Dic 26, 2019 | Escritos
Fue el 19 de diciembre de 2019. Salí del taxi con mi “movilidad limitada” apoyado en las muletas. Unos días antes me había roto el tobillo y estaba escayolado; avancé poco a poco hasta llegar al portal del número 9, cinco minutos antes de la hora. Estaba cerrado. Miré hacia el panel de los timbres, buscando el piso del notario.
– ¿puedo ayudarle en algo?
Me giré, un mendigo zarrapastroso me ofrecía su mano con una sonrisa amable. Estaba a mi lado, con el gorro de lana que en su día fue amarillo, bien calado en la cabeza; el cabello largo desaseado; la barba enredada; la cara ennegrecida por el sol y la suciedad; una prenda larga a modo de abrigo.
– Pues sí; si es tan amable, llame al 2º A.
Sonó el zumbido de apertura, pero fui incapaz de mover el portón de hierro.
– Deje, deje, yo le abro.
Una vez dentro le di las gracias y me excusé:
– Disculpe, no llevo algo que pueda darle.
– Ni falta que hace, quédese tranquilo; hoy por ti, mañana por mí. Que tenga buen día y se recupere pronto.
Le vi alejarse despacio, arrastrando un carro de la compra con las ruedas desgatadas, donde llevaría sus tesoros. Le perdí entre tantas personas que pasaban por aquel trozo de acera amplia, todas con prisa, ocupadas en sus cosas. Él no tenía prisa para llegar a ninguna parte, ni cosas propias en las que ocuparse; en cambio, sí que tenía sensibilidad para detectar necesidades, porque convivía con ellas a diario; y un corazón agradecido para devolver tantos favores que le ayudaban a salir adelante.
Quedé un rato inmovilizado, impactado por lo que había vivido. Reaccioné, volví a la realidad y me enfrenté a un pequeño tramo de escaleras antes del ascensor. Al coronar la última, me volví con la sensación de que el mendigo me había ayudado de nuevo a superar aquella dificultad. No estaba, pero tuve la seguridad de que su gesto me había dado fuerza para muchos días.
En el vestíbulo, las luces del árbol parpadeaban y una suave música de villancicos reforzaba el ambiente de Navidad.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 17, 2019 | Escritos
Dejo el coche en el garaje con ganas de llegar a casa y relajarme; sobre todo darle un abrazo. El día en la oficina ha sido intenso y tenso. Salgo del ascensor y pienso en ella. A primera hora de la tarde me ha llamado ¿a qué hora llegarás? Querrá contarme algo, compartir una alegría o un disgusto. Me entran las prisas.
Delante de la puerta respiro hondo tres veces, hago reset y limpio la mente. Visualizo su cara, eso me llena el corazón de alegría y me ilumina la cara con una sonrisa. Me arreglo la corbata, estiro un poco la americana y entro. ¡Hola! ¡hola!… no hay respuesta. Avanzo por el pasillo, abro todas las habitaciones, no está. Noto la amenaza de tormenta, de crisis emocional ¿cómo es posible que no esté?
Entro en la cocina, la mirada se va directa a un papel pegado en la nevera, escrito con letras grandes: he salido un momento a comprar, no te quites la corbata, vuelvo enseguida ¡TE QUIERO!
Cierro los ojos, imagino el abrazo, me quedo bobo y ahí me encuentra ¡anda, míralo! ¿por qué no respondes, qué haces? Pues … es que te estaba diciendo que … yo también ¡TE QUIERO!
16-12-19
Relato inspirado y dedicado a Ignacio y Lola, que el día 5 cumplieron veintidós años de novios. Recuerdan con todo detalle el momento, lugar y circunstancias en que se puso en marcha su calendario particular, donde también tienen remarcada la fecha de la boda y el nacimiento de cada uno de los tres hijos. No todo ha sido de color rosa, pero han sabido mantener viva la llama que aquél día encendieron; esa llama que hoy sigue chisporroteando por sus ojos cuando se miran y que calienta los abrazos cuando al final de la jornada se encuentran.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Nov 18, 2019 | Escritos
He salido al jardín a respirar el aire del otoño, a empaparme de sus colores, sin intermediarios. El cielo, los árboles, las piedras, el silencio… me retienen con su mensaje.
La lluvia fina resbala por la capucha, mientras contemplo absorto el manto de hojas que cubren la hierba y los amarillos que se sobreponen a los verdes.
Antes vibré con la vida que brotaba de sus yemas, luego me emocioné con las flores que salpicaban el jardín. Mañana me cubrirá la nostalgia del invierno con sus ramas desnudas.
La vida te sorprende a cada paso, te ofrece la emoción de las cosas sencillas.
Cuando miras con cariño (a las personas, al paisaje), se despierta en tu interior la sensación de que la vida es algo más que hacer cosas.


18-11-2019
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Sep 23, 2019 | Escritos
A la señora de la foto se le murió el marido hace trece años, tal día como hoy: era veintitrés de septiembre.
La instantánea recoge uno de tantos momentos que pasan a solas. Pero ni él ni ella están solos.
El la tiene a ella. Y a ella, el recuerdo no la bloquea; le aviva el cariño, la impulsa a estar activa para los demás: favores entre vecinas, compañía a enfermos, visitas a la familia, tardes con las amigas, siempre pendiente de los suyos.
Los paseos frecuentes al cementerio y la oración continua, actualizan el amor que les unió. Y un corazón que ama transmite alegría, contagia optimismo; atrae porque a su lado se está bien. Siempre se siente acompañada.
Ella es mi madre y él, mi padre.
Cuatro hijos, un quinto se fue con los ángeles a los tres meses; cuatro nietos, cinco bisnietos. En nombre de todos: gracias mamá, gracias papá.
23-09-2019
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Jul 31, 2019 | Aficiones, Escritos
Para alimentar el gusanillo de una de mis aficiones, de vez en cuando veo el programa “Todo Caballo” de la televisión Canal Sur, a través de youtube. Para mí cumple tres condiciones interesantes:
Entretenido: la belleza del caballo va acompañada de la del paisaje andaluz, mostrada por una fotografía muy cuidada
Divertido: el presentador es ameno, imprime un ritmo ágil, divide el programa en varios apartados y cuando pasan de uno a otro, te quedas con ganas de más.
Formativo: aporta mucha información sobre el mundo del caballo; en cada programa aprendo algo de lo que me interesa.
El viernes por la noche nos alargamos en la sobremesa, el ambiente estaba distendido y surgía la conversación con facilidad. Poco a poco se levantó uno, otro y otro, hasta que todos acabamos delante de la tele, ya un poco tarde. Después del primer zapping no encontramos algo de interés, así que propuse ver uno de los programas de Todo Caballo: aplausos generalizados, poco más y me hacen la ola. No es que a ellos les guste, pero saben que a mí sí; son esos momentos de familia en que uno se siente comprendido y querido.
A la mañana siguiente nos juntamos el grupo habitual de los sábados para desayunar; es una costumbre que mantenemos desde hace tiempo. Contamos las novedades de la semana y arreglamos el mundo en aquellas partes más urgentes; pero siempre dejamos algo para la semana siguiente.
En esta ocasión les conté el impacto que me había producido la reacción tan bonita que tuvieron en casa la noche anterior, cuándo propuse ver un programa de caballos, y el sentimiento que despertaron en mí. Todavía tenía la palabra en la boca, cuando Ramón me cortó ¡vaya, uno fútbol, otro tenis y otro caballos! ¿Es que nadie ve algo normal en la tele? De repente, había pasado de sentirme acogido a sentirme rechazado, de ser querido con mis peculiaridades a ser arrinconado por ellas.
Respiré hondo, aguanté el tirón y conseguí que no me afectara. Entendí que en su reacción primaria, había soltado una frase de una profundidad enorme, como el brochazo que llena el lienzo dejando la impronta del artista; si además la enmarcaba con el tono burlón que la dijo, de superioridad, con aire de malote perdonavidas, salía un cuadro digno del mejor museo. La conversación giró a otros temas, al acabar nos despedimos hasta la próxima semana. Pero el resto del día me acompañaron algunas preguntas para las que busco respuesta: ¿qué es “lo” normal? ¿quién lo decide? ¿por qué nos cuesta querer las particularidades de los demás?
Conozco bien a Ramón, es un tipo inteligente, de pensamiento profundo, que dedica su día a ayudar a otros dentro y fuera del trabajo, una persona buena. Pero tiene una pega, sólo una, aunque grande: no es como yo. Se lo he dicho unas cuantas veces, pero insiste en ser como él y se equivoca. Porque mis gustos son normales, mis aficiones son normales, incluso mis manías son normales. Claro que, si se esfuerza, aún está a tiempo. Desde aquí le envío una palmadita en la espalda ¡ánimo Ramón que tú puedes, que si te esfuerzas lo conseguirás… ser como yo!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Jul 22, 2019 | Escritos
Era diciembre, pasaba unos días en el Valle del Tiétar. Salí a pasear empujado por las ganas de hacer ejercicio y atraído por el día magnífico que hacía, fresco y con sol radiante en un cielo limpio, los caminos reblandecidos por el agua de las lluvias recientes. Encontré una señora entre los pinos, a la ladera del camino; cesta de mimbre con asa bajo el brazo y, en la mano, un cuchillo embarrado; hablaba con el perro que le acompañaba, más bien le daba indicaciones.
La saludé
– buenos días ¿cómo le va, hay cosecha?
Se enderezó y una sonrisa le iluminó la cara; me enseñó la cesta.
– De momento sólo llevo tres, pero disfruto mucho cada vez que encuentro una seta. Mire ve, aquí hay un buen grupo, pero no me fío; sólo cojo níscalos, que son los que conozco bien. Andaremos otro poco y, aunque no encuentre más, con éstos ya me vuelvo muy contenta.
Nos despedimos, continúé la caminata a buen ritmo mientras seguía impregnado por la alegría de la buena señora. Puedo pensar que su mundo es pequeño, que se conforma con cualquier cosa; o también que tiene la capacidad de saber disfrutar con los pequeños detalles que nos ofrece la vida, que posee la sencillez de descubrir motivos de gozo entre lo ordinario de cada día.
Corren tiempos donde se nos insiste en que la felicidad viene de la mano de sensaciones fuertes, se anhela lo extraordinario; y la solución la ofrece la publicidad, cuando pone a tu alcance experiencias únicas que te harán feliz, por las que vale la pena gastar dinero, que de eso se trata: una playa de arena blanca, aguas cristalinas, palmeras exóticas; una casa rural en medio de montañas solitarias; una jornada inolvidable en un parque temático…
No digo yo que esas propuestas sean malas; pero es una lástima renunciar a tantos pequeños detalles que pasan a nuestro lado con los que podemos disfrutar. Focalizarnos en lo extraordinario nos adormece para lo ordinario; centrar nuestra ilusión en las vacaciones de verano, nos anula once meses al año. Esperar al fin de semana desperdicia los cinco días anteriores.
Pues como no están los tiempos para tirar nada, intentaré aprovechar todas las oportunidades que me ofrece la vida cada día de lunes a domingo, de todas las semanas de cada uno de los doce meses del año. De momento voy a leer algo sobre los níscalos, que no sé nada y me lo estoy perdiendo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader