Un doctor en la campiña

Un doctor en la campiña

Una película de 2016 que podría titularse “un médico de pueblo” y se entendería antes y mejor; en su original francés es “Médecin de champagne” y en la distribución en castellano “un doctor en la campiña”, que tiene poco que ver con nuestra cultura.

Mi relación con la televisión es distante, fría; y cuándo me siento con la familia en torno al aparato, o más bien frente a él, suelo hacerlo con una lectura que me ayude a permanecer un rato con los demás sin sensación de perder el tiempo.

Pero de vez en cuando surge la sorpresa, como sucedió el sábado por la noche: al acabar un programa deportivo hubo escala en dos o tres canales, y por fin el mando recaló en la 2 de TVE. Al cabo de un rato levanté la vista ¿qué es?; una película francesa, hace un rato que ha empezado. La vista alternaba lectura y pantalla, más de lo primero que de lo segundo; poco a poco se invirtieron los porcentajes, hasta que la revista resbaló del regazo y se escondió entre el cojín y el respaldo. Para entonces, un servidor seguía con atención la película, atraído por la suma de unos cuantos detalles que me sumergieron en ella.

Personajes reales, creíbles, como los vecinos que me encuentro en el ascensor; como las personas con quienes comparto vagón de metro a primera hora de la mañana, como las familias que abarrotaban las urgencias del hospital cuando fui la semana pasada. Paisajes de verdad, que podrían ser los que recorro cada vez que voy a ver a mi madre. Problemas de la gente iguales a los que cuenta la mujer de mi primo, ella médico en un pueblo de 2.000 habitantes a 30 kms del mío. Un color tan natural en la fotografía, que parecen las que me envía mi hermana por whatsapp para enseñarme a sus nietos.

Claro que si la película me presenta algo tan real y común como la vida misma ¿dónde está el mérito? En la sobremesa de las noches de invierno, mi padre nos contaba historias de su abuelo, de su padre, de él mismo; eran la vida misma y nos tenía dos horas con la boca abierta. ¿dónde estaba el mérito? En la forma de contarlo, de pasar de una historia a otra, de cómo ponía el acento en un aspecto u otro, según lo que nos quería transmitir.

Y así, siguiendo a este médico de pueblo protagonista de la película, descubres gente como la que te rodea a diario, con problemas, dificultades, emociones y sentimientos. Y caes en la cuenta de que hay personas como el médico, que se dedican a hacer el bien con su trabajo, sabiendo que él mismo también tiene sus problemas, dificultades, emociones y sentimientos. Y me ayuda a plantearme si yo, un servidor, a partir de ahora puedo olvidarme un poco de mis problemas, dificultades, emociones y sentimientos, para preguntarme: a ésta persona que está a mi lado, ¿cómo puedo ayudarle? Por si te lo planteas tú también, dejo dos sugerencias recogidas en comentarios leídos sobre la película:

Apunta Rubén Lardín: valores como la integridad, el cuidado, la escucha, el cuento contigo, son reivindicados en esta película.

Y escribe Alberto Fijo: Conectar con el médico que interpreta François Cluzet y con los entrañables personajes que le rodean es una experiencia no solo agradable, sino enriquecedora. Porque en ese viaje, podemos redescubrir el encanto de lo cotidiano, donde no hay héroes con superpoderes, sino personas normales que pueden ser mejores o peores porque son libres, con una libertad condicionada, pero libres para elegir. Y deciden ser mejores. O no.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

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Pincha aquí para leer crítica de Alberto Fijo en filasiete.com

Pincha aquí para leer crítica de Rubén Lardín en eldiario.es

El pino del vecino

El pino del vecino

Era uno de los últimos días de invierno; después de lluvias intensas y viento racheado, el sol templaba el ambiente y alargaba la tarde. Entraba en casa cuando sonó el teléfono: “Rafa el pino de la entrada ha caído sobre la valla de la calle ¿me puedes ayudar?” Era Guillermo el vecino; las horas de trato para compartir aficiones, trabajos caseros y ayudas mutuas, han forjado una sincera amistad entre nosotros.

El día que estrenó su matrimonio con Laura, entraron juntos en aquella casa para iniciar una andadura que hoy reafirman maravillosa. Dentro y fuera de las cuatro paredes, tenían casi todo por hacer. Dentro pusieron mucho cariño y toneladas de ilusión, además de algunos muebles, cortinas y cuadros. Después llegaron Rodrigo, Laura, Guillermo, Beatriz y Cristina; con sus lloros, risas, gritos y juegos acabaron de llenar la casa hasta rebosar. Fuera, la pequeña parcela de tierra árida la ha convertido en una zona amigable y acogedora, a base de tiempo y esfuerzo. Rosales, hortensias, romeros, madroños, laureles, acebo, moreras, pinos, cipreses y unos retales de césped, le dan color, aromas y texturas todo el año.

El pino de la entrada se llevó la mayor parte de sus cuidados; creció sano y fuerte, ensanchó la copa un poco cada vez que la familia crecía, para asegurar la sombra a toda la pandilla y la brisa en las tardes calurosas. A su pie han pasado horas de charla, juegos, meriendas, siestas, peleas, reprimendas y reconciliaciones. Ha sido punto de encuentro y de refugio. Discreto, silencioso, sus oídos eran sordos a las intimidades, los ojos ciegos a las travesuras, en sus labios no había lugar para las indiscreciones.

Cuando llegué, Guillermo estaba en la calle con Julián, otro vecino. Nos saludamos y me contó: la lluvia intensa de estos días y el viento a ráfagas, han podido con la resistencia del terreno y el pino se ha vencido. Hicimos planes para sujetarlo; pero de repente, una nueva ventolera agitó la copa, el tronco se removió y cayó lentamente arrastrando la valla y la farola. El estruendo de las ramas abrazando el asfalto nos sobrecogió. De reojo ví a Guillermo con la mirada fija en el pino tumbado; cerró los ojos, movió la cabeza y suspiró ¡se acabó! Sereno, sin alterarse, empezó a pensar en los demás, como siempre: hay que avisar a los vecinos, poner unas vallas para cortar la circulación, traer la motosierra, darnos prisa para molestar lo imprescindible.

En dos horas limpiamos la calle y volvió la normalidad; aunque la valla, la farola y las ramas amontonadas delataban el incidente. Algunos vecinos acudieron para interesarse, otros se paraban al pasar. Para todos tenía un agradecimiento, un no pasa nada, un gracias a Dios estamos bien. Se echaba la noche y el frío, era el momento de la despedida. Quise decirle algo sentido, pero Guillermo se adelantó con una reflexión en voz baja, un susurro que le salía del corazón: le tengo envidia, toda una vida al servicio de los míos y, al final, hasta su leña servirá para calentarnos en invierno, en la casa del pueblo; antes y después se ha consumido para los demás.

Volví a casa, andando despacio para saborear lo vivido aquella tarde, convencido de que la historia del pino tiene mucho de la historia de Guillermo: en los dos casos da gusto estar a su lado. Es lo que tienen las personas buenas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader