Oct 7, 2023 | Escritos
Conocí a Rafa cuando teníamos siete años. Su hermano y el mío eran monaguillos en la iglesia de los franciscanos y nos llevaron con ellos. Luego llegaron Manolo, Vicente, Jesús, José Manuel y Agustín. Para nosotros, ser monaguillo era una actividad que llenaba casi todo el tiempo libre: juegos en el huerto, ping pong, partidos de fútbol y atender las funciones litúrgicas. Lo pasábamos en grande y era el punto de encuentro para hacer otros planes. Los domingos por la tarde, cuando salíamos de la iglesia nos íbamos a jugar a los jardines y allí coincidíamos con Chus, Asun, Rosa, Margarita y Carmen. Entre juegos y carreras, se recortó la distancia con ellas y empezamos a jugar juntos; del trato surgió la amistad y pusimos los fundamentos de la pandilla.
Nos hicimos “mayores” cuando a los diez años dejamos las Escuelas y estrenamos el Instituto con aquel bachillerato laboral. El horizonte vital se amplió, hicimos nuevos amigos y el grupo se amplió por las dos bandas, que las chicas también estaban activas en el colegio de las monjas. Los jardines de la Parroquia seguían siendo nuestra base operativa, después del cine y los futbolines, hasta que vimos la necesidad de organizarnos de otra manera y canalizar nuestras inquietudes de un modo más eficaz. En cuanto pudimos, alquilamos un local para poder estar juntos sin deambular por la calle y promover actividades.
Hasta entonces, Rafa era el eje en torno al que nos agrupábamos de modo natural, sin darnos cuenta. Ahora, con el local, adquirió mayor peso: unas veces era el cimiento donde se sostenía lo que hacíamos y otras, la locomotora que tiraba de nosotros. Era imaginativo y práctico, ponía en marcha las ideas y nos implicaba en sus propuestas. Por algo salía elegido presidente siempre que hacíamos elecciones, sin darle importancia. Supo unir a todos en sacar adelante aquel proyecto y gracias a eso tuvimos un espacio y un grupo donde recibir las novedades que la vida nos descubría en esa etapa tan apasionante; y crecer en pandilla, lo mejor que te puede pasar cuando la adolescencia te revoluciona por dentro y por fuera y te cambian las referencias que hasta entonces te han servido de guía: allí se apaciguaban los enfados cuando los padres no te comprendían; o se atemperaban las emociones del primer enamoramiento, al compartirlo con los más íntimos.
Con la madurez, a la pandilla le llegaron los primeros trabajos, siguieron las bodas, los hijos, las alegrías y contrariedades que nunca faltan, las bodas de plata y las jubilaciones; aunque la vida nos haya llevado por aquí y por allá, todo lo hemos vivido en grupo y lo hemos disfrutado con el mismo espíritu de los inicios. El mérito es de todos, pero considero que con Rafa a la cabeza.
Hoy hace tres años que cruzó el puente a la otra vida, donde nos espera con Pili, José Antonio y Vicente. Si en el cielo hay locales, seguro que ya tienen uno preparado para acogernos a medida que vayamos llegando y reunir de nuevo a la peña; volveremos a organizar la recogida de cartones en invierno a beneficio del Asilo, la carroza en verano para las fiestas o las excursiones a Masatrigos. Y si hacemos elecciones, será nuestro presidente.
Por todo lo que hiciste por el grupo, del que tan orgulloso me siento y a quien tanto debo ¡muchas gracias, Rafa!
07-10-23
(Rafael Barberán Ralfas falleció el 7-10-2020 a los sesenta y cinco años.)
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Oct 5, 2023 | Escritos
Salí con José Manuel con tiempo suficiente para llegar al hospital un buen rato antes de la hora que le habían citado. Le aconsejaron estar relajado en el momento de la prueba y que fuera acompañado; era algo molesta y podía tener efectos secundarios.
Una vez instalados, comprobé que en aquella sala de quirófano de día sólo citaban a los que se hacían el mismo examen. Todos los grupos éramos de dos personas, paciente y familiar. La rutina se repetía: salía la enfermera “¡Fulanito y familiar!” ¿es Vd. el acompañante del enfermo? Pasen por favor”. En el despacho nos explicó en qué consistía la prueba y el procedimiento. José Manuel pasó al quirófano y yo esperé en la sala.
Una vez finalizada, nos volvimos a encontrar, a la espera de que el médico nos explicara los resultados. Jose Manuel salió con gesto de dolor, pero se recuperó enseguida y entablamos conversación.
Al poco salió un enfermero empujando una silla de ruedas y unas muletas en la mano; en la silla un señor mayor con la cabeza ligeramente inclinada sobre el pecho y aspecto descuidado. En los brazos, el esparadrapo tapaba la señal de las vías que le habían quitado hacía un momento “¿familiar de Segismundo?” El enfermo dice algo que no se entiende bien. Vuelve a preguntar “¿familiar de Segismundo?” El enfermo levanta un poco más la voz y le dice que no hay ningún familiar “¿está Vd. sólo? “. Segismundo sonríe un poco con pena: sí, estoy sólo. “Bueno, pues le dejo aquí y enseguida saldrá el médico que le explicará lo que tiene que hacer”.
En la sala, cada pareja pasa el tiempo como puede, los nervios de la prueba no permiten muchas alegrías. Segismundo no llama la atención, nadie se fija en él; espera en la silla de ruedas apartado en un rincón, las muletas apoyadas en la pared.
De nuevo sale otra enfermera y llama. En esta ocasión nadie responde, no hay movimiento en la sala. Mira a Segismundo y le pregunta “¿es Vd. Pedro?” No, no, soy Segismundo, dice levantando con esfuerzo la cabeza. La enfermera quiere asegurarse, le toma la documentación y lee sus datos. “Entonces Vd. es Segismundo”; sí, sí, así es. “Pero Vd. no tiene que esperar aquí, tiene que esperar en la sala azul, saliendo al pasillo dos más a la derecha”. Segismundo sonríe un poco con pena. “¿está Vd. sólo?” Sí, sí, estoy solo.
La enfermera respira hondo, recoge los papeles que lleva en la mano y los guarda en el bolsillo de la bata, cambia el gesto de la cara como si una luz interior se hubiera encendido y le dice con una sonrisa: “pues entonces Segismundo, Vd. y yo nos vamos a dar un paseo, le llevo”. Y desaparecen de la sala, girando a la derecha cuando salen al pasillo. La conversación ha sido tan natural, tan rápida, que nadie en la sala de espera se ha dado cuenta de lo ocurrido.
De repente me fijo en las muletas, las agarro y salgo rápido detrás de ellos; cuando les alcanzo, la enfermera va contándole una historia simpática y Segismundo sonríe.
De regreso, José Manuel ya está con el médico que le explica el resultado, todo bien gracias a Dios. Por el pasillo de salida, nos miramos ¿qué te ha parecido la enfermera? y hacemos un gesto de admiración ¡vaya detalle!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
04/10/23
Sep 28, 2023 | Escritos
En la película “El tigre y la nieve” de Roberto Benigni, el protagonista Attilio es poeta y padre de dos niñas. Una noche les explica a sus hijas por qué se hizo poeta: “una tarde salí a jugar al jardín y un pajarito que estaba en lo alto de un árbol, al verme empezó a volar y cantar, descendió poco a poco haciendo círculos y se posó en mi hombro. Me quedé quieto con los brazos a medio levantar como si fuera un árbol, conteniendo la respiración. El pajarito cantaba, daba brincos, se pasaba de un hombro a otro. A mí me latía el corazón como si fuera a salir del pecho. Cuando se fue volando, salí corriendo para contárselo a mi madre. Por la emoción, los nervios y la respiración alterada, sólo supe gritar “¡mamá un pajarito, aquí!” señalando el hombro; “¡mamá un pajarito!”. Ella dijo “¡ah qué susto! Creí que era algo importante” y siguió con lo suyo sin hacerme caso. Regresé al jardín con la pena de no haberle explicado bien lo que había sentido; no supe transmitirle la emoción que yo había vivido. Me quedé tan mal que me dije ¿Habrá alguna profesión en el mundo que encuentre las palabras justas y las sepa unir de tal manera que cuando me late el corazón, logre hacérselo latir a los demás? ¡Ese día decidí ser poeta!”
El artista es un tipo que ve más allá, descubre en la realidad aspectos que al común de los mortales nos pasan desapercibidos. Los extrae, los interpreta y los plasma en el lienzo, en el papel, en el mármol o en la música, para hacerlos asequibles a los demás y que puedan admirar lo que a él le ha cautivado, vibrar con la misma emoción que él ha vibrado, notar el latido del corazón como el suyo ha latido.
En el comedor de la casa de mis padres cuelga un cuadro que pintó Joan un fin de semana que estuvo en Caspe. Aquel sábado de marzo ventolero fuimos a Pallaruelo, un campo que tuvo mi padre toda la vida, hasta que lo vendió después de retirarse del oficio. Las ráfagas doblaban las ramas de los empeltes y las zarandeaba como si quisiera arrancar el olivo de raíz. Aquel campo yo lo había recorrido palmo a palmo miles de veces; podía ir de espaldas, con los ojos cerrados o haciendo el pino; por la mañana, a mediodía o por la tarde; de madrugada o al anochecer, me da lo mismo. Pero nunca, nunca en tanto tiempo, vi lo que Joan vio en una tarde.
Ahora, cada vez que contemplo el cuadro me sobrecoge el zumbido del aire, el color del cielo, la aridez de la tierra, la figura de la torre. Y como Attilio cuando el pajarito se le posó en el hombro, también a mí me late el corazón.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/09/23
Sep 21, 2023 | Escritos
Si la vida de una persona empieza con el primer recuerdo que guarda, la de Javier se estrena con una escena en la que va de la mano con su hermano y lleva un cabás en la otra.
Carlos, dos años mayor, empezó a ir a párvulos con Doña Encarna en la Escuela de la calle Alta. Javier se quedaba en casa con su madre, llorando porque su ilusión era hacer todo lo que hacía su hermano. Por las tardes bajaba a esperarle en la calle y en cuanto le veía, iba corriendo a su encuentro. Carlos le dejaba el cabás y le llevaba de la mano. Ese trozo de calle, Javier lo recorría estirado, dando pasos de mayor y mirando a la cara de su madre para que se enorgulleciera del hijo pequeño.
El cabás era un maletín de madera o cartón, donde se guardaba la pizarra, la tiza y el trapo de borrar. Era todo lo suficiente para ir a la escuela; por entonces no había bocadillo que llevar para el mediamañana, porque el hambre se mitigaba con la leche en polvo de la ayuda americana que llegó desde 1954 a 1968. A la hora del recreo venía una señora por cuenta del Ayuntamiento, preparaba una olla enorme y se ponían en fila con el vaso de plástico duro rugoso en la mano. El de Javier era azul y llevaba las iniciales que su padre había grabado con la punta de la navaja.
Cuando a Javier le tocó ir con Doña Encarna, heredó el cabás de su hermano, pero entonces su ilusión ya era llevar una cartera como la de Carlos; y luego quiso tener bicicleta, como la suya, y moto, y pandilla, y… Fue una ventaja grande tener un hermano que iba por delante abriendo camino, porque le facilitó la apertura a la vida hasta que su propia personalidad escogió el camino que le correspondía.
El cabás que siempre le ha acompañado en todas las etapas de la vida, además de la pizarra, la tiza y el trapo de borrar que le recuerdan de dónde viene, estaba repleto de ilusiones. Por el cabás han pasado las de la niñez, que acaban en risas o llanto según se consiguen o no. Las de la adolescencia, vividas con impaciencia porque en esa edad no hay medida del tiempo y lo que esperas, lo quieres ¡ya! Las de la juventud, aquellas primeras metas alcanzadas, vividas con fuerza e intensidad. Las de la madurez, bañadas por la serenidad que aporta la vida.
Quien tiene ilusiones vive con alegría, la de alcanzar lo que se ha propuesto; es un anticipo del gozo que esperamos con los proyectos. Disfrutar de la vida también es una ilusión, un proyecto que se hace realidad cada día.
Hoy, sin idealismos ni actitudes inmaduras, de ganas de levantar la persiana cada mañana, de anhelos por disfrutar lo que la vida ofrece cada jornada, de proyectos que ilusionan, sigue repleto el cabás.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/09/23
Sep 13, 2023 | Escritos
El verano es una buena oportunidad para el encuentro con amigos a los que la vida no da facilidades para verlos a menudo, por muchas ganas que haya. Es lo que sucedió con Ramón uno de los días que estuve en el pueblo. Quedamos temprano para ir a la granja. Desde que se ha jubilado, la ha dejado en manos de los dos hijos; pero cada día va a dar vuelta, supervisa, aconseja, se entretiene. La familia y la granja han sido su vida y ahora disfruta de las dos de una manera distinta.
Se ha reconvertido en hortelano y en un trozo de la finca ha plantado frutales, hace hortaliza o siembra flores para Pepi, su mujer. Cogimos higos frescos; alguno lo probamos sobre la marcha, otros me los puso en una caja para mi madre, junto con los últimos racimos de uva dulce que colgaban de la parra. Y cuando el sol ya se dejaba notar, nos sentamos a la sombra de la higuera.
La conversación se volvió personal y pausada; la familia, los nietos, inquietudes, alegrías. Sonó el aviso de un mensaje. “Será Pepi que me envía la lista de la compra”. Así era. “Desde que se jubiló del Instituto, ha cambiado las clases por la casa; le cuesta salir. Intento hacer planes con ella, pero se excusa en que la absorbe mucho, que mantenerla limpia exige dedicación”. Hizo una pausa. “Pues a mí no me importaría llegar a casa y encontrarme la mesa con polvo; al menos le podría escribir ¡Pepi, te quiero!”. Continuó hablando, pero la frase se me quedó rebotando en el interior y me distrajo.
Ramón es más bien serio, formal, poco dado a manifestaciones emocionales, con un corazón grande (por eso los enfados, cuando llegan, le duran unos días), generoso, siempre dispuesto a prestar el favor que le pidas o sin que lo pidas. Con ese carácter y después de cuarenta y tres años de casados, me impactó esa manifestación de cariño a Pepi. Fue una buena lección de cómo se puede vivir enamorado aunque pasen los años, que el amor no entiende de edades.
Y claro, un corazón así, en cuanto le das una oportunidad suelta un ¡Pepi, te quiero!
13/09/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Sep 7, 2023 | Escritos
Escribieron unas palabras cariñosas diciendo que se acordaban de mí en plenas vacaciones; se lo agradecí por el afecto mutuo que nos tenemos. Fui tutor de uno de sus hijos en el colegio, con el trato surgió la amistad y ha crecido con el paso del tiempo. Pero aún agradecí más lo que venía a continuación: te enviamos una foto de las niñas.
En un clic se había detenido aquel instante de la vida y a muchos kilómetros de distancia la podía contemplar. Me imaginé apoyado en el marco de la ventana que encuadraba la escena. El sol daba profundidad al plano, a punto de esconderse allá al fondo con su luz cálida, se abría paso por entre las ramas y llegaba hasta nosotros para despedirse del día y dejarnos un hasta mañana.
La encina centenaria ejercía de madre atenta a todos los detalles: daba sombra, sostenía el columpio, cuidaba de las niñas. Su presencia discreta llenaba el espacio y lo hacía habitable. De su tronco esbelto se abrían las ramas robustas y frondosas; de ellas colgaba el columpio platillo volador, suspendido a unos palmos del suelo, estático. Y allí estaban ellas, las niñas. En su mundo, en su juego, en su conversación; felices, ajenas al clic de la foto, a la conversación de los mayores. Eran el centro de interés.
Ahí me quedé embobado, queriendo adivinar su conversación, su juego, su mundo. Seguro de que me podían enseñar muchas cosas. Los niños viven admirados, casi nada les resulta indiferente. A diferencia de los mayores que corremos el riesgo de estar de vuelta de casi todo y así corremos el riesgo de perdernos el encanto del mundo que nos rodea. Claro que a ciertas edades ya no resulta fácil hacerse como niños, retomar su ingenuidad. Que no se trata de andar por la vida como un bobalicón, si no desde la madurez mantener la capacidad de admirarnos por las cosas como ellos.
