La palabra

La palabra

Este pasado fin de semana, lluvioso y frío, mientras leía frente a la ventana, la mirada quedó clavada en el horizonte teñido de gris tormenta y saltó el recuerdo de la carta que Pepe me escribió hace quince años en un domingo parecido, para compartir el impacto que una conversación le había dejado en su interior.

Querido Rafa: Se acaba un fin de semana largo que he podido disfrutar con intensidad. El viernes ya tuvimos fiesta y lo aproveché para esas gestiones que a diario es difícil de combinar con el trabajo; se pasó en un abrir y cerrar de ojos de tan ocupado que estuve, aunque ahora mismo no sabría decirte en qué.

Hoy domingo he despertado con el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado de pizarra que veo desde la ventana. La monotonía del sonido que se colaba en la habitación,  ha hecho más lento el despertar. Al regresar de Misa, el ambiente era frío, por el camino las gotas de agua perdían peso y ganaban volumen, caían suaves, resbalaban lentamente por el parabrisas del coche, se acumulaban en las aceras y las pintaban de blanco. Ahora ya por la tarde, mientras te escribo, contemplo los copos espesos que se posan en el cristal de la ventana inclinada, el jardín de la casa de enfrente cubierto de un manto espeso que amortigua los ruidos. Hasta aquí llega el silencio de fuera y los ruidos de dentro; en la sala de estar, apostados frente al televisor unos cuantos siguen animosos el partido de tenis. Este día invita a buscar el calor de la compañía, de la afición común.

A mí me lleva al ayer inmediato, al ayer de ayer, al ayer sábado que precedió a este domingo y llenó otra página del álbum histórico, esa colección de momentos entrañables que gusta recordar, no para anclarse en el pasado y lamentar el presente, si no para saborear esos instantes, tomar impulso y salir con garbo en busca de lo que nos espera a continuación.

La mañana soleada pasó entre las paredes del despacho, resolviendo cuatro asuntos pendientes que requerían algo de la paz que el día ordinario les niega. La satisfacción de haber rebajado la lista de tareas en los asuntos propuestos, también aporta su granito al balance del día. La cita de la tarde dejó la impronta de lo inesperado. Un encuentro sobrio, sin más adorno que la palabra; frente a frente, la conversación fluía ligera, sin prisas, tejida de habla y escucha, de pregunta y respuesta, de asentimiento y disconformidad; variedad, diversidad, comunión de ideas, diferencia de matiz, coincidencia en el fondo. A la palabra le acompañaba el gesto, la adornaba la sonrisa, la fortalecía la mirada. Ideas, sentimientos, dudas, convicciones; un mundo interior que la palabra descubría discretamente, sin llamar la atención, como pidiendo perdón por el atrevimiento de salir, de darse a conocer. Consciente de que eso no sucede siempre que dos personas hablan, abría los poros para dejarme empapar de aquella lluvia fina que nos cubría; no puedo decir que el tiempo pasaba sin darme cuenta, porque las agujas del reloj daban un salto imponente cada vez que las miraba; temía el momento de marchar como el estudiante el final de las vacaciones; agradecí la prórroga primera, y la segunda y la tercera. Quedaba mucho por decir, pero ya no era posible pedir más.

El frío de la tarde se había colado por las rendijas de la sala. Abstraído por el calor de la conversación, sólo cuando llegué a casa me di cuenta que me había quedado helado. Tomé algo caliente. Gozoso, lento, recogí con cuidado, ordené las cosas y algo de mi vida. Me acosté, cerré los ojos; poco a poco se fueron apagando las luces de un día que había dejado señal. Y aquí me tienes contándotelo, para compartirlo contigo y que te alegres conmigo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

12/03/25

LOS CIEN

LOS CIEN

Mi madre viaja en un tren que avanza tranquilo para que los pasajeros puedan disfrutar de la conversación, del paisaje y de los recuerdos que afloran. Las estaciones coinciden con los años y ayer hizo parada en la de LOS CIEN. A mi padre hace dieciocho años que una enfermedad le apeó del tren y mi madre continuó el viaje ella sola, asomada a la ventana mirando hacia atrás por si le veía y, a ratos, hacia adelante. Poco a poco, el recuerdo del trayecto recorrido juntos le dio fuerza para hablar más del futuro que del pasado. Y dedicó su tiempo a ayudar a los hijos, la familia, las amigas, las vecinas y cualquier persona a quien pudiera prestar un favor. De nuevo sus conversaciones se llenaron de contento por lo hecho y de alegría por lo que tenía por hacer. Nos ha enseñado a disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes, aunque de estas pocas encontramos en su currículum; salvo que, al vivirlas con intensidad, las pequeñas se convierten en grandes.

Fui el primer hijo en marchar de casa. De pie en la estación, con la maleta a los pies, un domingo de octubre esperamos el tren que me llevaría al futuro. Los nervios y la juventud me sujetaron al “yo” y fui incapaz de darme cuenta de lo que mi madre estaba viviendo en aquel momento. Más adelante lo he podido comprender, porque cuenta con mucho detalle todo lo que guarda en su memoria, aunque se le olvida lo de ayer. “Cuando marchaste a los quince años procuré rellenar el hueco con tus hermanos; ellos, el trabajo de la casa, ayudar a tu padre y atender otras necesidades, mantenían la mirada alta. Pero luego marchó José Antonio, Elvira, Joaquín… las habitaciones se quedaron vacías y me daba no sé qué pasar por allí”.

Ese no sé qué era por nosotros, no por ella. Mi madre no habla de cosas, habla de personas. En sus relatos, los aspectos materiales tienen un papel segundón, importan poco; sus historias son con personas: su abuela, los padres, los hermanos, las primas, las amigas, la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos. Lo que llena su corazón son los demás y por eso habla de ellos.

Quien quiera que se siente a su lado en este viaje de la vida, tardará muy poco en verse acogida en una conversación que empieza por lo evidente, por lo más sencillo; y acaba no se sabe cuándo ni donde, porque la cabeza y las fuerzas le acompañan, y los temas de su interés son amplios.

Doy gracias a Dios que nos ha permitido revivir aquella escena de un domingo de octubre, pero con los papeles invertidos: ahora ha sido una bienvenida en lugar de una despedida; quienes la queremos estábamos en el andén esperando el tren que la lleva por la vida y la hemos visto llegar arreglándose el pelo en el cristal de la ventanilla, mientras canturreaba una jota y se le iluminaba la cara de alegría al vernos bajo el cartel que anuncia: estación LOS CIEN.

05/01/25

 

 

Lugar de vivos

Lugar de vivos

El viernes por la tarde estuve de visita en el cementerio, uno de los varios que tiene Madrid; la tarde se había quedado preciosa después de la lluvia de la mañana. Unos cuantos coches marchaban cuando llegamos; dentro imperaba el silencio custodiado por los cipreses inmóviles que absorbían los comentarios de las pocas personas que aún quedaban. Por encima de las paredes de nichos que cierran los patios, nos cubría el cielo limpio de azul intenso, salpicado de nubes corridas que el sol de la tarde coloreaba de naranja pálido. Recorrimos sin prisa el camino que separa las tumbas conocidas, contagiados del ambiente tranquilo, respirando hondo la paz que flotaba en el aire. Delante de la lápida gris, sin más adornos que la cruz y los nombres grabados de quienes allí reposan, rezamos por su eterno descanso y recordamos anécdotas vividas o contadas. El grito del empleado alteró nuestro relajo; junto con las voces hacía gestos señalando el reloj. Se nos había pasado la hora y hacía quince minutos que tenía que haber cerrado; un tanto avergonzados le pedimos disculpas por alargar su jornada en un día tan intenso. Algo tenía aquel lugar que nos había retenido más de lo esperado.

En el pueblo, el cementerio está separado de la carretera por un camino amplio bordeado de cipreses que enmarcan la puerta de entrada. Aprendí de mi madre a rezar por los difuntos, cada vez que pasábamos por delante con el tractor camino de las tareas del campo. Luego, cuando quedó viuda, la he acompañado con frecuencia a rezar por mi padre, por los abuelos y por aquellos familiares que se han añadido a medida que la vida pasa. Al principio, ella salía dando un paseo y pasaba muchos ratos a solas con él; pero ni él ni ella estaban solos. El la tenía a ella; y a ella, el recuerdo nunca la ha bloqueado; en todo caso le avivaba el cariño, la impulsaba a estar activa para los demás: vecinas, enfermos, familia, amigas, siempre pendiente de los suyos. Los paseos frecuentes al cementerio y la oración continua, actualizaban el amor que les unió. Y un corazón que ama, transmite alegría, contagia optimismo, atrae porque a su lado se está bien. Y por eso siempre se ha sentido acompañada.

Ahora ya no está para paseos largos y vamos juntos. Se detiene delante de un nicho, de una tumba; se acerca para ver la foto, la reconoce, le sale el recuerdo fresco como si fuera de ayer. En algunas tumbas, el paso del tiempo ha borrado la numeración y las letras grabadas sobre la piedra arenisca; el musgo extendido sobre la lápida dificulta la localización. La parada se repite, avanzamos despacio, son historias de vivos porque las cuenta en presente, las adorna con mil detalles porque las vive y me las hace vivir, para ella es la vida de entonces y para mí la de ahora porque la vivo con ella.

El viernes, ya en la calle, una vez pasado el susto de que podíamos habernos quedado encerrados en el cementerio, sonreí con el recuerdo de los paseos con mi madre tan parecidos al de aquella tarde. Marché contento con el pensamiento de que todo el bien que han hecho esas personas sepultadas, todo el ejemplo que nos han dado, la luz que han arrojado con su comportamiento, no se apaga con el paso del tiempo como puede suceder con su nombre sobre la piedra; ha quedado impregnado en el ambiente para beneficio de quienes venimos detrás y hacen que el cementerio parezca un lugar de vivos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/11/24

La escoba de oro

La escoba de oro

Esta publicación es un homenaje que dedico a Evarist, fallecido en octubre de 2024, pocos días después de escribirla:

Acerté al salir pronto de casa porque encontré la circulación algo espesa aun siendo una hora temprana. Y tuve suerte con el aparcamiento, pues nada más girar la esquina un coche dejaba el hueco que buscaba. Aquella era una calle de tránsito vecinal, tranquila; tanto que el paso de peatones no tenía semáforo. Crucé sin mirar a derecha ni izquierda, confiado en el silencio que anunciaba ausencia de peligro, con el pensamiento puesto en el encuentro que me esperaba y la marcha apresurada de quien llega tarde, aunque no fuera el caso porque tenía unos minutos de margen. Cuando puse el pie en el otro lado, pendiente del bordillo roto en un tramo de la acera, me sorprendió un ¡buenos días! que de momento me sobresaltó, porque me pillaba encerrado en mi mundo. Me detuve, levanté la vista y miré en la dirección del saludo. Respiré hondo, la sangre se acumuló en la cara al sentirme avergonzado, sonreí un poco forzado y respondí con otro “buenos días”; recuperé la serenidad y añadí una frase de arrepentimiento “disculpe, no le había visto”. El barrendero un poco oculto entre los coches, que me había visto cruzar -éramos los únicos pobladores de aquel micro mundo- seguramente pensaría “otro que va acelerado”, y quiso regalarme una sonrisa para alegrarme el arranque de la mañana. Antes de entrar en el edificio me volví para buscarle con la mirada; le vi limpiar, vaciar una papelera y hablar con un anciano que paseaba con el perro en una mano y el bastón en la otra.

La entrevista salió mejor de lo que esperaba y cuando volví al exterior, la mañana me parecía más cálida, tenía ganas de sonreír y de volver a encontrarme con aquel buen hombre. Le vi en la plaza al fondo, fui en su busca, le agradecí el gesto y el saludo inicial porque me bajó a tierra y llegué a la visita más centrado. Estuvimos hablando un rato y antes de despedirnos le pregunté si este Ayuntamiento también entregaba cada año “la escoba de oro”. Se lo tomó a broma y soltó una carcajada porque eso le sonaba a jugador de fútbol, a espectáculo de masas. Bajando el tono y con una sonrisa que le iluminaba la cara me dijo que su trabajo pasa escondido, que habitualmente nadie se fija en lo que hace y que a él no le hacen falta premios para intentar hacer bien su trabajo y ser amable con las personas.

Ese día le puse cara al protagonista de la historia que nos contaba Evaristo. En Barcelona a finales de 1974, un amigo me llevó por el local de una asociación de actividades para jóvenes. De aquella primera visita recuerdo la alegría bulliciosa que llenaba el pasillo estrecho, una charla sobre la Navidad que ya asomaba por la esquina y la narración de Evaristo durante la merienda: nos habló del barrendero de su barrio varias veces premiado. Decía que el Ayuntamiento otorgaba cada año la “escoba de oro” al empleado de la limpieza que más puntos sacaba por la valoración de su trabajo y de su comportamiento con los vecinos y comercios de la zona. Era un gran comunicador, nos metió a todos en la historia escenificando posturas y movimientos, y nos tuvo con la boca abierta pendientes del relato. Aquel día Evaristo me hizo un hueco en su corazón y me añadió a la lista de amigos; durante años hemos pasado juntos muchas horas. De vez en cuando le pedíamos que nos contara la historia y siempre me causó el mismo impacto de la primera vez. Como les pasa a los niños con los Reyes Magos, nunca quise saber si el personaje era real y la leyenda cierta o era una novela que nos contaba para entretenernos; y desde luego que nos entretenía, tanto como nos divertía y nos transmitía una actitud en el trabajo que él se esforzaba por vivir.

Cuando me despedí de mi barrendero me acordé de Evaristo y me entraron ganas de escribirle para decirle que le perdono si el suyo no era de verdad; porque personas como aquel existen. Yo me lo he encontrado, aunque ahora no le den la escoba de oro.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18/09/24

De amigos ando bien

De amigos ando bien

Así empieza un poema de Carmelo Guillén, un sevillano de mi quinta que conocí durante una velada cultural en un curso de verano en Jerez de la Frontera. Por entonces, recién estrenado el nuevo milenio, era profesor de instituto además de escribir poesía y bastante bien según la crítica. Sentados en la terraza para aliviar el calor con el ligero fresco de la noche jerezana, formamos un semicírculo amplio en torno al poeta que nos explicaba los detalles de cada poesía; poco a poco las sillas se fueron acercando, cerrando el círculo a medida que aumentaba el interés por las palabras del artista. Recitó alguna de sus composiciones, acompañando cada verso de una musicalidad y ritmo que te envolvía y elevaba hasta devolverte a la tierra con el punto final en un aterrizaje suave.

Desde aquella noche, recuerdo con frecuencia la que empieza con el título de este escrito De amigos ando bien y me gusta enseñarlos en álbumes de fotos y hacerles coincidir y que se den sus números de teléfono, que tengan entre ellos un trato”. A lo mejor será también porque retrata muy bien a mi amigo José Manuel, de quien me enorgullece que me tenga en su corazón y en su lista de amigos y, de vez en cuando, me haga coincidir con otros de esa lista. Por eso conozco a padres de alumnos del colegio donde trabaja, a compañeros de su anterior trabajo, a vecinos del barrio donde creció, a su cuñado, a colegas de su hijo universitario; y tengo sus teléfonos y de vez en cuando nos cruzamos algún mensaje de pedir favor.

Sus padres dejaron el pueblo de unos pocos cientos de habitantes, marcharon a la capital y se instalaron en un barrio de la periferia. Al poco de nacer José Manuel descubrieron que su corazón no era de serie, que estaba hecho de otra pasta más flexible, con capacidad de ensancharse para albergar ilusiones y personas sin tener que decir basta. Dejó pronto la escuela por aquello de ayudar en casa cuanto antes; pero ya de casado y con hijos sacó carrera universitaria, aunque eso no lo dice a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, que lo suyo es lo de menos y lo tuyo lo de más.

“De amigos ando bien y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo, que vienen a mi vida y me cogen el peine, y se peinan, y me ponen los versos perdidos de afecto, y se resbalan en este corazón que es su casa”. Así es mi amigo, su corazón es mi casa o la tuya si eres mi amigo; y su casa un corazón, porque así de a gusto estás cuando franqueas la puerta y te recibe la sonrisa de Carmen, su mujer que le anima a invitarnos a todos, porque antes que a todos ella ya ha recibido más que nadie y se siente privilegiada. Aunque a veces ella lo mira con esa mezcla de cariño y amonestación, porque cuando está entre amigos, en algún momento sus gestos pueden resultar un poco toscos y su voz algo estridente; pero a nosotros nos da lo mismo porque andamos ocupados en él, como dice el poema “De amigos ando bien, y andan ocupados en mí, en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo en mangas de cariño o si llevo o no el cuello rozado de quererles”.

Tiene una fe recia en su Dios y la hace realidad en nosotros sus amigos, sin reconvenciones ni monsergas; en todo caso me dice que de ahí saca fuerza para querer a los suyos, que me los hace sentir como míos; y a los míos que hace tiempo los hizo suyos. En eso y en otras cosas es para nosotros ejemplo, precisamente porque no va de ejemplar y nos echa a nosotros la culpa de ser feliz: “De amigos ando bien y me noto importante, tal vez algo más gordo de ser feliz, por eso me quedan las camisas estrechas y me sale un brillo en la mirada sólo porque de amigos ando bien”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

04/09/24