Ago 28, 2024 | Escritos
Mi abuela Agustina tenía poder de convocatoria sin levantar la voz; a su lado se estaba a gusto y por eso estaba siempre acompañada. Su casa en las fiestas era punto de encuentro familiar y los domingos después de misa, un peregrinar de nietos. Se hacía mayor y propuso hacer una romería para dar gracias y, se intuía, para decir adiós a la familia, aunque eso nunca nos lo dijo. Quedamos en Torreciudad, un santuario dedicado a la Virgen cerca de Barbastro, equidistante de los varios puntos que acudiríamos para acompañarla ese día. Han pasado algo más de cuarenta años y de aquel día nos queda el grato recuerdo de la jornada, una foto en color que ha perdido buena parte del brillo y la ausencia de unos cuantos de los que formaban el grupo.
Ese sitio, como la casa de la abuela, fue lugar de encuentro de personas con personas. Supongo que para eso lo hicieron, y también para que las personas puedan encontrarse con Dios de la mano de la Virgen; y con la naturaleza, o con el silencio y la paz, dada su fácil localización a la vez que cerca de nada y apartado de todo.
El recuerdo de la abuela me viene porque este mes de agosto he pasado unos días en Torreciudad, con un grupo variopinto por su lugar de origen y por las circunstancias de cada uno. De nuevo el encuentro entre personas. La convivencia es enriquecimiento, es ampliar horizontes al comprobar cómo tipos tan distintos caminan hacia un mismo objetivo, que los modos no son únicos. Ese lugar invita a vivir la fe allí y en tu pueblo o ciudad, a bajar el cielo a la tierra y pasar de la oración a la acción sin cambiarse de ropa. El espíritu cristiano se manifiesta integrador, de tender puentes entre orillas separadas por el río de mil historias; aunque no tiene la exclusiva y algunos comportamientos contrarios son la excepción.
Gregorio llegó la tarde del segundo día, acompañado de Félix; nos sentamos juntos en la cena. No nos conocíamos, pero nos levantamos como si de toda la vida. Tomó la iniciativa para contarme alguna cosa de su vida y situarme; no sé bien en qué momento me debió preguntar, pero me vi hablando de mí, contándole mis impresiones sobre algún punto de interés común y él me seguía con atención. El porcentaje de uso de la palabra cayó de mi lado por abrumadora mayoría. Esa escena se repitió con frecuencia el resto de los días: Gregorio escuchando y alguien contándole lo que sea; se interesaba por tus intereses, sacaba temas en los que podías aportar y la conversación fluía amena, entretenida. Como a mi abuela, siempre le veía acompañado; al lado de esas personas se está a gusto, por eso atraen.
Ahora cuando pienso en esos días, en la película de mi memoria se juntan la abuela Agustina, Torreciudad y Gregorio; será porque a pesar de ser tan distintos, encarnan el mismo papel: el de atractivo punto de encuentro.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/08/24
Ago 14, 2024 | Escritos
Cuando nací, mis padres me inscribieron en la escuela de la vida sin pedirme permiso, que por entonces eso no se estilaba. Acertaron, y eso que no habían hecho ningún curso de “toma de decisiones”; por no hacer, ni siquiera habían hecho el curso prematrimonial; quizás porque andaban sobrados de cariño y también de salud; de dinero mal, aunque eso fue así entonces y siempre.
Después, cuando ya tuve edad para decidir por mi cuenta, seguí renovando la matrícula cada año en la escuela de la vida, donde sigo con interés cada día las lecciones que me ofrece. Incluso tengo un blog que se titula “vidaescuela” para poder compartir lo que aprendo de la vida, sobre todo de las personas que son fuente inagotable de buen ejemplo. La vida se enseña con vida, por eso se dice que “fray ejemplo es el mejor predicador”.
También me llevaron a párvulos con doña Encarna y luego a la unitaria con don Emilio, que me preparó para entrar en el Instituto. Marché pronto de casa y empecé joven a trabajar en un banco; por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro, hice el COU y luego me matriculé en Económicas, flamante facultad al final de la avenida Diagonal en Barcelona. El trabajo en el banco ocupaba más importancia en mi vida que los estudios; por entonces aspiraba a ser Presidente de la Entidad y pretendía conseguirlo a base de echar horas, algo que con suavidad se puede calificar como “error de juventud”. Iba a clase las tardes que podía; y de las que podía, algunas no había porque era el final de los setenta y el ambiente político estaba efervescente. En el segundo trimestre me nombraron subdirector de una oficina y dejé de aparecer por la facultad. Seguramente nadie se percató; igual voy un día a ver si todavía guardan mi expediente o me borraron de las listas por no llegar al mínimo de asistencia.
El primer día de Teoría Económica, el profesor nos dijo que, en esto de los dineros, lo importante es que haya más ingresos que gastos. Ese principio me quedó claro y me ha acompañado siempre como guía de actuación, por cierto, con bastante utilidad. Aunque sólo sea por eso, valió la pena mi paso por la Universidad. A lo largo de los años he podido comprobar que no todos han tenido la suerte de tener un profesor de Teoría Económica como el que tuve, y así les ha ido.
Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves. Si mi padre lo llega a saber, le hubiera dicho a San Pedro que se esperara, que quería ver a uno de sus hijos con ese título. Él no fue más de tres años a la escuela, en la época que la República fomentó la escolarización. Para trabajar en el campo no hacían falta títulos, así que su padre le dijo que ya había suficiente y a los doce años se despidió del maestro. De aquel poco tiempo en las aulas le quedó muy buen recuerdo de Don Aniceto, maestro del que con frecuencia evocaba sus enseñanzas.
Desconozco si Don Aniceto les enseñó Teoría Económica, pero mi padre siempre tuvo claro que para dar hay que tener. Eso lo aplicaba en el dinero y en todos los aspectos de la vida; siempre fue por delante con su ejemplo y así nos enseñó a ser buenas personas. Hoy es fácil encontrar muchas personas que te dan montones de buenos consejos, que sirven para poco; y algunas menos que dan buen ejemplo con su vida, que eso sí que sirve para mucho. En ellas me fijo, porque son la escuela de la vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/08/24
Ago 7, 2024 | Escritos
¡Señora, los cordones! ¿Qué? ¡Que lleva los cordones desatados! Aquella señora mayor cargada con una bolsa en cada mano, no entendía lo que la motorista le decía; el casco amortiguaba las palabras, ella con sus noventayuno ya no estaba fina de oído y, además, estaba fatigada del paseo y del peso de la compra y de la vida; hizo un gesto de ¡es igual! y continúo cruzando el paso de peatones. Beatriz se había detenido con el semáforo en rojo, dejó la moto en marcha, corrió hasta alcanzar a Nuria, se arrodilló sin quitarse el casco, le ató el cordón, volvió corriendo a por la moto, el semáforo se puso verde y Nuria la vio desaparecer en medio del tráfico sin tan siquiera verle la cara.
Era un martes del pasado mes de junio a mediodía, en el cruce de la calle Muntaner y General Mitre en Barcelona.
En casa de Nuria, las estanterías del salón están repletas de libros; y los cajones de la mesa guardan unas cuantas libretas donde escribe cuentos infantiles. A la tarde, con calma, quiso agradecer el detalle que había vivido y en una de esas libretas redactó una carta al periódico. No solamente la publicaron, si no que una emisora local se hizo eco en un programa que comentan noticias de los periódicos. Aquel día Beatriz dejó a los niños en el colegio y volvió a casa, no tenía que ir al despacho. Puso la radio y se quedó de piedra cuando el locutor leyó la carta y se reconoció ¡esa soy yo! Sus padres que también conocían la historia la llamaron ¿has oído la radio? Llama y diles que eres la protagonista; ¡pero si no tiene mayor importancia! Pasión de padres, lo hicieron ellos; el periódico La Vanguardia juntó a las dos mujeres en un encuentro emotivo y publicó un reportaje.
Acerté a leer la noticia y me enganchó desde el primer momento, porque el cariño que Beatriz puso en el detalle de atar los cordones de Nuria, como si se lo hiciera a su madre, convertía aquel gesto ordinario en extraordinario. También porque ese paso de peatones lo cruzo con frecuencia cuando voy a Barcelona a ver a mi madre, que pasa buena parte del año en casa de mi hermana allí cerca, y me situaba perfectamente en la escena.
Envié el recorte de la noticia a un matrimonio amigo, que siempre han vivido en esa zona de Barcelona y ahora están asentados en Lisboa por motivos de trabajo. Ella me contestó enseguida: ¡qué coincidencia! mi madre es amiga de la hermana de Nuria. Lo que me faltaba, mi alegría se había multiplicado como si yo estuviera implicado en la historia; aquello que nos alegra tendemos a contarlo, a compartirlo: el bien es difusivo. Por eso, este escrito quiere rendir homenaje a las dos mujeres protagonistas de la historia. Y como dice Nuria en el inicio de una de sus obras: los cuentos no se escriben para dormir a los niños, si no para despertar a los mayores.
Esta historia que es real, de las de verdad, consigue el mismo efecto que pretende Nuria con sus cuentos: despertar a los mayores. Será por eso por lo que desde que la leí procuro ir un poco más despierto por la vida, atento a las necesidades de los otros, y descubro que hay muchas maneras de llevar los cordones desatados.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
07/08/24
Jul 31, 2024 | Escritos
Pero mira Rafa, lo mejor que me ha pasado en mi vida es esto; se hizo el silencio mientras metía la mano en el bolsillo interior de la americana y sacaba el teléfono; cargó una foto y me la puso delante.
Coincidimos en unas jornadas de formación para directivos de colegios en la primera semana de julio; durante el desayuno nuestras miradas se cruzaron desde lejos, respondí a su saludo con una sonrisa sin saber quién era y se dio cuenta. Al acabar la comida, mientras esperábamos en la cola que nos sirvieran un café volvimos a coincidir. Hola Rafa ¿no te acuerdas de mí? “Dame una pista” fue una forma de decirle que no, que no acertaba a reconocerle. Soy Marcos y al añadir el apellido me vino su imagen y toda la información que recordaba de aquel chaval joven, que hace treinta años contratamos como profesor de literatura, recién acabada la carrera. Coincidimos durante dos cursos y luego marché del colegio, cambié de ciudad y desde entonces no nos habíamos visto. Su físico se había estilizado, pero mantenía los rasgos; los ojos negros por entonces enmarcados con unas gafas grandes de pasta negra, el gesto apagado que transmitía poco entusiasmo. La primera vez que vino al despacho para que le explicara la documentación del contrato, me pareció que ponía cara de aburrimiento y me atreví a lanzar una apuesta conmigo mismo: “a este se lo comen en clase antes de Navidad”.
Me contó que desde hace unos años es el director de la etapa; me hablaba con entusiasmo de la marcha del colegio, de las novedades, de las personas que tenemos en común. Y en esa carrera de actualizar el pasado hizo una pausa, respiró hondo y me dijo: pero mira Rafa, lo mejor que me ha pasado en mi vida es esto: del bolsillo interior de la americana sacó el teléfono, cargó una foto y juntando el índice y el pulgar sobre la pantalla los separó para ampliarla y ponérmela delante. La miré y a continuación mis ojos se clavaron en su rostro, atraídos por la emoción con la que me contaba los detalles: esta es la mayor, en tercero de carrera; este hará segundo de bachiller el próximo curso; el pequeño empezará tercero de la ESO, adolescente en estado puro. Mi mujer, mis padres. Pronto cumpliremos veinticinco años de matrimonio. Se quedó en silencio. tardó unos segundos en cerrar el teléfono y guardarlo. Continuamos hablando y nos separamos para entrar de nuevo a las actividades de la tarde.
Sentado de nuevo en la sala de conferencias, me costó centrarme en el mensaje del ponente, porque Marcos me había removido con aquella breve explicación de lo mejor que le había pasado en su vida. De aquel tipo inexpresivo que conocí hacía treinta años, había aprendido una vez más, que lo valioso de las personas está en su interior y no siempre es fácil descubrirlo a primera vista. Me alegré de haber fallado en mi pronóstico sobre su recorrido vital; y más todavía de haber descubierto que allí delante tenía un gran profesional con un corazón enamorado de los suyos.
La próxima vez que me encuentre con un tipo alto, fuerte, de grandes ojos negros y rostro impasible, en lugar de poner etiquetas que condicionan la relación, será mejor que le pregunte directamente para salir de dudas: y a ti ¿qué es lo mejor que te ha pasado en tu vida?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/07/24
Jul 24, 2024 | Escritos
A los quince años se declaró atea. Nacida en Breslau (Polonia) en 1891 en el seno de una familia judía, Edith Stein era la última de once hermanos. Se doctoró en filosofía a los 24 años y se convirtió al cristianismo a los 31. Varios años después se hizo monja carmelita y murió a los 50 en una cámara de gas en Auschwitz el 9 de agosto de 1943.
Ella cuenta que, en su proceso de acercamiento a la fe, hay tres mujeres que influyeron notablemente: la viuda de su amigo y colega Adolf Reinach, una señora mayor de nombre desconocido y Teresa de Ávila, monja española que vivió cuatro siglos antes.
En 1916, cuando aún faltaban años para su conversión, un amigo la llevó a ver la catedral de Frankfurt. Sentada en los últimos bancos, observaba lo que veía recogida en la penumbra, envuelta en silencio. El roce de unas zapatillas que se arrastraban sobre el suelo la puso sobre aviso; a su izquierda por el pasillo central, avanzó una señora mayor encorvada por el peso de la cesta repleta de la compra. Pausadamente, hizo una genuflexión y se sentó dos bancos por delante; al cabo de un instante recuperó el aliento y se hizo de nuevo el silencio. Edith Stein la miraba con mezcla de curiosidad y asombro; le llamaban la atención las lechugas que sobresalían de la cesta y el gesto sereno de aquella buena mujer que movía suavemente los labios con la mirada en el retablo. Fueron sólo dos o tres minutos, se levantó, tomó la cesta y salió con pasos ligeros como si allí hubiera dejado parte de su carga.
Edith Stein se conmovió; ella sabía que en las sinagogas de los judíos o en las iglesias protestantes, la gente acude a un oficio litúrgico. Pero esta señora había entrado a nada, aparentemente; como de paso, como quien entra un ratito a saludar a un amigo, a un amigo de verdad, de los del alma. Stein venía de una etapa de agnosticismo y este gesto la removió; fue un pequeño paso, el primero de otros que vendrían después hasta culminar en una vida de entrega a Dios. Y aquella señora mayor de nombre desconocido, nunca se enteró de la que había liado por ir a comprar lechugas y entrar en la catedral, como hacía habitualmente; nunca supo lo que aquella visita había supuesto para la joven filósofa y futura santa.
Esta anécdota me la contaba Roger, una mañana a finales de junio. Quedamos a desayunar antes de entrar al trabajo; nos sentamos en la calle para disfrutar de la barrita con aceite y del fresco de la mañana. Mientras nos poníamos al día de nuestras vidas, surgió el comentario sobre las consecuencias que nuestros actos provocan en nuestro entorno. En ese momento se abrió la puerta del edificio contiguo al bar; primero salió una niña de unos seis años, con una coleta que sobresalía por detrás de la gorra y una mochila diminuta a la espalda; luego su padre, un chaval joven y alto, con un crío en brazos que enseguida dejó en el suelo. Y a continuación la madre, que ya en la calle se detuvo un instante, cerró los ojos, hizo la señal de la cruz a la par que musitaba alguna frase, los abrió, sonrió y cogida de la mano de la niña avanzaron animadas contándose sus cosas mientras balanceaban las manos unidas al compás de los pasos.
Me debí quedar absorto en la escena matinal que me brindaba aquella familia, camino de algún campamento de los que se organizan en los colegios cuando no hay clase. ¿Qué te pasa? preguntó Roger y le conté lo que había sucedido a su espalda. También a mí me había removido aquel pequeño detalle de la madre joven de nombre desconocido. “Pero tranquilo, le dije, porque no soy filósofo ni futuro santo”. Claro, contestó, y porque le faltaban las lechugas alemanas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/07/24
Jul 17, 2024 | Escritos
Este mes el contador del blog ha superado las 10.000 visitas acumuladas; no es un gran número y en sí mismo dice poco, salvo para mí que me provoca a decir mucho. Por ejemplo, a dar las gracias porque es una manifestación más de que esta vida la recorremos acompañados y mejor si es en buena compañía; quienes leen esos escritos me acompañan y deben ser buenas personas, porque manifiestan cariño, interés y cercanía.
La idea surgió durante las comidas en el colegio, momento de distensión y aprendizaje. En torno a la misma hora, coincidíamos un grupo variopinto con capacidad de hablar de casi todo; sólo un tema estaba vetado: los alumnos. Era un momento de desconexión, de abrir las ventanas y que corriera el aire. Unos días salían temas interesantes, otros no; pero siempre nos divertíamos y esperábamos ese momento para disfrutar. Fruto de esas conversaciones empecé a usar las redes sociales y encontré el cauce para volcar comentarios breves sacados de la experiencia diaria. Al cabo de unos años, Lolo se ofreció a diseñarme un blog donde los escritos permanecerían al alcance de cualquiera. Lo bauticé con el nombre de “vidaescuela” en honor a lo que aprendo en la “escuela de la vida”.
Pero antes de que aquellas hayan movido el contador, otras me han acompañado en esta escuela de la vida, ayudando a forjarme como persona, a superar obstáculos, a levantarme cuando he tropezado y a llegar a esta meta volante con la mirada puesta en la siguiente. Por eso, también para todas ellas ¡muchas gracias! Imposible nombrarlas a todas: ahí están mis padres, mi hermano José Antonio con quien nos peleábamos tanto como nos queríamos; mi vecino Jesús que me lleva cuatro meses, juntos aprendimos a dar los primeros pasos y juntos seguimos unidos por una profunda amistad; el padre Mariano, un franciscano de la iglesia donde fui monaguillo, que regó la semilla de la fe sembrada por mis padres; los amigos de la pandilla con quienes hemos recorrido la adolescencia, la juventud, la madurez y seguimos unidos hasta que el último apague la luz; aquella moceta que despertó en mi corazón la experiencia del primer amor y tanto me ha servido para entender el querer humano y divino; Miguel, un chavalote moreno de patillas recias que me acogió el primer día de trabajo en el banco y me enseñó todas las prácticas para hacer bien mi tarea; Jesús, un tipo del instituto que iba dos cursos por delante del mío, con el que años más tarde me crucé en Barcelona y me ayudó a ampliar los horizontes de mi vida; José, apoderado del banco que cuando le nombraron director quiso contar conmigo de segundo y me ayudó a crecer humana y profesionalmente; Mariano, que me introdujo en el mundo de la educación y le debo la impagable experiencia de haber pasado por cuatro colegios; Jordi, que con cariño y fortaleza me ayudó a superar el batacazo que me pegué cuando el orgullo me hizo imaginar lo que no era; Paco, con el que compartí una aventura profesional durante siete años y me hizo creer que yo sabía más que él; Barto, que me abrió la puerta de su casa cuando cambié de ciudad y me hizo sentir en la mía desde el primer instante; esa alma sencilla que brilla como un lucero y con su luz me ayuda a caminar seguro; mi madre que a punto de cumplir los cien me sigue enseñando cada día. Podría seguir, pero como dice San Juan al final de su evangelio:” Hay, además, otras muchas, que, si se escribieran una por una, pienso que en el mundo no cabrían los libros que se tendrían que escribir”.
Son las personas quienes dejan marca; no digo que los hechos no tengan impacto, pero si miro mi corazón, las muescas que llevo son de personas. Los hechos los vivimos con personas, los compartimos con personas. Y a todas esas que me han acompañado y me acompañan en esta escuela de la vida, tengo ahora la excusa para darles las gracias, que son diez mil y más.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/07/24
Jul 10, 2024 | Escritos
Mi relación con el mundo académico quedó interrumpida por derribo; mientras trabajaba en el banco hice el COU nocturno por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro. Después me matriculé en Económicas en el turno de la tarde, pero al acabar el primer trimestre saqué bandera blanca y no volví a aparecer por la facultad.
Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves.
Me llegó la información cuando andaba buscando alguna actividad que mejorara mi formación humanista, me atrajo el título y me conquistó el programa; en la conferencia de presentación rematé la decisión, solicité plaza y conseguí colarme por la gatera para sentarme en el aula como uno más. Del programa y de los profesores estaba al corriente, sabía que me esperaba un nivel alto y la realidad ha respondido a las expectativas. Pero la auténtica sorpresa, más allá de contenidos y docentes, han sido las personas que me han acompañado en esta aventura. Las intervenciones en clase y las conversaciones fuera del aula, han permitido conocernos, generar confianza, valorar las diferencias y cohesionar el grupo, que se ha convertido en una auténtica escuela de la vida, de donde he salido enriquecido.
Las vivencias personales compartidas y los comportamientos sinceros en el aula han jalonado el recorrido, añadiendo al curso una dimensión personal, humana, que las materias impartidas no podían dar. En estos dos años hemos tenido cinco nietos, entre los de Fernando y los de Concha; nos ha nacido una hija de María, que a las dos semanas asistía a clase en su carrito; hemos celebrado las bodas de plata de Javi; hemos publicado un libro con Elvira; nos hemos ido al Líbano con Marta. En clase nos hemos removido inquietos en el asiento cuando Natalia expresaba sus dudas en voz alta, porque nos sacaba de nuestra zona de confort; conteníamos el aliento cuando Pilar levantaba súbitamente la mano; escuchábamos con atención las intervenciones de Don Mario impregnadas de serenidad y profundidad. Hemos arropado a Iakov con las noticias de Rusia; hemos acompañado a Josefina con las elecciones argentinas y a Paulina con las de México. Hemos superado algunas crisis de quienes estaban por tirar la toalla y abandonar el curso porque les costaba seguir el ritmo y hemos dicho adiós a otros que lo han dejado, pero han seguido unidos con los mensajes del grupo. Y en el día a día también han aportado su quehacer ordinario Rocío, Paulina, Isa, Chantal, las dos Anas, María Teresa, Gema, Cristina, Juan Andrés, Vicente, Luchy, Mari Carmen, Mercedes, Mar, Bea, Don Oscar, Álvaro, Elena, Roxana y Jaime, eficazmente coordinados por Carmen y muy bien representados por la otra Rocío. Con las puntadas de cada semana se ha tejido un paño que nos arropaba, un tapiz de nudos con los colores variados de cada uno que configuraban un conjunto armonioso.
El curso se proponía ayudarnos a encontrar conocimientos avanzados para comprender los problemas y desafíos del mundo actual en todos sus aspectos: intelectuales, históricos, sociales, científicos, artísticos, literarios, filosóficos y teológicos. Pero es que además me llevo de propina una relación personal valiosa. Si al final, el contacto personal y la relación con el otro es lo que más valoro del máster, y también eso lo tengo cada día en la familia, en el trabajo o en la calle, igual estoy cursando un máster desde hace muchísimos años y no me he enterado.
Por eso, esta experiencia me lleva a compartir un consejo: sea en la calle o en la Universidad, pon un Máster en tu vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/07/24
Jun 26, 2024 | Escritos
En el colegio, últimamente Jaime me hablaba con frecuencia de su hermano Miguel; era director de un colegio en Sevilla, pero había pillado una enfermedad rara y poco a poco iba delegando funciones.
Eso era allá por 2018 cuando su hermano tenía cuarenta años. Unos meses después coincidimos en un congreso de colegios; asistía como acompañante de su mujer. No les conocía, ella intervino en el turno de preguntas de una ponencia y al acabar fui a presentarme. Se asombraron de que estuviera tan al día de su situación y el motivo no era otro que su hermano; entre ellos había mucho cariño disimulado en un cuerpo grandote. A base de esfuerzo y optimismo, se movía entre los asistentes sin que se le notaran mucho las manifestaciones de la ELA, esa enfermedad incurable que en aquella época ya había dado la cara. De vez en cuando desaparecía y se iba a la habitación a descansar.
Miguel y Lucía se habían casado jóvenes, tenían cinco hijos por entonces de entre seis y catorce años. Trabajador, ordenado de cabeza, con gran capacidad de análisis y ejecución. Muy deportista desde pequeño, practicaba tenis, futbol, pádel, piscina; siempre que podía con los hijos, a los que dedicaba mucho tiempo. Un día al volver a casa después de un partido, comentó que había fallado un gol clarísimo: fue a darle al balón y no acertó; se reía de que le hubiera pasado a él. Además, se había cansado y le costaba respirar. Al poco en una cena con matrimonios amigos, lo contó para hacerles reír de lo mayor que se estaba poniendo. Uno de ellos, médico, se había dado cuenta de algunos movimientos torpes al servirles y, antes de despedirse, le aconsejó que fuera al médico.
Fue para revisar los pulmones y allí no había nada, estaba limpio. Pero le dijeron que las pruebas habían detectado que tenía una enfermedad degenerativa, mortal, sin tratamiento. Respiró hondó, apretó la mano de Lucía y preguntó ¿cuánto me queda? Desde entonces aprendió a vivir de otra manera, pendiente de ella y de los hijos, para hacerles la vida lo más agradable posible. De lo suyo, en casa se hablaba con naturalidad y todos colaboraban; cuando la voz se le fue entorpeciendo, el mediano era el que mejor le entendía, prácticamente con la vista sabía lo que necesitaba.
Quererse en la salud es fácil, pero ¡ay, cuando llega la enfermedad! Y esa prueba la pasaban cada día con buena nota. Se habían enamorado siendo de una manera y eso se había esfumado. Ahora se querían por quien eres y no por como eres. Convencidos de que, aunque haya enfermedades incurables, no hay personas incuidables; todos arrimaban el hombro. No podían evitar momentos de lágrimas y tristeza, pero en la fe encontraban la fuerza para secárselas y continuar. La pregunta que se hacían no era ¿por qué? sino ¿para qué?
Coloquialmente entendemos por vividor aquel que vive a cuerpo de rey. Pero en un sentido más profundo, un vividor es el que vive para hacer feliz a los que tiene alrededor; aquel que vive procurando encontrar el sentido, a pesar del sufrimiento: y a veces es fácil y a veces complicado.
Miguel falleció año y medio después de conocernos; a través de su hermano seguí muy de cerca su evolución. Vivía hablando, últimamente por medios electrónicos, de la vida y de la muerte, de alegrías y sinsabores. Sin censurar, buscando el sentido que no siempre es fácil encontrar, optimista y alegre: era un vividor.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/06/24
Jun 19, 2024 | Escritos
“La penumbra somnolienta envolvía las caballerías y las dibujaba fijas como las figuras de plástico que los niños usan en sus juegos; ni el chirriar de la puerta ni el rayo de luz han distraído su calma.
Desde el fondo de la cuadra llegaba el golpeteo de cascos contra el adoquín del suelo y el relincho quedo de un animal inquieto; resoplaba nervioso, sacudiendo la cola, cabeceando arriba y abajo, como quien espera que llegue la hora de la cita.”
Así imaginaba la escena en aquella antigua finca Santa María del Pino a las afueras de Jerez de la Frontera, que ahora toma el nombre del pozo y el albero que le rodea, enclavado donde los caminos del paseo se cruzan. Hace ahora veinticinco años que pasé allí el mes de agosto en un curso de verano. En el recuerdo queda el blanco de las paredes encaladas; el verde de pinos, palmeras y cipreses en distintos tonos; el amarillo albero de los caminos que serpean el jardín. Los paseos adoquinados que se recorren a la sombra del atardecer, la plaza enchiná que reúne los edificios de la vivienda, los soportales que acogen las tertulias al fresco de la noche.
La finca conserva los lagares y las cuadras, ahora habilitadas para otras actividades. El olor a uva en los días de vendimia y el relincho de los caballos que otrora se utilizarían, los percibía en el ambiente. Acoplado en el sillón de mimbre trenzado, con los ojos entornados a la brisa de los pinos, dejé correr la película que había empezado a pasar por mi cabeza.
“Una tarde a la hora de la siesta, cuando los hombres dormitaban su cansancio y las mujeres trajinaban silenciosas en la cocina, D. Manuel salió de la casa -él solo- hacia la cuadra.
El animal sabía que era su día; lo intuía desde que hubo movimiento a su alrededor por la mañana, cuando trajeron un arnés completo con olor de piel nueva. Ahora cerraba los ojos y quedaba relajado al notar las caricias en la frente, el cepillo sobre la piel y unas palmadas de cariño. Mansamente jugaba a ser cómplice del estreno y facilitaba el movimiento para que le colocara el cabezal de borlajes y la montura con baticola, festoneadas de cascabeles dorados.
Antes de la próxima feria quería probarlo con tranquilidad -solos los dos-, por los caminos sombreados del jardín. Desde la casa hasta el pozo, entre acacias, palmeras, pinos y plátanos, repetían pasos de dos, de tres, trote suave, cambios de ritmo, giros y arreones.
De regreso, con engallamiento airoso y paso campanera, caminaba confiado, orgulloso de la carga, levantando la cola como una cascada de espuma, dócil a la mano suave que le sujeta las riendas en corto.
Atraídos por el sonsonete trotón, los hombres han salido uno a uno por la puerta, bostezando su pereza, a sentarse en el banco de piedra del porche enchinado.
Al repicar en el patio empedrado se han puesto de pie para recibirlos bajo los arcos. Terminaba la prueba sonriente, satisfecho. Con una mano le acariciaba el cuello y con la otra le acercaba la oreja para susurrarle algunas palabras. Le ha despedido con una palmada y el caballo ha marchado -sólo- hacia la cuadra.
En corro, los hombres comentaban su sorpresa y se admiraban del arte de D. Manuel, que toma un caballo cualquiera -uno más de la cuadra-, lo enjaeza gustosamente y en sus manos es un animal inteligente, fuerte, temperamental.”
Me removí en el sillón, volví a la realidad y pensé que también en la vida he tenido esa experiencia, la de convivir con personas extraordinarias que no se dan importancia al ayudar a los demás y pasan desapercibidas como otra cualquiera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/06/2024
Jun 12, 2024 | Escritos
El pueblo tiene esas cosas, a las buenas me refiero. Subo a la terraza para saludar el despertar del nuevo día y me encuentro con un espectáculo de color, música y movimiento que me retiene absorto. Respiro hondo el fresco de la mañana, apoyado en la barandilla metálica de barrotes claros y sencillos, desde donde la vista se escapa recorriendo la plaza, paseando por encima de los tejados para acabar escondida allá donde parecen unirse lo divino y lo humano.
El sol despuntando fiel a su cita temprana, se adivina en los rayos que resaltan los copos de algodón suspendidos del firmamento, nubes blancas tiznadas de rosa tibio, anticipo de la tormenta que se formará a medida que avance la mañana. La paleta multicolor me ofrece variedad de contrastes: el del verde barandilla repintado cada primavera por mi madre con el verde de los cipreses que rodean la plaza y sujetan el cielo a la tierra; el de la piedra arenisca de la fachada con el gris hormigón de las gradas; el de los tejados viejos con los nuevos que dibujan en el horizonte una línea nítida de separación entre lo terrestre y lo celeste; el del azul limpio del firmamento que nos envuelve por encima de las nubes con el del terrazo rojizo del suelo.
En un suave barrido de izquierda a derecha, la mirada recorre el cuadro que me ofrece la naturaleza y se detiene un momento en las pinceladas que resaltan los colores. Sólo el movimiento y el canto de los pájaros distraen la atención y despiertan el afán de abarcar el color, la música y la animación en un solo impacto. Las golondrinas, vencejos y palomas se pasean de aquí para allá, llenan el ambiente con la algarabía de sus trinos y ocupan el espacio con el vuelo inquieto de idas y venidas mil veces repetidas.
Las palomas en el tejado del campanario de la iglesia del convento al otro lado de la plaza, se pasean en parejas con el arrullo celoso, propio del ritual conquistador. El ruido imprevisto de una moto las espanta, salen en bandada aleteando agitadas hasta alejarse del peligro y recalan de nuevo en la casa vecina al cabo de un instante.
Los vencejos surcan el aire en movimientos rápidos y quiebros encadenados; intento seguir a uno y me pierdo. Van y vienen, suben y bajan, no descansan, inagotables; dicen que vuelan de modo ininterrumpido nueve meses al año. Les distingue una mancha negruzca en forma de medialuna, cola de horquilla y el chillido que emiten de continuo, breve y monótono
Las golondrinas descansan sujetas a la pared; se dejan caer para iniciar el vuelo desde abajo, enseñando su vientre blanco al pasar por encima de mi cabeza con un canto de gorjeos y trinos.
Así, siguiendo a unos y otros, cerrando los ojos para oír y abriéndolos para dejarme sorprender, parece que el reloj está parado, que el partido se ha detenido en un tiempo muerto; no hay prisa. Llegué ayer con mi madre, marcharé mañana y ella se quedará a pasar el verano. Leí que la familia es el lugar a donde siempre se vuelve; que uno sale a la calle, al mundo, al trabajo, a los amigos, pero después vuelves a casa, con la familia. El que tiene a donde volver, anda por la vida con una actitud distinta. Aquí, en esta primera hora de la mañana siento que he vuelto, porque esta escena que ahora me llena no es nueva y al revivirla hoy, vuelvo a casa.
Que la familia es el lugar donde tu ausencia no pasa desapercibida. Y aunque ahora la casa está vacía, oigo las voces que le daban vida, que me ayudaron a crecer y me acompañan con la huella que me dejaron; al recorrer las habitaciones me saludan ¿qué tal te ha ido? Y entonces estoy preparado para volver a la calle, al mundo, a los amigos.
Y en cuanto a los pájaros, digo yo que la explosión de júbilo habrá sido por verme; el caso es que no he reconocido a ninguno de los de antes. Debe ser que soy lento de despertar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/06/2024