Mar 6, 2024 | Escritos
Los conocí un atardecer de invierno cuando salían del portal, riendo con brillo en los ojos como quien está con quien quiere estar, más que ninguna otra cosa en la vida; lo demás era lo de menos. Era viernes y como cada viernes quedé con José Luis para apoyar una actividad deportiva que se organizaba en las instalaciones del colegio con chavales del barrio. Al acabar le llevé a casa y en la puerta coincidimos con su hija y el novio, dos universitarios que se ponían el mundo por montera y el horizonte se les quedaba pequeño de las ganas de vivir que tenían. Me los presentó, fue una conversación de un instante y con la oscuridad de la noche no grabé bien sus rostros.
Una mañana de primavera regresaba de una gestión en el banco y al cruzar el vestíbulo en dirección al despacho, un matrimonio joven que estaban sentados esperando se levantaron y vinieron a saludarme. Se debió notar mucho que no acertaba a identificarlos en mi base datos interior; fueron unos segundos incómodos hasta que ella se adelantó a sacarme del atolladero: “soy Lucía la hija de José Luis; mi marido Dani. Hemos venido a pedir plaza para Pilar, nuestra primera hija; no queríamos marchar sin saludarte”. Habían pasado unos años desde aquel encuentro exprés y, aunque su padre me iba contando sobre ellos y el resto de la familia, la grabación de aquel atardecer de invierno se había difuminado.
Fue el inicio de una amistad de las que dejan poso, con encuentros entrañables, conversaciones íntimas y momentos duros compartidos. El segundo, Javi, nació con una enfermedad no diagnosticada y la fueron conociendo a base de sustos. Detrás vendrían Santiago y Nacho con embarazos complicados que minaron la salud de la madre. Pero si de algo iban sobrados en aquella casa, era de alegría. De comodidades andaban más bien escasos, pero la vivienda que un día estrenaron, cuatro paredes desnudas, la habían convertido en hogar a base de darle la vuelta a los contratiempos, de poner cada día un detalle de cariño en cada uno; y por eso todos querían volver allí cada tarde.
Un sábado me llamó para tomar un café a eso de las seis; venía de dejar la pandilla en casa de los abuelos y quería darle tiempo a ella para que se arreglara. Habían quedado para salir a cenar. Faltaba una hora para pasar a recogerla y me confesó que ya notaba el cosquilleo en el estómago como cuando novios, que esos nervios antes de verla habían madurado, pero no desaparecido; habían mutado la fogosidad en intensidad y sólo se calmarían cuando le diera un abrazo. Nos despedimos y me quedé embobado viéndole marchar.
Al poco vinieron a una conferencia para familias; llegaron cuando el ponente se estaba presentando y se sentaron tres filas delante de mí. Aquel tipo hablaba bien, lo que decía interesaba a los asistentes, nos cautivó enseguida; al referirse a la familia dio unas pautas para el trato con los hijos, que también sirven para el matrimonio: reíros juntos (se miraron y sonrieron); sed los mejores amigos (ella apoyó la cabeza en su hombro); haz que se sienta apoyada (puso su mano sobre la de ella y la apretó); asegúrate de que se siente querido (le dio un beso en la mejilla). Les esperé a la salida ¿qué nota habéis sacado? ¡Un diez! Y, una vez más, se rieron mirándose a la cara.
Ella me cogió del brazo y me apartó un poco para decirme : pero es que con Dani ¡es taaaan fácil!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/03/24
Feb 21, 2024 | Escritos
Se casaron a mediodía del último sábado de enero; hubo un poco de nervios porque la semana anterior estuvo lloviendo y con temperaturas bajas. Pero es que el clima había querido colaborar con el festejo anticipando el trabajo para luego tomarse unas vacaciones hasta después de la boda. Les regaló un despertar de cielo limpio y sol de primavera que caldeaba el ambiente; hasta los jardines daban síntomas de querer unirse a la fiesta.
Aquella mañana acompañé al novio y sus padres desde primera hora; en casa reinaba un sorprendente estado de serenidad que facilitaba el trabajo de la fotógrafa. Salimos a la calle cuando el reloj de un campanario cercano difundía por el barrio el toque de las doce. El trayecto en coche fue con la máxima prudencia, como quien avanza con un objeto delicado entre las manos; dentro, sin embargo, la conversación era distendida y relajada, alimentada con los asuntos que nos llamaban la atención por el camino. ¡Mira un almendro en flor! La madre señaló un jardín a la derecha y aflojamos la marcha para disfrutar de sus flores blancas. Entramos en la plaza que abraza la iglesia con el sol a nuestra espalda; su luz dorada hacía más esbeltas las dos torres que flanquean la fachada. El semáforo nos dio el tiempo suficiente para observar los invitados que ya ocupaban las escaleras de la entrada atentos a nuestra llegada, aunque me perdí el recibimiento por no interrumpir el tráfico más de lo imprescindible.
Roger vio llegar a Teresa desde el presbiterio con la sonrisa que le caracteriza y un brillo en los ojos que competía con las lámparas que cuelgan sobre el altar. El encuentro de los novios, arropado por las voces de un coro magistral, nubló los ojos de cuántos fui capaz de alcanzar con la mirada, incluidos los míos. Y desde ese momento hasta la salida, los dos vivieron con intensidad la ceremonia que envolvía su sí ante Dios y ante los presentes, desde ahora y para siempre. Tuve el privilegio de firmar como testigo de ese “sí”, y también podría haber añadido otros muchos que se han dado durante el camino del noviazgo, para superar miedos, dudas y reafirmarse en el amor que quieren vivir como entrega.
La inquieta espera a la salida del templo se transformó en explosión de alegría cuando su figura se recortó en el contraste entre la luz de la calle y la oscuridad de la nave. Cuando el sacerdote les dijo “os declaro marido y mujer”, notaron que la felicidad les corría por las venas y ahora la querían compartir con todos los que les arropaban. Así fue en ese momento, y siguió durante la tarde y hasta que bien entrada la noche se marcharon los últimos invitados y los camareros apagaron las luces. Tuvieron palabras y gestos de cariño para cada uno de los presentes en un continuo ir y venir por las mesas; también para los ausentes que les acompañaban a distancia, en la tierra y desde el cielo. Así son ellos, de los de tú primero, de esos que el yo casi no lo conjugan.
Los recuerdos que los primeros días revoloteaban con la alegría de lo vivido, poco a poco se reposan a medida que se alejan de aquel momento. Los afanes de cada día los cubren hasta que una ráfaga entra impetuosa y los remueve para hacerlos presentes de nuevo. Es lo que me ha sucedido hoy que he visitado el parque la Quinta de los Molinos y he paseado por en medio del espectáculo de color que ofrecen los almendros en flor.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
21/02/24
Ene 24, 2024 | Escritos
Mi madre viaja en un tren que avanza tranquilo para que los pasajeros puedan disfrutar de la conversación, del paisaje y de los recuerdos que afloran. Las estaciones coinciden con los años y la próxima para ella será la de los CIEN. Si Dios quiere, será en la primera semana de enero de 2025. Mi padre hubiera llegado a esa estación en la semana que ahora estamos; pero hace unos años que una enfermedad le apeó del tren y mi madre continúo sola el viaje, asomada a la ventana mirando hacia atrás por si le veía y, a ratos, hacia adelante. Poco a poco, el recuerdo del trayecto recorrido juntos le dio fuerza para hablar más del futuro que del pasado. Y dedicó su tiempo a ayudar a los hijos, la familia, las amigas, las vecinas y cualquier persona a quien pudiera prestar un favor. De nuevo sus conversaciones se llenaron de contento por lo hecho y de alegría por lo que tenía por hacer. Nos ha enseñado a disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes, aunque de estas pocas encontramos en su currículum; salvo que, al vivirlas con intensidad, las pequeñas se convierten en grandes.
Con quince años fui el primer hijo en marchar de casa. Con la maleta a los pies, la única que teníamos en casa, aquel domingo de octubre esperamos el tren que me llevaría al futuro. Los nervios y la juventud me sujetaron al “yo” y fui incapaz de darme cuenta de lo que estaba viviendo “ella”. A la salida de la estación la vía dibuja una curva a la derecha, los familiares pierden la vista del tren y bajan las manos del adiós; durante un rato aún les llega el quejido del puente de hierro sobre el río hasta que ha pasado el último vagón. Y después, silencio. La estación se queda vacía, dormida. Aquellas figuras que de puntillas levantaban la mano y estiraban el cuello en el andén, regresan calle arriba algo encogidas, sin despegar los labios, tragando alguna lágrima que quedó sin salir.
Ahora he podido comprender lo que aquel día vivió en su corazón, porque cuenta con mucho detalle todo lo que guarda en su memoria, aunque se le olvida lo de ayer. “Cuando marchaste procuré rellenar el hueco con tus hermanos; ellos, el trabajo de la casa, ayudar a tu padre y atender otras necesidades, mantenían la mirada alta. Pero luego marchó José Antonio, y Elvira y Joaquín; las habitaciones se quedaron vacías y me daba no sé qué pasar por allí”.
Ese no sé qué era por nosotros, no por ella. Mi madre no habla de cosas, habla de personas. En sus relatos, los aspectos materiales tienen un papel segundón, importan poco; sus historias son con personas: su abuela, los padres, los hermanos, las primas, las amigas, la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos. Lo que llena su corazón son los demás y por eso habla de ellos.
Quien quiera que se siente a su lado en este viaje de la vida, tardará muy poco en verse acogida en una conversación que empieza por lo evidente, por lo más sencillo; y acaba no se sabe cuándo ni donde, porque la cabeza y las fuerzas le acompañan, y los temas de su interés son amplios.
Pido a Dios que nos permita revivir aquella escena de un domingo de octubre, pero con los papeles invertidos: que sea una bienvenida en lugar de despedida; que quien espere en el andén seamos todos los que la queremos, que quien vaya en el tren sea ella y que la veamos llegar arreglándose el pelo en el cristal de la ventanilla cuando la megafonía le anuncie “próxima estación ¡LOS CIEN!”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/01/24
Ene 17, 2024 | Escritos
Fue un golpe duro, de esos que la vida reparte sin anestesia. La juventud saliéndole a borbotones por todos los poros de la piel y se quedó en la carretera en un despiste. Estuve en el funeral, la iglesia abarrotada de gente joven que le manifestaban cariño a su modo. El sacerdote puso un poco de alivio y esperanza ante una situación que humanamente no es fácil de explicar; pero allí, en la presencia de Dios, elevó el punto de mira y nos ayudó a ver la luz que siempre nos puede acompañar en nuestro camino. Los padres y hermanos añadieron serenidad a la despedida y así fue más fácil decirle adiós.
Pero a Pedro y Carmen les está costando digerir la ausencia. Son unos tipos formidables, con los que el tiempo pasa rápido hablando de asuntos con sustancia. Ahora salen menos. Les llamé para charrar un rato y me sorprendieron con una sugerente propuesta “¿Por qué no te vienes a casa a cenar este sábado? Vendrán también Ramón y Chus”.
A última hora de la tarde, con las obligaciones cumplidas, sin prisas, con ganas de hablar, de compartir inquietudes, nos juntamos los dos matrimonios y el que suscribe, con viento a favor para una velada esperada.
De salida dominaron los asuntos culinarios, me presentaron la famosa Thermomix –aquí el penúltimo modelo, aquí un amigo- tan modosita en su rincón de la cocina y tan revolucionaria en la nueva forma de cocinar. En torno a la mesa fue cuajando la conversación entre bromas al cocinero y otros temas menores que facilitaban el diálogo y el mirarnos a la cara. Hasta que de modo natural llegamos a la pregunta; silencio, respirar hondo y entramos, vaya si entramos. Era un asunto duro, fuerte, doloroso; pero lo tratamos con suavidad, con fortaleza y con cariño. No fue un tres contra dos, sino un tres a favor de dos. Las lágrimas humedecieron los ojos, algunas frases necesitaron un suspiro intermedio para llegar hasta el final; no resultaba fácil recordar aquel momento y repasar cómo lo viven desde entonces; pero lo hicimos, escuchando para entender, proponiendo para mejorar y poniendo un punto final para pasar a otros asuntos que trajeron algo de aire fresco y risas sinceras. El ambiente se animó, surgieron propuestas de entretenimiento que no tenían en cuenta el reloj. Se me hacía tarde y allí dejé a los cuatro con una noche por delante que pintaba bien.
Me retiré dando un rodeo para alargar el paseo y poner orden en las ideas antes de llegar a casa. Recordé el mensaje central de una conferencia a la que había asistido recientemente: el primer paso para arreglar cualquier problema es reconocer que hay un problema.
Podíamos estar contentos, porque ese paso se había dado aquella noche.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/01/24
Ene 3, 2024 | Escritos
Patricia y Borja se casaron el sábado 23 de diciembre como tenían previsto. Este es el final de la historia, lo que ahora nos da por llamar “spoiler” a la vez que ponemos cara de “lo siento, te he contado el final”. Si eres de quienes se conforman con el “cómo termina” la película, te puedes quedar aquí. Si eres de los que disfrutan con la propia historia y también con el final, estás invitado a continuar leyendo y montar tu propio decorado con efectos especiales en cada una de las escenas que se van a suceder.
Les conocí en una cena familiar un sábado del mes de octubre, preparada en el jardín de la casa. En el momento que la abuela bendecía la mesa, se abrieron las nubes contenidas durante la tarde, el agua empezó a caer con fuerza, sembró el desconcierto y hubo que refugiarse en el interior. Un grupito en la cocina, otro en el salón; unos de pie, otro sentados, poco a poco todos encontramos acomodo y volvieron las risas. En medio del zafarrancho húmedo que se organizó en un instante, emergieron como unos tipos optimistas, emprendedores y serviciales. Su alegría contribuyó a diluir la tensión que pudo generarse y su espíritu de servicio hizo que nadie quedara desatendido. Para entonces tenían muy avanzados los preparativos de su boda. Sin embargo, aquella noche evitaban hablar de eso y desviaban la atención hacia Teresa y Roger que serían los siguientes en ampliar la familia.
El domingo 17, seis días antes, salieron por la tarde a dar una vuelta con el coche fuera de Madrid. Pasearon, merendaron, repasaron algunos detalles y se les iluminó la cara al pensar que la semana terminaría juntando lo que había empezado por separado. No era la boda lo que les inquietaba si no que seis días les parecía una eternidad hasta que sus vidas se unieran para siempre, que era lo que ansiaban.
De regreso, sin que todavía sepan lo que pasó, el mundo los puso en el centro y empezó a girar en torno a ellos; cuando el coche dio la tercera vuelta de campana se apagaron las luces en su interior y no recuerdan el resto de la película. Entraron juntos en el túnel y salieron por separado, cada uno en una ambulancia. El lunes despertaron en hospitales distintos, pero con la misma reacción: preguntar por el otro. Les faltaba la mirada de aquellos ojos por los que se ve la otra media vida. Gracias a Dios estaban fuera de peligro; a Patricia la operarían enseguida, Borja tendría que esperar un poco a que se rebajara la inflamación.
Se había pasado el susto y la cabeza ya funcionaba a toda marcha impulsada con la fuerza del corazón. Los teléfonos se activaron, las llamadas se multiplicaron de unos a otros. Los dos estaban de acuerdo, lo tenían claro; la familia les apoyó y saltó la noticia ¡nos casamos el día previsto! Faltaban cuatro días y había que acelerar. El hospital se implicó en la preparación, facilitó una habitación grande para acoger a la pareja y engalanó la capilla para aquella ocasión única. Los novios recorrieron los pasillos en silla de ruedas con la emoción que lo hubieran hecho en el coche hasta la iglesia. Entraron despacio, radiantes. El sacerdote ofició la ceremonia con mayor empaque que si de la parroquia se tratara; cuando les preguntó si estaban dispuestos a quererse en la salud y en la enfermedad, el sí resonó con fuerza y algunos ojos no pudieron contener las lágrimas. En la habitación se festejó el enlace hasta bien entrada la tarde, con la contención que dicta la prudencia para no molestar a otros enfermos. Borja marchó con el alta médica; Patricia lo haría dos días después.
En el ambiente del hospital quedó flotando el impacto de lo vivido aquella tarde; cuando se incorporó el turno de noche, en el parte de planta pudieron leer: hoy día especial, hemos tenido una boda en el hospital.
03/01/2024
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader