Dic 17, 2019 | Escritos
Dejo el coche en el garaje con ganas de llegar a casa y relajarme; sobre todo darle un abrazo. El día en la oficina ha sido intenso y tenso. Salgo del ascensor y pienso en ella. A primera hora de la tarde me ha llamado ¿a qué hora llegarás? Querrá contarme algo, compartir una alegría o un disgusto. Me entran las prisas.
Delante de la puerta respiro hondo tres veces, hago reset y limpio la mente. Visualizo su cara, eso me llena el corazón de alegría y me ilumina la cara con una sonrisa. Me arreglo la corbata, estiro un poco la americana y entro. ¡Hola! ¡hola!… no hay respuesta. Avanzo por el pasillo, abro todas las habitaciones, no está. Noto la amenaza de tormenta, de crisis emocional ¿cómo es posible que no esté?
Entro en la cocina, la mirada se va directa a un papel pegado en la nevera, escrito con letras grandes: he salido un momento a comprar, no te quites la corbata, vuelvo enseguida ¡TE QUIERO!
Cierro los ojos, imagino el abrazo, me quedo bobo y ahí me encuentra ¡anda, míralo! ¿por qué no respondes, qué haces? Pues … es que te estaba diciendo que … yo también ¡TE QUIERO!
16-12-19
Relato inspirado y dedicado a Ignacio y Lola, que el día 5 cumplieron veintidós años de novios. Recuerdan con todo detalle el momento, lugar y circunstancias en que se puso en marcha su calendario particular, donde también tienen remarcada la fecha de la boda y el nacimiento de cada uno de los tres hijos. No todo ha sido de color rosa, pero han sabido mantener viva la llama que aquél día encendieron; esa llama que hoy sigue chisporroteando por sus ojos cuando se miran y que calienta los abrazos cuando al final de la jornada se encuentran.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 4, 2018 | Escritos
Durante la comida en el trabajo, Pedro nos cuenta que su hijo Alberto de 7 años, ha empezado a jugar de portero con el equipo de fútbol del cole. Le enorgullece verle durante todo el partido muy bien colocado bajo los palos, siguiendo con atención las jugadas allá a lo lejos; los jugadores de los dos equipos parecen un enjambre que sigue al balón allí donde esté. Dice que Alberto asume la responsabilidad de guardar la portería para que sus compañeros jueguen tranquilos y que, si al balón se le ocurre llegar hasta sus dominios, sepan que allí está él para no dejarlo pasar.
Nos enseña una foto y todos coincidimos en titularla “la soledad del portero”.
Por la tarde, de regreso a casa en el coche, me viene el recuerdo de cuándo a la edad de Alberto salía corriendo del cole porque en casa me esperaban dos cosas: el beso de mi madre y la merienda. Lo primero me importaba menos que lo segundo; luego, con el tiempo, me di cuenta de que a mi madre le pasaba lo contrario. Mi hermano solía llegar antes, porque era mayor, corría más y también quería pillar la mejor parte de merienda; nunca discutimos por haber llegado antes a besarla, pero sí por diferencias de interpretación sobre a quién de los dos le correspondía uno u otro bocadillo.
Como el portero, mi madre pasaba casi todo el día sola, trabajando por y para los suyos. Nosotros no lo teníamos en cuenta, pero llegábamos a casa con la seguridad de que las cosas estarían hechas. Los compañeros de Alberto no están mirando a la portería todo el rato, pero saben que está bien defendida.
Dos o tres buenas paradas le sirven para justificar todo un partido sin moverse de su área chica, aunque después sólo se hable de quién ha marcado los goles. El trabajo de mi madre, de todas las madres, también tiene sus momentos de gloria cuando los hijos llegan a casa y se encuentran, entre otras cosas, la merienda preparada.
Son tiempos en los que el esfuerzo, el trabajo, la generosidad o la entrega, tienen dificultades para pasar de las palabras a los hechos. Por eso, desde aquí mi felicitación a Pedro por estar orgulloso de su hijo, un chaval que habitualmente pasará desapercibido y que, si es capaz de asumir un puesto poco brillante pero útil y eficaz, será porque en casa tiene un buen ejemplo… o dos.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader