Ago 27, 2025 | Escritos
Ni tan mal, oye. Así me respondió José Luis cuando le pregunté cómo le había ido el año. Nos sentamos juntos en la cena de la primera noche del curso de verano en el que hemos coincidido en San Sebastián. Está de maestro en un pueblo del norte de Navarra desde hace treinta años y habla con el acento de aquella zona, levantando ligeramente el tono en el final de la frase. En cada región tenemos expresiones propias, pero esta me dejó desconcertado porque ni la tenía registrada ni me la esperaba: bien, estupendo, fenomenal (arrastrando los labios y dejando la boca abierta que queda muy bien en algunos ambientes). Pero ese convertir en negativo lo que quieres que sea positivo, me dejó con el paso cambiado; el “ni” es negación y el “mal” ausencia de bien; a qué demonios responder así cuando lo que quieres decir es que te ha ido bien. En los días siguientes tuve ocasión de oírla más veces; llegué a familiarizarme con ella primero y luego, hasta me resultó simpática con ese “oye” final en tono ascendente.
El encuentro con el que inauguramos el curso facilitó que después hayamos compartido horas de conversación y actividades, entre otras una excursión a la Sierra de Andía en Navarra. De los cinco que fuimos, Chema se lanzó a contar en la sobremesa de la noche cuando otro preguntó cómo nos había ido.
Dejamos el coche en una explanada nada más pasar el túnel de Lizarra; la primera parte es una ascensión empinada, sostenida, hasta alcanzar la meseta ondulada con ligeras elevaciones que fuimos coronando. El andar se hace cómodo sobre los pastos que cubren la superficie de una tierra caliza, pobre para tareas agrícolas y escasa en agua. Zonas de brezo como si de una plantación se tratara; arbustos de espino blanco que bien puede parecer árbol pequeño, también conocido por majuelo como su fruto de aspecto similar a la cereza; algún enebro que presta su sombra como refugio a los animales y, abajo en el valle, bosques de hayas y pinos. Después de comer se nos vino la tormenta encima y en un instante nos había calado hasta los huesos; fue un rato intenso en el que sólo pudimos cobijar la cabeza bajo un espino blanco, como hacía el ganado que andaba suelto por la sierra. De regreso salió el sol y pudimos disfrutar de un paseo entre vacas pirenaicas, ovejas latxas, yeguas burguete y potros simpáticos con un lucero dibujado en la frente; sentados en una piedra para reponer fuerzas, contemplamos los buitres colgados en las paredes verticales y unas chovas (parecido al cuervo) de vuelos acrobáticos que rompían el silencio con sus graznidos. La ropa se secó enseguida y la amenaza de resfriado no fue a mayores; para celebrarlo, paramos en un camping y rebobinando la excursión se nos puso el sol.
Cuando Chema puso punto final al relato, otro le pidió a José Luis que diera su valoración ya que es de la zona; fue parco en palabras y nos arrancó una risa con su resumen: ni tan mal, oye.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/08/25
Feb 21, 2024 | Escritos
Se casaron a mediodía del último sábado de enero; hubo un poco de nervios porque la semana anterior estuvo lloviendo y con temperaturas bajas. Pero es que el clima había querido colaborar con el festejo anticipando el trabajo para luego tomarse unas vacaciones hasta después de la boda. Les regaló un despertar de cielo limpio y sol de primavera que caldeaba el ambiente; hasta los jardines daban síntomas de querer unirse a la fiesta.
Aquella mañana acompañé al novio y sus padres desde primera hora; en casa reinaba un sorprendente estado de serenidad que facilitaba el trabajo de la fotógrafa. Salimos a la calle cuando el reloj de un campanario cercano difundía por el barrio el toque de las doce. El trayecto en coche fue con la máxima prudencia, como quien avanza con un objeto delicado entre las manos; dentro, sin embargo, la conversación era distendida y relajada, alimentada con los asuntos que nos llamaban la atención por el camino. ¡Mira un almendro en flor! La madre señaló un jardín a la derecha y aflojamos la marcha para disfrutar de sus flores blancas. Entramos en la plaza que abraza la iglesia con el sol a nuestra espalda; su luz dorada hacía más esbeltas las dos torres que flanquean la fachada. El semáforo nos dio el tiempo suficiente para observar los invitados que ya ocupaban las escaleras de la entrada atentos a nuestra llegada, aunque me perdí el recibimiento por no interrumpir el tráfico más de lo imprescindible.
Roger vio llegar a Teresa desde el presbiterio con la sonrisa que le caracteriza y un brillo en los ojos que competía con las lámparas que cuelgan sobre el altar. El encuentro de los novios, arropado por las voces de un coro magistral, nubló los ojos de cuántos fui capaz de alcanzar con la mirada, incluidos los míos. Y desde ese momento hasta la salida, los dos vivieron con intensidad la ceremonia que envolvía su sí ante Dios y ante los presentes, desde ahora y para siempre. Tuve el privilegio de firmar como testigo de ese “sí”, y también podría haber añadido otros muchos que se han dado durante el camino del noviazgo, para superar miedos, dudas y reafirmarse en el amor que quieren vivir como entrega.
La inquieta espera a la salida del templo se transformó en explosión de alegría cuando su figura se recortó en el contraste entre la luz de la calle y la oscuridad de la nave. Cuando el sacerdote les dijo “os declaro marido y mujer”, notaron que la felicidad les corría por las venas y ahora la querían compartir con todos los que les arropaban. Así fue en ese momento, y siguió durante la tarde y hasta que bien entrada la noche se marcharon los últimos invitados y los camareros apagaron las luces. Tuvieron palabras y gestos de cariño para cada uno de los presentes en un continuo ir y venir por las mesas; también para los ausentes que les acompañaban a distancia, en la tierra y desde el cielo. Así son ellos, de los de tú primero, de esos que el yo casi no lo conjugan.
Los recuerdos que los primeros días revoloteaban con la alegría de lo vivido, poco a poco se reposan a medida que se alejan de aquel momento. Los afanes de cada día los cubren hasta que una ráfaga entra impetuosa y los remueve para hacerlos presentes de nuevo. Es lo que me ha sucedido hoy que he visitado el parque la Quinta de los Molinos y he paseado por en medio del espectáculo de color que ofrecen los almendros en flor.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
21/02/24
Dic 13, 2023 | Escritos
He subido a la terraza para contemplar el atardecer de este sábado de octubre en Caspe, que amaneció despejado y ahora se ha nublado por el poniente. Parece que me quedaré sin repetir el espectáculo de la puesta de sol que disfruté ayer; apoyado en la barandilla me dejaba bañar por el azul intenso del cielo limpio y los destellos de sol rojizo que se escondía por la margen del río Ebro.
Ahora sentado entre las macetas de mi madre que lucen esplendorosas, anoto en el cuaderno las impresiones del ambiente que me rodea, acompañado del zumbido constante de las moscas, pesadas y quisquillosas en esta época, que me obligan a interrumpir la escritura para alejarlas a manotazos.
Un sinfín de pájaros llenan con sus cantos esta hora tranquila. Palomas, vencejos, golondrinas y otros para mí desconocidos, ponen movimiento entre el bosque de antenas estáticas de los tejados cercanos y son la señal de vida. Si no fuera por ellos, diría que estoy delante de un cuadro.
Los cipreses del huerto frente a la casa, altos como corresponde a un buen ciprés, me saludan por entre la barandilla, meciéndose suavemente de izquierda a derecha; en su movimiento pendular, ahora tapan, ahora descubren el caserón viejo otrora pletórico convento de franciscanos, antes de dominicos, y de siempre el Instituto.
Desde la calle llegan los gritos de unos chiquillos que juegan alborotados en discusión permanente. La voz de la madre que les llama a retirada provoca el silencio. La tarde avanzada, sin sol se ha quedado fresca; el frío me toca el alma y arranca recuerdos. Cierro los ojos y dejo que salgan.
Cuando los abro, me llega un rayo de sol que se filtra entre el nublado de tormenta. Viene a despedirse y me brinda un abanico de matices otoñales. Otra puesta de sol que grabo en la retina y alimenta el deseo de volver.
Por hoy tengo suficiente, se ha levantado la brisa, la ropa ligera de verano ya no me protege del fresco, los pájaros se retiran en bandadas, se llevan sus cantos y me he quedado sólo. Yo también me voy.
Escrito el 4.X.95
Revisado y publicado el 13/12/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Sep 28, 2023 | Escritos
En la película “El tigre y la nieve” de Roberto Benigni, el protagonista Attilio es poeta y padre de dos niñas. Una noche les explica a sus hijas por qué se hizo poeta: “una tarde salí a jugar al jardín y un pajarito que estaba en lo alto de un árbol, al verme empezó a volar y cantar, descendió poco a poco haciendo círculos y se posó en mi hombro. Me quedé quieto con los brazos a medio levantar como si fuera un árbol, conteniendo la respiración. El pajarito cantaba, daba brincos, se pasaba de un hombro a otro. A mí me latía el corazón como si fuera a salir del pecho. Cuando se fue volando, salí corriendo para contárselo a mi madre. Por la emoción, los nervios y la respiración alterada, sólo supe gritar “¡mamá un pajarito, aquí!” señalando el hombro; “¡mamá un pajarito!”. Ella dijo “¡ah qué susto! Creí que era algo importante” y siguió con lo suyo sin hacerme caso. Regresé al jardín con la pena de no haberle explicado bien lo que había sentido; no supe transmitirle la emoción que yo había vivido. Me quedé tan mal que me dije ¿Habrá alguna profesión en el mundo que encuentre las palabras justas y las sepa unir de tal manera que cuando me late el corazón, logre hacérselo latir a los demás? ¡Ese día decidí ser poeta!”
El artista es un tipo que ve más allá, descubre en la realidad aspectos que al común de los mortales nos pasan desapercibidos. Los extrae, los interpreta y los plasma en el lienzo, en el papel, en el mármol o en la música, para hacerlos asequibles a los demás y que puedan admirar lo que a él le ha cautivado, vibrar con la misma emoción que él ha vibrado, notar el latido del corazón como el suyo ha latido.
En el comedor de la casa de mis padres cuelga un cuadro que pintó Joan un fin de semana que estuvo en Caspe. Aquel sábado de marzo ventolero fuimos a Pallaruelo, un campo que tuvo mi padre toda la vida, hasta que lo vendió después de retirarse del oficio. Las ráfagas doblaban las ramas de los empeltes y las zarandeaba como si quisiera arrancar el olivo de raíz. Aquel campo yo lo había recorrido palmo a palmo miles de veces; podía ir de espaldas, con los ojos cerrados o haciendo el pino; por la mañana, a mediodía o por la tarde; de madrugada o al anochecer, me da lo mismo. Pero nunca, nunca en tanto tiempo, vi lo que Joan vio en una tarde.
Ahora, cada vez que contemplo el cuadro me sobrecoge el zumbido del aire, el color del cielo, la aridez de la tierra, la figura de la torre. Y como Attilio cuando el pajarito se le posó en el hombro, también a mí me late el corazón.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/09/23
Sep 7, 2023 | Escritos
Escribieron unas palabras cariñosas diciendo que se acordaban de mí en plenas vacaciones; se lo agradecí por el afecto mutuo que nos tenemos. Fui tutor de uno de sus hijos en el colegio, con el trato surgió la amistad y ha crecido con el paso del tiempo. Pero aún agradecí más lo que venía a continuación: te enviamos una foto de las niñas.
En un clic se había detenido aquel instante de la vida y a muchos kilómetros de distancia la podía contemplar. Me imaginé apoyado en el marco de la ventana que encuadraba la escena. El sol daba profundidad al plano, a punto de esconderse allá al fondo con su luz cálida, se abría paso por entre las ramas y llegaba hasta nosotros para despedirse del día y dejarnos un hasta mañana.
La encina centenaria ejercía de madre atenta a todos los detalles: daba sombra, sostenía el columpio, cuidaba de las niñas. Su presencia discreta llenaba el espacio y lo hacía habitable. De su tronco esbelto se abrían las ramas robustas y frondosas; de ellas colgaba el columpio platillo volador, suspendido a unos palmos del suelo, estático. Y allí estaban ellas, las niñas. En su mundo, en su juego, en su conversación; felices, ajenas al clic de la foto, a la conversación de los mayores. Eran el centro de interés.
Ahí me quedé embobado, queriendo adivinar su conversación, su juego, su mundo. Seguro de que me podían enseñar muchas cosas. Los niños viven admirados, casi nada les resulta indiferente. A diferencia de los mayores que corremos el riesgo de estar de vuelta de casi todo y así corremos el riesgo de perdernos el encanto del mundo que nos rodea. Claro que a ciertas edades ya no resulta fácil hacerse como niños, retomar su ingenuidad. Que no se trata de andar por la vida como un bobalicón, si no desde la madurez mantener la capacidad de admirarnos por las cosas como ellos.
Desde luego que les agradecí que se acordaran de mí; y mucho más de la foto de las niñas.
06/09/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader