Jesusito de mi vida
Nos invitaron a tomar café para que conociéramos el nuevo piso que habían alquilado. En la habitación de las niñas, me atrajo el cuadro de la pared a la cabecera de la litera. Sin gafas no distinguía, me acerqué para ver de qué se trataba y me sorprendió aquella oración que tantas veces habré rezado de pequeño, pero que ahora me sonrojaba por una mezcla de orgullo tonto y rigidez mental. Quedé removido y pedí volver a ser niño un instante cada noche antes de acostarme, para ser capaz de rezarla con la sencillez que lo hacen Cris y Nena.
Se agitaron los recuerdos de aquel mundo estrecho de horizontes cortos, que por la simplicidad propia de la edad parecía inmenso, inalcanzable, porque cada día se vivía con intensidad y la hora de ir a dormir te pillaba con muchos sueños por cumplir. Mi madre pasaba a darnos el beso de buenas noches y preguntaba ¿has rezado? Algunas veces se me olvidada y entonces saltaba de la cama, de rodillas con el culete apoyado en los talones, metía a Jesusito en mi vida y luego bajo las sábanas continuaba contándole lo hecho y lo por hacer, como uno más en mis sueños.
Luego vinieron los años del cambio de voz y granos en la cara, del corazón lleno de personas y aficiones, de ilusiones y ambiciones; tu mundo se queda pequeño, incluso ridículo, y el Jesusito cae al fondo del saco a donde la mano nunca llega. Son esos años en que los padres se ponen rarísimos, no hay quien los entienda; se caen del pedestal, ya no son tus héroes, no entienden los nuevos tiempos y son un freno para los planes. La pandilla es el refugio, el paraíso a donde quieres llegar cada tarde al salir del instituto. La amistad es un valor que cotiza al alza, se arma un andamio de relaciones, afectos y sentimientos que sostiene el crecimiento en esos tiempos confusos.
Cuando se disipa la polvareda que levanta la adolescencia, descubres que los padres siguen ahí, a tu lado. Que dan calor al hogar a donde vuelves cada noche después de la jornada de trabajo y de estar un rato con esa persona que has seleccionado de entre todas las que metiste en el corazón. Que la familia es el lugar donde tu ausencia no pasa desapercibida. Que cuando sales por la mañana a la calle, lo haces confiado en que tienes a donde volver porque te esperan. Y notas el contraste con quien al decirle “hasta mañana” no tiene prisa, porque tú serás hoy el último que le escucha y le mira a la cara.
Quise recuperar la oración de las niñas, la que mi madre me enseñó con paciencia y cariño; al meter la mano en el saco no encontré grandes gestas ni obras faraónicas, pero sí muchos detalles y hazañas menores disfrutadas siempre en compañía. Desde el momento en que me dejaron salir a la calle a jugar sin la custodia de mi hermano hasta hoy, se almacenan infinidad de vivencias gozosas compartidas. También hay experiencias que han dejado muesca -unas en la piel, otras en el corazón- pero esas no están en el saco, no tiene sentido guardar sucesos que ennegrecen el ambiente como nubarrones que amenazan tormenta. Olvidar es un ejercicio sano que despeja el cielo para que la luz de la alegría ilumine el día. Recordar es volver a vivir, y hoy mientras hundía la mano rebuscando la oración he vuelto a encontrarme con tantas personas que me han acompañado en esta aventura formidable que es la vida. Y allí en el fondo, donde casi no llega la mano, la he encontrado; al sacarla con mimo a la luz, he sonreído porque de nuevo me he visto de rodillas con el culete apoyado en los talones diciendo: Jesusito de mi vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/03/25
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.