Sep 17, 2025 | Escritos
Los primeros capítulos de la nueva vida de Laura y Ramón transitaron por caminos distintos a los del guion de la novela que habían soñado el día de su boda, de eso hacía trece años. La alegría del primer embarazo llamó enseguida a la puerta y María se presentó con una parálisis desde la cintura a los pies. El segundo fue Javier, un síndrome de Down precioso y simpático que tenía su propio código de comunicación. Laura y Ramón se abrazaron a la realidad como se hace con quien más quieres en esta vida y la alegría de sus rostros era el resplandor del cariño que se respiraba en aquella casa. Después, Pedro, Carmen y Pablo llenaron los escasos huecos que quedaban en el piso, con un derroche de vitalidad que cubría su cupo y el de los dos mayores.
El matrimonio planeó reorientar los proyectos profesionales, porque aquella empresa familiar requería cabeza, corazón y tiempo. Laura era directiva en una gran empresa y aunque sus ingresos estaban por encima de los del marido, decidieron que diera un parón a sus actividades mientras los hijos la necesitaran. Ramón se multiplicó para aportar algo más de lo habitual y amortiguar las estrecheces económicas que se avecinaban.
Las rutinas organizativas de la familia cambiaban los fines de semana, cuando aprovechaban para hacer planes todos juntos. Los sábados los dedicaban a la compra en el centro comercial con un añadido en forma de helado. Los domingos iban andando a misa a la parroquia cerca de casa y luego de visita a los abuelos que vivían a dos manzanas.
Un domingo se cruzaron por la calle con una joven que empujaba un carrito con una criatura sana y robusta; se miraron sin llegar a decirse adiós. Laura quiso recordar aquella cara, la había visto antes y no acertaba a situarla. Dos semanas después, bajó al parque con María y Javier, a esperar que los otros tres llegaran del colegio. Al poco la vio llegar con el carrito, pero se quedó un poco apartada. Habría pasado media hora cuando la criatura empezó a toser y llorar; la madre nerviosa no sabía bien lo que hacer y pidió ayuda. Laura se acercó corriendo y entendió lo que estaba pasando; el crío se había atragantado, había empezado a cambiar de color y no respiraba. Lo tomó en sus brazos y con la experiencia de quien ha pasado por esa situación, lo volvió cara al suelo, le golpeó la espalda, le hizo unos movimientos en el pecho, en la garganta, y consiguió liberar la obstrucción. Calmada la madre y el hijo, se sentó con ellos para acompañarlos hasta que se recuperaran del susto. Todavía con los ojos humedecidos por las lágrimas de impotencia, la joven le dio las gracias por todo lo que su hijo le debía. Le contó que Laura y su familia no pasaban desapercibidos en el barrio y que ella y su marido se habían fijado en ellos en más de una ocasión; aunque él rechazaba aquel planteamiento de familia porque no quería tener hijos, ella sentía admiración. Cuando se quedó embarazada, el ambiente en su casa se volvió tenso y se vio sometida a presión, también por la familia del marido. Llegó un momento que aquello le superó y aceptó una propuesta que le partía el corazón. La mañana que les habían citado en la clínica, parados con el coche en el semáforo, comenzaron a pasar uno detrás de otro los cinco hijos de Laura: el discapacitado ayudaba al mayor a empujar el carrito de la paralítica, los otros dos iban tan contentos de la mano de la madre. Se le hizo un nudo en la garganta y rompió a llorar. Notó que su marido le pasaba la mano por el hombro, la recogía en un abrazo y que las lágrimas que caían sobre la blusa no eran sólo suyas. Se miraron como nunca lo habían hecho en un diálogo mudo que salía del corazón y regresaron a casa.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/09/25
Adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”.
Sep 10, 2025 | Escritos
He sido muy feliz; ¿qué digo? ¡soy muy feliz! Así remataba la conversación que mantuvimos mientras recorríamos las dependencias del colegio el primer día que me lo enseñó. Aquella monja risueña, menudita, de movimientos ágiles y hábito caféconleche, hablaba con ilusión de lo que veíamos en cada aula, en cada rincón, y lo intercalaba con los recuerdos que unían el entonces con el ahora, los inicios con el presente. Todo tenía un porqué y ahora buscaban el relevo de quien alumbrara el mañana antes de que el hoy se apagara. Contagiaba la alegría de una vida de entrega a los demás, de un recorrido de servicio al prójimo a la luz de la fe que le alumbró desde el primer instante, cuando siendo niña se encendió en su interior la llama de la vocación y decidió ser como ellas. Ellas eran unas monjas que pasaron por el pueblo poco antes de la Semana Santa y fueron a la escuela a explicarles lo que hacían, como era la vida de una religiosa. Se lo contó a su madre nada más llegar a casa, hablando deprisa, moviendo las coletas de las que faltaba un lazo. “Se le pasará” dijo para sus adentros, porque la novela que tenía escrita para ella se desarrollaba en otros escenarios. La segunda de cuatro hermanos, la mayor de las chicas, servicial, alegre, despierta, trabajadora. Removía la pandilla con sus propuestas y sabían divertirse con los recursos a su alcance; en ese ambiente de grupo experimentó las aspiraciones del corazón que latía con fuerza cuando hablaba con el zagalote que la rondaba, hasta que encauzaron los sentimientos en una conversación un tanto nerviosa pero eficaz y siguieron tratándose sólo como amigos, porque ella se reservaba para Dios. En casa tenían una posición económica desahogada sin alardes, que les permitía costear sus estudios en la capital. Cuando llegó ese momento sentó a su padre y a su madre para recordarles que seguía viva la brasa que alimentaba su decisión. Se fue al internado con las monjas, avanzó en los estudios y en la vida religiosa; caminaba por la vida con la seguridad de quien se fía de alguien grande porque ella es pequeña y lo que haga no será sólo por sus méritos. A la devoción añadía trabajo, estudio y tiempo para los demás. La universidad le amplió horizontes y premió su esfuerzo y talento con un título de Licenciada en Ciencias. Puso aquel diploma a disposición de la superiora el mismo día que acabó las clases y en unas semanas viajaba a Perú para poner en marcha una misión que el Obispo les había encomendado. Su tarea fecunda cuajó en obras y personas que dieron sombra a quienes allí siguieron cuando ella regresó a los diez años, porque ahora le pedían arrimar el hombro en los inicios del colegio que hoy me enseñaba. Aquel sueño cuarenta años atrás que prendió en un pequeño local se había hecho realidad y de nuevo estaba preparada para que otros continuaran, porque ella y su sonrisa se iban a donde le dijeran sin importarle que el atardecer de la vida asomaba en el horizonte. Fue entonces cuando me dijo: “he sido muy feliz”; me miró en silencio con un punto de suspense, respiró hondo y con el brillo de los ojos iluminando su cara, apostilló ¡soy muy feliz!
Fue unos días más tarde cuando escuché por primera vez la canción de Rosalía que da título a este relato y tuve la sensación de que ponía música a la historia de la monja:
“Si me das a elegir entre tú y la riqueza / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y la gloria / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y el cielo libre para ir a otros nidos / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir en tú y mis ideas (que sin ellas estoy perdida) / ay, amor me quedo contigo”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/09/25
May 28, 2025 | Escritos
Pues entonces quedamos el lunes a las ocho y diez de la mañana; recuerde que tiene que venir en ayunas. Había salido de una reunión para atender la llamada. Dije que sí sobre la marcha para no entretenerme y, nada más colgar, me di cuenta de que no era el día apropiado. Conseguí no darle más vueltas y volví a centrarme en la reunión.
No recuerdo cuando empecé a notar que los lunes mi biología se resiste y se hace la remolona. Al final todo queda en nada, porque tampoco recuerdo algún lunes que haya salido tarde. Sólo que durante la mañana me delata la expresión ridícula que acompaña a la seriedad excesiva.
Con el añadido de la visita al ambulatorio, estaba cantado que el arranque de aquel sería más espeso. Puse algo más de empeño sin mejorar la situación. La puerta se me escapó al cerrar y dio un portazo. El portón del garaje se abrió con la lentitud habitual, pero me dio la sensación de que lo hacía con algo más de parsimonia. La rotonda recoge mucha circulación y cuesta incorporarse a esas horas, pero tuve la impresión de que habían soltado todos los coches a la vez. En el mostrador del vestíbulo pregunté a dónde debía dirigirme y percibí una contestación amorfa, carente de toda empatía. En la sala de espera opté por saludar con la mirada para ahorrar palabras, pero me pareció que todos apuntaban al suelo con la suya. Citaron mi nombre y pasé; me recibió una enfermera menudita, vivaracha, que se movía con una agilidad impropia de un lunes tan temprano. Se aseguró de que mi identidad correspondía con la de los tubitos que había preparado. Saludó a otra enfermera que entró a retirar un material y se rieron, algo incomprensible para mí en ese momento, lejos de intuir que la sonrisa es capaz de levantar el estado de ánimo del tipo más alicaído. ¿Derecho o izquierdo? me preguntó. “Me da lo mismo”, le contesté sin palabras con el gesto instantáneo de subir los hombros hasta media cabeza. Pues entonces el izquierdo, dijo con la sonrisa dibujada en el rostro como quien disfruta con lo que está haciendo. Cuando ya estaba todo preparado, se detuvo y me habló mirándome a la cara ¿está preocupado? “Un poco” ¿no será por el pinchazo? Disimulé con un “no” entre dientes. Le veo muy serio y esto no es para tanto. Y con la misma sonrisa continuó contándome chascarrillos intrascendentes, arrancándome contestaciones cada vez un poco más largas, hasta que encontramos puntos en común a partir de una estampa de la Virgen de su pueblo que dieron paso una conversación amena y me reí con ella.
Cuando salí, las personas que estaban esperando respondieron al saludo que les dirigí; “que tenga buen día” le dije al señor de recepción y me devolvió la contestación con una sonrisa como si fuera alguien distinto al que me había recibido. En la rotonda me costó entrar, como otros días, pero no me di cuenta porque iba tarareando una tonadilla que me había recordado la enfermera. Cuando llegué al trabajo tardé en encontrar aparcamiento, como cada día, pero tuve la impresión de que lo había conseguido enseguida. En la oficina vi caras de martes o miércoles y, desde luego, la mía ya no era de lunes. Caí en la cuenta de que ellos eran los de siempre, que las cosas estaban sucediendo como casi todos los días y que, si alguien había cambiado, ese era un servidor.
Se dice que la sonrisa es el detonante para un posible entendimiento; que la persona generosa suele regalar sonrisas porque le entusiasma hacer felices a los demás. Y me había pasado a mí, que salí del ambulatorio contagiado por la sonrisa de la enfermera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/05/2025
Ago 7, 2024 | Escritos
¡Señora, los cordones! ¿Qué? ¡Que lleva los cordones desatados! Aquella señora mayor cargada con una bolsa en cada mano, no entendía lo que la motorista le decía; el casco amortiguaba las palabras, ella con sus noventayuno ya no estaba fina de oído y, además, estaba fatigada del paseo y del peso de la compra y de la vida; hizo un gesto de ¡es igual! y continúo cruzando el paso de peatones. Beatriz se había detenido con el semáforo en rojo, dejó la moto en marcha, corrió hasta alcanzar a Nuria, se arrodilló sin quitarse el casco, le ató el cordón, volvió corriendo a por la moto, el semáforo se puso verde y Nuria la vio desaparecer en medio del tráfico sin tan siquiera verle la cara.
Era un martes del pasado mes de junio a mediodía, en el cruce de la calle Muntaner y General Mitre en Barcelona.
En casa de Nuria, las estanterías del salón están repletas de libros; y los cajones de la mesa guardan unas cuantas libretas donde escribe cuentos infantiles. A la tarde, con calma, quiso agradecer el detalle que había vivido y en una de esas libretas redactó una carta al periódico. No solamente la publicaron, si no que una emisora local se hizo eco en un programa que comentan noticias de los periódicos. Aquel día Beatriz dejó a los niños en el colegio y volvió a casa, no tenía que ir al despacho. Puso la radio y se quedó de piedra cuando el locutor leyó la carta y se reconoció ¡esa soy yo! Sus padres que también conocían la historia la llamaron ¿has oído la radio? Llama y diles que eres la protagonista; ¡pero si no tiene mayor importancia! Pasión de padres, lo hicieron ellos; el periódico La Vanguardia juntó a las dos mujeres en un encuentro emotivo y publicó un reportaje.
Acerté a leer la noticia y me enganchó desde el primer momento, porque el cariño que Beatriz puso en el detalle de atar los cordones de Nuria, como si se lo hiciera a su madre, convertía aquel gesto ordinario en extraordinario. También porque ese paso de peatones lo cruzo con frecuencia cuando voy a Barcelona a ver a mi madre, que pasa buena parte del año en casa de mi hermana allí cerca, y me situaba perfectamente en la escena.
Envié el recorte de la noticia a un matrimonio amigo, que siempre han vivido en esa zona de Barcelona y ahora están asentados en Lisboa por motivos de trabajo. Ella me contestó enseguida: ¡qué coincidencia! mi madre es amiga de la hermana de Nuria. Lo que me faltaba, mi alegría se había multiplicado como si yo estuviera implicado en la historia; aquello que nos alegra tendemos a contarlo, a compartirlo: el bien es difusivo. Por eso, este escrito quiere rendir homenaje a las dos mujeres protagonistas de la historia. Y como dice Nuria en el inicio de una de sus obras: los cuentos no se escriben para dormir a los niños, si no para despertar a los mayores.
Esta historia que es real, de las de verdad, consigue el mismo efecto que pretende Nuria con sus cuentos: despertar a los mayores. Será por eso por lo que desde que la leí procuro ir un poco más despierto por la vida, atento a las necesidades de los otros, y descubro que hay muchas maneras de llevar los cordones desatados.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
07/08/24
Abr 3, 2024 | Escritos
Estos días he recordado el viaje que hace un año hice a Salamanca. Me habían invitado a la clausura de un Congreso de alumnos de Bachillerato que tendría lugar el último sábado de marzo, en la sede de la Universidad Pontificia. Acepté encantado, también movido por la curiosidad de conocer de cerca lo que unos chavales jóvenes pueden decir sobre el tema del congreso “La felicidad en tiempos difíciles”.
La mañana estaba fresca, de cielo limpio y soleada; conducía sin prisa, con ánimo de dejarme empapar por la naturaleza que me envolvía. A ratos bajaba la ventanilla para que el aire limpio refrescara el interior y me despejara, respiraba hondo y dejaba correr la vista por los sembrados incipientes que a derecha e izquierda unían la carretera con el horizonte, pintando de verde el paisaje.
Cerca de Peñaranda, en una de aquellas rectas eternas sin final, un tractor labraba en paralelo a la carretera. Lo estuve observando mientras me ponía a su altura y después a través del retrovisor: me fijé en la marca del tractor, calculé la potencia que podía tener, el número de rejas del arado, la profundidad de los surcos que abría en la tierra.
Y del interior de aquella tierra que el arado dejaba al descubierto, surgieron los recuerdos. Me acordé de un labrador de mi pueblo, fallecido a principios de este siglo, al que le debo mucho. Era hijo de labrador, nieto y bisnieto de labrador; pero él no quería ser labrador. Se escolarizó tarde, cuando la República inauguró la Escuela Nacional en el pueblo, y la dejó pronto, a los diez años, porque había que ayudar a su padre como un campesino más. En sus sueños juveniles imaginó una vida alejada del campo, abriendo una brecha en el estrecho horizonte que la tradición familiar le dibujaba. Cuando su padre murió joven, consideró que, de momento, su sitio estaba allí, arrimando el hombro junto a su madre y sus tres hermanos para reponer a la familia de la sacudida inesperada. En eso estaban, no habían pasado dos años y un virus maléfico se llevó también a uno de los hermanos, dejando la familia de nuevo maltrecha, a punto de casarse el mayor y con el menor en la mili. En ese momento decidió cortar el hilo del globo de las ilusiones y redefinir su futuro asumiendo la responsabilidad familiar que la vida le ponía delante: su oficio sería el de labrador y el campo su socio en comandita. Alimentó su inquietud cultural con frecuentes lecturas, con gran facilidad para la geografía y la historia, con la que entretenía a sus contertulios en las veladas familiares. A la vuelta de unos ejercicios espirituales incorporó a Dios en su vida y la recorrieron juntos hasta el final. Por amor a su pueblo y espíritu de servicio, aceptó encargos de responsabilidad en instituciones locales, tanto civiles como religiosas, a las que dedicó mucho tiempo y desvelos.
Sentado en la sala donde los grupos exponían sus trabajos, me admiraba como aquellos quinceañeros se desenvolvían con soltura y hablaban con desparpajo, lanzando propuestas de calado que removían el interior de cada uno.
Cuando me llegó el turno de dirigirles unas palabras, les felicité por dedicar un sábado a formarse como profesionales y como personas; les dije que ese es un buen camino para mejorar la sociedad y eso lleva a la felicidad que se proponía como lema del congreso. También les dije que la felicidad sale al encuentro cuando no la buscas para ti si no para los demás, con generosidad y espíritu de servicio. Les podría haber dicho, aunque no lo hice, que esto lo había aprendido del labrador de mi pueblo, del que me había acordado en el viaje; y que yo lo tengo siempre bien presente, porque ese labrador es mi padre.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
03/04/24