Feb 28, 2024 | Escritos
Formo parte de un grupo inquieto por fomentar actividades de carácter cultural y darles difusión para despertar el interés por la búsqueda de la belleza en las distintas manifestaciones del arte. Descubrir que somos capaces de asombrarnos ante la belleza, nos ayuda a apreciar también lo verdadero y lo bueno.
Este grupo es abierto e informal, no tiene carácter asociativo, por lo que somos más amigos que socios de una entidad. Y aunque nos une un motivo tan loable, la realidad es tozuda y nos dice que si queremos encender la luz, estar calientes o ir al baño, hay que sufragar los gastos que se originan. Tenemos establecida una pequeña cuota mensual que habitualmente es suficiente. Digo habitualmente porque en 2022 nos quedamos cortos; el precio de la luz se puso por las nubes y todo subió una barbaridad. El que lleva las cuentas nos dijo que los números no cuadraban y propuso una “derrama”. A mí me da que ese concepto no tiene mucho que ver con la belleza, porque la mayoría se quedaron inmóviles como para ganar tiempo mientras buscaban en su acervo cultural el significado de la palabra. Todo el mundo dijo que ¡por supuesto! seguramente sin saber muy bien que eso afectaba directamente al bolsillo. Algunos se enterarían al llegar a casa y ver la reacción de su mujer. Como la cosa salió bien, el administrador le ha cogido afición a la palabra mágica y para el 2024 ha vuelto a proponer otra “derrama”; en esta ocasión nos ha pillado preparados y, además, el importe es más asumible.
El asunto es que hace unos días quedé con uno del grupo, un sevillano muy salao. Nos sentamos en una terraza y en el reparto de papeles, a mí me tocó el de escuchar. La conversación la mantenía animada, en palabras y en gestos; contando un sucedido me dice “… y cuando lo nombró, me entró una tiritera igual que cuando oigo la palabra esa, la de cuadrar las cuentas…” ¿derrama? ¡eso, la derrama! Me reí con ganas; mira por dónde, un concepto tan terrenal había entrado a formar parte del cielo cultural de algunos, consiguiendo el mismo efecto que el horizonte, que junta el cielo y la tierra.
Pero limitar la derrama a cuestiones crematísticas me parece que es empobrecerla o condenarla a un significado peyorativo. Por eso propongo aplicarla también a otros aspectos de la vida. Por ejemplo, al dolor; quien se haya operado de algún hueso, sabe que el despertar de la anestesia añade al dolor general una derrama que dura unas horas de la primera noche. O también se puede aplicar al cariño; lo cuentan las madres con cada hijo que llega. Les parece que en su corazón ya no hay sitio para más y resulta que en cada parto aportan una derrama de cariño y ¡ala! caben todos.
El domingo pasado entró en la iglesia un matrimonio joven con cinco hijos que fueron corriendo a sentarse con los abuelos, maternos digo yo porque la madre y la abuela tenían la misma cara. Poco a poco se serenaron, la madre los repartió unos con el padre en el banco de delante, otros con ella y los abuelos. Después se arrodilló y se recogió en oración, o mejor lo intentó; el pequeño que sostenía en brazos era como un rabo de lagartija que no paraba de moverse; a la izquierda, una de las niñas reposaba la cabeza en su hombro y ella la acariciaba; otro a su derecha quería decirle algo, ella con gesto amable y el dedo índice en los labios le pedía silencio; del banco de delante, otro se giró y le dio un beso en la frente. A ratos me distraje de la misa, me dejé cautivar por el cuadro que tenía delante, asombrado por la belleza que contemplaba. Y me acordé de la derrama, concepto que aquella madre manejaba con soltura a la hora de repartir cariño.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/02/24
Feb 21, 2024 | Escritos
Se casaron a mediodía del último sábado de enero; hubo un poco de nervios porque la semana anterior estuvo lloviendo y con temperaturas bajas. Pero es que el clima había querido colaborar con el festejo anticipando el trabajo para luego tomarse unas vacaciones hasta después de la boda. Les regaló un despertar de cielo limpio y sol de primavera que caldeaba el ambiente; hasta los jardines daban síntomas de querer unirse a la fiesta.
Aquella mañana acompañé al novio y sus padres desde primera hora; en casa reinaba un sorprendente estado de serenidad que facilitaba el trabajo de la fotógrafa. Salimos a la calle cuando el reloj de un campanario cercano difundía por el barrio el toque de las doce. El trayecto en coche fue con la máxima prudencia, como quien avanza con un objeto delicado entre las manos; dentro, sin embargo, la conversación era distendida y relajada, alimentada con los asuntos que nos llamaban la atención por el camino. ¡Mira un almendro en flor! La madre señaló un jardín a la derecha y aflojamos la marcha para disfrutar de sus flores blancas. Entramos en la plaza que abraza la iglesia con el sol a nuestra espalda; su luz dorada hacía más esbeltas las dos torres que flanquean la fachada. El semáforo nos dio el tiempo suficiente para observar los invitados que ya ocupaban las escaleras de la entrada atentos a nuestra llegada, aunque me perdí el recibimiento por no interrumpir el tráfico más de lo imprescindible.
Roger vio llegar a Teresa desde el presbiterio con la sonrisa que le caracteriza y un brillo en los ojos que competía con las lámparas que cuelgan sobre el altar. El encuentro de los novios, arropado por las voces de un coro magistral, nubló los ojos de cuántos fui capaz de alcanzar con la mirada, incluidos los míos. Y desde ese momento hasta la salida, los dos vivieron con intensidad la ceremonia que envolvía su sí ante Dios y ante los presentes, desde ahora y para siempre. Tuve el privilegio de firmar como testigo de ese “sí”, y también podría haber añadido otros muchos que se han dado durante el camino del noviazgo, para superar miedos, dudas y reafirmarse en el amor que quieren vivir como entrega.
La inquieta espera a la salida del templo se transformó en explosión de alegría cuando su figura se recortó en el contraste entre la luz de la calle y la oscuridad de la nave. Cuando el sacerdote les dijo “os declaro marido y mujer”, notaron que la felicidad les corría por las venas y ahora la querían compartir con todos los que les arropaban. Así fue en ese momento, y siguió durante la tarde y hasta que bien entrada la noche se marcharon los últimos invitados y los camareros apagaron las luces. Tuvieron palabras y gestos de cariño para cada uno de los presentes en un continuo ir y venir por las mesas; también para los ausentes que les acompañaban a distancia, en la tierra y desde el cielo. Así son ellos, de los de tú primero, de esos que el yo casi no lo conjugan.
Los recuerdos que los primeros días revoloteaban con la alegría de lo vivido, poco a poco se reposan a medida que se alejan de aquel momento. Los afanes de cada día los cubren hasta que una ráfaga entra impetuosa y los remueve para hacerlos presentes de nuevo. Es lo que me ha sucedido hoy que he visitado el parque la Quinta de los Molinos y he paseado por en medio del espectáculo de color que ofrecen los almendros en flor.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
21/02/24
Feb 14, 2024 | Escritos
Me pregunto si el jueves pasado sería el día de las buenas personas, una de esas celebraciones internacionales que se difunden ahora y que te enteras a toro pasado al cabo de un tiempo. No me sorprendería que hubiera sido así y que al día de autos le caracterice lo mismo que a las buenas personas: pasan desapercibidas.
Todo empezó con algo que escribí en octubre de 2015 y que esa mañana encontré mientras buscaba otro papel:
“Desayuno con unos amigos. Mientras se prepara la mesa, Guillermo coge el periódico y va directo a las páginas deportivas. Comenta en voz alta lo que lee y se anima el ambiente fresco de esta mañana otoñal.
¡Mira lo que dice Vicente del Bosque!, que prefiere ser buena persona a ser buen entrenador. Luego compruebo que no es exactamente lo que ha dicho, pero ya está liada.
Felipe entra en liza con ganas de polémica: vamos a ver, entonces ¿o eres buena persona o buen entrenador? No, no… interviene Raimundo, sereno y profundo, no es eso lo que quiere decir. Para ser buena persona hay que procurar ser buen profesional, y para ser buen profesional hay que procurar ser buena persona. A un chapuzas o a un vago no se le puede añadir «pero es buena persona»; a un malaje o a un egoísta no se le puede añadir «pero es un profesional como la copa de un pino». Para ser buen entrenador, o buen estudiante o buen marido, hay que esforzarse por ser buena persona.
Guillermo a lo suyo, tercia con una noticia sobre Nadal. El tintineo de las tazas y el aroma del café nos distrae de la conversación; pasamos a otros temas de relevancia internacional, dispuestos a arreglar el mundo en un plis plás.
Y a mí me queda un run run por dentro, pienso en éste Del Bosque y su frasecica, que tiene tela: ser buena persona ¡ahí es ná!”
Por la tarde fui a una oficina de Correos; llovía finamente y la temperatura había bajado para recordarnos que aún estamos en invierno. Entré encogido con las solapas del abrigo levantadas y la gorra calada que orientaba la vista hacia el suelo. Después de coger el número, mientras me despejaba la cabeza y estiraba el cuerpo, me encontré con una cara sonriente al otro lado del mostrador que me miraba antes de que la pantalla avisara mi turno y me hizo un gesto para que me acercara. Me recibió con un comentario sobre el tiempo, se interesó por lo que necesitaba “¿envío ordinario o certificado?”, decliné su invitación a participar en un sorteo solidario que derivó en una conversación interesante. “No se olvide la gorra, que pase buena tarde” y me despidió con la misma sonrisa que me había recibido.
Aquella señora dejó en mí el impacto que dejan las buenas personas, esas que son de carne y hueso, que tienen que afrontar conflictos porque su vida no es monótona y previsible, que tienen que superar contratiempos para conseguir lo que se proponen y no siempre lo consiguen, que se sobreponen a los altibajos del camino porque así es la ruta del mapa vital; y con todo eso en la mochila, te reciben con una sonrisa, se preocupan de lo que necesitas, te dan conversación y te despiden como si fueras lo único que ha pasado en su día.
No sé el nombre de aquella señora, pero lo añado a la lista junto con el de Juana, Antonio, Lucero, Rafael, Felipe, Julio, María, Isabel, Manuel, Carmen, Xavi, Jaime, Ricardo, Eduardo, Ester, Gonzalo, Lourdes, Sergio, Irene, Miguel Ángel, Amparo, Carmen, Martina, Jorge, Paquita, Inmaculada, Pedro, Samuel, Julián, Dani… y muchos otros que componen una lista interminable de personas que han dejado su buen sabor en mi vida.
Y si el jueves pasado no era su día, estoy por iniciar una recogida de firmas para que por fin se instituya «el día de las buenas personas».
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/02/24
Feb 7, 2024 | Escritos
Durante una excursión de pesca, el director de cine Howard Hawks se apostó con el escritor Ernest Hemingway, a que era capaz de hacer la mejor película con la peor de sus novelas. La oportunidad se presentó en 1944 y llevó a la pantalla la novela “Tener y no tener”. Han pasado ochenta años y la película sigue seduciendo por su mensaje, por la maestría narrativa del director, por los diálogos, por la música y, sobre todo, por la presencia de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, unos monstruos de la interpretación que sólo con la mirada desbordaban cualquier gesto.
Cuando la vi, una de las escenas me removió del asiento. Puedes ver los 30” que dura pinchando “aquí” y además copio el diálogo:
- Steve: “anda alrededor mío, adelante Slim, anda alrededor mío”. Ella recorre un círculo a su alrededor sin encontrar obstáculos. “¿Has encontrado algo?”
- Slim: “no, no Steve, no hay cuerdas que te sujeten… todavía”.
La escena hizo saltar el candado que cierra el baúl de los recuerdos almacenados al fondo de la memoria y lo vi como una secuencia más de la película. En 1974 hice el COU en turno de noche en el Instituto Xaloc, para poder compatibilizar con el trabajo en el Banco. Por entonces el director era D. José Antonio, hombre culto con fama de carácter inglés. Un día iba por el patio y dos alumnos se estaban peleando en un tono algo más subido de lo habitual. A un gesto suyo se separaron y habló con cada uno de ellos a solas. Al más revoltoso lo llevó hasta un árbol delgado en medio del parterre y le dijo “quedas atado al árbol por este hilo invisible” mientras le hacía el gesto desde la muñeca al tronco. Y allí quedó el chaval aguantando las burlas de los demás chicos, sin moverse. La historia acabó bien; cuando volvió D. José Antonio, el alumno se llevó una felicitación por su comportamiento y quedó liberado de la atadura virtual.
Si por entonces el chaval hubiera visto la película, habría entendido la coletilla al final de la respuesta de la chica. Hasta ese momento él era como el Steve de la escena y fue el director del colegio quien le suprimió el “todavía”. A partir de aquel momento ya sabía lo que era estar atado por un hilo o una cuerda invisible; en lo sucesivo podría detectar aquellas ataduras que no se ven, pero se notan; distinguir que unas las elegimos y otras no las rechazamos. Y comprobar que unas son buenas y otras no tanto.
Hay ataduras buenas, decididas con libertad, que suponen compromiso, entrega, que dan sentido a la vida. Muchos ejemplos se me hacen presentes, de personas entregadas en el matrimonio, en la vocación a Dios o en proyectos y causas en favor de otras personas. De entre todos, me quedo ahora con el de aquella religiosa de setenta y siete años; mientras nos enseñaba el colegio que llevaban en la periferia de la capital, me decía: “Conocí a la madre Fundadora a los 14 años y desde entonces lo tuve claro; cuando cumplí los 20 me confió el inicio de una misión en Suramérica ¡qué locuras! He sido muy feliz… ¡Soy muy feliz!”
Una novela mediocre, una gran película, un recuerdo, una persona feliz… todo por “tener y no tener”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
07/02/24
Ene 31, 2024 | Escritos
El marcapáginas que usaba en el libro que estaba leyendo, era una postal con el dibujo de una joven hindú que baila descalza un día de lluvia pisando los charcos.
Al acabar la reunión Esteban me sugirió que fuéramos juntos dando un paseo hasta la estación de metro; mientras se ponía el abrigo con el libro en la mano, se cayó la postal, la recogí del suelo y antes de dársela me quedé un instante mirándola porque algo me llamaba la atención.
Ya en la calle hablamos de algunos puntos que habían salido en la reunión, estábamos satisfechos del buen ambiente y del tono con que se habían tratado los temas. Sin venir a cuento, la imagen del marcapáginas se me hizo presente y lo comenté. “Esteban, no sé qué tiene esa postal que me ha enganchado, al recogerla del suelo me he quedado mirándola porque me dice algo”.
Pues a mí me pasó lo mismo cuando me la dieron; de momento la guardé en el cajón y el otro día la puse en el libro que he empezado a leer. Quizás el contraste de los colores suaves resulta atractivo, hace que te fijes en el dibujo, te relaja, te anima a respirar hondo y transmite paz. Puedes quedarte en el dibujo de la chica que baila bajo la lluvia y ya está. Para mí no es todo, porque también me sugiere una actitud ante la vida que comparto, un modelo de persona que quiero para los míos; aquí se cumple aquello de que una imagen vale más que mil palabras.
Te explico. Mira, la vida está salpicada de dificultades, unas que nos vienen y otras que nos las buscamos solitos. Eso es lo que refleja la lluvia. Fíjate en su expresión, cómo avanza confiada, con los ojos cerrados y la sonrisa esbozada. Podemos educar en la desconfianza, en la prevención, en levantar barreras que nos protejan y separen de los demás. Pero es mejor fomentar la actitud confiada, aun sabiendo que más de uno nos va a fallar, o que uno mismo se puede equivocar. Con todo, serán más los aciertos que los fracasos y es preferible respirar con paz que con inquietud. Esa chica camina descalza, ajena al frío, con la fortaleza necesaria para sortear los charcos del camino. Una persona fuerte no significa que sea bruta; comportarse con delicadeza supone el dominio de uno mismo. Desarrollar la sensibilidad, educar los sentimientos, nos lleva a la renuncia de tendencias naturales que nos embrutecen; ahí tienes la fortaleza. Y esa chica la combina con la delicadeza y sensibilidad que transmite en la posición de las manos y el movimiento de su cuerpo, al compás de una música que le suena dentro.
Te aseguro que hay personas así: fuerte ante las dificultades, confiada ante la vida, pendiente de los demás, que transmite paz a su alrededor, que disfruta y se emociona ante los detalles de cada día.
Y mientras Esteban describía ese tipo de persona, el recuerdo de mi abuela Agustina se iba dibujando en aquel marcapáginas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/01/24
Ene 24, 2024 | Escritos
Mi madre viaja en un tren que avanza tranquilo para que los pasajeros puedan disfrutar de la conversación, del paisaje y de los recuerdos que afloran. Las estaciones coinciden con los años y la próxima para ella será la de los CIEN. Si Dios quiere, será en la primera semana de enero de 2025. Mi padre hubiera llegado a esa estación en la semana que ahora estamos; pero hace unos años que una enfermedad le apeó del tren y mi madre continúo sola el viaje, asomada a la ventana mirando hacia atrás por si le veía y, a ratos, hacia adelante. Poco a poco, el recuerdo del trayecto recorrido juntos le dio fuerza para hablar más del futuro que del pasado. Y dedicó su tiempo a ayudar a los hijos, la familia, las amigas, las vecinas y cualquier persona a quien pudiera prestar un favor. De nuevo sus conversaciones se llenaron de contento por lo hecho y de alegría por lo que tenía por hacer. Nos ha enseñado a disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes, aunque de estas pocas encontramos en su currículum; salvo que, al vivirlas con intensidad, las pequeñas se convierten en grandes.
Con quince años fui el primer hijo en marchar de casa. Con la maleta a los pies, la única que teníamos en casa, aquel domingo de octubre esperamos el tren que me llevaría al futuro. Los nervios y la juventud me sujetaron al “yo” y fui incapaz de darme cuenta de lo que estaba viviendo “ella”. A la salida de la estación la vía dibuja una curva a la derecha, los familiares pierden la vista del tren y bajan las manos del adiós; durante un rato aún les llega el quejido del puente de hierro sobre el río hasta que ha pasado el último vagón. Y después, silencio. La estación se queda vacía, dormida. Aquellas figuras que de puntillas levantaban la mano y estiraban el cuello en el andén, regresan calle arriba algo encogidas, sin despegar los labios, tragando alguna lágrima que quedó sin salir.
Ahora he podido comprender lo que aquel día vivió en su corazón, porque cuenta con mucho detalle todo lo que guarda en su memoria, aunque se le olvida lo de ayer. “Cuando marchaste procuré rellenar el hueco con tus hermanos; ellos, el trabajo de la casa, ayudar a tu padre y atender otras necesidades, mantenían la mirada alta. Pero luego marchó José Antonio, y Elvira y Joaquín; las habitaciones se quedaron vacías y me daba no sé qué pasar por allí”.
Ese no sé qué era por nosotros, no por ella. Mi madre no habla de cosas, habla de personas. En sus relatos, los aspectos materiales tienen un papel segundón, importan poco; sus historias son con personas: su abuela, los padres, los hermanos, las primas, las amigas, la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos. Lo que llena su corazón son los demás y por eso habla de ellos.
Quien quiera que se siente a su lado en este viaje de la vida, tardará muy poco en verse acogida en una conversación que empieza por lo evidente, por lo más sencillo; y acaba no se sabe cuándo ni donde, porque la cabeza y las fuerzas le acompañan, y los temas de su interés son amplios.
Pido a Dios que nos permita revivir aquella escena de un domingo de octubre, pero con los papeles invertidos: que sea una bienvenida en lugar de despedida; que quien espere en el andén seamos todos los que la queremos, que quien vaya en el tren sea ella y que la veamos llegar arreglándose el pelo en el cristal de la ventanilla cuando la megafonía le anuncie “próxima estación ¡LOS CIEN!”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/01/24
Ene 17, 2024 | Escritos
Fue un golpe duro, de esos que la vida reparte sin anestesia. La juventud saliéndole a borbotones por todos los poros de la piel y se quedó en la carretera en un despiste. Estuve en el funeral, la iglesia abarrotada de gente joven que le manifestaban cariño a su modo. El sacerdote puso un poco de alivio y esperanza ante una situación que humanamente no es fácil de explicar; pero allí, en la presencia de Dios, elevó el punto de mira y nos ayudó a ver la luz que siempre nos puede acompañar en nuestro camino. Los padres y hermanos añadieron serenidad a la despedida y así fue más fácil decirle adiós.
Pero a Pedro y Carmen les está costando digerir la ausencia. Son unos tipos formidables, con los que el tiempo pasa rápido hablando de asuntos con sustancia. Ahora salen menos. Les llamé para charrar un rato y me sorprendieron con una sugerente propuesta “¿Por qué no te vienes a casa a cenar este sábado? Vendrán también Ramón y Chus”.
A última hora de la tarde, con las obligaciones cumplidas, sin prisas, con ganas de hablar, de compartir inquietudes, nos juntamos los dos matrimonios y el que suscribe, con viento a favor para una velada esperada.
De salida dominaron los asuntos culinarios, me presentaron la famosa Thermomix –aquí el penúltimo modelo, aquí un amigo- tan modosita en su rincón de la cocina y tan revolucionaria en la nueva forma de cocinar. En torno a la mesa fue cuajando la conversación entre bromas al cocinero y otros temas menores que facilitaban el diálogo y el mirarnos a la cara. Hasta que de modo natural llegamos a la pregunta; silencio, respirar hondo y entramos, vaya si entramos. Era un asunto duro, fuerte, doloroso; pero lo tratamos con suavidad, con fortaleza y con cariño. No fue un tres contra dos, sino un tres a favor de dos. Las lágrimas humedecieron los ojos, algunas frases necesitaron un suspiro intermedio para llegar hasta el final; no resultaba fácil recordar aquel momento y repasar cómo lo viven desde entonces; pero lo hicimos, escuchando para entender, proponiendo para mejorar y poniendo un punto final para pasar a otros asuntos que trajeron algo de aire fresco y risas sinceras. El ambiente se animó, surgieron propuestas de entretenimiento que no tenían en cuenta el reloj. Se me hacía tarde y allí dejé a los cuatro con una noche por delante que pintaba bien.
Me retiré dando un rodeo para alargar el paseo y poner orden en las ideas antes de llegar a casa. Recordé el mensaje central de una conferencia a la que había asistido recientemente: el primer paso para arreglar cualquier problema es reconocer que hay un problema.
Podíamos estar contentos, porque ese paso se había dado aquella noche.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/01/24
Ene 10, 2024 | Escritos
Era treinta de diciembre; en el colegio estábamos de vacaciones, pero había quedado con Paco para resolver un asunto. Trabajábamos con la puerta abierta como siempre, por eso no nos sorprendió que Nano entrara con toda la confianza, sin avisar. Venía a saludar, mientras los chicos se habían quedado jugando en el patio.
Llevábamos algo más de una semana sin cole y llovía casi todos los días; habían salido muy poco de casa y ese viernes, víspera de final de año, estaban muy nerviosos; les faltaba espacio para quemar energías y lo buscaban por todos los rincones, incluida la cocina donde su madre intentaba concentrarse en la preparación de todo lo que se le avecinaba en unas horas. La tensión del ambiente iba en aumento, a la par que la temperatura. Nano había reaccionado a tiempo: ¡chicos, hoy toca partido! En un instante las habitaciones se convirtieron en los vestuarios de un estadio cualquiera, sólo que con un poquito más de desorden; ¡ese es mi calcetín! ¿quién tiene mi camiseta?… Un guiño de Nano desde la puerta es correspondido por Tere con una sonrisa de agradecimiento; mientras los mayores bajan las escaleras de dos en dos, el ascensor acude en busca del resto del equipo ajeno a las prisas.
Nano entró en el despacho seguido de un balón con piernas; Javi tiene dos años y la pelota que lleva entre las manos le tapa de cintura para arriba. Cuando la deja en el suelo se encuentra con cuatro ojos que le miran y preguntan a la vez ¿cómo te llamas? ¿cuántos años tienes? del susto se esconde abrazado a la pierna de su padre. Nano nos va contando cosas de Javi, mientras le acaricia; con eso consigue que saque media cara por detrás del escondite; unos caramelos hacen el resto y lo vemos al completo.
Las dos manos de Javi son insuficientes para recoger cinco o seis caramelos desiguales. Me pongo en cuclillas y nuestras caras quedan a la misma altura ¡ya somos iguales!; me mira de tú a tú, surge la confianza y cruzamos unas palabras. Deja los dulces en mis manos mientras los reparte entre los bolsillos de su abrigo. Uno, dos, tres, en el bolsillo de la derecha ¿son para tus hermanos? Contesta que sí moviendo la cabeza. Luego repite la operación con el resto en el bolsillo de la izquierda ¿estos son para ti? Repite el gesto afirmativo; pero antes, un pequeño bulto indica que ya tiene algo guardado ¿qué es? Javi mete la mano, la saca con cuidado y la abre despacio como quien descubre un tesoro, mientras me mira con emoción y me dice ¡un caballo! Javi, pues parece una piedra; y se reafirma “pero es un caballo”.
No podía reírme; aquello era muy serio para él y para mí, porque en ese momento recordé que también yo tengo tesoros guardados en varios rincones; y que si un día, un señor mayor abre el cajón y me pregunta ¿esto qué es?, poniéndome colorado me acordaré de Javi y le responderé ¡son caballos!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10-01-24
Ene 3, 2024 | Escritos
Patricia y Borja se casaron el sábado 23 de diciembre como tenían previsto. Este es el final de la historia, lo que ahora nos da por llamar “spoiler” a la vez que ponemos cara de “lo siento, te he contado el final”. Si eres de quienes se conforman con el “cómo termina” la película, te puedes quedar aquí. Si eres de los que disfrutan con la propia historia y también con el final, estás invitado a continuar leyendo y montar tu propio decorado con efectos especiales en cada una de las escenas que se van a suceder.
Les conocí en una cena familiar un sábado del mes de octubre, preparada en el jardín de la casa. En el momento que la abuela bendecía la mesa, se abrieron las nubes contenidas durante la tarde, el agua empezó a caer con fuerza, sembró el desconcierto y hubo que refugiarse en el interior. Un grupito en la cocina, otro en el salón; unos de pie, otro sentados, poco a poco todos encontramos acomodo y volvieron las risas. En medio del zafarrancho húmedo que se organizó en un instante, emergieron como unos tipos optimistas, emprendedores y serviciales. Su alegría contribuyó a diluir la tensión que pudo generarse y su espíritu de servicio hizo que nadie quedara desatendido. Para entonces tenían muy avanzados los preparativos de su boda. Sin embargo, aquella noche evitaban hablar de eso y desviaban la atención hacia Teresa y Roger que serían los siguientes en ampliar la familia.
El domingo 17, seis días antes, salieron por la tarde a dar una vuelta con el coche fuera de Madrid. Pasearon, merendaron, repasaron algunos detalles y se les iluminó la cara al pensar que la semana terminaría juntando lo que había empezado por separado. No era la boda lo que les inquietaba si no que seis días les parecía una eternidad hasta que sus vidas se unieran para siempre, que era lo que ansiaban.
De regreso, sin que todavía sepan lo que pasó, el mundo los puso en el centro y empezó a girar en torno a ellos; cuando el coche dio la tercera vuelta de campana se apagaron las luces en su interior y no recuerdan el resto de la película. Entraron juntos en el túnel y salieron por separado, cada uno en una ambulancia. El lunes despertaron en hospitales distintos, pero con la misma reacción: preguntar por el otro. Les faltaba la mirada de aquellos ojos por los que se ve la otra media vida. Gracias a Dios estaban fuera de peligro; a Patricia la operarían enseguida, Borja tendría que esperar un poco a que se rebajara la inflamación.
Se había pasado el susto y la cabeza ya funcionaba a toda marcha impulsada con la fuerza del corazón. Los teléfonos se activaron, las llamadas se multiplicaron de unos a otros. Los dos estaban de acuerdo, lo tenían claro; la familia les apoyó y saltó la noticia ¡nos casamos el día previsto! Faltaban cuatro días y había que acelerar. El hospital se implicó en la preparación, facilitó una habitación grande para acoger a la pareja y engalanó la capilla para aquella ocasión única. Los novios recorrieron los pasillos en silla de ruedas con la emoción que lo hubieran hecho en el coche hasta la iglesia. Entraron despacio, radiantes. El sacerdote ofició la ceremonia con mayor empaque que si de la parroquia se tratara; cuando les preguntó si estaban dispuestos a quererse en la salud y en la enfermedad, el sí resonó con fuerza y algunos ojos no pudieron contener las lágrimas. En la habitación se festejó el enlace hasta bien entrada la tarde, con la contención que dicta la prudencia para no molestar a otros enfermos. Borja marchó con el alta médica; Patricia lo haría dos días después.
En el ambiente del hospital quedó flotando el impacto de lo vivido aquella tarde; cuando se incorporó el turno de noche, en el parte de planta pudieron leer: hoy día especial, hemos tenido una boda en el hospital.
03/01/2024
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 27, 2023 | Escritos
La llamada se alargó más de lo que esperaba; cuando colgué, los de secretaría ya se habían ido. Así que también di por concluida la jornada, ordené la mesa, cerré el despacho y pasé un instante por la capilla del colegio. En la puerta me encontré con Ramón y Blanca hablando con dos profesores mientras esperaban que uno de los hijos acabase el entrenamiento. Me incorporé al corro, la tarde primaveral invitaba a la cháchara sin prisas. Su hija Pilar de cuatro años se entretenía a nuestro lado haciendo piruetas; en uno de los intentos perdió el equilibrio y se dio un sonoro golpe en el suelo. Se levantó enseguida; nos miró uno a uno con cara de asustada, la boca cerrada y los ojos muy abiertos; como no lloró, di por supuesto que no había sido gran cosa y continuamos hablando. Sin embargo, Blanca reaccionó enseguida, la subió en brazos y se la llevó aparte, donde no las veíamos. Oímos llorar con fuerza y al poco regresaron de la mano; Pilar volvía a brincar como si no hubiera pasado lo que pasó. Blanca comentó “pobrecita, necesitaba llorar, pero le daba vergüenza hacerlo delante de unos señores que no conoce”.
Aquella capacidad de Blanca para ponerse en la piel de la niña y entender sus necesidades, me impactó de tal modo que han pasado treinta años y lo sigo teniendo presente. Sobre todo, cuando me cuesta comprender la actuación de los demás. Con los años, el cuerpo pierde flexibilidad, se hace rígido; y lo mismo le pasa a la mente si no la trabajas. Por eso es muy bueno el ejercicio de ponerse a la altura de un niño, el hacerse como niños. En estos días de Navidad el ambiente favorece que lo intentemos, que no se trata tanto de pensar en los regalos que nos hacían de pequeños, si no en dejar a un lado nuestros esquemas para comprender los del otro.
Algo así debió pasar durante la Primera Guerra Mundial, en lo que se conoce como la “tregua de Navidad”. En la víspera de la Noche Buena de 1914, militares de los dos bandos se hicieron señales de paz y salieron desarmados de las trincheras en un alto el fuego espontáneo que duró hasta el día siguiente a la Navidad, dejaron a un lado sus esquemas y fueron capaces de abrazar al contrario. Hubo intercambio de comida, regalos y ropa, jugaron al fútbol, se hicieron fotografías y cantaron villancicos, aunque no hablaban el mismo idioma. La celebración del nacimiento de Jesús pudo más que lo que les enemistaba y se hicieron como niños.
Cuando estos días visito belenes, recuerdo el gesto de Blanca y me ayuda a ponerme a la altura de su hija Pilar; así puedo entrar en las casitas que pueblan las montañas, correr entre las ovejas, beber agua del río, caminar con el zagal que lleva un presente y entrar con él en la gruta para adorar a Jesús como niños.
¡Feliz Navidad!
27/12/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader