Atraído por la belleza

Atraído por la belleza

Como los últimos veranos, espero que también éste venga a Madrid y pueda acompañarle a visitar algún museo. Con sus explicaciones, entiendo por qué me siento atraído por la belleza.

Nos conocimos en mayo de 1979, en una actividad con gente de su curso; la amistad surgió fácil y permanece viva con encuentros frecuentes a pesar de los seiscientos kilómetros que la vida puso de por medio.

Su tía, la madrina, intuyó que aquel crío tenía un don para descubrir la belleza donde los demás sólo vemos lo que vemos; y arte para plasmarlo en el papel. A los cinco años le regaló una caja de pinturas, a los seis una de pinceles y desde entonces no ha dejado de pintar.

En BUP repitió curso, al siguiente lo dejó sin acabar; los estudios no eran lo suyo, le dijo el tutor, y mejor que se pusiera a trabajar. Le hizo caso y se puso con su padre, aunque él lo que quería era pintar. Como la viña y el trozo de tierra no daban para los dos, se fue a Barcelona. Trabajó en lo que pudo mientras pintaba. Hizo varias exposiciones, bien de crítica y escasas de ventas. La realidad se imponía, difícil vivir de la pintura. Fue repartidor, mozo de almacén, portero en un colegio. Le ofrecieron impartir un taller de arte y tuvo lista de espera. Se animó, quiso explorar ese camino. Con veintiocho cumplidos superó la prueba de acceso a la Universidad para mayores y empezó Bellas Artes. Trabajo, estudio y pintura, sin descuidar los amigos y las excursiones. Cinco años de renuncias y esfuerzo culminaron con la ceremonia de graduación y al nuevo Licenciado le contrataron de profesor. Enseñaba lo que llevaba en la sangre, disfrutaba con lo que hacía y pintaba. Después de una pausa, siguió con el curso de doctorado. Hace cinco años defendió su trabajo de investigación y el flamante Doctor ahora también imparte clases en la Universidad.

Pronto para montar el caballete y trasladar su visión al lienzo con una paleta de colores vivos y matices mediterráneos, pinta lo que los demás no vemos y nos atrae sin saber por qué.

Que eso es un artista, y un amigo artista no lo tiene cualquiera. Bueno, yo sí; pero es que me lo puso muy fácil. Tanto como cuando le acompaño al museo y con sus explicaciones entiendo por qué también él se siente atraído por la belleza.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/07/23

Gracias Narciso

Gracias Narciso

Un lunes por la tarde del pasado mes de marzo, asistí a una conferencia. El tema era de mi interés, pero Morfeo me enredó y por unos momentos me ganó el pulso. Oí citar a Narciso Yepes, di un respingo y recuperé la atención. El conferenciante contaba una anécdota sobre este famoso músico, del que yo conocía sólo su relación con el Concierto de Aranjuez. Poco había contado, pero suficiente para despertar mi curiosidad, buscar más información y descubrir un gigante.

Humilde de cuna y de espíritu, nació en Lorca (Murcia) en 1927 en una familia campesina. Es conocido mundialmente por su trabajo como guitarrista clásico español, pero el éxito no le afectó al interior de su ser.

Cuando doy un concierto, el instante más emotivo y feliz para mí es ese momento de silencio que se produce antes de empezar a tocar. Entonces sé que el público y yo vamos a compartir una música, con todas sus emociones estéticas. Conservo en mí el alma de campesino que sabe levantar la mirada hacia el cielo. He intentado aceptar y desarrollar el don recibido. Creo que la respuesta de un hombre es agradecer lo que le es dado y ponerse al servicio de los demás, intentando transmitirlo. Espero dejar huella para los jóvenes que no escatiman el esfuerzo”.

Mi vida de cristiano tuvo un largo paréntesis de vacío, que duró un cuarto de siglo. Me bautizaron al nacer, y ya no recibí ni una sola noción que ilustrase y alimentase mi fe. Fue una conversión súbita, repentina, inesperada y muy sencilla. Yo estaba en París, acodado en un puente del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana. Exactamente, el 18 de mayo. De pronto, le escuché dentro de mí. Quizás me había llamado ya en otras ocasiones, pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía «la puerta abierta» Y Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida”.

Su vida no fue fácil, su hijo Juan de la Cruz murió de accidente con 18 años. El a partir de los 66 años limitó sus apariciones por el fuerte dolor que le causaba la enfermedad y murió con 69.

Enamorado de su mujer Marysia, a la que conoció siendo una joven polaca estudiante de filosofía; de sus hijos, de sus amigos. Ella le dedicó el libro “Amaneció de Noche” en el que narra los últimos años de su vida, un canto al amor que da sentido al sufrimiento.

Después de haber descubierto un gigante y con la confianza que me da tener el mismo origen campesino, me atrevo a decir ¡Gracias Narciso!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

05/07/23

Aplausos a los dos

Aplausos a los dos

Pepe y Mari son padres jóvenes de familia numerosa, el mayor con diez años. Nos conocemos desde hace tiempo y mi admiración por ellos hace que, en ocasiones, sea poco objetivo al hablar de esa familia: es lo que tiene el cariño.

Pepe trabaja en un banco y Mari, enfermera, en el quirófano de un hospital.

Con Pepe suelo coincidir a la salida del colegio porque viene a recoger a los niños; en las conversaciones, la mayor parte del tiempo se la llevan las incidencias en casa; un piso pequeño provoca muchos roces entre niños… y entre mayores. Procuran compensarlo con salidas al campo los fines de semana, una forma de pasar juntos el tiempo libre que les aporta distensión y alegría.

Un día que estábamos relajados hablando en torno a la mesa del bar de enfrente, salieron algunos aspectos del trabajo de los dos, que le estaban afectando porque no conseguía encauzarlos.

“Cuando Mari se queda más tiempo en el hospital porque se han presentado más operaciones de las previstas, me enfado porque de buena es tonta; es que es incapaz de negarse. Entonces llega a casa muy tarde, ya están acostados los niños y se han ido a la cama sin ver a su madre en todo el día. Aunque procuro no verbalizar el enfado, se me nota y la relación se tensa”. “Otro momento que me afecta es cuando dice que al día siguiente no tiene que ir a trabajar porque le han dado libre para compensar. En el fondo noto que hay algo de envidia, porque tendrá el día para ella sin niños y a mí eso no me sucede. Mi reacción es un poco infantil, como de no hablar o pues ahora no respiro”.

En aquel momento no le añadí ningún comentario; me pareció que ya era mucho si Pepe reconocía la situación, no hacía falta abundar en consejos.

La semana pasada volvimos a tener oportunidad de hablar tranquilamente; a la vuelta del verano no habíamos pasado de unos saludos y cuatro frases. Durante la conversación surgió el momento y le pregunté ¿cómo vas con lo del trabajo de Mari?

Pues mira Rafa, gracias a Dios estoy mejorando. Desde aquella vez que te conté, cuando Mari llega tarde por imprevistos la espero con la mesa puesta para cenar juntos. Procuro recibirla con un abrazo y decirle al oído “te quiero tanto que esa tontería no puede afectarnos”. Y cuando le dan día libre, reúno a toda la pandilla y aplaudimos a mamá “porque así podrá descansar y estará en casa cuando lleguemos del cole”.

Es verdad que no salgo victorioso en todas las batallas; algunas las pierdo, me puede el carácter y me enfado igual. Pero con la ayuda de Mari, que es muy buena, esta guerra la ganaremos.

De regreso a casa, paseando sin prisa, me di cuenta de que también a mí me entraba una cierta envidia: pero no tenía claro si quería ser Pepe o Mari. Y con el corazón me vi mezclado con la pandilla en un día de aplausos ¡a los dos!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Dormía con la misma intensidad que vivía

Dormía con la misma intensidad que vivía

Ramón es un tipo al que la vida no se lo ha puesto fácil; algo tiene que todos le quieren. Trabajó en cuanto pudo para mantener su familia a la que pronto le faltó el padre y estudió todo lo que el cansancio le permitía. Llegó a la universidad en el turno de tarde y conoció a Lola en el segundo año de carrera. Se casaron jóvenes con la prisa de los que se quieren y la ilusión de formar una familia generosa. Pasaron cuatro años y el matrimonio seguía sólo, con el sufrimiento de la falta de la compañía que tanto anhelaban. Por fin llegó Teresa y a continuación Javier; con el tercero, Ramón empezó la segunda carrera para garantizar un mejor futuro para los suyos, mientras el trabajo le lanzaba de un punto a otro por medio país; el piso se quedó pequeño con la cuarta y el quinto vino con las llaves de la nueva casa bajo el brazo. Allí llamaron a la puerta los siguientes hasta que el matrimonio y los once hijos se hicieron la foto definitiva para el carnet de familia numerosa. Intercalados con los hijos, el padre de Lola y la madre de Ramón también encontraron acomodo en el hogar.

Piluca lleva el número 8 en la camiseta del equipo familiar; genio inconformista, líder en su clase de 3º ESO, adolescente en pleno apogeo. Quiere ser buena pero mejor no recordárselo; juega a ir de mala y lo hace fatal. Cuando sube, querría bajar; y cuando va le apetece volver. La otra noche nos dio la cena, contaba Ramón. Se enfadó con nosotros, con sus hermanos, con el mundo: el motivo era Moisés, el de la biblia. En la mesa nos interpelaba ¿porqué la Iglesia no ha hecho Santo a Moisés? ¿eh? a ver ¿porqué?  a otros sí y a él no ¿porqué? A Ramón no le ha pillado falto de experiencia, pero reconoce que ésta es distinta y le exige técnicas nuevas. Utiliza la de callar y esperar que escampe; le pone mucho cariño y algo más de paciencia. Acabó la cena enfadadísima porque en aquella casa no se puede dialogar, que son como paredes y que para eso mejor se iba a dormir. Y se encerró en la habitación con un sonoro portazo. Ramón dejó pasar unos minutos, le hizo un guiño a Lola y subió a la habitación; llamó con suavidad y entró sin esperar respuesta. Piluca, hija, ¿¡qué quieres!? Sólo recordarte que no te has lavado los dientes ¡ni pienso! ¡y tampoco voy a rezar! Bueno, tu verás, pero si no te lavas los dientes, te pueden salir caries, ya sabes lo que ha dicho el dentista de cómo tienes la dentadura ¡me da lo mismo! ¡y tampoco pienso rezar! Ramón se esforzaba por dar un tono serio a la conversación, lo más que podía en aquella situación tragicómica. Con las caries se te puede caer un diente y estarías muy fea; ¡como si se me cae toda la dentadura! Sería una lástima ver a una chica tan guapa como tú y sin dentadura, pero ya eres mayor para saber lo que haces. Volvió sobre sus pasos al salón y se sentó como quien lee el periódico a la espera de acontecimientos. Podía utilizar el aseo de arriba y pasar desapercibida, pero quiso usar el que está junto a la cocina. Con la toalla y el cepillo en la mano, Piluca pasó por detrás de su padre sin decir palabra, arrastrando los pies por si no se había enterado. Cuando la oyó entrar de nuevo en la habitación, dejó el periódico, subió el primer tramo de escaleras y la llamó ¡hija! ¿¡que quieres!? Te vas a dormir y no me has dado un beso; ¡pues te aguantas! ¿cómo puedes tratar así a tu padre? Mira, yo he subido la mitad, te propongo que tú bajes la otra mitad; unos segundos largos, se abrió la puerta y Piluca apareció confusa, lenta, como quien no quiere lo que quiere, y llegó hasta la mejilla de su padre; el padre se dejó querer, la tomó del brazo delicadamente y la acompañó sin prisas saboreando aquel momento; arrodillados al pié de la cama, rezaron juntos como hacían cada noche. Después, desde la cocina la oyeron hablar con su hermano como si nada hubiera pasado; sonó la guitarra y cantaron su canción preferida.

Con todos acostados, Ramón y Lola se alargaron en la sobremesa; la hora, el silencio, la luz tenue, facilitaban una conversación tejida sin prisas, más de oír que de hablar, atento al otro que se abre natural, sin adornos; y valía la pena escuchar palabras que llevaban premio.

Antes de ir a dormir, Ramón pasó por las habitaciones a disfrutar del último instante. Piluca, con la sonrisa en los labios, dormía con la misma intensidad que vivía.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Carmen y Vicente, sencillez y cariño

Carmen y Vicente, sencillez y cariño

Me llamó mi hermano ¿qué haces en Semana Santa? Me quedo por aquí, pendiente de unos asuntos que están al caer. Pues mira si haces hueco para venir a comer el viernes, que tus sobrinos te reclaman. Después nos acompañas a los oficios y a la procesión, y así nos ayudas; Teresa está un poco cansada estos días y quiere estar disponible para lo que necesite el párroco.

Llegué con tiempo y, antes de subir, pasé por la iglesia a rezar por ellos en el monumento que hacen en la capilla; un canto a la sencillez y buen gusto, con un ambiente recogido, centrado en el sagrario.

Al momento entraron Vicente y Carmen, con quienes de vez en cuando he hablado y de los que tengo abundantes referencias por la amistad que tienen con mi hermano, vecinos de la misma escalera. Nos saludamos con la mirada, estuvieron un ratito y se fueron.

Al salir, los vi más adelante en la misma acera, retuve el paso para contemplarlos. Caminaban sin prisa con las manos entrelazadas, hablaban, se miraban; me despertaron la admiración de su fidelidad, asentada en años de matrimonio, de dificultades, de alegrías, de luces y alguna sombra.

Al acabar la mili, Vicente se quedó en Madrid a buscar trabajo; su noviazgo con Carmen daba sus primeros pasos en el pueblo y quería ofrecerle un horizonte donde cumplir sus sueños. No tardaron en casarse y se instalaron en un barrio sencillo, unos bajos que en sueños les pareció un palacio. Nació Pedro, un chavalote cargado de energía y sonrisa amplía. Cambiaron de piso, esta vez un tercero sin ascensor. María y Vicente completaron los gozos del matrimonio y se esforzaron como jabatos para sacarlos adelante.

Volvieron a estrenar vivienda, la definitiva, en una zona por entonces de reciente construcción y donde todos los vecinos eran nuevos. Pedro pasó a la universidad y acabó Ingeniería Informática. María fue una chica inquieta, alegre, que revolucionaba la casa. Los últimos años del Instituto empezó a salir con un grupo del barrio, bajó rendimiento en estudios, pero consiguió entrar en la universidad. El ambiente que frecuentaba preocupaba a sus padres, sufrían en silencio y un día marchó de casa; dejó la familia, los estudios y le perdieron la pista. Vicente también tenía muchos amigos en el Instituto y los mantuvo en la Universidad. Colaboraba con la parroquia, ayudaba en catequesis y en las actividades deportivas. Empezó a salir con una compañera de clase sin dejar a los amigos; organizaban excursiones y celebraban las fiestas en casa de unos y otros. En 4º de Físicas acabó de madurar la idea que le rondaba en su interior y un día sentó a sus padres: quiero ser sacerdote. Al acabar la carrera se fue al seminario.

Pedro tiene un buen trabajo, es muy apreciado en la empresa; les ha dado la alegría de los nietos. Vicente está en la Parroquia de un barrio cercano y va por casa con frecuencia. María volvió, mal, muy mal, pero tuvo la valentía de llamar a la puerta y abrazar a su madre. Dicen que se curará, que la recuperación depende del entorno y de su fuerza de voluntad; cariño, comprensión y fortaleza no le van a faltar.

Vicente está jubilado y con Carmen vuelven a vivir una nueva etapa en su vida; participan juntos en actividades del Centro Cultural del barrio, ayudan en tareas asistenciales de la Parroquia, cuidan los nietos siempre que hace falta; son queridos en la escalera y allí donde se les conoce. Y pasean su cariño por la calle con la misma naturalidad y sencillez con la que viven.

Llegamos juntos al portal de la casa, nos saludamos y pasamos al ascensor. Poco tiempo, pero suficiente para que me pregunten por todos los míos y se interesen por mí. Ellos continúan; me quedo en el rellano un instante, antes de llamar al timbre, para digerir todas las emociones que me han despertado en tan poco rato. Aún así, cuando me abre Teresa me pregunta ¿qué te pasa? Pues que he venido con tus vecinos y… ¡son un encanto! me dice.

Sí, y un ejemplo en vida; muchas gracias Carmen y Vicente, sencillez y cariño.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18 de agosto de 2020