Desde luego que les agradecí que se acordaran de mí; y mucho más de la foto de las niñas.
06/09/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Ago 30, 2023 | Escritos
A principios de julio estuve unos días cerca de Pamplona; al caer la tarde salía a dar un paseo. La vista resbalaba por encima de los rastrojos del trigo recién cosechado y se perdía en el horizonte, sin más sombra que la que me cobijaba. Solía sentarme envuelto en el silencio que despide al sol cuando se retira, olía la paja aún tierna que descansaba en los campos vecinos, disfrutaba de la contemplación del paisaje, bebía en pequeños sorbos la belleza que la naturaleza me ofrecía.
A veces estaba acompañado; la conversación entonces salía pausada, en voz calma. Hablábamos de tú y yo, de aspectos personales alejados de polémica porque el ambiente nos invitaba a la escucha. Son momentos en que descubres al otro y te sorprende porque caes en la cuenta de los valores que atesora, después de tanto de tiempo de sólo ¡hola! y ¡adiós!
Surgía el contraste con la vida en la ciudad que centra nuestra atención en lo artificial. Aunque también allí hay elementos naturales, quizás no tan a la vista, no tan cegadores como los atardeceres de julio en el campo, pero que se nos escapan porque no vamos atentos al mundo que nos rodea, más inclinados a ver que a contemplar.
El ruido nos distrae y a nuestro alrededor siempre hay muchos mensajes que nos reclaman; será por eso por lo que el silencio tiene mucho que ver con la soledad.
Sólo o bien acompañado, vuelvo dispuesto a buscar cada día los momentos de silencio que tan buenos recuerdos me dejaron aquellos atardeceres de julio.
30/08/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Ago 23, 2023 | Escritos
Cuando en invierno se echaba la niebla y estábamos varios días sin ver el sol, la cocina se convertía por la noche en un tendedero. El calor de la cocina de leña mantenía el temple y por la mañana la ropa amanecía seca.
Los demás días usábamos el del solonar (terraza cubierta y cerrada con un gran ventanal). La tarea de tender se la reservaba mi madre; hacía falta pericia para colgarla sin arrugas, además de ingenio para aprovechar bien el espacio. A nosotros nos encargaba retirarla, sin ahorrarse unos cuantos consejos cada vez. Sostener con una mano la camisa y retirar las pinzas de madera con la otra, era una habilidad que mejoraba con el tiempo; luego se dejaba sobre una mesa larga que teníamos a propósito, o sobre el respaldo de las sillas. Con las sábanas tenía más dificultad, porque mis brazos no alcanzaban de extremo a extremo y había que doblarlas sin que se arrugaran.
En el campo, mi tía Carmen tenía el tendedero detrás de la torre, al rebrigo del aire. En los juegos con mi primo José, nos encantaba aquel sitio para escondernos, ocultos entre las sábanas que colgaban casi hasta el suelo. A mi tía no le hacía ni pizca de gracia y nos lo dejaba bien claro; como, además, combinaba la dulzura y la fortaleza con maestría, era mejor que no te pillara jugando a indios en su territorio.
La tarea de tender la ropa nos resulta familiar desde el origen de los tiempos; novelas y películas de todas las épocas incluyen esta escena con frecuencia. También la puedes encontrar al pasear por algunas calles estrechas, sea en el Vallecas de Madrid o en el Trastévere de Roma, donde ves los tendederos de balcón a balcón; o de una fachada a la de enfrente, tapando la calle como las banderolas que ponen en los pueblos para la fiesta mayor.
Los electrodomésticos han modificado algunos usos y costumbres. Pero me da que éste no llegará a desaparecer. Algo así como si Dios, cuando despidió del paraíso a Adán y Eva, además de todo lo que les dijo hubiera añadido “… y también tendrás que tender la ropa”.
23/08/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Ago 16, 2023 | Escritos
El primer sábado de este mes salimos a media mañana con dirección a la sierra, con el único objetivo de dejarnos sorprender de lo que el día nos presentara.
Conducíamos sin prisas, comentando noticias que nos llevaban de unas a otras, como las curvas de la carretera se sucedían a izquierda y derecha ganando altura. En el camino de la estación que arranca en una de ellas, nos encontramos con la procesión de la Virgen de las Nieves a punto de llegar a su ermita y nos acercamos a rezarle. En su fiesta, cinco de agosto, la gente del pueblo mantiene viva la tradición.
En el puerto nos sentamos en una terraza al borde de la carretera, un sitio distraído con el trasiego de la gente que viene del monte y quiere reponer energías. Mesas y bancos de madera recia que invitan a quedarse un buen rato. Allí nos encontramos con Paco, un empleado del colegio ya jubilado, que venía con su mujer de la Bola del Mundo, cumbre de 2257 m. a cuya falda nace el río Manzanares.
Hicimos un alto en el Monasterio del Paular, primera cartuja del Reino de Castilla allá por el siglo XIV. No entramos a la visita guiada, pero nos entretuvimos leyendo la historia y contemplando el edificio desde el exterior.
Bajo los tres arcos del puente del Perdón, de estilo renacentista construido con sillería de granito, las aguas del río Lozoya bajan con fuerza y desde allí transcurre por su valle como dueño y señor.
En Rascafría paseamos por las calles empedradas, con la arquitectura popular de la Sierra que reflejan sus casas y mantienen el ambiente rural.
La tarde nos encontró sentados a la sombra de un roble apurando un café, en animada conversación, refrescados por la brisa que movía las hojas y aumentaba la sensación de bienestar.
De regreso sacábamos algunas conclusiones:
Es más sencillo pasear que moverse en coche.
Es más sencillo hablar presencialmente que por teléfono
Es más sencillo estar bajo la sombra natural de un árbol que de un porche o una pérgola.
Es más sencillo el fresco natural de la brisa que el del aire acondicionado.
Todo lo segundo está muy bien, pero si consigues lo primero… pues está mejor.
Pues eso es lo que nos había sucedido; un plan de verano que permitió recuperar el valor de lo sencillo.
16/08/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Ago 9, 2023 | Escritos
“Es la declaración de amor que más impacto me ha producido” Lo dijo Monto (así le llamamos por abreviatura de su apellido), un tipo que sabe mucho de cine; su cabeza es una potente base de datos de la que extrae escenas y comentarios con mucho acierto.
La película cuenta la historia de tres soldados americanos cuando regresan de la guerra. Homer es un marino que ha perdido las dos manos y las ha sustituido por garfios que maneja con mucha habilidad. Pero la familia se asusta, le compadece y él no soporta que le tengan lástima. A su novia Wilma, la rechaza porque no quiere suponerle una carga.
La escena que nos contaba Monto sucede una noche, cuando Homer invita a Wilma para que vea lo que sucede cuando tiene que acostarse y que tanto le avergüenza: «Aquí es cuando sé que estoy indefenso. Mis manos están sobre la cama. No puedo ponérmelas de nuevo sin pedir ayuda a alguien. No puedo fumar un cigarrillo o leer un libro. Si esa puerta se cierra de golpe, no puedo abrirla y salir de esta habitación. Soy tan dependiente como un bebé que no sabe cómo obtener nada excepto llorar por ello».
Cuando Homer espera que Wilma de un paso atrás y salga corriendo, ella lo da hacia adelante con ternura y le confirma el amor que le tiene: Te quiero y no voy a dejarte nunca, nunca. ¿Pero no te importa? Claro que no, te quiero y siempre te querré.
Ya, pero eso sucede en las películas. Pues mira, una de las muchas cosas buenas que tiene ésta, es el rasgo universal de lo que cuenta: la necesidad de que nos quieran como somos y de que cada uno ha de aceptarse como es. Que las guerras también se dan en nuestro día a día en el trabajo, la familia o los amigos. Que, para el amor y el sentido de la vida, hace falta valentía y eso se adquiere con entrenamiento diario.
Una película de 1946, en blanco y negro, no apta para necesitados de acción, que habla con los gestos, miradas y silencios, que hace grande lo cotidiano, que tuvo siete Oscars y se llama “Los mejores años de nuestra vida”. Y como la vi el viernes pasado, te la recomiendo como cine de verano.
09/08/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader