May 14, 2025 | Escritos
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ponerse de pie, se notó destemplado. Era pronto para encender la calefacción, la casa se había quedado fría y aquel lunes otoñal le pillaba con un resfriado que le había rondado todo el fin de semana. Desde la ventana confirmó que el día estaba a tono con su cuerpo; cielo gris, lluvia fina, tráfico lento y gente encorvada bajo el paraguas avanzando con dificultad por las aceras. Daban ganas de quedarse en casa y dejar la visita para otro día. Pero la llamada de este pensamiento no fue atendida en su interior y continuó con las rutinas, un gran invento para cuando la cabeza está embotada y no acierta a dar indicaciones al cuerpo. La infusión caliente le devolvió algo de color a la cara, sonrió al tipo que le miraba desde el espejo y cerró la puerta con cuidado.
Por el camino avisó de que podía llegar con retraso, aunque no acertó con la previsión. El trayecto fue mejor de lo que esperaba y el ángel de la guarda le había reservado un sitio para aparcar casi en la puerta. Ya que no podía darle propina, le hubiera gustado dedicarle una sonrisa generosa, pero le salió una de mínimos.
El colegio ya le resultaba familiar después de varias visitas a la directora, una monja a punto de jubilarse como docente pero que necesitaría otra vida para poner en marcha todos los proyectos que tenía en cola; ni las fuerzas ni la disposición le faltaban y era tal el entusiasmo que ponía al contarlos que contagiaba sus ánimos. Aunque sólo fuera por el chute vital que recibía, daba por bien empleado el tiempo que pasaba con ella. Con los pies firmemente asentados en el suelo, la cabeza bien amueblada con la experiencia de la vida y el corazón metido en Dios, aquella mujer convertía en sencillos los temas profundos desgranados en una conversación amena y se les iba el tiempo transitando de lo humano a lo divino, en un viaje de ida y vuelta.
En la sala ya habían puesto la alfombra del invierno, el radiador desprendía un ligero temple, el ambiente era acogedor. Pero lo que de verdad le hizo entrar en calor y olvidarse del resfriado, de la lluvia y del incordio del tráfico, fue el recibimiento de aquella sonrisa enmarcada en la toca, la acogida afectuosa, las palabras cariñosas y la mirada atenta. La calidez que le envolvió tenía más de emocional que de material; notó que el corazón recuperaba el ritmo, el cuerpo se desencogía y los ojos le brillaban para acompañar sus primeras palabras.
Le llamaron la atención unos ángeles de porcelana sobre el mueble; aquellas figuras en distintas posiciones transmitían una sensación de paz. Cogió el que le pareció más simpático y lo llevó a la mesa donde iban a trabajar. El pobre angelote se quedó dormido al poco, aburrido de escuchar análisis y propuestas de asuntos terrenos que entre los suyos están devaluados.
Mientras la directora salió para atender una llamada, lo tomó delicadamente entre las manos y, contemplándolo, casi se queda dormido también. Tal era la paz que aquella figura le transmitía, la que se respiraba en aquella sala y la que había percibido en el recibimiento. La paz es fruto del ejercicio del bien. Por eso aquellas personas que se esfuerzan por practicarlo, encuentran la paz en su interior y además la transmiten a su alrededor.
Aquel lunes otoñal se estaba caldeando, recuperaba el tono anímico y la alegría de vivir gracias a esas personas que te encuentras en la vida y, también, al angelito del mueble.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/05/2025
May 7, 2025 | Escritos
Jorge es un tipo de saber polifacético que lo vierte con suavidad en las conversaciones pausadas. Coincidimos todas las semanas en la reunión del Patronato de una labor social y esperamos con inquietud el momento informal de la comida, una vez resueltos los puntos que el orden del día marca para avanzar en la misión que se nos ha encomendado. Es la oportunidad de compartir novedades, de ponernos al corriente de los derroteros por los que transitamos, tan ricos y variados como la paleta multicolor del artista pintor. Y de ese abanico temático deriva el enriquecimiento de la conversación que hilvana el primer plato con el segundo y el postre con el café hasta que el tiempo se agota y cuesta despedirse porque no encontramos el momento para el punto final.
En una de las últimas ocasiones antes de las vacaciones de Navidad, escuchábamos con interés su actividad en el campo de la moda, tanto desde la docencia en la Universidad como en el asesoramiento de una marca de ropa en expansión. Hablaba de tendencias, de colores, de texturas, de combinaciones; hablaba sobre todo de personas, porque concibe ese mundo al servicio de las personas para resaltar sus valores y hacer más agradable la relación entre ellas. Hablaba de la elegancia como un concepto abierto con unos cánones que se actualizan en cada época, en cada generación. La persona elegante tiene un toque vanguardista, un sello personal, un estilo peculiar que sobrepone a la moda sin dejarse arrastrar por ella. Seguir ciegamente la moda nos despersonaliza, nos convierte en objetos moldeados, resultamos aburridos: conocido uno, conocidos todos. La elegancia requiere cierta exigencia, incompatible con la entrega cómoda e incondicional a la moda. Se alcanza con el esfuerzo de la inteligencia; el gusto se perfecciona, no es algo que se tiene y ya está. Saber escoger lo mejor se ensaya en cada elección personal; cada uno es elegante a su manera porque somos irrepetibles. Nos decía que no se trata de “ponerse elegante” si no de “ser elegante” y eso tiene mucho que ver con la sencillez y riqueza interior más que con el adorno de unas ropas, que la elegancia sale de dentro a fuera.
Mientras Jorge nos tenía con la cuchara suspendida a medio camino entre el plato y la boca para no perder el hilo de su exposición, me acordé de Pili la de Tonos, como la llama mi madre, aunque ya hace años que traspasó el negocio. Tonos es una tienda de telas en el pueblo y Pili era la propietaria, además de dependienta, asesora, confidente y amiga de quien entraba en aquel reducido local. Su gusto y sencillez lo reflejaba el minúsculo escaparate, del que fui asiduo contemplativo cada vez que iba al pueblo a visitar la familia. Aquel rincón perfumado con el aroma de la elegancia me atraía para contemplar en silencio la composición con la que mostraba los tejidos por temporadas. Recogido con mirada atenta, descubría la belleza que la luz de su interior alumbraba. Sensibilidad, claridad, orden, paz, calidez, humanidad; aquella decoración reflejaba un modo de entender la vida.
Escenografías pensadas al detalle, elementos traídos de Dios sabe dónde, porque la pereza no tiene acomodo en su diccionario: una máquina de coser a pedal con base de hierro fundido, una escalera de madera, una cómoda con los cajones entreabiertos de los que sobresalían mantones de bobiné, el carro del afilador con el que recorría las calles afilando cuchillos, un espantapájaros de tamaño natural hecho con tela de saco. Recreaciones según la época del año: un rincón de aula con pupitre, pizarra, mapas y mesa de profesor; una chimenea de fuego bajo dando ambiente al salón de la casa; un cuadro compuesto con hojas secas otoñales y unas calabazas gigantes en la base; un mueble viejo recubierto con un tul transparente en tono fucsia adornado con motivos navideños.
Unos días después de aquella comida, aparqué al lado de una tienda que me llamó la atención. Me acerqué expectante: muchos metros de escaparate en la calle principal y la entrada al doblar la esquina. Estaba bien, pero continué caminando. El ruido del tráfico, las prisas de los viandantes, el frío de la tarde; esbocé una sonrisa, me arrebujé en el abrigo y con la imaginación volví al remanso humano y cálido de Tonos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
7 de mayo de 2025
Abr 30, 2025 | Escritos
(Recuerdos autobiográficos)
Los domingos comían despacio porque estaba su padre y había más platos: garbanzos con arroz, gallina con patatas y manzanas que les daba su tía (su padre no tenía frutales en el campo). Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alocadamente a su madre y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.
Los domingos después de comer iba al cine; ahora ya podía ir a butaca con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine; había fútbol y en el fútbol el señor de la puerta les dejaba pasar después de que había empezado el partido y ya no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pasar a general, en el sol.
Ese domingo tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el guá y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un descanso amplio, con guás arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.
Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde, el silencio de la siesta amortiguaba el inoportuno ruido de un motor o los gritos de algún chiquillo que bajaba la calle corriendo en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del guá. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder, por eso no le faltaban amigos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
30 de abril de 2025
Abr 23, 2025 | Escritos
El domingo pasado nos juntamos toda la familia en torno a mi madre, para la celebración pendiente de sus 100 años cumplidos en enero. Allí estábamos hijos, nietos y bisnietos, arropándola en la nueva etapa centenaria que empieza a recorrer. También ese domingo iniciamos la celebración de la Pascua, que desde la óptica de la fe da sentido a todo lo vivido en la Semana Santa. Era pues, una doble celebración con un denominador común: el estreno de un nuevo tiempo.
Estos días he recordado con frecuencia las dos visitas que he tenido la suerte de hacer a Tierra Santa. En el corazón de la ciudad vieja de Jerusalén se encuentra la basílica del Santo Sepulcro, también conocida como “iglesia de la Resurrección”. En su interior encontramos el Calvario -lugar de la crucifixión y muerte de Jesús- y la Tumba desde la que resucitó al tercer día. Los dos santos lugares son inseparables, como lo son el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Quedé impactado con un viacrucis de figuras sobrias y sencillas, pero de una belleza singular, que se encuentra en la capilla de la Aparición en el interior de la basílica. Me llamó la atención la última escena que representa la Resurrección (el viacrucis tradicional acaba con el entierro de Jesús). Sin Resurrección, la Pasión sería un sinsentido.
De alguna manera simboliza otras situaciones dolorosas por las que podemos pasar en la vida y que conducen a que nazca en nosotros algo nuevo. El amor y el dolor van con frecuencia de la mano (en el matrimonio, en la familia), como bien lo escribió el poeta: “Mi ciencia es toda de amor / y si en amor estoy ducho / fue por arte del dolor / pues no hay amante mejor / que aquel que ha llorado mucho”.
Mi madre es una mujer de fe sólida que nos la ha transmitido con el ejemplo de su vida más que con discursos doctrinales, de los que no va muy sobrada. Por eso el domingo tenía para ella un doble motivo de alegría, celebrar la Pascua y vernos a su lado. No se trataba de batir un récord al juntar cuatro generaciones, si no de manifestarnos una vez más el cariño que nos tiene a cada uno, un amor cribado a lo largo de un camino recorrido con esfuerzo, con superación, en el que no han faltado contradicciones, sinsabores, dolores y sufrimientos, a modo de viacrucis que precede a la Pascua. De ella hemos aprendido que la felicidad llega no tanto de las alegrías que da la vida, si no de las que tú das a los demás. Las despedidas las dejamos para otro momento porque ella todavía tiene muchas cosas por hacer, no se habitúa a vivir de rutinas cómodas. Su corazón lo llenan personas, que ya hace tiempo se desprendió de lo poco material que atesoraba; por eso piensa en la nieta y en los nietos, en cada una de las bisnietas y bisnietos o en el que está en camino y engrosará la familia dentro de unos meses. Aunque sus días no se cuentan por triunfos ni su carácter sea un modelo inmaculado de virtudes, su actitud en el modo de proceder es como una música ambiental que surge de su interior y nos atrae con su melodía de agradecimiento a la vida y a las personas.
Nos pareció que el domingo era algo pobre lo que le ofrecíamos, poco más que un rato de compañía. Para ella era mucho, porque podía iniciar una nueva Pascua en su vida, del modo que más valora: en familia.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
23 de abril de 2025
Abr 16, 2025 | Escritos
El sábado fue un día de movimiento, de traslados y desplazamientos; se notaba en la circulación desde primera hora. Una vez en carretera propuse avanzar sin prisas, disfrutar de la conversación, del verde limpio del campo empapado de la lluvia abundante de los días anteriores. Repasamos planes para estos días, trabajos en la casa, encargos recibidos, visitas y encuentros de familia, de amigos. Y vivir la Semana Santa, algo que en mi casa siempre hemos hecho por devoción, por tradición, por implicación en la parroquia y en las cofradías.
Volver es revivir; la memoria y el recuerdo tienen la capacidad de hacer presente lo que en un pasado voló. Volvemos con la ilusión de encontrarnos allí donde nos despedimos. En los encuentros espontáneos, a veces, tardas en reconocer al que te saluda hasta que de repente acuden las imágenes, te sitúas en el momento y en el lugar que cimentaron tu vida y ahora re-vives.
Ni olvidar ni vivir anclado en el pasado. Las tradiciones mantenidas y actualizadas nos conectan con quienes nos antecedieron y ofrecieron a la siguiente generación el fruto de su trabajo. He visto a mi padre y tantos como él, gente sencilla, trabajadores natos, dedicar horas y esfuerzo en hacer realidad las procesiones, manifestación pública de fe, devoción y tradición. Luego vinieron otros que supieron tomar el testigo con renovado empeño y, lo que parecía agotado, volvió a prender con fuerza de unas brasas que nunca se apagaron.
Así se refuerza la identidad de las personas que alimentan sus raíces en las tradiciones de un pueblo y les permite andar firmes por la vida, como dice la cantadora: “con la jota de mi tierra, el mundo entero recorreré, y cuando me pregunten de dónde vengo, de Caspe gritaré”.
De todos los encuentros que se producen estos días, en la calle, en casa, entre familia y amigos, uno de los más emocionantes es el de la Virgen Dolorosa con Jesús Nazareno durante la procesión del Martes Santo. Después de recorrer algunas calles por separado, llegan a la plaza Mayor llena a rebosar de caras expectantes y entran por calles enfrentadas. Ella avanza con paso suave y firme; Él, balanceándose al ritmo que le marcan los costaleros, algo parecido a lo que debió suceder en la realidad. Se acercan lentamente el uno al otro, los tambores redoblan la intensidad advirtiendo que algo único está sucediendo y vale la pena prestar atención; se añaden las trompetas para elevar la vibración de lo que se vive en la plaza y, de repente, el silencio. Enmudecen tambores, trompetas y gargantas; todos pendientes de dos miradas que se encuentran y se hablan sin palabras: Madre e Hijo frente a frente.
La megafonía amplía la voz del lector que llega nítida a todos los rincones cuando relata la escena: “Cuarta estación: Jesús con la cruz a cuestas encuentra a su Santísima Madre”; la reflexión del Párroco se cuela en el interior de cada uno y remueve propósitos de mejora; la jota compuesta para la ocasión emociona al quedar suspendida en el aire en un final sostenido, eterno: “el silencio de la noche / solo lo rompe el lamento / de la Madre que ve al Hijo / por el calvario sufriendo”.
Cuando vuelven a desfilar tambores y trompetas marcando el camino de regreso a las dos cofradías, permanecemos en el sitio retenidos por la magia del Encuentro. Las palabras tardan en salir, algunos ojos brillan humedecidos. Desaparecen los últimos hachones al doblar la esquina de la calle Mayor y nos despedimos con un gesto sentido.
La mirada de la Madre al Hijo en el Encuentro me acompaña allá donde voy y, como la jota, me hace sentir lo que soy y de donde soy.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
16/04/2025
Abr 9, 2025 | Escritos
¡Por fin en casa! es el suspiro que me salió al abrir la puerta y notar en la cara la caricia de la brisa familiar que flota en el ambiente nada más dar el primer paso en el vestíbulo. El tipo que se reflejaba en el espejo del mueble perchero se parecía un poco al que salió por la mañana, le daba un aire. Eso me recordó que mejor pararse un instante, respirar hondo, arreglarse el pelo, la ropa y sonreír para ir al encuentro de la pandilla.
Después de la cena, un buen rato de sobremesa hasta que el “buenas noches” de unos y otros va minorando la conversación y el silencio se adueña del salón. Repasé el correo personal y me detuve en un vídeo que me enviaba Pedro: te va a gustar, te conozco,,, y no dura ni medio minuto. Con esa recomendación no dudé en darle al play: es de un partido de fútbol entre chavales de seis años; uno de los jugadores, después de sacar de banda se gira para abrazar a su hermano de tres años que le está animando; luego sigue corriendo con la jugada. La escena es supersimpática y cariñosa. La repetí dos veces más y me vino el recuerdo de una conversación de aquella mañana con un profesor del colegio:
“Fíjate cuanto trabajo tienen, que muchos días no puede ni llamarme a media mañana”. Es lo que me decía Jorge al referirse a su mujer; Marina trabaja en la UCI de un hospital grande.
“Cuando tiene turno de día, hablamos un instante en el momento que para a tomar un café”. Jorge y Marina tienen veintisiete años de matrimonio, dos hijos en la universidad y un algo que les brilla en los ojos cuando se miran.
Me impactó la importancia que para ellos tiene esa llamada. Fue una manifestación de cómo el cariño encuentra cualquier resquicio para manifestarse, sin descuidar lo que estamos haciendo. Puede ser con el marido, con la mujer, con Dios… o con un hermano, como en el vídeo que acababa de ver por tercera vez.
¡Ese futbolista es mi héroe! Y de mayor… será como Jorge.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/04/25
Abr 2, 2025 | Escritos
Después de tantos días de lluvia sin ver el sol, el ánimo andaba un tanto replegado; aunque uno pone buena voluntad de su parte, faltaba la ayuda que presta la naturaleza para alegrarnos la vida; echaba en falta el cielo limpio que te llena de luz y produce el mismo efecto que un sorbo de energía.
Me entretuve en el trabajo más de lo previsto, se había hecho tarde y regresaba a casa con ganas de llegar cuanto antes, con esas prisas que a uno le entran de estar con los suyos. La circulación estaba espesa, la jornada había sido intensa y llevaba tensión acumulada. Por si fuera poco, se encendió la luz del aviso de la gasolina. El drama estaba servido, en esa situación cualquier tontería se eleva a la categoría de tragedia. En mi interior resonaron dos voces: la primera me recordaba que era tarde, que estaba cansado, que me esperaban en casa, que mejor madrugar al día siguiente y pasar por la gasolinera. Estaba convencido de que tenía razón y había que hacerle caso. Pero entonces se oyó la segunda que me recordaba que mejor ahora, que si me desviaba un poco, encontraría una gasolinera en el camino y así me ahorraría el susto por la mañana. Triunfó la segunda todavía no sé por qué, giré a tiempo, di un pequeño rodeo y la encontré en un plis plas.
Era el único cliente, parece que me estaban esperando. Enseguida me atendió un empleado joven que me recibió con un amable “buenas noches” para, a continuación, ofrecerme un tipo de gasolina que tiene mejor rendimiento y … No presté atención a todo lo que me decía, porque no estaba para muchas historias y quería acabar pronto aquella operación. Me salió un “no gracias” sin pensarlo demasiado, algo seco. No se lo tomó a mal y con la misma cara alegre continuó “¿y qué tal el día?”
La pregunta me pilló dando vueltas a mis asuntos. Le miré, sonreía a la espera de una respuesta con la intención de sacarme de mi encierro y provocar una conversación mientras se llenaba el depósito. Me sorprendió que, a esas horas, alguien se interesara por mí. Respiré hondo para evitar una frase evasiva, empecé con un “bien, nada especial” y acabé contándole un par de anécdotas que me habían sucedido en el colegio. Nos reímos y él también respondió con un chascarrillo divertido. Cuando regresé de pagar estaba con otro cliente, levantó la vista y con un gesto expresivo se despidió “que descanse”.
Llegué a casa con el ánimo cambiado, como si el sol tan esperado hubiera salido en aquellas horas de la noche; fue fácil sonreír cuando al oírme entrar, alguien a quien le importo y que me esperaba preguntó desde el fondo del pasillo ¿qué tal el día?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
02/04/25
Mar 26, 2025 | Escritos
Era 21 de marzo y como todos los viernes acudí a la reunión del Patronato. Después de saludar a los de la oficina, me senté en la sala a leer correos mientras llegaban los demás. Algo pasaba ese día que la vista se apartaba del ordenador atraída por algo llamativo en los pies de cada uno de los que entraban.
Empezó la reunión; sobre la mesa papeles y pantallas, manos que se juntan y se separan, que juegan con el bolígrafo o toman nota. Por debajo de la mesa, un mosaico multicolor hecho de calcetines que se abren paso entre la seriedad de pantalones y zapatos, para lanzar su mensaje: merece la pena.
Nacho es un tipo inquieto, emprendedor, activo, que habla a la misma velocidad que fabrica los argumentos para apuntalar sus ideas. Dirige un colegio de educación especial y por los poros le sale el convencimiento de que merece la pena dedicarse a lo que se dedica. Cada año consigue involucrar a más personas en hacer visible su propósito de normalizar la diversidad con el gesto de calzar calcetines desparejados el 21 de marzo, desde que en 2011 las Naciones Unidas lo declarara el día mundial del síndrome Down (trisomía del cromosoma 21 -que tiene tres copias en lugar de dos- y por eso se une el 21 y el 3 para indicar día y mes). La idea de los calcetines se le ocurrió a la niña británica Chloe Lennon, para recordar que ser diferentes nos hace únicos; no hace falta encajar en un molde para tener un lugar en el mundo.
Mi aproximación al mundo de la diversidad ha tenido varios caminos; el más serio a través del colegio de Nacho; el más simpático por la historia de Jack, un adolescente al que se le desmoronan los pilares de la infancia que sostenían su inocencia al descubrir que vive en un mundo en el que lo distinto se discrimina, y el síndrome de Down no es una excepción. Hasta el punto de que empieza a sentir vergüenza de su hermano Gio. Con cinco años y dos hermanas, sus padres les anunciaron que iban a tener un hermano especial. Él lo interpretó como que sería un superhéroe y se alegró muchísimo. Poco a poco descubrió que lo de especial era verdad, que era distinto a los demás, pero lo de tener superpoderes iba para largo. Averiguó lo que significa síndrome Down y vio que en el Instituto donde se matriculó de adolescente eso podía ser un lastre; Gio le provocaba rechazo, vergüenza, lo ignoraba delante de los compañeros y nunca les habló de su hermano. Pero cuando llegaba a casa jugaba con él, compartía habitación y, en el fondo, lo quería. Esa doble vida saltó por los aires el día que delante de todos los que le importaban se atrevió a contarles quien era Gio: “Tiene ahora trece años y una sonrisa más ancha que sus gafas. Adora a los dinosaurios y el rojo; va al cine con una amiga y vuelve a casa diciendo «me he casado». Baila solo en medio de la plaza al ritmo de la música de un artista callejero, y los transeúntes, uno tras otro, se sueltan y empiezan a imitarlo: Es un tipo que hace bailar plazas enteras. Cada día sale al jardín y lleva una flor a sus hermanas. Y si es invierno y no encuentra la flor, les lleva hojas secas. Gio es… mi hermano. Y ahora entiendo que es un superhéroe y, además, mi mejor amigo”.
A Jack y Gio los conocí en el libro “mi hermano persigue dinosaurios” y en la película del mismo nombre. Y desde entonces me acompaña la presencia siempre afectuosa de Gio, su frescura y mirada maravillada que consiguen cambiar el corazón de Jack: “querer a un hermano no significa elegir a alguien a quien querer; sino encontrarte a tu lado a alguien a quien no has elegido, y quererlo.»
La historia de Gio la viven a diario todas familias que frecuentan el colegio de Nacho y nos dicen al ver a sus hijos asumir responsabilidades, tener amigos, formarse, crecer, caminar… ¡vivir!: merece la pena.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/03/25
Mar 19, 2025 | Escritos
Nos invitaron a tomar café para que conociéramos el nuevo piso que habían alquilado. En la habitación de las niñas, me atrajo el cuadro de la pared a la cabecera de la litera. Sin gafas no distinguía, me acerqué para ver de qué se trataba y me sorprendió aquella oración que tantas veces habré rezado de pequeño, pero que ahora me sonrojaba por una mezcla de orgullo tonto y rigidez mental. Quedé removido y pedí volver a ser niño un instante cada noche antes de acostarme, para ser capaz de rezarla con la sencillez que lo hacen Cris y Nena.
Se agitaron los recuerdos de aquel mundo estrecho de horizontes cortos, que por la simplicidad propia de la edad parecía inmenso, inalcanzable, porque cada día se vivía con intensidad y la hora de ir a dormir te pillaba con muchos sueños por cumplir. Mi madre pasaba a darnos el beso de buenas noches y preguntaba ¿has rezado? Algunas veces se me olvidada y entonces saltaba de la cama, de rodillas con el culete apoyado en los talones, metía a Jesusito en mi vida y luego bajo las sábanas continuaba contándole lo hecho y lo por hacer, como uno más en mis sueños.
Luego vinieron los años del cambio de voz y granos en la cara, del corazón lleno de personas y aficiones, de ilusiones y ambiciones; tu mundo se queda pequeño, incluso ridículo, y el Jesusito cae al fondo del saco a donde la mano nunca llega. Son esos años en que los padres se ponen rarísimos, no hay quien los entienda; se caen del pedestal, ya no son tus héroes, no entienden los nuevos tiempos y son un freno para los planes. La pandilla es el refugio, el paraíso a donde quieres llegar cada tarde al salir del instituto. La amistad es un valor que cotiza al alza, se arma un andamio de relaciones, afectos y sentimientos que sostiene el crecimiento en esos tiempos confusos.
Cuando se disipa la polvareda que levanta la adolescencia, descubres que los padres siguen ahí, a tu lado. Que dan calor al hogar a donde vuelves cada noche después de la jornada de trabajo y de estar un rato con esa persona que has seleccionado de entre todas las que metiste en el corazón. Que la familia es el lugar donde tu ausencia no pasa desapercibida. Que cuando sales por la mañana a la calle, lo haces confiado en que tienes a donde volver porque te esperan. Y notas el contraste con quien al decirle “hasta mañana” no tiene prisa, porque tú serás hoy el último que le escucha y le mira a la cara.
Quise recuperar la oración de las niñas, la que mi madre me enseñó con paciencia y cariño; al meter la mano en el saco no encontré grandes gestas ni obras faraónicas, pero sí muchos detalles y hazañas menores disfrutadas siempre en compañía. Desde el momento en que me dejaron salir a la calle a jugar sin la custodia de mi hermano hasta hoy, se almacenan infinidad de vivencias gozosas compartidas. También hay experiencias que han dejado muesca -unas en la piel, otras en el corazón- pero esas no están en el saco, no tiene sentido guardar sucesos que ennegrecen el ambiente como nubarrones que amenazan tormenta. Olvidar es un ejercicio sano que despeja el cielo para que la luz de la alegría ilumine el día. Recordar es volver a vivir, y hoy mientras hundía la mano rebuscando la oración he vuelto a encontrarme con tantas personas que me han acompañado en esta aventura formidable que es la vida. Y allí en el fondo, donde casi no llega la mano, la he encontrado; al sacarla con mimo a la luz, he sonreído porque de nuevo me he visto de rodillas con el culete apoyado en los talones diciendo: Jesusito de mi vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/03/25
Mar 12, 2025 | Escritos
Este pasado fin de semana, lluvioso y frío, mientras leía frente a la ventana, la mirada quedó clavada en el horizonte teñido de gris tormenta y saltó el recuerdo de la carta que Pepe me escribió hace quince años en un domingo parecido, para compartir el impacto que una conversación le había dejado en su interior.
Querido Rafa: Se acaba un fin de semana largo que he podido disfrutar con intensidad. El viernes ya tuvimos fiesta y lo aproveché para esas gestiones que a diario es difícil de combinar con el trabajo; se pasó en un abrir y cerrar de ojos de tan ocupado que estuve, aunque ahora mismo no sabría decirte en qué.
Hoy domingo he despertado con el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado de pizarra que veo desde la ventana. La monotonía del sonido que se colaba en la habitación, ha hecho más lento el despertar. Al regresar de Misa, el ambiente era frío, por el camino las gotas de agua perdían peso y ganaban volumen, caían suaves, resbalaban lentamente por el parabrisas del coche, se acumulaban en las aceras y las pintaban de blanco. Ahora ya por la tarde, mientras te escribo, contemplo los copos espesos que se posan en el cristal de la ventana inclinada, el jardín de la casa de enfrente cubierto de un manto espeso que amortigua los ruidos. Hasta aquí llega el silencio de fuera y los ruidos de dentro; en la sala de estar, apostados frente al televisor unos cuantos siguen animosos el partido de tenis. Este día invita a buscar el calor de la compañía, de la afición común.
A mí me lleva al ayer inmediato, al ayer de ayer, al ayer sábado que precedió a este domingo y llenó otra página del álbum histórico, esa colección de momentos entrañables que gusta recordar, no para anclarse en el pasado y lamentar el presente, si no para saborear esos instantes, tomar impulso y salir con garbo en busca de lo que nos espera a continuación.
La mañana soleada pasó entre las paredes del despacho, resolviendo cuatro asuntos pendientes que requerían algo de la paz que el día ordinario les niega. La satisfacción de haber rebajado la lista de tareas en los asuntos propuestos, también aporta su granito al balance del día. La cita de la tarde dejó la impronta de lo inesperado. Un encuentro sobrio, sin más adorno que la palabra; frente a frente, la conversación fluía ligera, sin prisas, tejida de habla y escucha, de pregunta y respuesta, de asentimiento y disconformidad; variedad, diversidad, comunión de ideas, diferencia de matiz, coincidencia en el fondo. A la palabra le acompañaba el gesto, la adornaba la sonrisa, la fortalecía la mirada. Ideas, sentimientos, dudas, convicciones; un mundo interior que la palabra descubría discretamente, sin llamar la atención, como pidiendo perdón por el atrevimiento de salir, de darse a conocer. Consciente de que eso no sucede siempre que dos personas hablan, abría los poros para dejarme empapar de aquella lluvia fina que nos cubría; no puedo decir que el tiempo pasaba sin darme cuenta, porque las agujas del reloj daban un salto imponente cada vez que las miraba; temía el momento de marchar como el estudiante el final de las vacaciones; agradecí la prórroga primera, y la segunda y la tercera. Quedaba mucho por decir, pero ya no era posible pedir más.
El frío de la tarde se había colado por las rendijas de la sala. Abstraído por el calor de la conversación, sólo cuando llegué a casa me di cuenta que me había quedado helado. Tomé algo caliente. Gozoso, lento, recogí con cuidado, ordené las cosas y algo de mi vida. Me acosté, cerré los ojos; poco a poco se fueron apagando las luces de un día que había dejado señal. Y aquí me tienes contándotelo, para compartirlo contigo y que te alegres conmigo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/03/25