Un erizo simpático

Un erizo simpático

Santiago es un jardinero joven, alto como un ciprés, enamorado de su profesión, que sabe todo sobre plantas, casi todo sobre pájaros y mucho de animales. Tenemos en común que nos hemos criado en el campo, por eso nuestras conversaciones, aunque empiecen hablando de la vida en general, acaban aterrizando en los temas que nos unen, donde sintonizamos el mismo lenguaje y revivimos ambientes parecidos.

El lunes fui a saludarle mientras trabajaba en el jardín; se puso de pie, se quitó los guantes, esbozó una sonrisa y me enseñó el teléfono: “mira lo que me encontré el otro día mientras limpiaba las hojas debajo de un matorral”. Era la foto de un erizo hecho una bola marrón cubierta de púas. Recordaba que hace cuatro años, durante el aislamiento por la pandemia, me había encontrado con otro en la misma zona. Podría ser el mismo, porque viven de media unos ocho años y este es más grande, ha crecido. Durante este tiempo es normal que no lo hayamos visto porque son nocturnos, transitan de noche en busca de insectos y de día duermen entre la hierba o en agujeros en la tierra, donde cavan madrigueras para protegerse. Es un animal solitario, territorial y de oído muy fino; en cuanto oye un ruido que le resulta extraño, se protege con las púas haciéndose una bola.

De pequeño, cuando estábamos por el campo, nos advertían que no nos acercáramos al erizo porque pincha. Supongo que era una leyenda dicha con ánimo de que fuéramos precavidos, porque las púas del erizo no pinchan ni es un animal que ataque; simplemente se protege, quedándose quieto en esa posición mientras intuye peligro.

Aquellos días del confinamiento salí al jardín con frecuencia; un día me encontré con el erizo cuando se refugiaba bajo unas ramas en el suelo. Al acercarme se hizo bola, me puse a su lado en cuclillas y permanecí buen rato sin moverme. Poco a poco deshizo la bola, se estiró y avanzó; en cuanto me moví, volvió a protegerse. Los días siguientes iba a buscarle, no siempre con suerte. Cuando lo encontraba me ponía a su lado, lo observaba sin tocarlo; acabó acostumbrándose a mi presencia y llegué a tenerlo entre las manos mirándome con su cara tan simpática.

“Santiago, el comportamiento del erizo me recuerda el de algunas personas; necesitan tiempo y cariño para que se encuentren cómodas y entonces se abren”. Le conté el caso de Ángel, un chaval que conocí en el instituto cuando cursé COU nocturno. De gesto serio, poco participativo en grupo y en apariencia de pocas palabras. Vivíamos cerca y, al salir de clase, casi todos los días hacíamos juntos el camino de regreso. Llegamos a tener una sincera confianza y me hablaba con desparpajo de su familia, del trabajo, de las aficiones. El tiempo que pasamos juntos y la atención que le presté, hizo que se abriera y que le conociera en profundidad. Combinaba el trabajo en un banco con el estudio; se graduó en Derecho, preparó oposiciones y sacó plaza de Notario. Algunos de los compañeros de clase me llamaron sorprendidos por la noticia de Ángel; simplemente no le conocían. No habían tenido la oportunidad de traspasar la bola con la que se protegía.

Habitualmente es Santiago quien habla, porque a sus conocimientos y experiencia de la vida, añade sentido común y verbo fácil; disfruto escuchándole y se nos pasa el tiempo rápido, hasta que el cuello se me cansa de mirar hacia arriba cuando estamos de pie y lo tengo enfrente. Pero esta vez le tomé la delantera y vi que asentía la comparación entre el erizo y algunas personas. Sin embargo, la última palabra fue suya, porque cerramos la conversación con su comentario. “lo siento por tu amigo, pero hay una diferencia notoria: este es un erizo simpático”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

25/09/24

La escoba de oro

La escoba de oro

Esta publicación es un homenaje que dedico a Evarist, fallecido en octubre de 2024, pocos días después de escribirla:

Acerté al salir pronto de casa porque encontré la circulación algo espesa aun siendo una hora temprana. Y tuve suerte con el aparcamiento, pues nada más girar la esquina un coche dejaba el hueco que buscaba. Aquella era una calle de tránsito vecinal, tranquila; tanto que el paso de peatones no tenía semáforo. Crucé sin mirar a derecha ni izquierda, confiado en el silencio que anunciaba ausencia de peligro, con el pensamiento puesto en el encuentro que me esperaba y la marcha apresurada de quien llega tarde, aunque no fuera el caso porque tenía unos minutos de margen. Cuando puse el pie en el otro lado, pendiente del bordillo roto en un tramo de la acera, me sorprendió un ¡buenos días! que de momento me sobresaltó, porque me pillaba encerrado en mi mundo. Me detuve, levanté la vista y miré en la dirección del saludo. Respiré hondo, la sangre se acumuló en la cara al sentirme avergonzado, sonreí un poco forzado y respondí con otro “buenos días”; recuperé la serenidad y añadí una frase de arrepentimiento “disculpe, no le había visto”. El barrendero un poco oculto entre los coches, que me había visto cruzar -éramos los únicos pobladores de aquel micro mundo- seguramente pensaría “otro que va acelerado”, y quiso regalarme una sonrisa para alegrarme el arranque de la mañana. Antes de entrar en el edificio me volví para buscarle con la mirada; le vi limpiar, vaciar una papelera y hablar con un anciano que paseaba con el perro en una mano y el bastón en la otra.

La entrevista salió mejor de lo que esperaba y cuando volví al exterior, la mañana me parecía más cálida, tenía ganas de sonreír y de volver a encontrarme con aquel buen hombre. Le vi en la plaza al fondo, fui en su busca, le agradecí el gesto y el saludo inicial porque me bajó a tierra y llegué a la visita más centrado. Estuvimos hablando un rato y antes de despedirnos le pregunté si este Ayuntamiento también entregaba cada año “la escoba de oro”. Se lo tomó a broma y soltó una carcajada porque eso le sonaba a jugador de fútbol, a espectáculo de masas. Bajando el tono y con una sonrisa que le iluminaba la cara me dijo que su trabajo pasa escondido, que habitualmente nadie se fija en lo que hace y que a él no le hacen falta premios para intentar hacer bien su trabajo y ser amable con las personas.

Ese día le puse cara al protagonista de la historia que nos contaba Evaristo. En Barcelona a finales de 1974, un amigo me llevó por el local de una asociación de actividades para jóvenes. De aquella primera visita recuerdo la alegría bulliciosa que llenaba el pasillo estrecho, una charla sobre la Navidad que ya asomaba por la esquina y la narración de Evaristo durante la merienda: nos habló del barrendero de su barrio varias veces premiado. Decía que el Ayuntamiento otorgaba cada año la “escoba de oro” al empleado de la limpieza que más puntos sacaba por la valoración de su trabajo y de su comportamiento con los vecinos y comercios de la zona. Era un gran comunicador, nos metió a todos en la historia escenificando posturas y movimientos, y nos tuvo con la boca abierta pendientes del relato. Aquel día Evaristo me hizo un hueco en su corazón y me añadió a la lista de amigos; durante años hemos pasado juntos muchas horas. De vez en cuando le pedíamos que nos contara la historia y siempre me causó el mismo impacto de la primera vez. Como les pasa a los niños con los Reyes Magos, nunca quise saber si el personaje era real y la leyenda cierta o era una novela que nos contaba para entretenernos; y desde luego que nos entretenía, tanto como nos divertía y nos transmitía una actitud en el trabajo que él se esforzaba por vivir.

Cuando me despedí de mi barrendero me acordé de Evaristo y me entraron ganas de escribirle para decirle que le perdono si el suyo no era de verdad; porque personas como aquel existen. Yo me lo he encontrado, aunque ahora no le den la escoba de oro.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18/09/24

De amigos ando bien

De amigos ando bien

Así empieza un poema de Carmelo Guillén, un sevillano de mi quinta que conocí durante una velada cultural en un curso de verano en Jerez de la Frontera. Por entonces, recién estrenado el nuevo milenio, era profesor de instituto además de escribir poesía y bastante bien según la crítica. Sentados en la terraza para aliviar el calor con el ligero fresco de la noche jerezana, formamos un semicírculo amplio en torno al poeta que nos explicaba los detalles de cada poesía; poco a poco las sillas se fueron acercando, cerrando el círculo a medida que aumentaba el interés por las palabras del artista. Recitó alguna de sus composiciones, acompañando cada verso de una musicalidad y ritmo que te envolvía y elevaba hasta devolverte a la tierra con el punto final en un aterrizaje suave.

Desde aquella noche, recuerdo con frecuencia la que empieza con el título de este escrito De amigos ando bien y me gusta enseñarlos en álbumes de fotos y hacerles coincidir y que se den sus números de teléfono, que tengan entre ellos un trato”. A lo mejor será también porque retrata muy bien a mi amigo José Manuel, de quien me enorgullece que me tenga en su corazón y en su lista de amigos y, de vez en cuando, me haga coincidir con otros de esa lista. Por eso conozco a padres de alumnos del colegio donde trabaja, a compañeros de su anterior trabajo, a vecinos del barrio donde creció, a su cuñado, a colegas de su hijo universitario; y tengo sus teléfonos y de vez en cuando nos cruzamos algún mensaje de pedir favor.

Sus padres dejaron el pueblo de unos pocos cientos de habitantes, marcharon a la capital y se instalaron en un barrio de la periferia. Al poco de nacer José Manuel descubrieron que su corazón no era de serie, que estaba hecho de otra pasta más flexible, con capacidad de ensancharse para albergar ilusiones y personas sin tener que decir basta. Dejó pronto la escuela por aquello de ayudar en casa cuanto antes; pero ya de casado y con hijos sacó carrera universitaria, aunque eso no lo dice a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, que lo suyo es lo de menos y lo tuyo lo de más.

“De amigos ando bien y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo, que vienen a mi vida y me cogen el peine, y se peinan, y me ponen los versos perdidos de afecto, y se resbalan en este corazón que es su casa”. Así es mi amigo, su corazón es mi casa o la tuya si eres mi amigo; y su casa un corazón, porque así de a gusto estás cuando franqueas la puerta y te recibe la sonrisa de Carmen, su mujer que le anima a invitarnos a todos, porque antes que a todos ella ya ha recibido más que nadie y se siente privilegiada. Aunque a veces ella lo mira con esa mezcla de cariño y amonestación, porque cuando está entre amigos, en algún momento sus gestos pueden resultar un poco toscos y su voz algo estridente; pero a nosotros nos da lo mismo porque andamos ocupados en él, como dice el poema “De amigos ando bien, y andan ocupados en mí, en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo en mangas de cariño o si llevo o no el cuello rozado de quererles”.

Tiene una fe recia en su Dios y la hace realidad en nosotros sus amigos, sin reconvenciones ni monsergas; en todo caso me dice que de ahí saca fuerza para querer a los suyos, que me los hace sentir como míos; y a los míos que hace tiempo los hizo suyos. En eso y en otras cosas es para nosotros ejemplo, precisamente porque no va de ejemplar y nos echa a nosotros la culpa de ser feliz: “De amigos ando bien y me noto importante, tal vez algo más gordo de ser feliz, por eso me quedan las camisas estrechas y me sale un brillo en la mirada sólo porque de amigos ando bien”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

04/09/24

Punto de encuentro

Punto de encuentro

Mi abuela Agustina tenía poder de convocatoria sin levantar la voz; a su lado se estaba a gusto y por eso estaba siempre acompañada. Su casa en las fiestas era punto de encuentro familiar y los domingos después de misa, un peregrinar de nietos. Se hacía mayor y propuso hacer una romería para dar gracias y, se intuía, para decir adiós a la familia, aunque eso nunca nos lo dijo. Quedamos en Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen cerca de Barbastro, equidistante de los varios puntos que acudiríamos para acompañarla ese día. Han pasado algo más de cuarenta años y de aquel día nos queda el grato recuerdo de la jornada, una foto en color que ha perdido buena parte del brillo y la ausencia de unos cuantos de los que formaban el grupo.

Ese sitio, como la casa de la abuela, fue lugar de encuentro de personas con personas. Supongo que para eso lo hicieron, y también para que las personas puedan encontrarse con Dios de la mano de la Virgen; y con la naturaleza, o con el silencio y la paz, dada su fácil localización a la vez que cerca de nada y apartado de todo.

El recuerdo de la abuela me viene porque este mes de agosto he pasado unos días en Torreciudad, con un grupo variopinto por su lugar de origen y por las circunstancias de cada uno. De nuevo el encuentro entre personas. La convivencia es enriquecimiento, es ampliar horizontes al comprobar cómo tipos tan distintos caminan hacia un mismo objetivo, que los modos no son únicos. Ese lugar invita a vivir la fe allí y en tu pueblo o ciudad, a bajar el cielo a la tierra y pasar de la oración a la acción sin cambiarse de ropa. El espíritu cristiano se manifiesta integrador, de tender puentes entre orillas separadas por el río de mil historias; aunque no tiene la exclusiva y algunos comportamientos contrarios son la excepción.

Gregorio llegó la tarde del segundo día, acompañado de Félix; nos sentamos juntos en la cena. No nos conocíamos, pero nos levantamos como si de toda la vida. Tomó la iniciativa para contarme alguna cosa de su vida y situarme; no sé bien en qué momento me debió preguntar, pero me vi hablando de mí, contándole mis impresiones sobre algún punto de interés común y él me seguía con atención. El porcentaje de uso de la palabra cayó de mi lado por abrumadora mayoría. Esa escena se repitió con frecuencia el resto de los días: Gregorio escuchando y alguien contándole lo que sea; se interesaba por tus intereses, sacaba temas en los que podías aportar y la conversación fluía amena, entretenida. Como a mi abuela, siempre le veía acompañado; al lado de esas personas se está a gusto, por eso atraen.

Ahora cuando pienso en esos días, en la película de mi memoria se juntan la abuela Agustina, Torreciudad y Gregorio; será porque a pesar de ser tan distintos, encarnan el mismo papel: el de atractivo punto de encuentro.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

28/08/24

La escuela de la vida

La escuela de la vida

Cuando nací, mis padres me inscribieron en la escuela de la vida sin pedirme permiso, que por entonces eso no se estilaba. Acertaron, y eso que no habían hecho ningún curso de “toma de decisiones”; por no hacer, ni siquiera habían hecho el curso prematrimonial; quizás porque andaban sobrados de cariño y también de salud; de dinero mal, aunque eso fue así entonces y siempre.

Después, cuando ya tuve edad para decidir por mi cuenta, seguí renovando la matrícula cada año en la escuela de la vida, donde sigo con interés cada día las lecciones que me ofrece. Incluso tengo un blog que se titula “vidaescuela” para poder compartir lo que aprendo de la vida, sobre todo de las personas que son fuente inagotable de buen ejemplo. La vida se enseña con vida, por eso se dice que “fray ejemplo es el mejor predicador”.

También me llevaron a párvulos con doña Encarna y luego a la unitaria con don Emilio, que me preparó para entrar en el Instituto. Marché pronto de casa y empecé joven a trabajar en un banco; por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro, hice el COU y luego me matriculé en Económicas, flamante facultad al final de la avenida Diagonal en Barcelona. El trabajo en el banco ocupaba más importancia en mi vida que los estudios; por entonces aspiraba a ser Presidente de la Entidad y pretendía conseguirlo a base de echar horas, algo que con suavidad se puede calificar como “error de juventud”. Iba a clase las tardes que podía; y de las que podía, algunas no había porque era el final de los setenta y el ambiente político estaba efervescente. En el segundo trimestre me nombraron subdirector de una oficina y dejé de aparecer por la facultad. Seguramente nadie se percató; igual voy un día a ver si todavía guardan mi expediente o me borraron de las listas por no llegar al mínimo de asistencia.

El primer día de Teoría Económica, el profesor nos dijo que, en esto de los dineros, lo importante es que haya más ingresos que gastos. Ese principio me quedó claro y me ha acompañado siempre como guía de actuación, por cierto, con bastante utilidad. Aunque sólo sea por eso, valió la pena mi paso por la Universidad.  A lo largo de los años he podido comprobar que no todos han tenido la suerte de tener un profesor de Teoría Económica como el que tuve, y así les ha ido.

Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves. Si mi padre lo llega a saber, le hubiera dicho a San Pedro que se esperara, que quería ver a uno de sus hijos con ese título. Él no fue más de tres años a la escuela, en la época que la República fomentó la escolarización. Para trabajar en el campo no hacían falta títulos, así que su padre le dijo que ya había suficiente y a los doce años se despidió del maestro. De aquel poco tiempo en las aulas le quedó muy buen recuerdo de Don Aniceto, maestro del que con frecuencia evocaba sus enseñanzas.

Desconozco si Don Aniceto les enseñó Teoría Económica, pero mi padre siempre tuvo claro que para dar hay que tener. Eso lo aplicaba en el dinero y en todos los aspectos de la vida; siempre fue por delante con su ejemplo y así nos enseñó a ser buenas personas. Hoy es fácil encontrar muchas personas que te dan montones de buenos consejos, que sirven para poco; y algunas menos que dan buen ejemplo con su vida, que eso sí que sirve para mucho.  En ellas me fijo, porque son la escuela de la vida.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

14/08/24

Cordones desatados

Cordones desatados

¡Señora, los cordones! ¿Qué? ¡Que lleva los cordones desatados! Aquella señora mayor cargada con una bolsa en cada mano, no entendía lo que la motorista le decía; el casco amortiguaba las palabras, ella con sus noventayuno ya no estaba fina de oído y, además, estaba fatigada del paseo y del peso de la compra y de la vida; hizo un gesto de ¡es igual! y continúo cruzando el paso de peatones. Beatriz se había detenido con el semáforo en rojo, dejó la moto en marcha, corrió hasta alcanzar a Nuria, se arrodilló sin quitarse el casco, le ató el cordón, volvió corriendo a por la moto, el semáforo se puso verde y Nuria la vio desaparecer en medio del tráfico sin tan siquiera verle la cara.

Era un martes del pasado mes de junio a mediodía, en el cruce de la calle Muntaner y General Mitre en Barcelona.

En casa de Nuria, las estanterías del salón están repletas de libros; y los cajones de la mesa guardan unas cuantas libretas donde escribe cuentos infantiles. A la tarde, con calma, quiso agradecer el detalle que había vivido y en una de esas libretas redactó una carta al periódico. No solamente la publicaron, si no que una emisora local se hizo eco en un programa que comentan noticias de los periódicos. Aquel día Beatriz dejó a los niños en el colegio y volvió a casa, no tenía que ir al despacho. Puso la radio y se quedó de piedra cuando el locutor leyó la carta y se reconoció ¡esa soy yo! Sus padres que también conocían la historia la llamaron ¿has oído la radio? Llama y diles que eres la protagonista; ¡pero si no tiene mayor importancia! Pasión de padres, lo hicieron ellos; el periódico La Vanguardia juntó a las dos mujeres en un encuentro emotivo y publicó un reportaje.

Acerté a leer la noticia y me enganchó desde el primer momento, porque el cariño que Beatriz puso en el detalle de atar los cordones de Nuria, como si se lo hiciera a su madre, convertía aquel gesto ordinario en extraordinario. También porque ese paso de peatones lo cruzo con frecuencia cuando voy a Barcelona a ver a mi madre, que pasa buena parte del año en casa de mi hermana allí cerca, y me situaba perfectamente en la escena.

Envié el recorte de la noticia a un matrimonio amigo, que siempre han vivido en esa zona de Barcelona y ahora están asentados en Lisboa por motivos de trabajo. Ella me contestó enseguida: ¡qué coincidencia! mi madre es amiga de la hermana de Nuria. Lo que me faltaba, mi alegría se había multiplicado como si yo estuviera implicado en la historia; aquello que nos alegra tendemos a contarlo, a compartirlo: el bien es difusivo. Por eso, este escrito quiere rendir homenaje a las dos mujeres protagonistas de la historia. Y como dice Nuria en el inicio de una de sus obras: los cuentos no se escriben para dormir a los niños, si no para despertar a los mayores.

Esta historia que es real, de las de verdad, consigue el mismo efecto que pretende Nuria con sus cuentos: despertar a los mayores. Será por eso por lo que desde que la leí procuro ir un poco más despierto por la vida, atento a las necesidades de los otros, y descubro que hay muchas maneras de llevar los cordones desatados.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

07/08/24

Lo mejor que me ha pasado en mi vida

Lo mejor que me ha pasado en mi vida

Pero mira Rafa, lo mejor que me ha pasado en mi vida es esto; se hizo el silencio mientras metía la mano en el bolsillo interior de la americana y sacaba el teléfono; cargó una foto y me la puso delante.

Coincidimos en unas jornadas de formación para directivos de colegios en la primera semana de julio; durante el desayuno nuestras miradas se cruzaron desde lejos, respondí a su saludo con una sonrisa sin saber quién era y se dio cuenta. Al acabar la comida, mientras esperábamos en la cola que nos sirvieran un café volvimos a coincidir. Hola Rafa ¿no te acuerdas de mí? “Dame una pista” fue una forma de decirle que no, que no acertaba a reconocerle. Soy Marcos y al añadir el apellido me vino su imagen y toda la información que recordaba de aquel chaval joven, que hace treinta años contratamos como profesor de literatura, recién acabada la carrera. Coincidimos durante dos cursos y luego marché del colegio, cambié de ciudad y desde entonces no nos habíamos visto. Su físico se había estilizado, pero mantenía los rasgos; los ojos negros por entonces enmarcados con unas gafas grandes de pasta negra, el gesto apagado que transmitía poco entusiasmo. La primera vez que vino al despacho para que le explicara la documentación del contrato, me pareció que ponía cara de aburrimiento y me atreví a lanzar una apuesta conmigo mismo: “a este se lo comen en clase antes de Navidad”.

Me contó que desde hace unos años es el director de la etapa; me hablaba con entusiasmo de la marcha del colegio, de las novedades, de las personas que tenemos en común. Y en esa carrera de actualizar el pasado hizo una pausa, respiró hondo y me dijo: pero mira Rafa, lo mejor que me ha pasado en mi vida es esto: del bolsillo interior de la americana sacó el teléfono, cargó una foto y juntando el índice y el pulgar sobre la pantalla los separó para ampliarla y ponérmela delante. La miré y a continuación mis ojos se clavaron en su rostro, atraídos por la emoción con la que me contaba los detalles: esta es la mayor, en tercero de carrera; este hará segundo de bachiller el próximo curso; el pequeño empezará tercero de la ESO, adolescente en estado puro. Mi mujer, mis padres. Pronto cumpliremos veinticinco años de matrimonio. Se quedó en silencio. tardó unos segundos en cerrar el teléfono y guardarlo. Continuamos hablando y nos separamos para entrar de nuevo a las actividades de la tarde.

Sentado de nuevo en la sala de conferencias, me costó centrarme en el mensaje del ponente, porque Marcos me había removido con aquella breve explicación de lo mejor que le había pasado en su vida. De aquel tipo inexpresivo que conocí hacía treinta años, había aprendido una vez más, que lo valioso de las personas está en su interior y no siempre es fácil descubrirlo a primera vista. Me alegré de haber fallado en mi pronóstico sobre su recorrido vital; y más todavía de haber descubierto que allí delante tenía un gran profesional con un corazón enamorado de los suyos.

La próxima vez que me encuentre con un tipo alto, fuerte, de grandes ojos negros y rostro impasible, en lugar de poner etiquetas que condicionan la relación, será mejor que le pregunte directamente para salir de dudas: y a ti ¿qué es lo mejor que te ha pasado en tu vida?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

31/07/24

Lechugas alemanas

Lechugas alemanas

A los quince años se declaró atea. Nacida en Breslau (Polonia) en 1891 en el seno de una familia judía, Edith Stein era la última de once hermanos. Se doctoró en filosofía a los 24 años y se convirtió al cristianismo a los 31. Varios años después se hizo monja carmelita y murió a los 50 en una cámara de gas en Auschwitz el 9 de agosto de 1943.

Ella cuenta que, en su proceso de acercamiento a la fe, hay tres mujeres que influyeron notablemente: la viuda de su amigo y colega Adolf Reinach, una señora mayor de nombre desconocido y Teresa de Ávila, monja española que vivió cuatro siglos antes.

En 1916, cuando aún faltaban años para su conversión, un amigo la llevó a ver la catedral de Frankfurt. Sentada en los últimos bancos, observaba lo que veía recogida en la penumbra, envuelta en silencio. El roce de unas zapatillas que se arrastraban sobre el suelo la puso sobre aviso; a su izquierda por el pasillo central, avanzó una señora mayor encorvada por el peso de la cesta repleta de la compra. Pausadamente, hizo una genuflexión y se sentó dos bancos por delante; al cabo de un instante recuperó el aliento y se hizo de nuevo el silencio. Edith Stein la miraba con mezcla de curiosidad y asombro; le llamaban la atención las lechugas que sobresalían de la cesta y el gesto sereno de aquella buena mujer que movía suavemente los labios con la mirada en el retablo. Fueron sólo dos o tres minutos, se levantó, tomó la cesta y salió con pasos ligeros como si allí hubiera dejado parte de su carga.

Edith Stein se conmovió; ella sabía que en las sinagogas de los judíos o en las iglesias protestantes, la gente acude a un oficio litúrgico. Pero esta señora había entrado a nada, aparentemente; como de paso, como quien entra un ratito a saludar a un amigo, a un amigo de verdad, de los del alma. Stein venía de una etapa de agnosticismo y este gesto la removió; fue un pequeño paso, el primero de otros que vendrían después hasta culminar en una vida de entrega a Dios. Y aquella señora mayor de nombre desconocido, nunca se enteró de la que había liado por ir a comprar lechugas y entrar en la catedral, como hacía habitualmente; nunca supo lo que aquella visita había supuesto para la joven filósofa y futura santa.

Esta anécdota me la contaba Roger, una mañana a finales de junio. Quedamos a desayunar antes de entrar al trabajo; nos sentamos en la calle para disfrutar de la barrita con aceite y del fresco de la mañana. Mientras nos poníamos al día de nuestras vidas, surgió el comentario sobre las consecuencias que nuestros actos provocan en nuestro entorno. En ese momento se abrió la puerta del edificio contiguo al bar; primero salió una niña de unos seis años, con una coleta que sobresalía por detrás de la gorra y una mochila diminuta a la espalda; luego su padre, un chaval joven y alto, con un crío en brazos que enseguida dejó en el suelo. Y a continuación la madre, que ya en la calle se detuvo un instante, cerró los ojos, hizo la señal de la cruz a la par que musitaba alguna frase, los abrió, sonrió y cogida de la mano de la niña avanzaron animadas contándose sus cosas mientras balanceaban las manos unidas al compás de los pasos.

Me debí quedar absorto en la escena matinal que me brindaba aquella familia, camino de algún campamento de los que se organizan en los colegios cuando no hay clase. ¿Qué te pasa? preguntó Roger y le conté lo que había sucedido a su espalda. También a mí me había removido aquel pequeño detalle de la madre joven de nombre desconocido. “Pero tranquilo, le dije, porque no soy filósofo ni futuro santo”. Claro, contestó, y porque le faltaban las lechugas alemanas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

24/07/24

10.000 y más

10.000 y más

Este mes el contador del blog ha superado las 10.000 visitas acumuladas; no es un gran número y en sí mismo dice poco, salvo para mí que me provoca a decir mucho. Por ejemplo, a dar las gracias porque es una manifestación más de que esta vida la recorremos acompañados y mejor si es en buena compañía; quienes leen esos escritos me acompañan y deben ser buenas personas, porque manifiestan cariño, interés y cercanía.

La idea surgió durante las comidas en el colegio, momento de distensión y aprendizaje. En torno a la misma hora, coincidíamos un grupo variopinto con capacidad de hablar de casi todo; sólo un tema estaba vetado: los alumnos. Era un momento de desconexión, de abrir las ventanas y que corriera el aire. Unos días salían temas interesantes, otros no; pero siempre nos divertíamos y esperábamos ese momento para disfrutar. Fruto de esas conversaciones empecé a usar las redes sociales y encontré el cauce para volcar comentarios breves sacados de la experiencia diaria. Al cabo de unos años, Lolo se ofreció a diseñarme un blog donde los escritos permanecerían al alcance de cualquiera. Lo bauticé con el nombre de “vidaescuela” en honor a lo que aprendo en la “escuela de la vida”.

Pero antes de que aquellas hayan movido el contador, otras me han acompañado en esta escuela de la vida, ayudando a forjarme como persona, a superar obstáculos, a levantarme cuando he tropezado y a llegar a esta meta volante con la mirada puesta en la siguiente. Por eso, también para todas ellas ¡muchas gracias! Imposible nombrarlas a todas: ahí están mis padres, mi hermano José Antonio con quien nos peleábamos tanto como nos queríamos; mi vecino Jesús que me lleva cuatro meses, juntos aprendimos a dar los primeros pasos y juntos seguimos unidos por una profunda amistad; el padre Mariano, un franciscano de la iglesia donde fui monaguillo, que regó la semilla de la fe sembrada por mis padres; los amigos de la pandilla con quienes hemos recorrido la adolescencia, la juventud, la madurez y seguimos unidos hasta que el último apague la luz; aquella moceta que despertó en mi corazón la experiencia del primer amor y tanto me ha servido para entender el querer humano y divino; Miguel, un chavalote moreno de patillas recias que me acogió el primer día de trabajo en el banco y me enseñó todas las prácticas para hacer bien mi tarea; Jesús, un tipo del instituto que iba dos cursos por delante del mío, con el que años más tarde me crucé en Barcelona y me ayudó a ampliar los horizontes de mi vida; José, apoderado del banco que cuando le nombraron director quiso contar conmigo de segundo y me ayudó a crecer humana y profesionalmente; Mariano, que me introdujo en el mundo de la educación y le debo la impagable experiencia de haber pasado por cuatro colegios; Jordi, que con cariño y fortaleza me ayudó a superar el batacazo que me pegué cuando el orgullo me hizo imaginar lo que no era; Paco, con el que compartí una aventura profesional durante siete años y me hizo creer que yo sabía más que él; Barto, que me abrió la puerta de su casa cuando cambié de ciudad y me hizo sentir en la mía desde el primer instante; esa alma sencilla que brilla como un lucero y con su luz me ayuda a caminar seguro; mi madre que a punto de cumplir los cien me sigue enseñando cada día. Podría seguir, pero como dice San Juan al final de su evangelio:” Hay, además, otras muchas, que, si se escribieran una por una, pienso que en el mundo no cabrían los libros que se tendrían que escribir”.

Son las personas quienes dejan marca; no digo que los hechos no tengan impacto, pero si miro mi corazón, las muescas que llevo son de personas. Los hechos los vivimos con personas, los compartimos con personas. Y a todas esas que me han acompañado y me acompañan en esta escuela de la vida, tengo ahora la excusa para darles las gracias, que son diez mil y más.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17/07/24

Pon un master en tu vida

Pon un master en tu vida

Mi relación con el mundo académico quedó interrumpida por derribo; mientras trabajaba en el banco hice el COU nocturno por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro. Después me matriculé en Económicas en el turno de la tarde, pero al acabar el primer trimestre saqué bandera blanca y no volví a aparecer por la facultad.

Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves.

Me llegó la información cuando andaba buscando alguna actividad que mejorara mi formación humanista, me atrajo el título y me conquistó el programa; en la conferencia de presentación rematé la decisión, solicité plaza y conseguí colarme por la gatera para sentarme en el aula como uno más. Del programa y de los profesores estaba al corriente, sabía que me esperaba un nivel alto y la realidad ha respondido a las expectativas. Pero la auténtica sorpresa, más allá de contenidos y docentes, han sido las personas que me han acompañado en esta aventura. Las intervenciones en clase y las conversaciones fuera del aula, han permitido conocernos, generar confianza, valorar las diferencias y cohesionar el grupo, que se ha convertido en una auténtica escuela de la vida, de donde he salido enriquecido.

Las vivencias personales compartidas y los comportamientos sinceros en el aula han jalonado el recorrido, añadiendo al curso una dimensión personal, humana, que las materias impartidas no podían dar. En estos dos años hemos tenido cinco nietos, entre los de Fernando y los de Concha; nos ha nacido una hija de María, que a las dos semanas asistía a clase en su carrito; hemos celebrado las bodas de plata de Javi; hemos publicado un libro con Elvira; nos hemos ido al Líbano con Marta. En clase nos hemos removido inquietos en el asiento cuando Natalia expresaba sus dudas en voz alta, porque nos sacaba de nuestra zona de confort; conteníamos el aliento cuando Pilar levantaba súbitamente la mano; escuchábamos con atención las intervenciones de Don Mario impregnadas de serenidad y profundidad. Hemos arropado a Iakov con las noticias de Rusia; hemos acompañado a Josefina con las elecciones argentinas y a Paulina con las de México. Hemos superado algunas crisis de quienes estaban por tirar la toalla y abandonar el curso porque les costaba seguir el ritmo y hemos dicho adiós a otros que lo han dejado, pero han seguido unidos con los mensajes del grupo. Y en el día a día también han aportado su quehacer ordinario Rocío, Paulina, Isa, Chantal, las dos Anas, María Teresa, Gema, Cristina, Juan Andrés, Vicente, Luchy, Mari Carmen, Mercedes, Mar, Bea, Don Oscar, Álvaro, Elena, Roxana y Jaime, eficazmente coordinados por Carmen y muy bien representados por la otra Rocío. Con las puntadas de cada semana se ha tejido un paño que nos arropaba, un tapiz de nudos con los colores variados de cada uno que configuraban un conjunto armonioso.

El curso se proponía ayudarnos a encontrar conocimientos avanzados para comprender los problemas y desafíos del mundo actual en todos sus aspectos: intelectuales, históricos, sociales, científicos, artísticos, literarios, filosóficos y teológicos. Pero es que además me llevo de propina una relación personal valiosa. Si al final, el contacto personal y la relación con el otro es lo que más valoro del máster, y también eso lo tengo cada día en la familia, en el trabajo o en la calle, igual estoy cursando un máster desde hace muchísimos años y no me he enterado.

Por eso, esta experiencia me lleva a compartir un consejo: sea en la calle o en la Universidad, pon un Máster en tu vida.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/07/24