Lo mejor que me ha pasado en mi vida

Lo mejor que me ha pasado en mi vida

Pero mira Rafa, lo mejor que me ha pasado en mi vida es esto; se hizo el silencio mientras metía la mano en el bolsillo interior de la americana y sacaba el teléfono; cargó una foto y me la puso delante.

Coincidimos en unas jornadas de formación para directivos de colegios en la primera semana de julio; durante el desayuno nuestras miradas se cruzaron desde lejos, respondí a su saludo con una sonrisa sin saber quién era y se dio cuenta. Al acabar la comida, mientras esperábamos en la cola que nos sirvieran un café volvimos a coincidir. Hola Rafa ¿no te acuerdas de mí? “Dame una pista” fue una forma de decirle que no, que no acertaba a reconocerle. Soy Marcos y al añadir el apellido me vino su imagen y toda la información que recordaba de aquel chaval joven, que hace treinta años contratamos como profesor de literatura, recién acabada la carrera. Coincidimos durante dos cursos y luego marché del colegio, cambié de ciudad y desde entonces no nos habíamos visto. Su físico se había estilizado, pero mantenía los rasgos; los ojos negros por entonces enmarcados con unas gafas grandes de pasta negra, el gesto apagado que transmitía poco entusiasmo. La primera vez que vino al despacho para que le explicara la documentación del contrato, me pareció que ponía cara de aburrimiento y me atreví a lanzar una apuesta conmigo mismo: “a este se lo comen en clase antes de Navidad”.

Me contó que desde hace unos años es el director de la etapa; me hablaba con entusiasmo de la marcha del colegio, de las novedades, de las personas que tenemos en común. Y en esa carrera de actualizar el pasado hizo una pausa, respiró hondo y me dijo: pero mira Rafa, lo mejor que me ha pasado en mi vida es esto: del bolsillo interior de la americana sacó el teléfono, cargó una foto y juntando el índice y el pulgar sobre la pantalla los separó para ampliarla y ponérmela delante. La miré y a continuación mis ojos se clavaron en su rostro, atraídos por la emoción con la que me contaba los detalles: esta es la mayor, en tercero de carrera; este hará segundo de bachiller el próximo curso; el pequeño empezará tercero de la ESO, adolescente en estado puro. Mi mujer, mis padres. Pronto cumpliremos veinticinco años de matrimonio. Se quedó en silencio. tardó unos segundos en cerrar el teléfono y guardarlo. Continuamos hablando y nos separamos para entrar de nuevo a las actividades de la tarde.

Sentado de nuevo en la sala de conferencias, me costó centrarme en el mensaje del ponente, porque Marcos me había removido con aquella breve explicación de lo mejor que le había pasado en su vida. De aquel tipo inexpresivo que conocí hacía treinta años, había aprendido una vez más, que lo valioso de las personas está en su interior y no siempre es fácil descubrirlo a primera vista. Me alegré de haber fallado en mi pronóstico sobre su recorrido vital; y más todavía de haber descubierto que allí delante tenía un gran profesional con un corazón enamorado de los suyos.

La próxima vez que me encuentre con un tipo alto, fuerte, de grandes ojos negros y rostro impasible, en lugar de poner etiquetas que condicionan la relación, será mejor que le pregunte directamente para salir de dudas: y a ti ¿qué es lo mejor que te ha pasado en tu vida?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

31/07/24

Lechugas alemanas

Lechugas alemanas

A los quince años se declaró atea. Nacida en Breslau (Polonia) en 1891 en el seno de una familia judía, Edith Stein era la última de once hermanos. Se doctoró en filosofía a los 24 años y se convirtió al cristianismo a los 31. Varios años después se hizo monja carmelita y murió a los 50 en una cámara de gas en Auschwitz el 9 de agosto de 1943.

Ella cuenta que, en su proceso de acercamiento a la fe, hay tres mujeres que influyeron notablemente: la viuda de su amigo y colega Adolf Reinach, una señora mayor de nombre desconocido y Teresa de Ávila, monja española que vivió cuatro siglos antes.

En 1916, cuando aún faltaban años para su conversión, un amigo la llevó a ver la catedral de Frankfurt. Sentada en los últimos bancos, observaba lo que veía recogida en la penumbra, envuelta en silencio. El roce de unas zapatillas que se arrastraban sobre el suelo la puso sobre aviso; a su izquierda por el pasillo central, avanzó una señora mayor encorvada por el peso de la cesta repleta de la compra. Pausadamente, hizo una genuflexión y se sentó dos bancos por delante; al cabo de un instante recuperó el aliento y se hizo de nuevo el silencio. Edith Stein la miraba con mezcla de curiosidad y asombro; le llamaban la atención las lechugas que sobresalían de la cesta y el gesto sereno de aquella buena mujer que movía suavemente los labios con la mirada en el retablo. Fueron sólo dos o tres minutos, se levantó, tomó la cesta y salió con pasos ligeros como si allí hubiera dejado parte de su carga.

