Oct 25, 2023 | Escritos
“Espero encontrar el tiempo necesario para escribir un libro sobre la filosofía de la vida”; esto me decía la madre Francisca, superiora general de una Congregación de religiosas, que en la mochila de su vida acumula la experiencia en el trato de tantas y tan variadas personas que se le han acercado en busca de consejo, en España, México, Perú o Kenia.
Con la madre Francisca me une el propósito común de contribuir en la formación de unos cientos de chicos y chicas, alumnos de uno de los colegios de la Congregación. La ilusión y el empeño por remover su inquietud para que sean personas libres, responsables, con espíritu de servicio a la sociedad desde los valores cristianos, nos llevan a mantener frecuentes conversaciones.
A los jóvenes les habla del amor, humano y divino; sabe mucho de corazones enamorados porque está rodeada de mujeres que van y vienen a donde se les necesita, por amor a Dios y a las personas, que en el mismo corazón cabe todo. Y también sabe del amor humano, que se lo cuentan muchos matrimonios que acuden a ella.
“Mira Rafa, vivir enamorado da sentido a la vida; el amor te lleva a la entrega y por la entrega llega la felicidad; pero no te ahorra disgustos ni contrariedades, que nadie piense que la felicidad es la ausencia de dolor, porque entonces va listo. Mira te voy a contar la última:
José y Sandra son un matrimonio ejemplar, familia numerosa, ocupados en la educación de los hijos y muy involucrados en el colegio. El es ingeniero de carrera y de mentalidad, previsor, ordenado, acostumbrado por su trabajo a proyectar, ejecutar y obtener resultados. A veces parece que le gustaría expresar los sentimientos con una fórmula matemática.
Ella es activa, pendiente de la casa, de los hijos, implicada en la parroquia y en el colegio, volcada en todo aquel que lo necesita. No ha ejercido su carrera universitaria por atender la casa, pero promueve actividades culturales y está al día de las últimas tendencias.
Mire madre, me decía José: con Sandra coincido en todo y la quiero mucho; pero hay un aspecto con el que no puedo y me provoca enfados. Y es que cuando expresa sus sentimientos, lo hace con un lenguaje florido y exuberante que no entiendo. Fíjese que me dice “porque claro, es que 2 + 2 es igual a mucho” ¡cómo que mucho! ¿qué quiere decir con mucho? De siempre 2 + 2 han sido 4; no entiendo lo que me quiere decir y por eso me enfado.”
Me reí con la madre Francisca, son los pequeños detalles que saltan en la convivencia, en casa, en la familia, y ponen a prueba nuestro corazón para que aprenda a renunciar, a callar, a perdonar, a poner cariño que es el mejor bálsamo. A lo mejor el libro que quiere escribir va de esto, que es una buena filosofía para andar por la vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
25/10/23
Jul 13, 2023 | Escritos
El Camino de Santiago francés nos sitúa en el recorrido medieval que conectaba Santiago de Compostela con Europa. Nuestro objetivo era la segunda etapa, desde Roncesvalles a Zubiri, veintidós kilómetros entre prados, hayas, robles y pinos. Un magnífico escenario salvo la bajada pedregosa del final.
El miércoles pasado, antes de salir, fuimos a saludar a la Virgen en la Colegiata de Santa María, construida junto con el albergue-hospital entre los siglos XII y XIII con estilo gótico francés.
La mañana se presentaba apropiada para la caminata; el cielo parcialmente nublado y la sombra del bosque nos protegía del calor y animaba la cadencia de los pasos. El buen humor en el grupo se dejaba sentir; los relevos en cabeza facilitaban la conversación por detrás.
Paramos a comer en Bizkarreta, al final de la bajada desde el alto de Mezkiritz. Poco antes Víctor empezó a notar molestias en la rodilla. Durante la comida se le pasaron, pero en el arranque volvió el dolor y abandonó el camino en Lintzoain. Me quedé con él y continuaron los otros cinco.
Decidimos hacer auto stop para que no tuvieran que venir a por nosotros. Después de media hora, la suerte llegó en forma de un tipo asombroso. Paró para ofrecerse, buscó un espacio donde aparcar sin molestar la circulación, quitó las sillitas de los niños que llevaba en el asiento de atrás, se preocupó por la situación de Víctor; todo con animosidad y sin darse importancia. Nos contó que se ha instalado en el pueblo con la familia desde que teletrabaja. Los quince minutos de trayecto pasaron rápidos, en una conversación fluida, optimista. Se desvió para dejarnos en nuestro punto de encuentro. Nos despedimos con un apretón de manos, le di las gracias y me dijo: nada hombre, hoy por ti, mañana por mí ¡agur! Tanto disfruté de la conversación y de la cercanía de aquel navarrico, que me olvidé preguntarle su nombre.
La etapa tuvo más emociones: en la última bajada desde el alto de Erro a Zubiri, Martín se cayó; la herida en la rodilla frenó la marcha. Y cuando llegaron ¡el coche se había quedado sin batería!
Por la noche podría haber hecho un resumen cenizo del día; sin embargo, el buen sabor de boca del viaje en auto stop superaba todo lo demás.
Lamento no saber el nombre de aquel tipo, por eso me lo invento para despedirme de él y darle las gracias de nuevo: ¡Agur, Jesús Mari!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/07/23
Nov 26, 2022 | Escritos
En verano de 2019 pasé unos días en Alemania, un combinado de estudio y descanso, reflexión y excursiones. Regresaba pletórico, lleno de buenos propósitos para contribuir a mejorar el mundo que nos ha tocado vivir.
A punto de iniciar el despegue, se sentó a mi lado un tipo de buena pinta. Nos saludamos brevemente mientras se acomodaba y ponía el cinturón. Cuando la azafata empezó con las instrucciones de vuelo, los dos ya nos habíamos quedado dormidos. El cambio de presión en los oídos me despertó y me puse a leer. Al rato mi compañero se desperezó sin disimulo, miró a un lado y otro, sacó el móvil y se puso una peli sin auriculares. Cuanto mayor era el ruido de los motores, más subía el volumen del móvil; aquello me aturdía, me impedía centrarme en la lectura. Por momentos me encendía, removía inquieto en el asiento, me debatía por dentro entre saltar directamente a la yugular, decirle cuatro frescas o hacerle un gesto descriptivo. Debe ser que estos ejemplos de la vida real no estaban en el manual de “cómo contribuir a la paz mundial”, porque aquellos buenos propósitos e intenciones que llevaba al subir al avión habían desaparecido. No obstante, decidí hacer un esfuerzo, convertirme en héroe anónimo y no decir nada. Soporté con paciencia la situación hasta que apagó el móvil al iniciar el aterrizaje. El caso es que el chaval no debía ser mala persona, porque ayudó a bajar la maleta a un anciano, con sonrisa incluida.
Al día siguiente quedé con Jesús, amigo del alma, para contarle los días en Colonia y el paquete de buenos propósitos que me había traído; como ejemplo, le conté lo sucedido en el avión. Cuando acabé, me quedé en silencio esperando su aplauso o que directamente me pusiera la medalla al mérito paciente. Como no decía nada, le pregunté desconcertado ¿qué te parece? “Pues que no has salido del cascarón de tu egoísmo. Imagina que el buen tipo tuviera ganas de conversación, de compartir alegrías o penas contigo, porque de entrada le habías caído bien. Pero te vio tan a lo tuyo, enfrascado en la lectura, que optó por la peli sin ninguna gana, rumiando por dentro que su compañero de viaje es de los que van a su bola y pasa de quien está a su lado. Si tú hubieras roto el hielo con una pregunta inocente, le habrías enviado el mensaje de que le importabas y, a partir de ahí, todo hubiera sido distinto. Pero tu opción fue enrocarte en tu castillo y alimentar el yoísmo. Y encima te consideras un héroe. Pues va a ser que no.”
Qué quieres que te diga, pues que me vino muy bien el repaso que me dio mi amigo del alma. Y, así las cosas, ya veo que la medalla tendrá que esperar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 19, 2021 | Escritos
Al entrar en la recepción oigo a Mercedes que se despide de Roberto ¡adiós corazón! y baja con cuidado los tres peldaños apoyada en el pasamanos. La veo alejarse despacio con el paso medido, mirando al suelo para asegurarse y levantando la vista cada vez que se cruza con alguien.
Mercedes es abuela y lleva en el colegio tantos años como el primero de sus nietos, el de la mayor de sus hijas. Después entró otro, de la segunda, y con él se convirtió para nosotros en madre del colegio, más madre que abuela porque la suple en todo lo que ella no alcanza. A la hija, los años de rebeldía en la juventud la marcaron con el zarpazo que deja el ambiente en el que se hundió. Mercedes tiró de ella con suavidad y firmeza, cariño y desvelo; muchas horas de inquietud, muchos días de incertidumbre, muchos pasos siguiendo el rastro tras ella. Y volver a empezar, una vez, otra y otra. Pero lo consiguió: sonó el timbre, abrió la puerta y allí estaban los tres, la hija y un par de regalos –niño y niña- que entonces cabían en el bolso de la compra.
Mercedes tiene un puesto de ropa en el mercadillo. Un día me paso a ver qué le compro, le dije en una ocasión. Me miró con su sonrisa habitual y me dedicó una mueca disuasiva a la vez que añadía: es que… es ropa un poco hippy. Los años de crisis los hemos comentado paso a paso: no es que no compren ¡es que ni vienen! Han sido duros, pero Mercedes aparecía cada mes a traer algo de dinero, a dar la cara, a pedir un aplazamiento, a informarse de las becas; a veces consigue que le acompañe la hija en un intento de que se responsabilice de alguna gestión, de que lleve el papel que le ha pedido la asistenta social o cualquier otro asunto, pero no hay forma; ¡esta hija! se le escapa en un suspiro.
A las reuniones viene acompañada de su marido con el mismo interés que los padres de los compañeros del nieto. Paco vivía en la misma calle que Mercedes, estudiaron en el mismo colegio, compartían los mismos amigos, el mismo tiempo libre y se casaron jóvenes. De aquellos años, a Paco le queda el pelo cano y rizado recogido en coleta, la frente arrugada, la tez morena y el punto brillante de la arracada en la oreja. Cogidos de la mano pasean su cariño como el primer día y, de eso, ha pasado mucho tiempo.
La hija mayor se quedó sola un día al doblar una de tantas esquinas que tiene la vida; le echó ganas y horas al kiosco para sacar la casa adelante y un hijo precioso, hasta que la enfermedad la apartó de la circulación y el Ayuntamiento le retiró la licencia por impago. Peleó y recuperó la concesión, pero cuando volvió a subir la persiana del kiosco, las ventas no estaban por la labor y la tuvo que bajar definitivamente. Donde una puerta se cierra otra se abre y fue a la casa de la madre como si fuera la suya.
Mercedes me confió que su práctica religiosa anda bajo mínimos por circunstancias de la vida, pero que la llama de la fe en Dios sigue viva; a su modo habla todos los días con Él y le pide que esté siempre a su lado para que cuando a ella le faltan las fuerzas -que sucede de vez en cuando-, a su familia nunca le falte un apoyo. Y que lo nota, o de lo contrario sería difícil de explicar cómo ha hecho todo lo que ha hecho, porque ni las ganas ni las fuerzas han estado siempre a la altura de las circunstancias.
Faltan dos días para las vacaciones de Navidad. El colegio está en ebullición, hay que preparar los belenes, el festival y un sinfín de cosas más. La Secretaría es un trasiego continuo de alumnos, de profesores: me falta una cartulina, ha dicho D. Fulano que si tienen un rotulador, necesito un poco de cuerda… Entre unos y otros ha entrado Mercedes, despacio, sin ruido. Apoya los brazos en el mostrador como si descansara de la vida. Saluda con un ¡hola corazón!, nos mira con su cara cansada y reparte una sonrisa y una palabra afectuosa para cada uno. Volveré después de Reyes a ver si puedo traer algo de dinero; hoy sólo vengo a felicitaros las fiestas y desearos Feliz Navidad. Se despide y mientras la veo alejarse despacio con el paso medido, mirando al suelo para asegurarse y levantando la vista cada vez que se cruza con alguien, veo en ella la Navidad porque en su corazón hay sitio para todos, todo el año.
Descarga en pdf: La cara cansada de Mercedes
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19 de diciembre de 2021
Jul 18, 2021 | Escritos
Bajo el impacto del descarrilamiento de trenes con que se estrena el 2026, como quien quiere dar al traste con todos los buenos deseos con que lo recibimos, quiero agradecer a todos los socorredores de cualquier clase que con su ejemplo de altura de miras nos ayudan a transitar por estas situaciones imprevistas. A ellos dedico este escrito que ya publiqué hace un tiempo:
«He salido pronto de viaje para evitar el calor de mediodía. A esta primera hora la carretera está tranquila, conduzco relajado con velocidad fija, despreocupado de quienes me adelantan; a derecha e izquierda, los rastrojos aún mantienen la paja de la mies recién cosechada. Un poco más adelante, dos tractores cargados con el grano levantan el polvo del camino y obligan a subir la ventanilla del coche.
Pongo música, suena Melendi:
No se confunda / No es lo mismo pisotear que dejar huella / Usted tan sólo mira al cielo / Mientras yo veo las estrellas.
Y el recuerdo se me va a la conversación mantenida con Julio esta semana:
«Rafa, ayer se reunió el equipo médico que me lleva. Con todas las pruebas sobre la mesa, queda claro que mi cuerpo ya no responde al tratamiento. Me plantearon dos opciones: pasar a paliativos o apostar por una intervención arriesgada de resultado incierto que alargaría la esperanza de vida en unos meses. Por la noche, cogidos de la mano con Elena y los niños, decidimos paliativos. Con eso, lo que me queda pueden ser dos semanas, máximo dos meses. Estoy sereno, confiado en Dios, contento de todo lo que me ha dado y de cómo se quedan ellos. Puesto que el final es bueno, que llegue cuando Él quiera. Además, ya sabes que en estos años que llevo conviviendo con la enfermedad, me he zafado de varios ultimátum. Y ahora ¡quién sabe!»
El nudo en la garganta me impidió decir gran cosa, mientras él siguió contando los planes para este corto plazo y animándome como si fuera yo quien tiene la fecha marcada en el calendario.
Durante los veinte años largos de trato, su actitud ante los reveses de la vida ha sido un ejemplo para mí, que siempre agradeceré por lo mucho que me ha ayudado; lo mismo sucede con la amistad que surgió y hemos profundizado durante este tiempo, aun sabiendo que estamos en dos categorías distintas: pues mientras yo miro al cielo, él contempla las estrellas; y mientras yo paso por la vida pisoteando, él deja huella. Y claro, no es lo mismo.»
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17 de julio de 2021