Jun 8, 2023 | Escritos
Una mañana de primavera, de esas que en Madrid son limpias y frescas, regresé al colegio después de resolver unas gestiones. En el trayecto desde el aparcamiento a la entrada, me crucé con Luis Mª, un profesor joven con el que tenía confianza. Me levantó el dedo índice de la mano derecha, gesto que interpreté como “un momento por favor”. Oye Rafa ¿tienes prisa? Pues no, nada especial. Entonces ¿por qué vas tan rápido? Y cuando nos despedimos, hice el esfuerzo de continuar andando más despacio.
Eso sucedía en 2001, por entonces Luis Mª estaba soltero. Hoy es un veterano profesor, muy querido en el colegio, padre de cuatro hijos. Y en mí tiene un incondicional, que le está muy agradecido por aquella observación que la he tenido muy presente y me ha servido de mucho.
Pasados unos años, un mes de octubre estuve en Roma en un encuentro de escuelas europeas. Una de las tardes, fuimos a rezar a la Basílica de San Pedro. En la primera capilla que te encuentras a la derecha, se puede admirar “La Piedad” de Miguel Ángel. A continuación, en la segunda capilla, puedes rezar ante la tumba de San Juan Pablo II; sigue después la capilla del Santísimo con el sagrario monumental de Bernini, las reliquias de San Juan XXIII, la estatua de bronce de San Pedro, el baldaquino de Bernini…
Y ahí, después de haber cumplido todas las mandas que llevaba, mientras esperaba al resto del grupo al inicio de la nave, volví a recordar a Luis Mª y su consejo. Me vi reflejado en aquellas gentes que entraban precipitadas, deslumbradas por lo que descubrían, que se movían con prisa en su afán de llegar a todo. No es suficiente con ver, hay que mirar despacio, con serenidad, para descubrir la belleza que guardan las cosas. Las prisas nos llevan a la rutina, que convierte el paisaje que nos rodea en algo monótono, donde difícilmente vemos algo resaltable.
Una lástima entrar con prisas en San Pedro y, nada más entrar, perderse la contemplación de la belleza que desprende La Piedad. Allí se necesita un Luis Mª, que como a mí, levante el dedo índice de la mano derecha y pregunte a cada uno ¿dónde vas tan rápido?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
7/06/23
May 25, 2023 | Escritos
Desde hace unos años visito un colegio en Oporto y varias veces al año soy usurario de su magnífico aeropuerto, que a estas alturas ya me resulta familiar.
La nueva terminal fue inaugurada en 2006 con un estilo moderno, funcional; desde el primer momento me llamó la atención la limpieza y luminosidad. Cinco claraboyas acristaladas en el techo dejan pasar la luz natural hasta el último rincón de la nave. Además, la pared del lado aire es de puro cristal y permite ver como aterrizan y despegan los aviones.
Una tarde de este mes de mayo, finalizada la visita al colegio, preferí marchar directamente al aeropuerto y esperar allí la hora del vuelo. Superado el trámite del control, paseé tranquilamente por la planta superior
, disfrutando de la arquitectura interior y de los amplios espacios que genera.
En esta ocasión me llamaron la atención unas mesas que antes no estaban, diseñadas para trabajar de pie o sentado en unos taburetes altos, de los que te dejan las piernas balanceándose como un columpio; cada puesto tiene un enchufe para el ordenador. Las tres mesas que encontré tenían los puestos ocupados y tuve que esperar para instalarme en uno de ellos.
Agradecí a quien hubiera detectado esa necesidad, aportando una solución práctica, estética y bien pensada. Ese pequeño detalle me ayudó a no sentirme solo: alguien ha pensado en mí. En esos lugares, es fácil encontrarte con personas que hacen cara de estar solas; personas que no tienen con quien compartir.
Hay una soledad querida, que es buena porque nos permite estar más cerca de nosotros mismos y conviene provocarla de vez en cuando. Pero hay otra soledad impuesta que produce dolor, porque las personas estamos hechas para compartir, para convivir “vivir con”; no es un capricho, es una necesidad. La persona se realiza en la relación con los demás; y aunque la convivencia no sea idílica, siempre es preferible a estar solo. Podemos buscar refugio en las cosas, pero estas no satisfacen las ansias del corazón como lo hace la relación con los otros.
Siempre me ha admirado mi madre porque, en cualquier situación, es capaz de entablar conversación con quien tiene a su lado. Sea quien sea, acaba encontrando temas comunes que facilitan la relación; se olvida de lo suyo para empatizar con la otra persona. Y para adoptar esa actitud en la vida, ella no ha necesitado volar a Oporto ni conocer su magnífico aeropuerto.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/05/23
Mar 20, 2022 | Escritos
Repasó el escrito y lo guardó; era el punto final a una jornada de trabajo con resultado incierto, un día al que le sobraba una pizca de tensión y le faltaba una pincelada de optimismo: dolor de cabeza, frío interior, catarro incipiente, entrevista desafortunada… Un último esfuerzo para dejar todo en orden: el ordenador, la mesa, las sillas. Desde la puerta recorrió el despacho con la vista, la mirada se detuvo en la imagen y le dedicó sin palabras un adiósgraciashastamañana.
Los lunes, Pedro tenía actividades con un grupo de matrimonios del colegio. Las conversaciones con uno y otro le removían; conocer las inquietudes de la gente buena le tiraban el ánimo para arriba. Hablar de la familia, el trabajo y los amigos; de planes, proyectos, avances y retrocesos -el mundo particular de cada uno, con algo de común en todos- le ayudaban a olvidarse de lo suyo. Era la hora de marchar, pero ya no tenía prisa; se había olvidado de las ganas de llegar pronto a casa.
Se encontró con Miguel al recoger el abrigo, ¿te cuento la última? Y allí de pie se les pasó un buen rato hablando de los hijos.
Por el camino se le iluminó la cara al pensar que le esperaba para cenar juntos a pesar de la hora; los niños ya estarían acostados. En el rellano respiró hondo, se arregló el pelo, abrió. Con el ruido Isabel se asomó al pasillo, la envolvió en un abrazo largo mientras le susurraba ¡gracias preciosa! A ella le costaba sonreír, la tarde se había alborotado, Jorge vino enfadado del cole y no había dejado estudiar a los otros; acabó caliente en la cama, sin cenar.
En la mesa se entretuvieron repasando el día, hablando bajito, unidos por la mirada y el dedo meñique; afloraron recuerdos que actualizaban sentimientos y despertaban nuevas ilusiones.
Recogieron en silencio, recorrió las habitaciones con cuidado lanzando un beso desde la puerta y se retiró a descansar. Repasó el día: el dolor de cabeza, el frío, el catarro o la entrevista desafortunada se habían diluido con el cariño recibido. Cogidos de la mano se le cerraron los ojos; en su interior daba gracias porque el día había tenido de todo, un día completo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 30, 2019 | Escritos
«Antonio es conductor de un autobús que une pequeños pueblos de una comarca castellana. Las aldeas que salpican el recorrido de su ruta están acostumbradas a oír su claxon. Al toque de la bocina, la gente levanta la mano para saludar al conductor, amigo cotidiano, o comenta con literal exactitud: «Ahí pasa el coche-correo» (como siguen llamando al autobús los vecinos de toda la vida).»
Así empieza «Elogio de un hombre amable» escrito por Dora Rivas y publicado en el semanario Alfa y Omega del 27-11-2008. Hoy, buscando otro asunto, lo he recuperado del archivo donde lo guardé y me ha emocionado tanto como entonces:
«He viajado varias veces en su autocar y he podido comprobar la multitud de pequeños gestos amistosos que Antonio realiza con total naturalidad. Por ejemplo, alguna vez ha trasladado unos metros la parada reglamentaria para hacerla coincidir lo más posible con el destino del viajero (no sé por qué me acuerdo ahora de las distintas advertencias de Nuestro Señor, para no matar el espíritu con la rigidez de la letra). Entiendo que estas licencias puedan permitirse en pueblos casi fantasmas y no en populosas capitales, pero el detalle sigue siendo igualmente valioso.
Nunca he visto a Antonio refunfuñar con nadie; esas discusiones por alguna tontería, entre conductor y pasajero, que presenciamos alguna vez en autobuses urbanos, son impensables en este autobús pueblerino, en el que los pasajeros hablan entre sí como si estuvieran en el bar, porque casi todos se conocen y siempre hay algo que decir. Antonio no interrumpe, y aunque es un hombre de pocas palabras, participa con breves y atinados comentarios cuando se pide su opinión. A veces se atreve con algún chiste para amenizar el viaje. Podría contar mil anécdotas para describir la amabilidad de este hombre: en una ocasión le vi cargar el bolso de un pasajero unos metros; no tenía por qué hacerlo, esa función no entraba en su sueldo, pero lo cogió con una sonrisa, quitándole importancia. Este extraño conductor prefiere perder algún céntimo, si no tiene vueltas exactas, antes que hacérselo perder al viajero.
Antonio acumula en su haber mínimas acciones de este tipo, más propias del caballero cortés de antaño que de un estresado conductor de nuestros días. Esta caridad en miniatura se manifiesta con gran belleza ante los ojos que la contemplan y es digna de gratitud.
Antonio lleva una estampita junto al parabrisas de su autobús, ahora no recuerdo de qué santo. Supongo que es un hombre religioso, porque los sencillos no tienen demasiadas dificultades para encontrarse con Dios, y sus constantes muestras de amor testimonian que ha conocido un Amor más grande, del que esos guiños son participación.
Es curioso, sin poner ninguna peli, este conductor ha logrado que mis viajes al pueblo sean mucho más agradables.»
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 17, 2019 | Escritos
Dejo el coche en el garaje con ganas de llegar a casa y relajarme; sobre todo darle un abrazo. El día en la oficina ha sido intenso y tenso. Salgo del ascensor y pienso en ella. A primera hora de la tarde me ha llamado ¿a qué hora llegarás? Querrá contarme algo, compartir una alegría o un disgusto. Me entran las prisas.
Delante de la puerta respiro hondo tres veces, hago reset y limpio la mente. Visualizo su cara, eso me llena el corazón de alegría y me ilumina la cara con una sonrisa. Me arreglo la corbata, estiro un poco la americana y entro. ¡Hola! ¡hola!… no hay respuesta. Avanzo por el pasillo, abro todas las habitaciones, no está. Noto la amenaza de tormenta, de crisis emocional ¿cómo es posible que no esté?
Entro en la cocina, la mirada se va directa a un papel pegado en la nevera, escrito con letras grandes: he salido un momento a comprar, no te quites la corbata, vuelvo enseguida ¡TE QUIERO!
Cierro los ojos, imagino el abrazo, me quedo bobo y ahí me encuentra ¡anda, míralo! ¿por qué no respondes, qué haces? Pues … es que te estaba diciendo que … yo también ¡TE QUIERO!
16-12-19
Relato inspirado y dedicado a Ignacio y Lola, que el día 5 cumplieron veintidós años de novios. Recuerdan con todo detalle el momento, lugar y circunstancias en que se puso en marcha su calendario particular, donde también tienen remarcada la fecha de la boda y el nacimiento de cada uno de los tres hijos. No todo ha sido de color rosa, pero han sabido mantener viva la llama que aquél día encendieron; esa llama que hoy sigue chisporroteando por sus ojos cuando se miran y que calienta los abrazos cuando al final de la jornada se encuentran.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader