Julio, María, Isabel, Manuel, Carmen, Xavi, Jaime, Ricardo, Eduardo, Ester, Gonzalo, Lourdes, Sergio, Irene, Miguel Ángel, Amparo, Carmen, Martina, Jorge, Paquita, Inmaculada, Pedro, Samuel, Julián, Dani… y muchos otros que componen una lista interminable de personas que han dejado su buen sabor en mi vida.
Y si el jueves pasado no era su día, estoy por iniciar una recogida de firmas para que por fin se instituya «el día de las buenas personas».
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/02/24
Ene 31, 2024 | Escritos
El marcapáginas que usaba en el libro que estaba leyendo, era una postal con el dibujo de una joven hindú que baila descalza un día de lluvia pisando los charcos.
Al acabar la reunión Esteban me sugirió que fuéramos juntos dando un paseo hasta la estación de metro; mientras se ponía el abrigo con el libro en la mano, se cayó la postal, la recogí del suelo y antes de dársela me quedé un instante mirándola porque algo me llamaba la atención.
Ya en la calle hablamos de algunos puntos que habían salido en la reunión, estábamos satisfechos del buen ambiente y del tono con que se habían tratado los temas. Sin venir a cuento, la imagen del marcapáginas se me hizo presente y lo comenté. “Esteban, no sé qué tiene esa postal que me ha enganchado, al recogerla del suelo me he quedado mirándola porque me dice algo”.
Pues a mí me pasó lo mismo cuando me la dieron; de momento la guardé en el cajón y el otro día la puse en el libro que he empezado a leer. Quizás el contraste de los colores suaves resulta atractivo, hace que te fijes en el dibujo, te relaja, te anima a respirar hondo y transmite paz. Puedes quedarte en el dibujo de la chica que baila bajo la lluvia y ya está. Para mí no es todo, porque también me sugiere una actitud ante la vida que comparto, un modelo de persona que quiero para los míos; aquí se cumple aquello de que una imagen vale más que mil palabras.
Te explico. Mira, la vida está salpicada de dificultades, unas que nos vienen y otras que nos las buscamos solitos. Eso es lo que refleja la lluvia. Fíjate en su expresión, cómo avanza confiada, con los ojos cerrados y la sonrisa esbozada. Podemos educar en la desconfianza, en la prevención, en levantar barreras que nos protejan y separen de los demás. Pero es mejor fomentar la actitud confiada, aun sabiendo que más de uno nos va a fallar, o que uno mismo se puede equivocar. Con todo, serán más los aciertos que los fracasos y es preferible respirar con paz que con inquietud. Esa chica camina descalza, ajena al frío, con la fortaleza necesaria para sortear los charcos del camino. Una persona fuerte no significa que sea bruta; comportarse con delicadeza supone el dominio de uno mismo. Desarrollar la sensibilidad, educar los sentimientos, nos lleva a la renuncia de tendencias naturales que nos embrutecen; ahí tienes la fortaleza. Y esa chica la combina con la delicadeza y sensibilidad que transmite en la posición de las manos y el movimiento de su cuerpo, al compás de una música que le suena dentro.
Te aseguro que hay personas así: fuerte ante las dificultades, confiada ante la vida, pendiente de los demás, que transmite paz a su alrededor, que disfruta y se emociona ante los detalles de cada día.
Y mientras Esteban describía ese tipo de persona, el recuerdo de mi abuela Agustina se iba dibujando en aquel marcapáginas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/01/24