El cabás

El cabás

Si la vida de una persona empieza con el primer recuerdo que guarda, la de Javier se estrena con una escena en la que va de la mano con su hermano y lleva un cabás en la otra.

Carlos, dos años mayor, empezó a ir a párvulos con Doña Encarna en la Escuela de la calle Alta. Javier se quedaba en casa con su madre, llorando porque su ilusión era hacer todo lo que hacía su hermano. Por las tardes bajaba a esperarle en la calle y en cuanto le veía, iba corriendo a su encuentro. Carlos le dejaba el cabás y le llevaba de la mano. Ese trozo de calle, Javier lo recorría estirado, dando pasos de mayor y mirando a la cara de su madre para que se enorgulleciera del hijo pequeño.

El cabás era un maletín de madera o cartón, donde se guardaba la pizarra, la tiza y el trapo de borrar. Era todo lo suficiente para ir a la escuela; por entonces no había bocadillo que llevar para el mediamañana, porque el hambre se mitigaba con la leche en polvo de la ayuda americana que llegó desde 1954 a 1968. A la hora del recreo venía una señora por cuenta del Ayuntamiento, preparaba una olla enorme y se ponían en fila con el vaso de plástico duro rugoso en la mano. El de Javier era azul y llevaba las iniciales que su padre había grabado con la punta de la navaja.

Cuando a Javier le tocó ir con Doña Encarna, heredó el cabás de su hermano, pero entonces su ilusión ya era llevar una cartera como la de Carlos; y luego quiso tener bicicleta, como la suya, y moto, y pandilla, y… Fue una ventaja grande tener un hermano que iba por delante abriendo camino, porque le facilitó la apertura a la vida hasta que su propia personalidad escogió el camino que le correspondía.

El cabás que siempre le ha acompañado en todas las etapas de la vida, además de la pizarra, la tiza y el trapo de borrar que le recuerdan de dónde viene, estaba repleto de ilusiones. Por el cabás han pasado las de la niñez, que acaban en risas o llanto según se consiguen o no. Las de la adolescencia, vividas con impaciencia porque en esa edad no hay medida del tiempo y lo que esperas, lo quieres ¡ya! Las de la juventud, aquellas primeras metas alcanzadas, vividas con fuerza e intensidad. Las de la madurez, bañadas por la serenidad que aporta la vida.

Quien tiene ilusiones vive con alegría, la de alcanzar lo que se ha propuesto; es un anticipo del gozo que esperamos con los proyectos. Disfrutar de la vida también es una ilusión, un proyecto que se hace realidad cada día.

Hoy, sin idealismos ni actitudes inmaduras, de ganas de levantar la persiana cada mañana, de anhelos por disfrutar lo que la vida ofrece cada jornada, de proyectos que ilusionan, sigue repleto el cabás.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

20/09/23

El color de los sueños

El color de los sueños

La habitación que ocupo cuando voy a casa de mi hermana está orientada hacia el mar; desde un 5º piso de una casa situada al inicio de la parte alta de Barcelona, la altura permite ver el agua en los días claros por el espacio que abre la calle de enfrente en su descenso hacia el corazón de la ciudad.

Al levantar la persiana esta mañana, la naturaleza me guardaba una sorpresa. Después de unos días nublados y lluviosos, las nubes se estiraban por el firmamento dejando huecos por los que se asomaba el sol. El reflejo sobre la superficie inmensa del mar tranquilo me llegaba hasta la ventana como un tintineo de miles de espejos chiquitines que brillaban con guiños de alegría. Con la nariz pegada al cristal de la ventana, me he dejado llevar de aquella maravilla y la imaginación ha volado en un aleteo de gratitud y contento, recorriendo desde las alturas el universo de mis sueños, tejidos de familia, amigos, proyectos, ilusiones, aficiones… ¡Tanto hecho, tanto disfrutado! Y tanto por hacer, que me parece que una vida será poco, porque al registro de entrada llegan más que al de salida y la cola de los sueños pendientes crece y crece.

Así estaba cuando he recordado un fragmento de la novela “Blanca como la nieve, roja como la sangre” del italiano Alessandro D’Avenia. El protagonista, Leo, es un adolescente en estado puro que tiene la cabeza llena de líos y el corazón de buenos sentimientos no siempre bien aplicados. Está en busca del sueño que de sentido a su vida:

“Yo todavía no tengo un sueño concreto, pero justo eso es lo bonito. Es tan desconocido que me emociono solo de pensarlo. Silvia también tiene un sueño. Quiere ser pintora. Silvia pinta muy bien, es su afición preferida.

—Pero mis padres no quieren, apunta Silvia. Dicen que eso solo puede ser una afición, pero jamás mi futuro.

Definitivamente, los mayores están en el mundo para recordarnos los miedos que nosotros no tenemos. Los mayores tienen miedo. En cambio, a mí me alegra que Silvia tenga ese sueño. Cuando habla le brillan los ojos, como brillan los ojos del Soñador (el profe) cuando explica. Como brillaban los ojos de Alejandro Magno, de Miguel Ángel, de Dante… Los ojos rojosangre, llenos de vida… Para mí, el de Silvia es el sueño oportuno. Le he pedido que me mire los ojos y que me avise cuando brillen, así a lo mejor descubro mi sueño mientras le hablo de algo, no vaya a ser que esté distraído y no me dé cuenta.”

A ver si lo entiendo: si tienes un sueño los ojos te brillan, como lo hacían los de grandes personajes, con brillo rojosangre, llenos de vida. Es decir, si tienes sueños estás lleno de vida.

Claro, ahora entiendo por qué mi madre ha llegado a los cien y tan contenta.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader