Pepi, te quiero

Pepi, te quiero

El verano es una buena oportunidad para el encuentro con amigos a los que la vida no da facilidades para verlos a menudo, por muchas ganas que haya. Es lo que sucedió con Ramón uno de los días que estuve en el pueblo. Quedamos temprano para ir a la granja. Desde que se ha jubilado, la ha dejado en manos de los dos hijos; pero cada día va a dar vuelta, supervisa, aconseja, se entretiene. La familia y la granja han sido su vida y ahora disfruta de las dos de una manera distinta.

Se ha reconvertido en hortelano y en un trozo de la finca ha plantado frutales, hace hortaliza o siembra flores para Pepi, su mujer. Cogimos higos frescos; alguno lo probamos sobre la marcha, otros me los puso en una caja para mi madre, junto con los últimos racimos de uva dulce que colgaban de la parra. Y cuando el sol ya se dejaba notar, nos sentamos a la sombra de la higuera.

La conversación se volvió personal y pausada; la familia, los nietos, inquietudes, alegrías. Sonó el aviso de un mensaje. “Será Pepi que me envía la lista de la compra”. Así era. “Desde que se jubiló del Instituto, ha cambiado las clases por la casa; le cuesta salir. Intento hacer planes con ella, pero se excusa en que la absorbe mucho, que mantenerla limpia exige dedicación”. Hizo una pausa. “Pues a mí no me importaría llegar a casa y encontrarme la mesa con polvo; al menos le podría escribir ¡Pepi, te quiero!”. Continuó hablando, pero la frase se me quedó rebotando en el interior y me distrajo.

Ramón es más bien serio, formal, poco dado a manifestaciones emocionales, con un corazón grande (por eso los enfados, cuando llegan, le duran unos días), generoso, siempre dispuesto a prestar el favor que le pidas o sin que lo pidas. Con ese carácter y después de cuarenta y tres años de casados, me impactó esa manifestación de cariño a Pepi. Fue una buena lección de cómo se puede vivir enamorado aunque pasen los años, que el amor no entiende de edades.

Y claro, un corazón así, en cuanto le das una oportunidad suelta un ¡Pepi, te quiero!

13/09/23

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Las niñas

Las niñas

Escribieron unas palabras cariñosas diciendo que se acordaban de mí en plenas vacaciones; se lo agradecí por el afecto mutuo que nos tenemos. Fui tutor de uno de sus hijos en el colegio, con el trato surgió la amistad y ha crecido con el paso del tiempo. Pero aún agradecí más lo que venía a continuación: te enviamos una foto de las niñas.

En un clic se había detenido aquel instante de la vida y a muchos kilómetros de distancia la podía contemplar. Me imaginé apoyado en el marco de la ventana que encuadraba la escena. El sol daba profundidad al plano, a punto de esconderse allá al fondo con su luz cálida, se abría paso por entre las ramas y llegaba hasta nosotros para despedirse del día y dejarnos un hasta mañana.

La encina centenaria ejercía de madre atenta a todos los detalles: daba sombra, sostenía el columpio, cuidaba de las niñas. Su presencia discreta llenaba el espacio y lo hacía habitable. De su tronco esbelto se abrían las ramas robustas y frondosas; de ellas colgaba el columpio platillo volador, suspendido a unos palmos del suelo, estático. Y allí estaban ellas, las niñas. En su mundo, en su juego, en su conversación; felices, ajenas al clic de la foto, a la conversación de los mayores. Eran el centro de interés.

Ahí me quedé embobado, queriendo adivinar su conversación, su juego, su mundo. Seguro de que me podían enseñar muchas cosas. Los niños viven admirados, casi nada les resulta indiferente. A diferencia de los mayores que corremos el riesgo de estar de vuelta de casi todo y así corremos el riesgo de perdernos el encanto del mundo que nos rodea. Claro que a ciertas edades ya no resulta fácil hacerse como niños, retomar su ingenuidad. Que no se trata de andar por la vida como un bobalicón, si no desde la madurez mantener la capacidad de admirarnos por las cosas como ellos.

Desde luego que les agradecí que se acordaran de mí; y mucho más de la foto de las niñas.

06/09/23

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Atardeceres de julio

Atardeceres de julio

A principios de julio estuve unos días cerca de Pamplona; al caer la tarde salía a dar un paseo. La vista resbalaba por encima de los rastrojos del trigo recién cosechado y se perdía en el horizonte, sin más sombra que la que me cobijaba. Solía sentarme envuelto en el silencio que despide al sol cuando se retira, olía la paja aún tierna que descansaba en los campos vecinos, disfrutaba de la contemplación del paisaje, bebía en pequeños sorbos la belleza que la naturaleza me ofrecía.

A veces estaba acompañado; la conversación entonces salía pausada, en voz calma. Hablábamos de tú y yo, de aspectos personales alejados de polémica porque el ambiente nos invitaba a la escucha. Son momentos en que descubres al otro y te sorprende porque caes en la cuenta de los valores que atesora, después de tanto de tiempo de sólo ¡hola! y ¡adiós!

Surgía el contraste con la vida en la ciudad que centra nuestra atención en lo artificial. Aunque también allí hay elementos naturales, quizás no tan a la vista, no tan cegadores como los atardeceres de julio en el campo, pero que se nos escapan porque no vamos atentos al mundo que nos rodea, más inclinados a ver que a contemplar.

El ruido nos distrae y a nuestro alrededor siempre hay muchos mensajes que nos reclaman; será por eso por lo que el silencio tiene mucho que ver con la soledad.

Sólo o bien acompañado, vuelvo dispuesto a buscar cada día los momentos de silencio que tan buenos recuerdos me dejaron aquellos atardeceres de julio.

30/08/23

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader