¡Perfecto!

¡Perfecto!

¡Perfecto! Así respondía Víctor para agradecer cualquier favor que recibía, con una sonrisa que convertía en grande lo pequeño y te hacía sentir valioso; por que el grande y valioso era él, tanto como su corazón donde cabían todos y todo lo de todos. Esa frase resumía su actitud en la vida, su forma de estar en el hoy; con optimismo, pasando por encima de las dificultades que en forma de barreras se presentan a cualquier hora; y a él no le faltaron

Una meningitis le dejó sordo antes de que hubiera aprendido a hablar, recién cumplido su primer año. Esa limitación que fue para él una señal de identidad, la convirtió en la oportunidad de rodearse de amigos en los colegios para sordos de Málaga, Granada y Madrid donde estudió. Y de implicarse con ellos en una actividad incesante en las asociaciones Asogra, Ecosol-Sord o en la Parroquia de Santa María del Silencio.

Nació y creció en Granada, en el seno de una familia numerosa, arropado por sus padres y hermanos que le trataron como uno más, que tan poco él quería distinciones. En la misma casa tenían de vecinos a los abuelos y a los primos. Cuando los López-Jurado y los Escribano salían a jugar, la calle Duquesa y la plaza de la Trinidad se llenaban de griterío y las palomas volaban a sitio seguro. Los veranos en Huétor Santillán son un pozo repleto de recuerdos que surgen cuando los hermanos se juntan salvando las distancias físicas, que las del cariño nunca les han separado.

Tenía destreza para el dibujo y sensibilidad para plasmar en la tela lo que otros no vemos al contemplar la naturaleza. Esas cualidades le permitieron incorporarse como delineante al despacho de arquitectos de su tío, donde empezó a trabajar muy joven. En Madrid, donde recaló la familia por traslado profesional de su padre, compaginó el trabajo y los estudios de Restauración en la Escuela de Bellas Artes. Superó la selección para una plaza de restaurador en el Museo del Ejército, puesto que cubrió sus aspiraciones profesionales hasta la jubilación, complementado con muchas horas dedicas en su estudio a pintar cuadros y encargos que le llegaban. De sus estancias en El Cárcamo, la finca familiar en un pueblecito cerca de Loja regresaba con la carpeta repleta de apuntes que luego trasladaba al lienzo.

La fe que impregnaba su vida y que procuraba hacer realidad en el día a día, le llevaba a ser leal con Dios y con sus amigos, a los que dedicaba tiempo y cariño. Últimamente salía de excursión al monte cada semana. Lo disfrutaba y te lo hacía disfrutar cuando lo contaba. Un martes de febrero volvió cansado y notó que le costaba respirar. Sus compañeros de caminata no habían notado ningún signo de flojera. Aprovechó una visita al médico para una revisión periódica y le comentó los síntomas. El buen galeno confirmó con pruebas posteriores lo que en la primera prospección le alarmó; unos ocupas disfrazados de células cancerígenas habían invadido el pulmón derecho y constreñían la libertad de respirar aire limpio con la frecuencia que pedía el ritmo de sus pasos ligeros, porque Victor no era de los que andaban despacio.

Recibió la noticia de la enfermedad como si de algo pasajero se tratara y adaptó su ritmo de trabajo con la mirada puesta en el cielo y en los proyectos que tenía en la tierra. En este tiempo hemos tenido oportunidad de hablar de lo divino y de lo humano; miraba a la muerte de frente pero no la tenía presente, consciente de que llegaría, pero todavía tenía mucho que hacer y no estaba dispuesto a esperarla sentado. Alguna vez se preguntó ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? sin esperar respuesta y a continuación redoblar su confianza en Dios.

El primer domingo de octubre estuvo en la parroquia dando catequesis; por la tarde ingresó en urgencias con insuficiencia respiratoria. El lunes le acompañé durante la noche en la clínica; su modo de agradecer a las enfermeras cada una de sus intervenciones, no era una pose, dejaba poso. El miércoles ya muy tarde estuvimos hablando por videollamada; a pesar de la mascarilla que le dificultaba, quería contar las visitas recibidas, que había estado preparando la clase siguiente y los planes para el jueves. Esa conversación era un resumen de su vida: siempre en activo pensando en los demás. Cuando el diez de octubre se desperezaba y la clínica recuperaba la actividad, Dios le modificó la agenda y nos dejó huérfanos de Víctor.

Avanzamos despacio siguiendo el carro fúnebre; la sepultura abierta esperaba la llegada del cortejo. Los operarios sujetaron el féretro y, a una indicación, iniciaron el descenso; la música que recorría los rincones del cementerio, allí se mezclaba con las avemarías que incoaba el sacerdote. Unos cuantos claveles cayeron sobre la tapa de madera y la losa empezó a deslizarse lentamente, hasta que un sonido blando, redondo, anunció que había encajado completamente y el acto se daba por finalizado. Costaba levantar la mirada porque los ojos aún seguían borrosos, secuelas de alguna lágrima furtiva. Salimos despacio para apurar los últimos momentos en su compañía; antes de cruzar la verja del portón, me volví reclamado por una voz. Entre el verde de los cipreses y el azul del cielo, la figura de Víctor me sonreía con el pulgar hacia arriba, señalando la sepultura con la mirada y diciéndome ¡perfecto!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

15/10/25

La cerilla

La cerilla

Su madre estaba ocupada con la plancha y además tenía la lavadora en marcha. La idea que otras veces había rechazado ahora volvió con fuerza y le arrastró a la cocina sin oponer resistencia. Empujó la silla desde la mesa hasta la encimera con cuidado para no hacer ruido, comprobó que estaba bien apoyada, se aupó hasta el asiento con movimientos mal coordinados pero eficaces. Se puso de pie, alargó la mano y se detuvo asustado por un ruido imprevisto; era la nevera. Comprobó que poniéndose de puntillas alcanzaba hasta la repisa donde su madre dejaba el encendedor de gas y la caja de cerillas. Se giró hacia la puerta, no había peligro y ahora sí se hizo con la caja. El corazón le temblaba y las manos se contagiaban; la mirada atenta a los movimientos que tenía interiorizados. Empujó con el pulgar y aparecieron las cerillas, ordenadas, quietas, dormidas. Sacó una, puso la caja de lado sin cerrarla y algunas cerillas cayeron al asiento de la silla. Las metió con nervios, desordenadas, cerró y presionando con la yema del índice desplazó la cerilla por el raspador. El fogonazo le pilló desprevenido, sin darle tiempo a separar el dedo y sintió la punzada de la quemadura. Soltó la cerilla y la llama se apagó mientras caía al suelo. Se chupó el dedo y lo restregó en el pantalón. Se aseguró de que estaba seco y volvió a intentarlo. Ahora estuvo más ágil y cuando el roce provocó la llama, sostuvo la madera entre el índice y el pulgar; la sonrisa le traspasó de oreja a oreja mientras la llama proyectaba dos sombras: la suya y la de su madre que escamada por el silencio se había acercado a la cocina y desde la puerta contemplaba la operación sin dejarse notar.

Volvió al cuarto y lo llamó ¿Andrés qué haces? Se asomó, la vio cómo se movía con destreza con la plancha en la mano “nada mamá”. En cuclillas para que las dos miradas quedaran a la misma altura lo besó. Le enseñó el dedo accidentado, algo ennegrecido. ¡Ahí va! ¿qué ha pasado? Empezó repitiendo palabras inconexas sin acertar en el relato; percibió que su madre se había olvidado de la plancha y le dedicaba toda la atención del mundo, así que poco a poco se entonó y le contó toda la aventura con la emoción de quien ha realizado una gesta inconmensurable. La madre le escuchaba con los ojos abiertos y los morritos de pez, como a quien le interesa esa historia lo más de lo más. Cuando acabó le dio un abrazo ¡que valiente mi chico! Y ahora vamos a curar el dedo. Allí quedó interrumpida la conversación porque se oyeron las voces de su padre y las tres hermanas mayores que llegaban de la calle.

Le costó dormirse, hecho un ovillo tan apenas abultaba en la cama bajo la sábana. Su madre le despertó más tarde, que para eso eran vacaciones; rezaron juntos las oraciones de la mañana y, después del aseo, se sentaron juntos a desayunar. ¿Cómo está el dedo chamuscado? Se lo enseñó mirándola a la cara. Va bien ¿Y qué tal has pasado la noche? Le contó que en su interior la cerilla había estado encendida toda la noche y una llama gigantesca le alumbró el sueño como si fuera de día. Con aquel relato se ganó un beso. Mira Andrés, lo que hiciste ayer no está bien. Le añadió unos cuantos motivos que escuchó con atención, a la vez que las piernas colgando de la silla se balanceaban con nerviosismo. Y esta tarde, cuando nos quedemos solos, te enseñaré cómo se enciende una cerilla.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

13/08/25

Despertar

Despertar

Los primeros días de agosto los paso en el pueblo, una estancia corta para poder llegar a todos los planes que se quedan pendientes para el verano. Hay aquí dos alicientes que hacen de estos pocos días algo irrenunciable: mi madre y la casa que me vio nacer, crecer y volar; cada peldaño, cada rincón, cada sala, almacenan vivencias que me acompañan allí donde esté sin necesidad de hacerse presentes.

Al atardecer, cuando el sol se esconde y mueve la brisa, me siento a leer en la terraza; antes de sumergirme en el libro, la vista recorre el horizonte paseando por encima de los tejados y, cruzando el puente sobre el pantano, se pierde en el infinito. El silencio llena el espacio, a ráfagas roto por el chillido de unos críos que juegan en el parque. Cuando la luz se hace débil, los pájaros revolotean en quiebros audaces en busca del alimento que llevar al nido. La silla baja que me acoge -dos palmos sobre el suelo- es la silla de costura de la abuela, la que después sacaba mi padre a la calle después de cenar en las noches de verano para hacer un rondo con los vecinos.

Leo una recopilación de apuntes que Gustavo Martín publicó en un libro titulado “El cuarto de al lado”, muchos de ellos proceden de escenas familiares. En la cena le repaso a mi madre uno que me ha impactado sobre los demás: “Son las ocho de la mañana. Antes de salir de casa entro a despedirme de los niños. Ella está tan recogida en su cama que apenas abulta sobre las mantas. Muerta de sueño te habla del partido de esta tarde. Le beso la mejilla, el cuello, y cada beso es un gol de su equipo. Luego voy a ver a él. Al acercarme frota su cabeza contra la mía, como un carnerito. Se lo digo “eres el vellocino de oro” y se echa a reír. También le lleno la cara de besos. Luego beso a mi mujer. Se estiran, bostezan, vuelven a arrebujarse entre las sábanas calientes y blancas, como embebidas de luz lunar. Luego me alejo por el pasillo con la sensación de ser una figura de sus sueños que se retira con cautela al iniciarse la escena siempre incierta de un nuevo día”.

Es mi madre la que reacciona enseguida, removidos sus recuerdos por la lectura. “En casa era distinto, tu padre se iba pronto al campo y era yo quien me encargaba de despertaros. Un día de verano cuando ya anochecía, llegaste a casa cansado y sudoroso, apoyado en tu bicicleta que antes fue la mía. Te recordé lo de cada noche: «lávate, cena y a la cama». Tu queja saltó como muelle comprimido, alegando que todavía tenías planes: «mamá, que después me esperan en la calle para jugar, y luego queremos hacer … Antes de llegar al postre cediste al cansancio y te quedaste dormido sobre la mesa, agotado, pero tu día no se había acabado. Me contaste que por la noche parecías un volcán en activo, tu imaginación sugería un sueño, otro y otro; confundiendo la realidad y la ficción, creíste seguir despierto. A la mañana cuando te desperté, de un sobresalto quedaste sentado sobre la cama, restregando tus ojos con las manos cerradas; de golpe acudieron a tu cabeza la pelota y el partido, la bicicleta y la excursión, la pandilla, la calle … No te iba a quedar tiempo para todo y pediste un deseo: ¡mamá, que no se acabe este día!”

¿Y me lo concediste? Mueve afirmativamente la cabeza, en un gesto casi imperceptible y nos reímos. Sabe, porque se lo he contado otras veces, que mis mañanas empiezan sentado en el borde de la cama o de rodillas al pie de la imagen que guarda mi cabecera para dar sentido a todos los planes y personas que llenan el día. Y que ella sigue presente en ese despertar.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/08/2025

El angelito del mueble

El angelito del mueble

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ponerse de pie, se notó destemplado. Era pronto para encender la calefacción, la casa se había quedado fría y aquel lunes otoñal le pillaba con un resfriado que le había rondado todo el fin de semana. Desde la ventana confirmó que el día estaba a tono con su cuerpo; cielo gris, lluvia fina, tráfico lento y gente encorvada bajo el paraguas avanzando con dificultad por las aceras. Daban ganas de quedarse en casa y dejar la visita para otro día. Pero la llamada de este pensamiento no fue atendida en su interior y continuó con las rutinas, un gran invento para cuando la cabeza está embotada y no acierta a dar indicaciones al cuerpo. La infusión caliente le devolvió algo de color a la cara, sonrió al tipo que le miraba desde el espejo y cerró la puerta con cuidado.

Por el camino avisó de que podía llegar con retraso, aunque no acertó con la previsión. El trayecto fue mejor de lo que esperaba y el ángel de la guarda le había reservado un sitio para aparcar casi en la puerta. Ya que no podía darle propina, le hubiera gustado dedicarle una sonrisa generosa, pero le salió una de mínimos.

El colegio ya le resultaba familiar después de varias visitas a la directora, una monja a punto de jubilarse como docente pero que necesitaría otra vida para poner en marcha todos los proyectos que tenía en cola; ni las fuerzas ni la disposición le faltaban y era tal el entusiasmo que ponía al contarlos que contagiaba sus ánimos. Aunque sólo fuera por el chute vital que recibía, daba por bien empleado el tiempo que pasaba con ella. Con los pies firmemente asentados en el suelo, la cabeza bien amueblada con la experiencia de la vida y el corazón metido en Dios, aquella mujer convertía en sencillos los temas profundos desgranados en una conversación amena y se les iba el tiempo transitando de lo humano a lo divino, en un viaje de ida y vuelta.

En la sala ya habían puesto la alfombra del invierno, el radiador desprendía un ligero temple, el ambiente era acogedor. Pero lo que de verdad le hizo entrar en calor y olvidarse del resfriado, de la lluvia y del incordio del tráfico, fue el recibimiento de aquella sonrisa enmarcada en la toca, la acogida afectuosa, las palabras cariñosas y la mirada atenta. La calidez que le envolvió tenía más de emocional que de material; notó que el corazón recuperaba el ritmo, el cuerpo se desencogía y los ojos le brillaban para acompañar sus primeras palabras.

Le llamaron la atención unos ángeles de porcelana sobre el mueble; aquellas figuras en distintas posiciones transmitían una sensación de paz. Cogió el que le pareció más simpático y lo llevó a la mesa donde iban a trabajar. El pobre angelote se quedó dormido al poco, aburrido de escuchar análisis y propuestas de asuntos terrenos que entre los suyos están devaluados.

Mientras la directora salió para atender una llamada, lo tomó delicadamente entre las manos y, contemplándolo, casi se queda dormido también. Tal era la paz que aquella figura le transmitía, la que se respiraba en aquella sala y la que había percibido en el recibimiento.  La paz es fruto del ejercicio del bien. Por eso aquellas personas que se esfuerzan por practicarlo, encuentran la paz en su interior y además la transmiten a su alrededor.

Aquel lunes otoñal se estaba caldeando, recuperaba el tono anímico y la alegría de vivir gracias a esas personas que te encuentras en la vida y, también, al angelito del mueble.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

15/05/2025

La paga del domingo

La paga del domingo

(Recuerdos autobiográficos)

Los domingos comían despacio porque estaba su padre y había más platos: garbanzos con arroz, gallina con patatas y manzanas que les daba su tía (su padre no tenía frutales en el campo). Pero a Joselín le costaba aguantar sentado hasta el final; medio sentado, medio de pie, comía el postre inquieto, porque hacía tarde; sólo la paga le frenaba; esperaba con ansiedad el momento en que su madre sacaba el monedero del armario y repartía la paga a los dos hermanos. Y eso no sucedía hasta que no hubiera pasado el parte. A su padre le gustaba oír la radio, las noticias, y sólo los días que comía en casa podía escuchar el parte del mediodía. En ese momento bajaban la voz y escuchaban en silencio: “Al oír la última señal serán las catorce horas treinta minutos: pí, pí, pííí; Radio Nacional de España, diario hablado del mediodía”. A los pocos minutos, el ambiente se relajaba y Joselín volvía a los nervios, las prisas, la paga. Ahora recibía un duro, ¡una fortuna! Se acordaba de cuando le daban tres pesetas, luego pasaron a cuatro y ahora ¡cinco! En ese momento, su padre fingía una suave protesta porque él no tenía paga. Joselín marchaba corriendo, contento con su duro, después de besar alocadamente a su madre y con cuidado a su padre: el padre de Joselín se afeitaba los domingos por la tarde.

Los domingos después de comer iba al cine; ahora ya podía ir a butaca con sus amigos. Hasta entonces iba siempre a general, porque butaca valía cuatro pesetas. Pero aquel domingo no iba al cine; había fútbol y en el fútbol el señor de la puerta les dejaba pasar después de que había empezado el partido y ya no entraba más gente. Era buen hombre y conocía a un amigo de su padre; cuando llevaban un buen rato esperando y no molestaban, les daba lástima y los dejaba pa­sar a general, en el sol.

Ese domingo tenía prisa por llegar el primero a jugar a canicas, antes de ir al fútbol; si no llegaban los primeros, los mayores les quitaban el guá y no podían jugar en el rellano de piedra. Las escaleras de la Parroquia eran de losas grandes y tenían un descanso amplio, con guás arañados en la piedra en los que ya había jugado su padre, cuando vivió en el pueblo antes de marchar al campo, porque en la guerra una bomba les dejó sin casa.

Era primavera, el sol de aquella hora temprana apelmazaba el ambiente de la tarde, el silencio de la siesta amortiguaba el inoportuno ruido de un motor o los gritos de algún chiquillo que bajaba la calle corriendo en busca de la golosina esperada toda la semana. A ras de suelo, la partida reunía a Joselín y sus amigos alrededor del guá. Su madre le reñía por las rodillas, por las puntas peladas de los zapatos buenos del domingo, por los bolsillos del pantalón corto siempre cargados de bolas. Joselín tenía buena puntería y estilo propio; tenía buen ganar y buen perder, por eso no le faltaban amigos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

30 de abril de 2025