Edith Stein se conmovió; ella sabía que en las sinagogas de los judíos o en las iglesias protestantes, la gente acude a un oficio litúrgico. Pero esta señora había entrado a nada, aparentemente; como de paso, como quien entra un ratito a saludar a un amigo, a un amigo de verdad, de los del alma. Stein venía de una etapa de agnosticismo y este gesto la removió; fue un pequeño paso, el primero de otros que vendrían después hasta culminar en una vida de entrega a Dios. Y aquella señora mayor de nombre desconocido, nunca se enteró de la que había liado por ir a comprar lechugas y entrar en la catedral, como hacía habitualmente; nunca supo lo que aquella visita había supuesto para la joven filósofa y futura santa.

Esta anécdota me la contaba Roger, una mañana a finales de junio. Quedamos a desayunar antes de entrar al trabajo; nos sentamos en la calle para disfrutar de la barrita con aceite y del fresco de la mañana. Mientras nos poníamos al día de nuestras vidas, surgió el comentario sobre las consecuencias que nuestros actos provocan en nuestro entorno. En ese momento se abrió la puerta del edificio contiguo al bar; primero salió una niña de unos seis años, con una coleta que sobresalía por detrás de la gorra y una mochila diminuta a la espalda; luego su padre, un chaval joven y alto, con un crío en brazos que enseguida dejó en el suelo. Y a continuación la madre, que ya en la calle se detuvo un instante, cerró los ojos, hizo la señal de la cruz a la par que musitaba alguna frase, los abrió, sonrió y cogida de la mano de la niña avanzaron animadas contándose sus cosas mientras balanceaban las manos unidas al compás de los pasos.

Me debí quedar absorto en la escena matinal que me brindaba aquella familia, camino de algún campamento de los que se organizan en los colegios cuando no hay clase. ¿Qué te pasa? preguntó Roger y le conté lo que había sucedido a su espalda. También a mí me había removido aquel pequeño detalle de la madre joven de nombre desconocido. “Pero tranquilo, le dije, porque no soy filósofo ni futuro santo”. Claro, contestó, y porque le faltaban las lechugas alemanas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

24/07/24

10.000 y más

10.000 y más

Este mes el contador del blog ha superado las 10.000 visitas acumuladas; no es un gran número y en sí mismo dice poco, salvo para mí que me provoca a decir mucho. Por ejemplo, a dar las gracias porque es una manifestación más de que esta vida la recorremos acompañados y mejor si es en buena compañía; quienes leen esos escritos me acompañan y deben ser buenas personas, porque manifiestan cariño, interés y cercanía.

La idea surgió durante las comidas en el colegio, momento de distensión y aprendizaje. En torno a la misma hora, coincidíamos un grupo variopinto con capacidad de hablar de casi todo; sólo un tema estaba vetado: los alumnos. Era un momento de desconexión, de abrir las ventanas y que corriera el aire. Unos días salían temas interesantes, otros no; pero siempre nos divertíamos y esperábamos ese momento para disfrutar. Fruto de esas conversaciones empecé a usar las redes sociales y encontré el cauce para volcar comentarios breves sacados de la experiencia diaria. Al cabo de unos años, Lolo se ofreció a diseñarme un blog donde los escritos permanecerían al alcance de cualquiera. Lo bauticé con el nombre de “vidaescuela” en honor a lo que aprendo en la “escuela de la vida”.

Pero antes de que aquellas hayan movido el contador, otras me han acompañado en esta escuela de la vida, ayudando a forjarme como persona, a superar obstáculos, a levantarme cuando he tropezado y a llegar a esta meta volante con la mirada puesta en la siguiente. Por eso, también para todas ellas ¡muchas gracias! Imposible nombrarlas a todas: ahí están mis padres, mi hermano José Antonio con quien nos peleábamos tanto como nos queríamos; mi vecino Jesús que me lleva cuatro meses, juntos aprendimos a dar los primeros pasos y juntos seguimos unidos por una profunda amistad; el padre Mariano, un franciscano de la iglesia donde fui monaguillo, que regó la semilla de la fe sembrada por mis padres; los amigos de la pandilla con quienes hemos recorrido la adolescencia, la juventud, la madurez y seguimos unidos hasta que el último apague la luz; aquella moceta que despertó en mi corazón la experiencia del primer amor y tanto me ha servido para entender el querer humano y divino; Miguel, un chavalote moreno de patillas recias que me acogió el primer día de trabajo en el banco y me enseñó todas las prácticas para hacer bien mi tarea; Jesús, un tipo del instituto que iba dos cursos por delante del mío, con el que años más tarde me crucé en Barcelona y me ayudó a ampliar los horizontes de mi vida; José, apoderado del banco que cuando le nombraron director quiso contar conmigo de segundo y me ayudó a crecer humana y profesionalmente; Mariano, que me introdujo en el mundo de la educación y le debo la impagable experiencia de haber pasado por cuatro colegios; Jordi, que con cariño y fortaleza me ayudó a superar el batacazo que me pegué cuando el orgullo me hizo imaginar lo que no era; Paco, con el que compartí una aventura profesional durante siete años y me hizo creer que yo sabía más que él; Barto, que me abrió la puerta de su casa cuando cambié de ciudad y me hizo sentir en la mía desde el primer instante; esa alma sencilla que brilla como un lucero y con su luz me ayuda a caminar seguro; mi madre que a punto de cumplir los cien me sigue enseñando cada día. Podría seguir, pero como dice San Juan al final de su evangelio:” Hay, además, otras muchas, que, si se escribieran una por una, pienso que en el mundo no cabrían los libros que se tendrían que escribir”.

Son las personas quienes dejan marca; no digo que los hechos no tengan impacto, pero si miro mi corazón, las muescas que llevo son de personas. Los hechos los vivimos con personas, los compartimos con personas. Y a todas esas que me han acompañado y me acompañan en esta escuela de la vida, tengo ahora la excusa para darles las gracias, que son diez mil y más.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17/07/24

Pon un master en tu vida

Pon un master en tu vida

Mi relación con el mundo académico quedó interrumpida por derribo; mientras trabajaba en el banco hice el COU nocturno por insistencia de un amigo que se puso pesado con razonamientos de futuro. Después me matriculé en Económicas en el turno de la tarde, pero al acabar el primer trimestre saqué bandera blanca y no volví a aparecer por la facultad.

Cuarenta años después he tenido la oportunidad de volver a la Universidad, para hacer un Máster, de los de verdad, de los de dos años dale que te pego lunes y jueves.

Me llegó la información cuando andaba buscando alguna actividad que mejorara mi formación humanista, me atrajo el título y me conquistó el programa; en la conferencia de presentación rematé la decisión, solicité plaza y conseguí colarme por la gatera para sentarme en el aula como uno más. Del programa y de los profesores estaba al corriente, sabía que me esperaba un nivel alto y la realidad ha respondido a las expectativas. Pero la auténtica sorpresa, más allá de contenidos y docentes, han sido las personas que me han acompañado en esta aventura. Las intervenciones en clase y las conversaciones fuera del aula, han permitido conocernos, generar confianza, valorar las diferencias y cohesionar el grupo, que se ha convertido en una auténtica escuela de la vida, de donde he salido enriquecido.

Las vivencias personales compartidas y los comportamientos sinceros en el aula han jalonado el recorrido, añadiendo al curso una dimensión personal, humana, que las materias impartidas no podían dar. En estos dos años hemos tenido cinco nietos, entre los de Fernando y los de Concha; nos ha nacido una hija de María, que a las dos semanas asistía a clase en su carrito; hemos celebrado las bodas de plata de Javi; hemos publicado un libro con Elvira; nos hemos ido al Líbano con Marta. En clase nos hemos removido inquietos en el asiento cuando Natalia expresaba sus dudas en voz alta, porque nos sacaba de nuestra zona de confort; conteníamos el aliento cuando Pilar levantaba súbitamente la mano; escuchábamos con atención las intervenciones de Don Mario impregnadas de serenidad y profundidad. Hemos arropado a Iakov con las noticias de Rusia; hemos acompañado a Josefina con las elecciones argentinas y a Paulina con las de México. Hemos superado algunas crisis de quienes estaban por tirar la toalla y abandonar el curso porque les costaba seguir el ritmo y hemos dicho adiós a otros que lo han dejado, pero han seguido unidos con los mensajes del grupo. Y en el día a día también han aportado su quehacer ordinario Rocío, Paulina, Isa, Chantal, las dos Anas, María Teresa, Gema, Cristina, Juan Andrés, Vicente, Luchy, Mari Carmen, Mercedes, Mar, Bea, Don Oscar, Álvaro, Elena, Roxana y Jaime, eficazmente coordinados por Carmen y muy bien representados por la otra Rocío. Con las puntadas de cada semana se ha tejido un paño que nos arropaba, un tapiz de nudos con los colores variados de cada uno que configuraban un conjunto armonioso.

El curso se proponía ayudarnos a encontrar conocimientos avanzados para comprender los problemas y desafíos del mundo actual en todos sus aspectos: intelectuales, históricos, sociales, científicos, artísticos, literarios, filosóficos y teológicos. Pero es que además me llevo de propina una relación personal valiosa. Si al final, el contacto personal y la relación con el otro es lo que más valoro del máster, y también eso lo tengo cada día en la familia, en el trabajo o en la calle, igual estoy cursando un máster desde hace muchísimos años y no me he enterado.

Por eso, esta experiencia me lleva a compartir un consejo: sea en la calle o en la Universidad, pon un Máster en tu vida.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

10/07/24

Era un vividor

Era un vividor

En el colegio, últimamente Jaime me hablaba con frecuencia de su hermano Miguel; era director de un colegio en Sevilla, pero había pillado una enfermedad rara y poco a poco iba delegando funciones.

Eso era allá por 2018 cuando su hermano tenía cuarenta años. Unos meses después coincidimos en un congreso de colegios; asistía como acompañante de su mujer. No les conocía, ella intervino en el turno de preguntas de una ponencia y al acabar fui a presentarme. Se asombraron de que estuviera tan al día de su situación y el motivo no era otro que su hermano; entre ellos había mucho cariño disimulado en un cuerpo grandote. A base de esfuerzo y optimismo, se movía entre los asistentes sin que se le notaran mucho las manifestaciones de la ELA, esa enfermedad incurable que en aquella época ya había dado la cara. De vez en cuando desaparecía y se iba a la habitación a descansar.

Miguel y Lucía se habían casado jóvenes, tenían cinco hijos por entonces de entre seis y catorce años. Trabajador, ordenado de cabeza, con gran capacidad de análisis y ejecución. Muy deportista desde pequeño, practicaba tenis, futbol, pádel, piscina; siempre que podía con los hijos, a los que dedicaba mucho tiempo. Un día al volver a casa después de un partido, comentó que había fallado un gol clarísimo: fue a darle al balón y no acertó; se reía de que le hubiera pasado a él. Además, se había cansado y le costaba respirar. Al poco en una cena con matrimonios amigos, lo contó para hacerles reír de lo mayor que se estaba poniendo. Uno de ellos, médico, se había dado cuenta de algunos movimientos torpes al servirles y, antes de despedirse, le aconsejó que fuera al médico.

Fue para revisar los pulmones y allí no había nada, estaba limpio. Pero le dijeron que las pruebas habían detectado que tenía una enfermedad degenerativa, mortal, sin tratamiento. Respiró hondó, apretó la mano de Lucía y preguntó ¿cuánto me queda? Desde entonces aprendió a vivir de otra manera, pendiente de ella y de los hijos, para hacerles la vida lo más agradable posible. De lo suyo, en casa se hablaba con naturalidad y todos colaboraban; cuando la voz se le fue entorpeciendo, el mediano era el que mejor le entendía, prácticamente con la vista sabía lo que necesitaba.

Quererse en la salud es fácil, pero ¡ay, cuando llega la enfermedad! Y esa prueba la pasaban cada día con buena nota. Se habían enamorado siendo de una manera y eso se había esfumado. Ahora se querían por quien eres y no por como eres. Convencidos de que, aunque haya enfermedades incurables, no hay personas incuidables; todos arrimaban el hombro.  No podían evitar momentos de lágrimas y tristeza, pero en la fe encontraban la fuerza para secárselas y continuar. La pregunta que se hacían no era ¿por qué? sino ¿para qué?

Coloquialmente entendemos por vividor aquel que vive a cuerpo de rey. Pero en un sentido más profundo, un vividor es el que vive para hacer feliz a los que tiene alrededor; aquel que vive procurando encontrar el sentido, a pesar del sufrimiento: y a veces es fácil y a veces complicado.

Miguel falleció año y medio después de conocernos; a través de su hermano seguí muy de cerca su evolución. Vivía hablando, últimamente por medios electrónicos, de la vida y de la muerte, de alegrías y sinsabores. Sin censurar, buscando el sentido que no siempre es fácil encontrar, optimista y alegre: era un vividor.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/06/24

Un caballo cualquiera

Un caballo cualquiera

“La penumbra somnolienta envolvía las caballerías y las dibujaba fijas como las figuras de plástico que los niños usan en sus juegos; ni el chirriar de la puerta ni el rayo de luz han distraído su calma.

Desde el fondo de la cuadra llegaba el golpeteo de cascos contra el adoquín del suelo y el relincho quedo de un animal inquieto; resoplaba nervioso, sacudiendo la cola, cabeceando arriba y abajo, como quien espera que llegue la hora de la cita.”

Así imaginaba la escena en aquella antigua finca Santa María del Pino a las afueras de Jerez de la Frontera, que ahora toma el nombre del pozo y el albero que le rodea, enclavado donde los caminos del paseo se cruzan. Hace ahora veinticinco años que pasé allí el mes de agosto en un curso de verano. En el recuerdo queda el blanco de las paredes encaladas; el verde de pinos, palmeras y cipreses en distintos tonos; el amarillo albero de los caminos que serpean el jardín. Los paseos adoquinados que se recorren a la sombra del atardecer, la plaza enchiná que reúne los edificios de la vivienda, los soportales que acogen las tertulias al fresco de la noche.

La finca conserva los lagares y las cuadras, ahora habilitadas para otras actividades. El olor a uva en los días de vendimia y el relincho de los caballos que otrora se utilizarían, los percibía en el ambiente. Acoplado en el sillón de mimbre trenzado, con los ojos entornados a la brisa de los pinos, dejé correr la película que había empezado a pasar por mi cabeza.

“Una tarde a la hora de la siesta, cuando los hombres dormitaban su cansancio y las mujeres trajinaban silenciosas en la cocina, D. Manuel salió de la casa -él solo- hacia la cuadra.

El animal sabía que era su día; lo intuía desde que hubo movimiento a su alrededor por la mañana, cuando trajeron un arnés completo con olor de piel nueva. Ahora cerraba los ojos y quedaba relajado al notar las caricias en la frente, el cepillo sobre la piel y unas palmadas de cariño. Mansamente jugaba a ser cómplice del estreno y facilitaba el movimiento para que le colocara el cabezal de borlajes y la montura con baticola, festoneadas de cascabeles dorados.

Antes de la próxima feria quería probarlo con tranquilidad -solos los dos-, por los caminos sombreados del jardín. Desde la casa hasta el pozo, entre acacias, palmeras, pinos y plátanos, repetían pasos de dos, de tres, trote suave, cambios de ritmo, giros y arreones.

De regreso, con engallamiento airoso y paso campanera, caminaba confiado, orgulloso de la carga, levantando la cola como una cascada de espuma, dócil a la mano suave que le sujeta las riendas en corto.

Atraídos por el sonsonete trotón, los hombres han salido uno a uno por la puerta, bostezando su pereza, a sentarse en el banco de piedra del porche enchinado.

Al repicar en el patio empedrado se han puesto de pie para recibirlos bajo los arcos. Terminaba la prueba sonriente, satisfecho. Con una mano le acariciaba el cuello y con la otra le acercaba la oreja para susurrarle algunas palabras. Le ha despedido con una palmada y el caballo ha marchado -sólo- hacia la cuadra.

En corro, los hombres comentaban su sorpresa y se admiraban del arte de D. Manuel, que toma un caballo cualquiera -uno más de la cuadra-, lo enjaeza gustosamente y en sus manos es un animal inteligente, fuerte, temperamental.”

Me removí en el sillón, volví a la realidad y pensé que también en la vida he tenido esa experiencia, la de convivir con personas extraordinarias que no se dan importancia al ayudar a los demás y pasan desapercibidas como otra cualquiera.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

19/06/2024

Despertar

Despertar

El pueblo tiene esas cosas, a las buenas me refiero. Subo a la terraza para saludar el despertar del nuevo día y me encuentro con un espectáculo de color, música y movimiento que me retiene absorto. Respiro hondo el fresco de la mañana, apoyado en la barandilla metálica de barrotes claros y sencillos, desde donde la vista se escapa recorriendo la plaza, paseando por encima de los tejados para acabar escondida allá donde parecen unirse lo divino y lo humano.

El sol despuntando fiel a su cita temprana, se adivina en los rayos que resaltan los copos de algodón suspendidos del firmamento, nubes blancas tiznadas de rosa tibio, anticipo de la tormenta que se formará a medida que avance la mañana. La paleta multicolor me ofrece variedad de contrastes: el del verde barandilla repintado cada primavera por mi madre con el verde de los cipreses que rodean la plaza y sujetan el cielo a la tierra; el de la piedra arenisca de la fachada con el gris hormigón de las gradas; el de los tejados viejos con los nuevos que dibujan en el horizonte una línea nítida de separación entre lo terrestre y lo celeste; el del azul limpio del firmamento que nos envuelve por encima de las nubes con el del terrazo rojizo del suelo.

En un suave barrido de izquierda a derecha, la mirada recorre el cuadro que me ofrece la naturaleza y se detiene un momento en las pinceladas que resaltan los colores. Sólo el movimiento y el canto de los pájaros distraen la atención y despiertan el afán de abarcar el color, la música y la animación en un solo impacto. Las golondrinas, vencejos y palomas se pasean de aquí para allá, llenan el ambiente con la algarabía de sus trinos y ocupan el espacio con el vuelo inquieto de idas y venidas mil veces repetidas.

Las palomas en el tejado del campanario de la iglesia del convento al otro lado de la plaza, se pasean en parejas con el arrullo celoso, propio del ritual conquistador. El ruido imprevisto de una moto las espanta, salen en bandada aleteando agitadas hasta alejarse del peligro y recalan de nuevo en la casa vecina al cabo de un instante.

Los vencejos surcan el aire en movimientos rápidos y quiebros encadenados; intento seguir a uno y me pierdo. Van y vienen, suben y bajan, no descansan, inagotables; dicen que vuelan de modo ininterrumpido nueve meses al año. Les distingue una mancha negruzca en forma de medialuna, cola de horquilla y el chillido que emiten de continuo, breve y monótono

Las golondrinas descansan sujetas a la pared; se dejan caer para iniciar el vuelo desde abajo, enseñando su vientre blanco al pasar por encima de mi cabeza con un canto de gorjeos y trinos.

Así, siguiendo a unos y otros, cerrando los ojos para oír y abriéndolos para dejarme sorprender, parece que el reloj está parado, que el partido se ha detenido en un tiempo muerto; no hay prisa. Llegué ayer con mi madre, marcharé mañana y ella se quedará a pasar el verano. Leí que la familia es el lugar a donde siempre se vuelve; que uno sale a la calle, al mundo, al trabajo, a los amigos, pero después vuelves a casa, con la familia. El que tiene a donde volver, anda por la vida con una actitud distinta. Aquí, en esta primera hora de la mañana siento que he vuelto, porque esta escena que ahora me llena no es nueva y al revivirla hoy, vuelvo a casa.

Que la familia es el lugar donde tu ausencia no pasa desapercibida. Y aunque ahora la casa está vacía, oigo las voces que le daban vida, que me ayudaron a crecer y me acompañan con la huella que me dejaron; al recorrer las habitaciones me saludan ¿qué tal te ha ido? Y entonces estoy preparado para volver a la calle, al mundo, a los amigos.

Y en cuanto a los pájaros, digo yo que la explosión de júbilo habrá sido por verme; el caso es que no he reconocido a ninguno de los de antes. Debe ser que soy lento de despertar.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

12/06/2024

Aunque no lo parece

Una tarde de esta semana, entré a comprar en el super del barrio antes de llegar a casa; era de esos primeros días que el calor se dejó sentir. Dentro se estaba de maravilla: fresquito, poca gente y música de fondo; se me pasaron las prisas y anduve de una estantería a otra repasando lo que necesitaba. Me sorprendió aquella canción eterna que me acompañó hasta la caja, donde una empleada treintañera esperaba sonriente a que pusiera la compra en el mostrador, moviéndose disimuladamente al ritmo de la música, como reteniendo lo que vibraba en su interior para no llamar la atención. ¿Qué es lo que suena? le pregunté por iniciar una conversación y hacerle ameno aquel instante. ¡All Too Well! de Taylor Swift, contestó rápidamente con los ojos bien abiertos. Debí poner cara de interés y coincidió, además, que detrás no había más clientes, porque la muchacha se lanzó a explicarme cómo había disfrutado en el primer concierto de la artista en Madrid el jueves anterior. Me habló con tal pasión del mundo swiftie que a punto estuve de pedirle que me añadiera a la lista una de taylormanía, como si de una bolsa de plástico se tratara.

Mientras caminaba en busca del coche con la bolsa de la compra, se me pasó por la cabeza que aquella chica no parecía lo que era; me refería a que, si no le hubiera preguntado, me habría perdido la oportunidad de descubrir lo que albergaba en su interior. Algo parecido a la historia que contaba en la prensa el fotógrafo Víctor Clavijo en agosto de 2020 y que la recuerdo de la siguiente manera:

Clavijo empezó a impartir una actividad en una asociación por el centro de Madrid, tres días por semana. El local quedaba cerca de una parada de metro y aquel recorrido lo hacía a pie. El primer día, al pasar por la calle Preciados esquina con Callao, se encontró una señora entrada en canas tocando el violín; no le prestó mayor atención. En los días siguientes, comprobó que aquella buena mujer perseveraba en su tarea y le entró la curiosidad; una tarde que iba con tiempo se detuvo a escucharla. No le gustó y marchó rápido. Otro día pensó que podría hacerle unas fotos y buscando el encuadre adecuado se situó al lado de un señor mayor apoyado en la pared. Cuando iba a guardar la cámara, aquel hombre le preguntó ¿le gusta? “Pues no, me parece que lo hace francamente mal, aunque no soy un experto” “¿y a Vd.?” A mí sí “¿por qué?”  Porque es mi mujer. Se quedó de piedra y reaccionó interesándose por las circunstancias. Él era un virtuoso del violín, había sacado adelante la familia con la música; cuando no tenía trabajo fijo se venía a esta esquina y el público respondía con generosidad. Pero desde hacía un año que una dolencia le impedía seguir tocando; a pesar de la avanzada edad, ella le animó a que le enseñara, así podría ocupar su sitio en aquella esquina y conseguir el sustento para los dos. Allí estaban los dos cada tarde, ella dejando a un lado la vergüenza de exponerse al público y él para apoyarla y cuidar de ella. A partir de aquel momento, Víctor se acercaba a saludarles y hablar un poco con ellos. Cuando acabó la actividad se despidió “ha mejorado mucho” les dijo; y pensó que el roce hace el cariño y el cariño descubre lo que la mirada no ve.

Ahora cuando mira las fotografías que le hizo aquella tarde, en aquella mujer ve una artista, aunque no lo parece.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

05/06/2024

Corazón de melón

Corazón de melón

¡Melón, que eres un melón! me decía mi hermano cuando quería provocarme ante los roces habituales; me irritaba, lo tomaba como un insulto vejatorio que atentaba contra mi dignidad y, para defenderla, entraba al choque en el cuerpo a cuerpo con todo mi orgullo, pero las fuerzas eran proporcionales a la edad y siempre salía mal parado. Quizás por eso, estuve a punto de borrar el mensaje que recibí con el enlace a una canción que tiene por título “corazón de melón”, si no fuera porque Miguel Ángel que me conoce bien, escribía: “escúchala que te va a interesar; además, nada tiene que ver con la que cantaban las hermanas Benítez en una película de Cantinflas de 1958. Esta es de Marta Santos, una joven sevillana que ahora suena con fuerza y engancha con su ritmo.”

Por la tarde habíamos quedado en asistir a una jornada sobre “educar en la belleza”; aproveché el viaje para escuchar la canción y estar preparado por si surgía en la conversación. A la primera me dejé llevar por el sonido flamenquito a ritmo de guitarra y palmas; a la segunda descubrí que la letra tenía un mensaje de amor, positivo y vibrante, que sirve tanto para el amor humano como para el divino. A la tercera me sorprendí tarareando algunas frases:  “Ay corazón de melón, cuánto te quiero; ayer mientras dormía, te dibujaba en sueños” “Dime si bajaste del cielo, porque con tu sonrisa mi mundo es más bello” “Mi corazón ya no cabe en mi pecho, porque la vida ahora es más hermosa, te tengo a ti, eso es lo que importa” “Desde que tú llegaste, ya no he vuelto a ser la misma; me cambiaste los planes, tú me has hecho brujería” “Libre como el viento, sin remordimientos; y no tengas miedo a caer que todo tiene cura, aunque a veces duela, contigo siempre estaré”

¿Qué te pasa? Me preguntó Miguel Ángel cuando me vio llegar sonriendo; le hice un gesto de tocar palmas entonando ¡ay corazón de melón! y nos reímos los dos. El vestíbulo estaba lleno a la espera de que abrieran la sala. Me llamó la atención un tipo bajito de aspecto curioso por su indumentaria peculiar, a quien mucha gente se acercaba a saludar.

Después de las dos primeras intervenciones hubo un descanso. A continuación, presentaron al siguiente ponente y me puse en alerta dando un respingo en el asiento: era el señor del vestíbulo y resultó ser catedrático de estética. El presentador se alargó comentando su currículum y acabó citando el último libro que había publicado; presumió de tenerlo dedicado por el autor y dijo que lo conservaba como una joya.

Desde el atril, el conferenciante dedicó las primeras palabras a ese libro, para aclarar que es la primera vez que de manera monográfica había escrito sobre la belleza: “pero no vayan Vds. a buscar grandes planteamientos, porque en realidad el libro va dirigido a mi mujer. Ese año se cumplían los veinticinco de casados y era mi regalo de bodas de plata. Con el libro quería decirle básicamente “Mamen te quiero” y me salieron doscientas y pico páginas. No se nota, bueno Vds. no lo notarán, pero ella sí lo notó. Además, la portada son unas flores que ella cultiva con mucho cariño”.

Las alertas que se me habían disparado levantando una muralla defensiva, cayeron por los suelos en pocos minutos; en varias ocasiones volvió a citar a Mamen como alguien que está muy presente en su pensamiento y en su corazón. Con esos comentarios nos hizo reír, a la vez que por los poros de la piel transpiraba el cariño y admiración que le tiene.

La conferencia resultó muy amena; aquel tipo sabía mucho y lo decía muy bien. Pero lo que de verdad me impactó no fue su sabiduría, si no su corazón enamorado, un auténtico corazón de melón.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

29/05/2024

De rostro apacible

De rostro apacible

“La noche pasada me desperté muy pronto. A las cuatro y media de la madrugada entraron en la habitación tres enfermeras acompañando a un hombre de unos setenta años, en estado lastimoso: arrastraba los pies con dificultad, demacrado y con la respiración entrecortada. No hice otra cosa que acompañarle con la mirada.”

Esta historia estaba entre los papeles que Juan escribió durante el mes que estuvo ingresado en un hospital de Sevilla, hasta que falleció el 16 de junio de 1994. María, su novia, se los entregó a Ernesto Juliá con el ruego de que los publicara si lo consideraba oportuno.

“Al pasar delante de mi cama, el hombre volvió su rostro hacía mí, me sonrió como pidiéndome perdón por haber venido a molestarme en esos momentos. Yo llevaba tres semanas en el hospital y era el primer enfermo en sus condiciones que se presentaba con una sonrisa. Después de acomodarlo y dejándolo bajo la mirada protectora de una mujer algo mayor que él, se apagaron las luces de la habitación.

A primera hora de la mañana, aprovechando su dormir, me fijé un poco más en ellos. Sin duda provenían de algún ambiente rural, aun­que las facciones, especialmente del hombre, eran cui­dadas. Sobre la mesilla de noche habían puesto dos imá­genes: de un crucificado, una, y la otra, de una mujer que no supe decirme quién era. Entre las manos, el hombre tenía una especie de collar de cuentas negras. No descubrí nada más.

María llegó pronto. Hemos tenido que conversar en voz baja para no despertar a mis vecinos. Después apareció mi madre con una amiga. Le presenté a María, a quien todavía no conocía, y le pregunté sobre mi bautismo. Mi madre ha confirma­do mi sospecha de que no estoy bautizado. María me informó que mi vecino era un sacerdote. Había encontrado ocasión de hablar con la mujer que le acompañaba -la her­mana- y le contó que la enfermedad era cáncer de estómago, muy avanzado. María se despidió con una caricia de sus labios sobre mi frente. El aliento de vida que me insufló me acompañó el resto del día.

Hoy es el tercer día que este hombre y yo nos hace­mos mutuamente compañía en silencio. Era la primera vez en mi vida que me hallaba a solas con un cura. Él no ha podido hablar hasta ahora y con su hermana se entien­de por señas. Ayer noche los médicos decidieron libe­rarlo de todos los cuidados y dejar que la enfermedad siga su curso -ya breve- hasta el final. En cuanto sea posible, conversaré con él sobre eso de «la vida eterna».

El rostro apacible, sereno y hasta sonriente de mi veci­no se me figuraba muy distinto del que mi imaginación había asignado a los curas. A media mañana tuvimos la oportunidad de charlar un rato. Mi curiosidad ha ido creciendo a lo largo del día, lo reconozco. Fui yo quien decidió comenzar: «Usted y yo vamos a morir pronto, le dije, ¿espera encontrarse algo más allá?».

Se tomó unos segundos para responder: «Yo sé que Alguien me espera y no un desconoci­do. Ya lo he encontrado tantas veces de este lado, en este «más acá».

«¿Lo sabe o lo cree?».

«Lo creo y lo sé, a la vez. Sólo tengo una cabeza capaz de creer y de saber».

«Yo no lo creo y tampoco lo sé. Mi cabeza me dice que esto se acaba», respondí.

«¿No será, hijo mío, que hay algo dentro de ti que clama por…?

No consiguió terminar. Me incorporé por si necesita­ba algo, y sólo alcancé a mirarle un instante a los ojos, antes de que los cerrara en una mueca de dolor que le cruzó el rostro. Se contuvo, consiguió sobreponerse y comenzó a rezar en voz baja un Padrenuestro. Murió sonriendo.

Toqué el timbre para avisar a la enfermera y me sobrecogí. Me lo imaginé ya delante de ese «Alguien», su amigo; y me convencí de que aquel hombre «sabía y creía». ¿Cómo? No lo sé. Sí admito que le tuve una cierta envidia y deseé para mí el «saber y creer» que él guar­daba en su corazón. Se me hizo un nudo en la garganta y, aunque me esforcé por no hacerlo, le lloré.”

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

22-05-2024