Jul 3, 2018 | Escritos
Pues le pasa como a mí, que soy un hombre de poca inteligencia, me dijo Pedro en medio de la conversación. Habíamos quedado una tarde de este verano para ponernos al corriente. Después de un buen rato de contarnos las últimas novedades y no recuerdo bien a santo de qué, me soltó la frase. Me sorprendió porque lo tengo por persona sensata y prudente, bien formada y con criterio. Como me conoce bien y sabe de mi tendencia a la seriedad, intuí que había un doble sentido en aquella sentencia, así que frené mi impulso a ponerme trascendente y opté por no interrumpirle para decírselo en ese momento; puse cara de asombro, le miré con afecto, respeté su turno de palabra y continuó hablando.
Resulta que a finales de curso había estado con Begoña, su mujer, en una reunión del colegio para los padres de la clase de su hija Yolanda, la 3ª de los cuatro que tienen. A la salida se quedaron en la puerta con otros dos matrimonios, comentando el contenido de la reunión; la crítica se hizo presente enseguida, esta vez a cuenta de una profesora con la que no hay quien pueda. “Si es que eso es como todo” dijo otra de las madres allí presente, a modo de conclusión; y para corroborarlo pasaron a la política, la economía, el deporte… y se quedaron tan a gusto después de un buen repaso a tirios y troyanos. “¡Uy qué tarde se nos ha hecho!”, se despidieron y cada uno marchó por su lado. Por el camino Begoña le comentó que no le gustaba el tono de la conversación que habían tenido, demasiado hablar de los defectos de los demás, aunque no le dio mayor importancia.
En casa, entre los dos acostaron a los niños, recogieron la mesa, prepararon los desayunos y aún sacaron un rato para quedarse a solas contándose las incidencias del día. Mientras ella se preparaba para acostarse, Pedro siguió con el libro que tiene empezado, a ver si le llegaba el sueño. Había pasado dos o tres páginas cuándo se encontró un párrafo que le impactó: “Algunos creen que descubrir defectos es señal cierta de sabiduría, pero nada requiere tan poca inteligencia” (El poder oculto de la amabilidad, de Lawrence G. Lovasik).
Lo dejó ahí, cerró el libro y reflexionó sobre lo hablado en la puerta del colegio; una vez más se había dejado llevar por la crítica fácil que presume de saberlo todo. Fue en busca de Begoña: ¿recuerdas lo que me has comentado sobre el tono de la conversación? Bajó los ojos, le tomó las manos y con tono de arrepentimiento le confesó: pues has de saber que estás casada con un hombre de poca inteligencia.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Jun 12, 2018 | Escritos
«A la primera es un poco así, pero enseguida ves que es de un trato sencillo y muy maja». Se refería a Rosario, una chica viuda que ocupa su tiempo con tareas de limpieza en algunas casas.
Lo de chica es porque mi madre llama así a todas las mujeres que tienen la misma o menos edad que ella; bueno a veces dice “una joven”, supongo que es cuando la diferencia de años ya es muy notable.
El caso es que mi madre cuando cumplió los 93 se dió por vencida y aceptó que había llegado el momento de buscar alguien que le hiciera las tareas más pesadas de casa. Enseguida pensó en Rosario, que trabajaba para dos de sus amigas y era buena persona.
Una mañana de junio de 2018 la llamó y, aunque ya le advirtió que tenía los días completos y no podía comprometerse con más encargos, aceptó venir a vernos para hablar. Se presentó a la hora prevista, se saludaron y mi madre enseguida empezó a hablar, entre otras cosas porque no oye bien y no se dio cuenta de que Rosario ya lo estaba haciendo. La escuchó con atención, la dejo acabar sin interrupciones y le dijo que no podía porque ya tenía los días ocupados, en un tono y de un modo que parecía cualquier otra cosa menos un “no”. Gracias a Dios, le había quedado pensión de su marido y, aunque no es gran cosa, ya tenía la vivienda asegurada. Con esos trabajos completaba los ingresos para llevar una vida modesta y también quería tener tiempo para sus cosas; así ocupaba todos los días de lunes a viernes. El fin de semana lo dejaba libre de encargos, porque ayudaba a las monjas de la residencia de ancianos en la hora de comidas y cenas; también acudía a limpiar la iglesia con un grupo de voluntarias.
«De todas formas, María, si un sábado o domingo quieres que te acompañe a misa, me llamas y lo haré con mucho gusto. No voy mucho a misa y me vendrá bien.»
Mi papel en el encuentro era de espectador y se me estaba poniendo cara de boquerón al descubrir aquella persona que rezumaba bondad, de palabra y con los hechos que sin darse importancia iba contando. Viuda, sin hijos, agradecida a la vida por las oportunidades que le daba, generosa con los demás, dispuesta para hacer un favor “porque sí”, «porque tengo suficiente para vivir». Aquella visita la había encajado en medio de dos trabajos, en el siguiente ya la estarían esperando, pero no tenía prisa por marchar, se notaba que quería dejar contenta a mi madre y descubrir en qué otras cosas podía ayudarla.
La acompañé hasta la puerta; al despedirnos le agradecí que hubiera venido sabiendo que se podía haber ahorrado el viaje, pues al fin venía para decirnos que no podía. Y sin embargo fue ella quien cerró el saludo con un “gracias a vosotros por acordaros de mí”.
Por si me quedaba alguna duda, su actitud y sus palabras de despedida me confirmaban lo que había vivido en aquel encuentro. Lecciones que uno recibe en cualquier lugar y momento, de personas como Rosario: que a la primera es un poco así, pero enseguida ves que es de un trato sencillo y muy maja.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Jun 6, 2018 | Aficiones, Escritos
Una película de 2016 que podría titularse “un médico de pueblo” y se entendería antes y mejor; en su original francés es “Médecin de champagne” y en la distribución en castellano “un doctor en la campiña”, que tiene poco que ver con nuestra cultura.
Mi relación con la televisión es distante, fría; y cuándo me siento con la familia en torno al aparato, o más bien frente a él, suelo hacerlo con una lectura que me ayude a permanecer un rato con los demás sin sensación de perder el tiempo.
Pero de vez en cuando surge la sorpresa, como sucedió el sábado por la noche: al acabar un programa deportivo hubo escala en dos o tres canales, y por fin el mando recaló en la 2 de TVE. Al cabo de un rato levanté la vista ¿qué es?; una película francesa, hace un rato que ha empezado. La vista alternaba lectura y pantalla, más de lo primero que de lo segundo; poco a poco se invirtieron los porcentajes, hasta que la revista resbaló del regazo y se escondió entre el cojín y el respaldo. Para entonces, un servidor seguía con atención la película, atraído por la suma de unos cuantos detalles que me sumergieron en ella.
Personajes reales, creíbles, como los vecinos que me encuentro en el ascensor; como las personas con quienes comparto vagón de metro a primera hora de la mañana, como las familias que abarrotaban las urgencias del hospital cuando fui la semana pasada. Paisajes de verdad, que podrían ser los que recorro cada vez que voy a ver a mi madre. Problemas de la gente iguales a los que cuenta la mujer de mi primo, ella médico en un pueblo de 2.000 habitantes a 30 kms del mío. Un color tan natural en la fotografía, que parecen las que me envía mi hermana por whatsapp para enseñarme a sus nietos.
Claro que si la película me presenta algo tan real y común como la vida misma ¿dónde está el mérito? En la sobremesa de las noches de invierno, mi padre nos contaba historias de su abuelo, de su padre, de él mismo; eran la vida misma y nos tenía dos horas con la boca abierta. ¿dónde estaba el mérito? En la forma de contarlo, de pasar de una historia a otra, de cómo ponía el acento en un aspecto u otro, según lo que nos quería transmitir.
Y así, siguiendo a este médico de pueblo protagonista de la película, descubres gente como la que te rodea a diario, con problemas, dificultades, emociones y sentimientos. Y caes en la cuenta de que hay personas como el médico, que se dedican a hacer el bien con su trabajo, sabiendo que él mismo también tiene sus problemas, dificultades, emociones y sentimientos. Y me ayuda a plantearme si yo, un servidor, a partir de ahora puedo olvidarme un poco de mis problemas, dificultades, emociones y sentimientos, para preguntarme: a ésta persona que está a mi lado, ¿cómo puedo ayudarle? Por si te lo planteas tú también, dejo dos sugerencias recogidas en comentarios leídos sobre la película:
Apunta Rubén Lardín: valores como la integridad, el cuidado, la escucha, el cuento contigo, son reivindicados en esta película.
Y escribe Alberto Fijo: Conectar con el médico que interpreta François Cluzet y con los entrañables personajes que le rodean es una experiencia no solo agradable, sino enriquecedora. Porque en ese viaje, podemos redescubrir el encanto de lo cotidiano, donde no hay héroes con superpoderes, sino personas normales que pueden ser mejores o peores porque son libres, con una libertad condicionada, pero libres para elegir. Y deciden ser mejores. O no.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
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Pincha aquí para leer crítica de Alberto Fijo en filasiete.com
Pincha aquí para leer crítica de Rubén Lardín en eldiario.es
Abr 5, 2018 | Escritos
Era uno de los últimos días de invierno; después de lluvias intensas y viento racheado, el sol templaba el ambiente y alargaba la tarde. Entraba en casa cuando sonó el teléfono: “Rafa el pino de la entrada ha caído sobre la valla de la calle ¿me puedes ayudar?” Era Guillermo el vecino; las horas de trato para compartir aficiones, trabajos caseros y ayudas mutuas, han forjado una sincera amistad entre nosotros.
El día que estrenó su matrimonio con Laura, entraron juntos en aquella casa para iniciar una andadura que hoy reafirman maravillosa. Dentro y fuera de las cuatro paredes, tenían casi todo por hacer. Dentro pusieron mucho cariño y toneladas de ilusión, además de algunos muebles, cortinas y cuadros. Después llegaron Rodrigo, Laura, Guillermo, Beatriz y Cristina; con sus lloros, risas, gritos y juegos acabaron de llenar la casa hasta rebosar. Fuera, la pequeña parcela de tierra árida la ha convertido en una zona amigable y acogedora, a base de tiempo y esfuerzo. Rosales, hortensias, romeros, madroños, laureles, acebo, moreras, pinos, cipreses y unos retales de césped, le dan color, aromas y texturas todo el año.
El pino de la entrada se llevó la mayor parte de sus cuidados; creció sano y fuerte, ensanchó la copa un poco cada vez que la familia crecía, para asegurar la sombra a toda la pandilla y la brisa en las tardes calurosas. A su pie han pasado horas de charla, juegos, meriendas, siestas, peleas, reprimendas y reconciliaciones. Ha sido punto de encuentro y de refugio. Discreto, silencioso, sus oídos eran sordos a las intimidades, los ojos ciegos a las travesuras, en sus labios no había lugar para las indiscreciones.
Cuando llegué, Guillermo estaba en la calle con Julián, otro vecino. Nos saludamos y me contó: la lluvia intensa de estos días y el viento a ráfagas, han podido con la resistencia del terreno y el pino se ha vencido. Hicimos planes para sujetarlo; pero de repente, una nueva ventolera agitó la copa, el tronco se removió y cayó lentamente arrastrando la valla y la farola. El estruendo de las ramas abrazando el asfalto nos sobrecogió. De reojo ví a Guillermo con la mirada fija en el pino tumbado; cerró los ojos, movió la cabeza y suspiró ¡se acabó! Sereno, sin alterarse, empezó a pensar en los demás, como siempre: hay que avisar a los vecinos, poner unas vallas para cortar la circulación, traer la motosierra, darnos prisa para molestar lo imprescindible.
En dos horas limpiamos la calle y volvió la normalidad; aunque la valla, la farola y las ramas amontonadas delataban el incidente. Algunos vecinos acudieron para interesarse, otros se paraban al pasar. Para todos tenía un agradecimiento, un no pasa nada, un gracias a Dios estamos bien. Se echaba la noche y el frío, era el momento de la despedida. Quise decirle algo sentido, pero Guillermo se adelantó con una reflexión en voz baja, un susurro que le salía del corazón: le tengo envidia, toda una vida al servicio de los míos y, al final, hasta su leña servirá para calentarnos en invierno, en la casa del pueblo; antes y después se ha consumido para los demás.
Volví a casa, andando despacio para saborear lo vivido aquella tarde, convencido de que la historia del pino tiene mucho de la historia de Guillermo: en los dos casos da gusto estar a su lado. Es lo que tienen las personas buenas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader