Dic 24, 2025 | Escritos
Desde hace días los adornos de Navidad engalanan calles y escaparates; al oscurecer, cuando la tarde corta deja paso a la noche fría, el alumbrado se refuerza con dibujos y figuras que dan al ambiente una pincelada cálida y acogedora. El ánimo se prepara para recibir a quien baja del cielo a la tierra para enseñarnos, si queremos aprender, que aquí podemos vivir un anticipo de lo que nos espera allí.
En los colegios, esta semana hemos entrado en la recta final del trimestre; cuando recorro los pasillos, a través de los ventanales observo cómo en las aulas ensayan villancicos y representaciones que los pequeños preparan para sus padres. El silencio habitual se relaja, el movimiento se multiplica con idas y venidas; admiro a los profesores que, como directores de orquesta, conducen el grupo atendiendo a las peculiaridades de cada uno, a la vez que refuerzan las habilidades de unos y suplen las que les faltan a otros, y consiguen que todos se sientan implicados en el resultado final: el belén de la clase, que por la tarde del último día enseñaran con orgullo a las familias.
El martes amaneció un día despejado y gélido, un paréntesis en los días de lluvia a los que nos tiene acostumbrado este invierno. A mediodía, unas cuantas personas esperábamos la llegada del autobús a cobijo en el interior de la marquesina. Subí el último para poder saludar a Jaime, conductor habitual en esta línea, con el que hemos hecho amistad a base de trayectos. Después me senté y me distraje atraído por el esmero que el chófer ponía en cada uno de sus movimientos, atento a las personas que subían para saludar con una sonrisa o resolver dudas que daban seguridad.
En una de las paradas, cuando montó la última persona, Jaime cerró las puertas y arrancó el autobús. En ese momento, dos chavales de unos 12 años cruzaban el semáforo corriendo y le hicieron una señal agitando la mano levantada. Frenó, abrió de nuevo las puertas y los esperó. Venían del colegio que hay enfrente, al otro lado de la calle. Llegaron jadeando, con el uniforme descompuesto y el pelo alborotado; el primero validó su billete, se detuvo ante el conductor, le miró a la cara y le salió un “perdón, gracias” un tanto embarullado, pero con una intencionalidad muy clara. El segundo más o menos lo mismo, pero dirigiéndose al público que había seguido atento la operación. Un silencio generalizado redujo a murmullo las conversaciones interrumpidas con la frenada. Arrancó de nuevo, los chavales se sentaron delante de mí, recuperaron el ritmo de la respiración, se ajustaron el uniforme y se zambulleron en alegre conversación ajenos a las miradas que habían atraído.
A punto estuve de ponerme de pie y promover una ovación cerrada para los tres: el chófer y los dos jóvenes viajeros. No me atreví por aquello del “¡qué dirán!” pero lo que entonces no hice, lo propongo ahora con más empeño a través de este escrito. Se lo merecen, ellos y tantas personas con quienes tratamos a diario, que con su comportamiento contribuyen a que la vida sea un poco más cielo que tierra.
Los adornos, las luces, los villancicos, los belenes… y esas personas, nos recuerdan que es Navidad.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/12/2025
Dic 10, 2025 | Escritos
Guardo el recorte del periódico en la carpeta de historias permanentes, de las que no pierden actualidad; esas con las que disfrutas de nuevo como en la primera vez, o quizás un poco más porque en cada lectura descubres un matiz que antes te ha pasado desapercibido. No importa saber el desenlace, da lo mismo conocer el final de la historia; aquí el espóiler no trunca el interés por la lectura, más bien al contrario, porque te permite prestar atención a la frase, centrarte en la expresión, sin las prisas por llegar al “punto y aparte” para comenzar un nuevo párrafo.
Abrir la carpeta donde guardo esos recortes es como subir al desván; una vez que abres la puerta, la magia del recuerdo te envuelve y estimula la imaginación en cada objeto que te sale al paso para revivir, volver a vivir, las historias que conforman tu vida como losas de granito del camino firme que has recorrido hasta aquí. Brotan de nuevo los sentimientos de aquella primera ocasión que, al pasar ahora por el tamiz de la experiencia, mejoran el propósito y refuerzan la voluntad de solar con nuevas piezas el sendero hacia el horizonte que a cada uno espera.
Mientras esperaba que llegara la hora de ir a misa con la familia, me senté a ojear el periódico; estaba de invitado y, aunque me sentía en mi casa, hay momentos en que nada puedes hacer. El mes de diciembre estaba avanzado, de eso hace seis años, por eso no me sorprendió el título de la columna “cuento de navidad” firmado por Francisco Robles. Leía los primeros párrafos con mediano interés, el suficiente para no desconectar guiado por la curiosidad de encontrar algo que justificara la atención prestada. Y apareció hacia el final del párrafo donde parecía que todo se iba al garete: “… y no hace falta que traigas nada, ni vinos de reserva ni champán del bueno, porque lo único que quiero es que vengas tú”. Me removí en el sillón, abrí un poco más las hojas del diario para acercarlas a la vista y volví a deletrear despacio “porque lo único que quiero es que vengas tú”.
Allí estaba con las piernas cruzadas, los brazos en cruz sosteniendo el papel y la cabeza repitiendo “me importas tú por encima de todo lo demás; aunque no hubiera “lo demás”, me sigues importando”. ¡Nos vamos! y salimos todos. Más tarde, la mesa se quedaba pequeña para acoger a las bisabuelas, hijos y nietos; las risas y lloros se sobreponían a los villancicos que la televisión emitía sin que nadie le prestara atención; la conversación, de momento, no era fácil. Los dos iban y venían a la cocina con la alegría de tenernos allí. Cuando se sentaron, la tele enmudeció, los peques se calmaron y en aquel momento de paz, una de las bisabuelas incoó una oración de acción de gracias y en recuerdo de los ausentes.
Como decía el cuento, aquel piso no era un apartamento de lujo ni el frigorífico una despensa gourmet. Pero hubiera pavo o mortadela en la mesa me iba a dar lo mismo, porque el cuento se había hecho realidad. Cada uno de los que allí estábamos, percibía aquel “me importas tú”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/12/25
Oct 15, 2025 | Escritos
¡Perfecto! Así respondía Víctor para agradecer cualquier favor que recibía, con una sonrisa que convertía en grande lo pequeño y te hacía sentir valioso; por que el grande y valioso era él, tanto como su corazón donde cabían todos y todo lo de todos. Esa frase resumía su actitud en la vida, su forma de estar en el hoy; con optimismo, pasando por encima de las dificultades que en forma de barreras se presentan a cualquier hora; y a él no le faltaron
Una meningitis le dejó sordo antes de que hubiera aprendido a hablar, recién cumplido su primer año. Esa limitación que fue para él una señal de identidad, la convirtió en la oportunidad de rodearse de amigos en los colegios para sordos de Málaga, Granada y Madrid donde estudió. Y de implicarse con ellos en una actividad incesante en las asociaciones Asogra, Ecosol-Sord o en la Parroquia de Santa María del Silencio.
Nació y creció en Granada, en el seno de una familia numerosa, arropado por sus padres y hermanos que le trataron como uno más, que tan poco él quería distinciones. En la misma casa tenían de vecinos a los abuelos y a los primos. Cuando los López-Jurado y los Escribano salían a jugar, la calle Duquesa y la plaza de la Trinidad se llenaban de griterío y las palomas volaban a sitio seguro. Los veranos en Huétor Santillán son un pozo repleto de recuerdos que surgen cuando los hermanos se juntan salvando las distancias físicas, que las del cariño nunca les han separado.
Tenía destreza para el dibujo y sensibilidad para plasmar en la tela lo que otros no vemos al contemplar la naturaleza. Esas cualidades le permitieron incorporarse como delineante al despacho de arquitectos de su tío, donde empezó a trabajar muy joven. En Madrid, donde recaló la familia por traslado profesional de su padre, compaginó el trabajo y los estudios de Restauración en la Escuela de Bellas Artes. Superó la selección para una plaza de restaurador en el Museo del Ejército, puesto que cubrió sus aspiraciones profesionales hasta la jubilación, complementado con muchas horas dedicas en su estudio a pintar cuadros y encargos que le llegaban. De sus estancias en El Cárcamo, la finca familiar en un pueblecito cerca de Loja regresaba con la carpeta repleta de apuntes que luego trasladaba al lienzo.
La fe que impregnaba su vida y que procuraba hacer realidad en el día a día, le llevaba a ser leal con Dios y con sus amigos, a los que dedicaba tiempo y cariño. Últimamente salía de excursión al monte cada semana. Lo disfrutaba y te lo hacía disfrutar cuando lo contaba. Un martes de febrero volvió cansado y notó que le costaba respirar. Sus compañeros de caminata no habían notado ningún signo de flojera. Aprovechó una visita al médico para una revisión periódica y le comentó los síntomas. El buen galeno confirmó con pruebas posteriores lo que en la primera prospección le alarmó; unos ocupas disfrazados de células cancerígenas habían invadido el pulmón derecho y constreñían la libertad de respirar aire limpio con la frecuencia que pedía el ritmo de sus pasos ligeros, porque Victor no era de los que andaban despacio.
Recibió la noticia de la enfermedad como si de algo pasajero se tratara y adaptó su ritmo de trabajo con la mirada puesta en el cielo y en los proyectos que tenía en la tierra. En este tiempo hemos tenido oportunidad de hablar de lo divino y de lo humano; miraba a la muerte de frente pero no la tenía presente, consciente de que llegaría, pero todavía tenía mucho que hacer y no estaba dispuesto a esperarla sentado. Alguna vez se preguntó ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? sin esperar respuesta y a continuación redoblar su confianza en Dios.
El primer domingo de octubre estuvo en la parroquia dando catequesis; por la tarde ingresó en urgencias con insuficiencia respiratoria. El lunes le acompañé durante la noche en la clínica; su modo de agradecer a las enfermeras cada una de sus intervenciones, no era una pose, dejaba poso. El miércoles ya muy tarde estuvimos hablando por videollamada; a pesar de la mascarilla que le dificultaba, quería contar las visitas recibidas, que había estado preparando la clase siguiente y los planes para el jueves. Esa conversación era un resumen de su vida: siempre en activo pensando en los demás. Cuando el diez de octubre se desperezaba y la clínica recuperaba la actividad, Dios le modificó la agenda y nos dejó huérfanos de Víctor.
Avanzamos despacio siguiendo el carro fúnebre; la sepultura abierta esperaba la llegada del cortejo. Los operarios sujetaron el féretro y, a una indicación, iniciaron el descenso; la música que recorría los rincones del cementerio, allí se mezclaba con las avemarías que incoaba el sacerdote. Unos cuantos claveles cayeron sobre la tapa de madera y la losa empezó a deslizarse lentamente, hasta que un sonido blando, redondo, anunció que había encajado completamente y el acto se daba por finalizado. Costaba levantar la mirada porque los ojos aún seguían borrosos, secuelas de alguna lágrima furtiva. Salimos despacio para apurar los últimos momentos en su compañía; antes de cruzar la verja del portón, me volví reclamado por una voz. Entre el verde de los cipreses y el azul del cielo, la figura de Víctor me sonreía con el pulgar hacia arriba, señalando la sepultura con la mirada y diciéndome ¡perfecto!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/10/25
Oct 1, 2025 | Escritos
Aquella tarde en la feria quedó botando en mi alma y de vez en cuando se asoma atraída por algún impacto, como sucedió la semana pasada cuando en el avión de regreso se atenuaron las luces durante el despegue y nos quedamos en penumbra. En el colegio que visité por la mañana, querían renovar el mobiliario de dos aulas. En verano las vaciaron a la espera del nuevo, se retrasaba la entrega y empezaban las clases. Recuperaron del almacén unos pupitres que dormían el sueño de los justos; aunque la estructura metálica necesitaba una mano de pintura, el tablero de madera estaba impecable. El agujero para el tintero y la hendidura para la plumilla, removieron los recuerdos de aquellos años sentado en un aula parecida.
Mi padre no era muy de manifestar sentimientos; eso no nos afectaba porque era mi padre y el cariño nos envolvía. Cuando llegaba del campo, bajábamos corriendo para abrir la puerta y ayudarle, aunque seguramente seríamos más un estorbo que una ayuda. Le veíamos marchar temprano y regresar tarde; por eso aquel día me llamó la atención que viniera a comer a casa. Era dos de noviembre, un día medio laborable porque en el pueblo estábamos de ferias. En la comida nos dijeron que por la tarde iríamos a la plaza; se dispararon los nervios, la siesta de mi padre se me hizo eterna y mi madre tardó en arreglarse un mundo. El circo lo habían puesto en el patio de las escuelas, la feria de ganado y maquinaria en el surtidor. Por allí pasamos rápido para llegar con tiempo a la plaza del Ayuntamiento donde estaba el ambiente de las atracciones, tómbolas y barracas. La emoción de lo que me esperaba, hacía que me agarrara con fuerza a la mano de mi padre, no fuera a salir volando arrastrado por la imaginación. Montamos en los autos de choque; mi padre sentado a la izquierda conducía con una mano y con la otra me sujetaba; mi hermano a la derecha hacía de copiloto. Mi madre seguía nuestras peripecias desde un lateral y nos animaba. En la churrería había cola, aspirando el olor a la espera de que salieran calentitos. Nos detuvimos en los caballitos, pero no quise subir porque me parecía que ya era muy mayor, aunque por dentro me moría de ganas. En otro puesto compramos algo de merienda: a mi padre le encantaba el coco, mi hermano algodón de azúcar, mi madre un guirlache y yo una manzana acaramelada de un rojo irresistible. En la tómbola fue mi madre la que se detuvo con la mirada chispeando en el juego de sartenes y en la olla exprés; el señor del micro se dio cuenta y empezó a cantar las excelencias de lo que a mi madre le hacía tilín. Compró unos boletos y los abrimos entre todos; por poco nos toca la olla. Nos llevamos un exprime limones de plástico amarillo que duró muchos años de tan poco uso. Me había acabado el caramelo y quedaba la manzana, verde y dura; la tiré. En la caseta de tiro mi padre no tuvo mucha suerte. Se había echado la noche, el frío empezaba a notarse y mi madre nos puso el abrigo. Estaba cansado, el bullicio, el caramelo rojo y las emociones hicieron un revoltijo en el estómago; mi padre se dio cuenta y me cogió en brazos; desde la altura, la vida tenía otra visión. Me quedé dormido en el hombro de mi padre; cuando desperté, la música de la feria se oía a lo lejos, doblamos la esquina y nuestra casa se veía al fondo de la calle. En un segundo reviví las imágenes de la tarde y las emociones sentidas; de todo, lo que más me alegraba era estar los cuatro juntos.
El temblor del avión al tocar tierra apagó las luces del ayer y encendió las del hoy; en un rato estaría de nuevo en casa, me sentaría a la mesa y disfrutaría de estar con todos los de ahora, la misma alegría de aquella tarde en la feria.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/10/25
Sep 10, 2025 | Escritos
He sido muy feliz; ¿qué digo? ¡soy muy feliz! Así remataba la conversación que mantuvimos mientras recorríamos las dependencias del colegio el primer día que me lo enseñó. Aquella monja risueña, menudita, de movimientos ágiles y hábito caféconleche, hablaba con ilusión de lo que veíamos en cada aula, en cada rincón, y lo intercalaba con los recuerdos que unían el entonces con el ahora, los inicios con el presente. Todo tenía un porqué y ahora buscaban el relevo de quien alumbrara el mañana antes de que el hoy se apagara. Contagiaba la alegría de una vida de entrega a los demás, de un recorrido de servicio al prójimo a la luz de la fe que le alumbró desde el primer instante, cuando siendo niña se encendió en su interior la llama de la vocación y decidió ser como ellas. Ellas eran unas monjas que pasaron por el pueblo poco antes de la Semana Santa y fueron a la escuela a explicarles lo que hacían, como era la vida de una religiosa. Se lo contó a su madre nada más llegar a casa, hablando deprisa, moviendo las coletas de las que faltaba un lazo. “Se le pasará” dijo para sus adentros, porque la novela que tenía escrita para ella se desarrollaba en otros escenarios. La segunda de cuatro hermanos, la mayor de las chicas, servicial, alegre, despierta, trabajadora. Removía la pandilla con sus propuestas y sabían divertirse con los recursos a su alcance; en ese ambiente de grupo experimentó las aspiraciones del corazón que latía con fuerza cuando hablaba con el zagalote que la rondaba, hasta que encauzaron los sentimientos en una conversación un tanto nerviosa pero eficaz y siguieron tratándose sólo como amigos, porque ella se reservaba para Dios. En casa tenían una posición económica desahogada sin alardes, que les permitía costear sus estudios en la capital. Cuando llegó ese momento sentó a su padre y a su madre para recordarles que seguía viva la brasa que alimentaba su decisión. Se fue al internado con las monjas, avanzó en los estudios y en la vida religiosa; caminaba por la vida con la seguridad de quien se fía de alguien grande porque ella es pequeña y lo que haga no será sólo por sus méritos. A la devoción añadía trabajo, estudio y tiempo para los demás. La universidad le amplió horizontes y premió su esfuerzo y talento con un título de Licenciada en Ciencias. Puso aquel diploma a disposición de la superiora el mismo día que acabó las clases y en unas semanas viajaba a Perú para poner en marcha una misión que el Obispo les había encomendado. Su tarea fecunda cuajó en obras y personas que dieron sombra a quienes allí siguieron cuando ella regresó a los diez años, porque ahora le pedían arrimar el hombro en los inicios del colegio que hoy me enseñaba. Aquel sueño cuarenta años atrás que prendió en un pequeño local se había hecho realidad y de nuevo estaba preparada para que otros continuaran, porque ella y su sonrisa se iban a donde le dijeran sin importarle que el atardecer de la vida asomaba en el horizonte. Fue entonces cuando me dijo: “he sido muy feliz”; me miró en silencio con un punto de suspense, respiró hondo y con el brillo de los ojos iluminando su cara, apostilló ¡soy muy feliz!
Fue unos días más tarde cuando escuché por primera vez la canción de Rosalía que da título a este relato y tuve la sensación de que ponía música a la historia de la monja:
“Si me das a elegir entre tú y la riqueza / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y la gloria / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y el cielo libre para ir a otros nidos / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir en tú y mis ideas (que sin ellas estoy perdida) / ay, amor me quedo contigo”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/09/25