Caballo, tierra, cielo

Caballo, tierra, cielo

El domingo de Ramos se levantaron pronto para ir a la procesión. Mientras María Teresa y los niños ponían la mesa para el desayuno, se acercó a la cuadra y estuvo un rato observando a Tequila, un caballo Pura Raza Española con capa torda de tono canoso que compró hace dos años. El día anterior lo montó dando un paseo por la zona del Priorato de Santa María y al regreso les cayó un pequeño chaparrón; quería asegurarse de que el animal estaba bien. Le pasó el cepillo a la vez que lo acariciaba y se quedó tranquilo.

Por la tarde, David me llamó para contarme los detalles, “te voy a enviar unas fotos que hice”. Cuando las recibí, una de ellas removió los recuerdos de lo que durante tanto tiempo fue una realidad en mi casa: teníamos un caballo para los trabajos del campo y salíamos adelante con el fruto de la tierra, gracias al esfuerzo del caballo y la generosidad del cielo.

Entró en casa cuando mis padres volvieron del viaje de novios y salió trece años después, el mismo día que un tractor entraba para ocupar su lugar. Se había hecho mayor, la tierra exigía un esfuerzo que le superaba. Mi padre se debatía entre el cariño por el animal y la responsabilidad familiar. Tomó la decisión con el corazón partido, sin manifestar su lucha interior, poco dado a compartir sentimientos. Ni le preguntamos ni nos habló de su destino. Todos miramos hacia adelante, pero Bayo -así le llamábamos por el color de la piel- se había hecho un sitio en nuestro corazón que el tiempo no ha podido borrar.

Gracias a esa preciosa fotografía, he revivido con orgullo una etapa de la historia de mi familia tejida a base de caballo, tierra y cielo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/04/23

Isidoro

Isidoro

La respiración de Isidoro fue perdiendo fuerza durante la noche; con noventa y siete años, nos dejó al amanecer del martes, cuando el hospital despertaba y la actividad empezaba a recorrer pasillos y habitaciones. Le cerré los ojos; antes de dar el aviso, recé un rato ante aquel rostro sereno que tanto me sugería. Pasaron por mi cabeza las historias contadas y las vividas durante los años que le he acompañado.

Vivió con pasión su profesión de periodista y la empapó de un espíritu profundamente cristiano. Quiso que le lleváramos a su pueblo, en tierras palentinas; allí descansa ahora junto a los suyos. Aunque supongo que donde se los habrá encontrado, será en el cielo. Aquí lo que nos deja es su ejemplo, el bien y el afecto que repartió, a pesar de que el carácter se le salía de tono de vez en cuando, por motivos de la enfermedad.

Fue muy emotivo ver pasar a despedirse a todas las enfermeras, auxiliares y médicos, que durante años le han atendido en el Hospital Laguna. Gente que trabaja con profesionalidad y añaden un plus de cariño al trato. Y querían corresponderle.

Isidoro tenía estudios, títulos, distinciones, condecoraciones. Nada de eso queda en la caja enterrada bajo tierra. Fuera, lo que cuenta es lo que ha dejado en los corazones de quienes hemos estado a su lado.

Le gustaba cantar y podía presumir de buena voz. Aunque no estoy a su nivel, le acompañaba en sus arranques; pasábamos de una canción a otra sin agotarlas, porque no sabíamos la letra completa y la inventábamos sobre la marcha. Una de ellas, era parte del poema de San Juan de la Cruz: al atardecer de la vida te examinarán del Amor.

En ese momento hablábamos de la muerte con naturalidad y algo de humor. En broma le decía: “Isidoro, conviene que tú pases primero el examen porque sacarás buena nota y así me podrás ayudar cuando me toque a mí”. El calendario ha confirmado la previsión; espero acertar también en la calificación.

Ahora le pido que nos ayude, a mí y a todo el que se lo encomiende, a recorrer nuestro camino sembrando paz y alegría por todos los rincones, aunque haya contrariedades; con una actitud abierta para colaborar con todos, también con los que no piensan como nosotros, porque esta vida es corta y poco el tiempo que tenemos para tanto bien que podemos hacer.

¡Ah! Isidoro no te olvides de decirle a San Pedro que soy amigo tuyo (por lo de la nota del examen).

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26 de junio de 2020

La paloma

La paloma

Me puse a revisar la propuesta de inicio de curso que me habían enviado desde el colegio. En estos días de #YoMeQuedoEnCasa, son tantas las incertidumbres a corto plazo, tantas las variantes a tener en cuenta, que empezaba a sumirme en el desánimo delante del documento. Había entrado en la espiral del derrotismo y faltaba claridad en las ideas.
Entonces llegó ella, la paloma que otras mañanas viene a visitarme. Posada en las ramas del árbol que casi toco desde mi ventana, la vi relajada, confiada, picoteando con despreocupación los brotes tiernos, mecida por el viento, disfrutando de las oportunidades que le ofrecía la vida. No parecía preocupada por el futuro, pero consciente de que, sin la comida de hoy, no habría un mañana.

Me entretuve durante un rato en contemplarla absorto; hasta me pareció que mi cabeza se movía al son de su vaivén. Sonreí, respiré hondo y volví a la propuesta con ánimo renovado. Las mismas incertidumbres, las mismas variantes y una paloma que ayudó a simplificar la solución.
Después me acordé de algunas personas que en mi vida también me han ayudado. En todas descubro una característica en común: la sencillez.
¡Ay! Uno no para de aprender en esta vida: a todas esas personas ¡muchas gracias!… incluso a la paloma.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Simeón, el anciano del Templo

Simeón, el anciano del Templo

En el pasaje del evangelio que narra la presentación del Niño Jesús en el Templo, aparece la figura del anciano Simeón.

Escribo una «breve historia imaginada» de la vida de Simeón, inspirada en el capítulo 14 del libro «El belén que puso Dios», escrito por D. Enrique Monasterio.

Puedes descargarla pinchando en alguno de los enlaces que figuran a continuación

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Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

 

 

Elogio a un hombre amable

«Antonio es conductor de un autobús que une pequeños pueblos de una comarca castellana. Las aldeas que salpican el recorrido de su ruta están acostumbradas a oír su claxon. Al toque de la bocina, la gente levanta la mano para saludar al conductor, amigo cotidiano, o comenta con literal exactitud: «Ahí pasa el coche-correo» (como siguen llamando al autobús los vecinos de toda la vida).»

Así empieza «Elogio de un hombre amable» escrito por Dora Rivas y publicado en el semanario Alfa y Omega del 27-11-2008. Hoy, buscando otro asunto, lo he recuperado del archivo donde lo guardé y me ha emocionado tanto como entonces:

«He viajado varias veces en su autocar y he podido comprobar la multitud de pequeños gestos amistosos que Antonio realiza con total naturalidad. Por ejemplo, alguna vez ha trasladado unos metros la parada reglamentaria para hacerla coincidir lo más posible con el destino del viajero (no sé por qué me acuerdo ahora de las distintas advertencias de Nuestro Señor, para no matar el espíritu con la rigidez de la letra). Entiendo que estas licencias puedan permitirse en pueblos casi fantasmas y no en populosas capitales, pero el detalle sigue siendo igualmente valioso.

Nunca he visto a Antonio refunfuñar con nadie; esas discusiones por alguna tontería, entre conductor y pasajero, que presenciamos alguna vez en autobuses urbanos, son impensables en este autobús pueblerino, en el que los pasajeros hablan entre sí como si estuvieran en el bar, porque casi todos se conocen y siempre hay algo que decir. Antonio no interrumpe, y aunque es un hombre de pocas palabras, participa con breves y atinados comentarios cuando se pide su opinión. A veces se atreve con algún chiste para amenizar el viaje. Podría contar mil anécdotas para describir la amabilidad de este hombre: en una ocasión le vi cargar el bolso de un pasajero unos metros; no tenía por qué hacerlo, esa función no entraba en su sueldo, pero lo cogió con una sonrisa, quitándole importancia. Este extraño conductor prefiere perder algún céntimo, si no tiene vueltas exactas, antes que hacérselo perder al viajero.
Antonio acumula en su haber mínimas acciones de este tipo, más propias del caballero cortés de antaño que de un estresado conductor de nuestros días. Esta caridad en miniatura se manifiesta con gran belleza ante los ojos que la contemplan y es digna de gratitud.

Antonio lleva una estampita junto al parabrisas de su autobús, ahora no recuerdo de qué santo. Supongo que es un hombre religioso, porque los sencillos no tienen demasiadas dificultades para encontrarse con Dios, y sus constantes muestras de amor testimonian que ha conocido un Amor más grande, del que esos guiños son participación.

Es curioso, sin poner ninguna peli, este conductor ha logrado que mis viajes al pueblo sean mucho más agradables.»

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader