Ago 10, 2022 | Escritos
Es agosto, el miércoles estábamos libres ¿hacemos algo? Y aprovechamos para organizar un plan los tres solos.
Quedamos en ir a algún sitio y pasar el día juntos; no importaba el lugar si no el estar.
Con diez años coincidimos en el primer año de Instituto; unos cuantos formamos una pandilla que sigue unida. Cada etapa ha tenido sus emociones, sus modos de divertirse, de compartir. Pasa el tiempo y descubrimos que no todo está visto, que somos capaces de gozar de la presencia del otro de un modo nuevo.
Salimos en coche y hablamos.
Paramos a desayunar en el siguiente pueblo y hablamos.
Continuamos viaje sin prisa y hablamos.
Arriba en la montaña encontramos un pueblo que nos gustó, dimos un paseo por sus calles y hablamos.
Bajo los soportales de la plaza mayor, a la fresca nos sentamos a comer y hablamos.
Cuando el personal del bar empezó a retirar las mesas, nos levantamos en busca del coche y hablamos.
Por el camino de vuelta visitamos dos pueblos, una vuelta rápida, y hablamos.
Antes de despedirnos, tomamos un algo fresco en una terraza con brisa reconfortante, y hablamos.
A los dos días, en el libro que leo me llama la atención un párrafo: “Para pasarlo bien no es necesario mucho. Una buena conversación es capaz de llenarnos de paz y dar la serenidad que buscamos.”
Define certeramente lo que fue nuestro “plan de chicos”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 17, 2019 | Escritos
Dejo el coche en el garaje con ganas de llegar a casa y relajarme; sobre todo darle un abrazo. El día en la oficina ha sido intenso y tenso. Salgo del ascensor y pienso en ella. A primera hora de la tarde me ha llamado ¿a qué hora llegarás? Querrá contarme algo, compartir una alegría o un disgusto. Me entran las prisas.
Delante de la puerta respiro hondo tres veces, hago reset y limpio la mente. Visualizo su cara, eso me llena el corazón de alegría y me ilumina la cara con una sonrisa. Me arreglo la corbata, estiro un poco la americana y entro. ¡Hola! ¡hola!… no hay respuesta. Avanzo por el pasillo, abro todas las habitaciones, no está. Noto la amenaza de tormenta, de crisis emocional ¿cómo es posible que no esté?
Entro en la cocina, la mirada se va directa a un papel pegado en la nevera, escrito con letras grandes: he salido un momento a comprar, no te quites la corbata, vuelvo enseguida ¡TE QUIERO!
Cierro los ojos, imagino el abrazo, me quedo bobo y ahí me encuentra ¡anda, míralo! ¿por qué no respondes, qué haces? Pues … es que te estaba diciendo que … yo también ¡TE QUIERO!
16-12-19
Relato inspirado y dedicado a Ignacio y Lola, que el día 5 cumplieron veintidós años de novios. Recuerdan con todo detalle el momento, lugar y circunstancias en que se puso en marcha su calendario particular, donde también tienen remarcada la fecha de la boda y el nacimiento de cada uno de los tres hijos. No todo ha sido de color rosa, pero han sabido mantener viva la llama que aquél día encendieron; esa llama que hoy sigue chisporroteando por sus ojos cuando se miran y que calienta los abrazos cuando al final de la jornada se encuentran.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Nov 8, 2018 | Escritos
Salía del despacho en el colegio, acompañado de Ángel para ir a comer y nos encontramos con dos alumnos en el vestíbulo de la Secretaría; debían ser de 3º de Primaria, 9 años más o menos. Cara de asustados porque no veían a nadie. Hola señores ¿en qué os podemos ayudar? Al tratarles de Vd. se estiraron un poco y dominaron la voz para hablar con seriedad, los dos a la vez. Buscamos a D. Juan, nos han dicho que nos tiene que dar un paquete para D. Luis. Muy bien, pues tenéis que esperar hasta las tres menos cuarto… Esa frase les sorprendió a juzgar por la mueca que pusieron. Un reloj rojo grande de números enormes, rodeaba la delgadita muñeca de uno de ellos. ¿Qué hora es? le pregunté. Giró el brazo hasta poner la esfera a la altura de la vista: las catorce treinta y tres. Entonces ¿cuánto falta? Aquí fue donde me desmontó; con la mayor naturalidad y sencillez, miró a su amigo y le dijo “Alex, ayuda”. Entre los dos iniciaron un razonamiento que les llevó a descifrar lo que significaba “menos cuarto”; por fin se relajaron, sonrieron y al unísono respondieron “doce minutos”. Muy bien, chocamos las palmas de la mano al más puro estilo NBA, ellos se quedaron a la espera y nosotros continuamos hacia el comedor.
“Alex, ayuda” fue el estribillo que durante toda la tarde me vino una y otra vez, c
omo esas canciones que asaltan al despertar la mañana y te acompañan todo el día.
La lección que recibí de aquel jovenzuelo me impactó. Sin complejos, reconoció que sólo no podía y se buscó un aliado.
Y es que, a veces los mayores nos empeñamos en ser únicos, sabelotodo, extraordinarios y otros calificativos que se nos pueden aplicar por no reconocer que no siempre podemos, ni debemos hacer las cosas en solitario. La madurez en la persona le lleva a compartir, a conjugar el nosotros dejando atrás la época del yo.
Por cierto ¡Alex! ¿dónde estás?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader