Mar 26, 2025 | Escritos
Era 21 de marzo y como todos los viernes acudí a la reunión del Patronato. Después de saludar a los de la oficina, me senté en la sala a leer correos mientras llegaban los demás. Algo pasaba ese día que la vista se apartaba del ordenador atraída por algo llamativo en los pies de cada uno de los que entraban.
Empezó la reunión; sobre la mesa papeles y pantallas, manos que se juntan y se separan, que juegan con el bolígrafo o toman nota. Por debajo de la mesa, un mosaico multicolor hecho de calcetines que se abren paso entre la seriedad de pantalones y zapatos, para lanzar su mensaje: merece la pena.
Nacho es un tipo inquieto, emprendedor, activo, que habla a la misma velocidad que fabrica los argumentos para apuntalar sus ideas. Dirige un colegio de educación especial y por los poros le sale el convencimiento de que merece la pena dedicarse a lo que se dedica. Cada año consigue involucrar a más personas en hacer visible su propósito de normalizar la diversidad con el gesto de calzar calcetines desparejados el 21 de marzo, desde que en 2011 las Naciones Unidas lo declarara el día mundial del síndrome Down (trisomía del cromosoma 21 -que tiene tres copias en lugar de dos- y por eso se une el 21 y el 3 para indicar día y mes). La idea de los calcetines se le ocurrió a la niña británica Chloe Lennon, para recordar que ser diferentes nos hace únicos; no hace falta encajar en un molde para tener un lugar en el mundo.
Mi aproximación al mundo de la diversidad ha tenido varios caminos; el más serio a través del colegio de Nacho; el más simpático por la historia de Jack, un adolescente al que se le desmoronan los pilares de la infancia que sostenían su inocencia al descubrir que vive en un mundo en el que lo distinto se discrimina, y el síndrome de Down no es una excepción. Hasta el punto de que empieza a sentir vergüenza de su hermano Gio. Con cinco años y dos hermanas, sus padres les anunciaron que iban a tener un hermano especial. Él lo interpretó como que sería un superhéroe y se alegró muchísimo. Poco a poco descubrió que lo de especial era verdad, que era distinto a los demás, pero lo de tener superpoderes iba para largo. Averiguó lo que significa síndrome Down y vio que en el Instituto donde se matriculó de adolescente eso podía ser un lastre; Gio le provocaba rechazo, vergüenza, lo ignoraba delante de los compañeros y nunca les habló de su hermano. Pero cuando llegaba a casa jugaba con él, compartía habitación y, en el fondo, lo quería. Esa doble vida saltó por los aires el día que delante de todos los que le importaban se atrevió a contarles quien era Gio: “Tiene ahora trece años y una sonrisa más ancha que sus gafas. Adora a los dinosaurios y el rojo; va al cine con una amiga y vuelve a casa diciendo «me he casado». Baila solo en medio de la plaza al ritmo de la música de un artista callejero, y los transeúntes, uno tras otro, se sueltan y empiezan a imitarlo: Es un tipo que hace bailar plazas enteras. Cada día sale al jardín y lleva una flor a sus hermanas. Y si es invierno y no encuentra la flor, les lleva hojas secas. Gio es… mi hermano. Y ahora entiendo que es un superhéroe y, además, mi mejor amigo”.
A Jack y Gio los conocí en el libro “mi hermano persigue dinosaurios” y en la película del mismo nombre. Y desde entonces me acompaña la presencia siempre afectuosa de Gio, su frescura y mirada maravillada que consiguen cambiar el corazón de Jack: “querer a un hermano no significa elegir a alguien a quien querer; sino encontrarte a tu lado a alguien a quien no has elegido, y quererlo.»
La historia de Gio la viven a diario todas familias que frecuentan el colegio de Nacho y nos dicen al ver a sus hijos asumir responsabilidades, tener amigos, formarse, crecer, caminar… ¡vivir!: merece la pena.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/03/25
Mar 19, 2025 | Escritos
Nos invitaron a tomar café para que conociéramos el nuevo piso que habían alquilado. En la habitación de las niñas, me atrajo el cuadro de la pared a la cabecera de la litera. Sin gafas no distinguía, me acerqué para ver de qué se trataba y me sorprendió aquella oración que tantas veces habré rezado de pequeño, pero que ahora me sonrojaba por una mezcla de orgullo tonto y rigidez mental. Quedé removido y pedí volver a ser niño un instante cada noche antes de acostarme, para ser capaz de rezarla con la sencillez que lo hacen Cris y Nena.
Se agitaron los recuerdos de aquel mundo estrecho de horizontes cortos, que por la simplicidad propia de la edad parecía inmenso, inalcanzable, porque cada día se vivía con intensidad y la hora de ir a dormir te pillaba con muchos sueños por cumplir. Mi madre pasaba a darnos el beso de buenas noches y preguntaba ¿has rezado? Algunas veces se me olvidada y entonces saltaba de la cama, de rodillas con el culete apoyado en los talones, metía a Jesusito en mi vida y luego bajo las sábanas continuaba contándole lo hecho y lo por hacer, como uno más en mis sueños.
Luego vinieron los años del cambio de voz y granos en la cara, del corazón lleno de personas y aficiones, de ilusiones y ambiciones; tu mundo se queda pequeño, incluso ridículo, y el Jesusito cae al fondo del saco a donde la mano nunca llega. Son esos años en que los padres se ponen rarísimos, no hay quien los entienda; se caen del pedestal, ya no son tus héroes, no entienden los nuevos tiempos y son un freno para los planes. La pandilla es el refugio, el paraíso a donde quieres llegar cada tarde al salir del instituto. La amistad es un valor que cotiza al alza, se arma un andamio de relaciones, afectos y sentimientos que sostiene el crecimiento en esos tiempos confusos.
Cuando se disipa la polvareda que levanta la adolescencia, descubres que los padres siguen ahí, a tu lado. Que dan calor al hogar a donde vuelves cada noche después de la jornada de trabajo y de estar un rato con esa persona que has seleccionado de entre todas las que metiste en el corazón. Que la familia es el lugar donde tu ausencia no pasa desapercibida. Que cuando sales por la mañana a la calle, lo haces confiado en que tienes a donde volver porque te esperan. Y notas el contraste con quien al decirle “hasta mañana” no tiene prisa, porque tú serás hoy el último que le escucha y le mira a la cara.
Quise recuperar la oración de las niñas, la que mi madre me enseñó con paciencia y cariño; al meter la mano en el saco no encontré grandes gestas ni obras faraónicas, pero sí muchos detalles y hazañas menores disfrutadas siempre en compañía. Desde el momento en que me dejaron salir a la calle a jugar sin la custodia de mi hermano hasta hoy, se almacenan infinidad de vivencias gozosas compartidas. También hay experiencias que han dejado muesca -unas en la piel, otras en el corazón- pero esas no están en el saco, no tiene sentido guardar sucesos que ennegrecen el ambiente como nubarrones que amenazan tormenta. Olvidar es un ejercicio sano que despeja el cielo para que la luz de la alegría ilumine el día. Recordar es volver a vivir, y hoy mientras hundía la mano rebuscando la oración he vuelto a encontrarme con tantas personas que me han acompañado en esta aventura formidable que es la vida. Y allí en el fondo, donde casi no llega la mano, la he encontrado; al sacarla con mimo a la luz, he sonreído porque de nuevo me he visto de rodillas con el culete apoyado en los talones diciendo: Jesusito de mi vida.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/03/25
Ene 5, 2025 | Escritos
Mi madre viaja en un tren que avanza tranquilo para que los pasajeros puedan disfrutar de la conversación, del paisaje y de los recuerdos que afloran. Las estaciones coinciden con los años y ayer hizo parada en la de LOS CIEN. A mi padre hace dieciocho años que una enfermedad le apeó del tren y mi madre continuó el viaje ella sola, asomada a la ventana mirando hacia atrás por si le veía y, a ratos, hacia adelante. Poco a poco, el recuerdo del trayecto recorrido juntos le dio fuerza para hablar más del futuro que del pasado. Y dedicó su tiempo a ayudar a los hijos, la familia, las amigas, las vecinas y cualquier persona a quien pudiera prestar un favor. De nuevo sus conversaciones se llenaron de contento por lo hecho y de alegría por lo que tenía por hacer. Nos ha enseñado a disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes, aunque de estas pocas encontramos en su currículum; salvo que, al vivirlas con intensidad, las pequeñas se convierten en grandes.
Fui el primer hijo en marchar de casa. De pie en la estación, con la maleta a los pies, un domingo de octubre esperamos el tren que me llevaría al futuro. Los nervios y la juventud me sujetaron al “yo” y fui incapaz de darme cuenta de lo que mi madre estaba viviendo en aquel momento. Más adelante lo he podido comprender, porque cuenta con mucho detalle todo lo que guarda en su memoria, aunque se le olvida lo de ayer. “Cuando marchaste a los quince años procuré rellenar el hueco con tus hermanos; ellos, el trabajo de la casa, ayudar a tu padre y atender otras necesidades, mantenían la mirada alta. Pero luego marchó José Antonio, Elvira, Joaquín… las habitaciones se quedaron vacías y me daba no sé qué pasar por allí”.
Ese no sé qué era por nosotros, no por ella. Mi madre no habla de cosas, habla de personas. En sus relatos, los aspectos materiales tienen un papel segundón, importan poco; sus historias son con personas: su abuela, los padres, los hermanos, las primas, las amigas, la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos. Lo que llena su corazón son los demás y por eso habla de ellos.
Quien quiera que se siente a su lado en este viaje de la vida, tardará muy poco en verse acogida en una conversación que empieza por lo evidente, por lo más sencillo; y acaba no se sabe cuándo ni donde, porque la cabeza y las fuerzas le acompañan, y los temas de su interés son amplios.
Doy gracias a Dios que nos ha permitido revivir aquella escena de un domingo de octubre, pero con los papeles invertidos: ahora ha sido una bienvenida en lugar de una despedida; quienes la queremos estábamos en el andén esperando el tren que la lleva por la vida y la hemos visto llegar arreglándose el pelo en el cristal de la ventanilla, mientras canturreaba una jota y se le iluminaba la cara de alegría al vernos bajo el cartel que anuncia: estación LOS CIEN.
05/01/25
Nov 20, 2024 | Escritos
La última experiencia de viaje en tren está calentita, recién salida del horno; tanto que todavía no se han apagado las imágenes que a través de la ventanilla quedaron grabadas en la retina cada vez que levantaba la vista. La mañana soleada, dejaba fuera del vagón el fresco de las primeras horas del día; las lluvias que han empapado la tierra estos días pasados, han hecho reverdecer el campo en una imagen engañosa porque no es una primavera anticipada, si no la despedida del otoño antes de retirarse al interior de la tierra para que no la hiele el frío del invierno; entonces crece para adentro y brota de nuevo con fuerza en la primavera.
Ha sido esta semana cuando he viajado a León con Josemaría para visitar un colegio; con él comparto intereses vitales de fondo que nos unen en la dedicación al mundo educativo; pero nuestras aficiones caminan por derroteros distintos. Él es más de hacer cundir el tiempo que de mirar por la ventanilla; mientras yo me embelesaba con el reflejo del sol en la copa de los robles, él contestaba correos y atendía llamadas. Será por eso por lo que me sorprendió cuando, pasado la mitad del trayecto, cerró el ordenador, cerró los ojos el instante que dura un respiro hondo y me preguntó ¿qué te pareció la conferencia del sábado? Esa sí que no me la esperaba; me removí en el asiento para encontrar la posición correcta mientras por dentro una voz me decía “aprovecha, aquí hay tema”, porque la oportunidad era más para escuchar que para declarar.
El tipo nos había sorprendido hablando de optimismo en la educación, tanto en la familia como en la escuela. Necesario para que los jóvenes puedan superar las dificultades que en la vida se van a encontrar y fortalecer su voluntad para querer a los demás; sobre todo para amar a quien escojan para recorrer juntos el proyecto de vida. Aquí se extendió algo más en la importancia de un amor para siempre, hasta la muerte si hace falta. Y reforzó sus palabras con un párrafo de una canción de Joaquín Sabina ¡quién lo iba a decir! Es el estribillo de la canción “Contigo”: Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan, nunca mueren.
Al llegar a casa busqué la letra completa de la canción, tenía interés en saber por qué lo ponía de ejemplo. Y descubrí un canto al amor de verdad, de ese que no se conforma con banalidades, del que se manifiesta en la salud y la enfermedad: lo que yo quiero corazón es que mueras por mí.
La canción forma parte de un disco que lleva por título: yo, mí, me, contigo. Porque alguien capaz de amar así conjuga el tú, el contigo; quien ha sido educado en superar dificultades con optimismo, es capaz de compartir una vida hasta el final. El conferenciante nos hizo reír a la vez que nos dio abundantes ideas para educar con optimismo. Pero además consiguió que ahora me lo imagine dictando a dúo la conferencia con el cantautor Joaquín Sabina; uno dando ideas y otro poniendo música a la propuesta “lo que quiero muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí”. Nada de tonterías, nada de trivialidades, que aquí quien más quien menos, a lo que aspira es a un amor de verdad, del que lo entrega todo en un “yo, mí, me… contigo”
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/11/24
Oct 23, 2024 | Escritos
Pasen y vean era el reclamo que utilizaban, a voz en grito, algunos espectáculos de la feria cuando se instalaban en mi pueblo para Todos Santos, incluido el circo que levantaba su carpa en el patio de la Escuelas Nacionales. No nos importaba pasar frío a los pies de aquel señor vestido para llamar la atención, subido a una tarima para que se le viera, mientras desgranaba una tras otras todas las maravillas que nos encandilarían si cruzábamos la entrada previo pago del precio que dejaría esquilmados los exiguos ahorros. La mayor parte de las veces, nuestra imaginación suplía la realidad y se dejaba llevar por las palabradas del orador como si de una nave espacial se tratara, en un viaje supersónico. Era un soñar despierto ambientado de olor a churros, patatas fritas y algodón de azúcar. Después, un recorrido sólo a mirar por las tómbolas, por los caballitos, por los autos de choque; y corriendo a casa con un revoltijo de emociones que mi madre tenía que interpretar, porque todas dichas de golpe, muy rápido y con grandes gestos, sólo las madres saben descifrar.
Pero lo de la Catedral de Burgos es otra cosa; nada de casetas de feria, de lonas sostenidas por endebles estructuras metálicas, tómbolas levantadas con frágiles paneles de madera o carpas sostenidas por tensores de cuerda. Estamos hablando de muros de piedra, de contrafuertes bien calculados, de siglos de trabajo, de algo serio. También aquí se puede vocear el “pasen y vean” pero con una diferencia en el resultado final. Al salir de la feria, casi siempre había un halo de desilusión porque lo vendido superaba lo visto; en Burgos, la Catedral te sorprende por mucho y bien que hayas oído hablar antes de cruzar la portada del Sarmental. Es lo que me sucedió hace dos semanas, cuando tuve la oportunidad de visitarla en grupo reducido, oyendo las explicaciones de un catedrático de Historia del Arte que hacía asequible en cuatro pinceladas la complejidad que nos rodeaba en las sucesivas capillas, vidrieras, sepulcros y retablos que visitamos. Ante la contemplación de la belleza, al espíritu le pasa como al edificio gótico, que se estira hacia arriba para estar más cerca de Dios. Ya en la calle, la lluvia y el frío que aquellos días se generalizó en toda la geografía, me obligó a encoger el cuello para taparme con ese gesto de recogerse sobre uno mismo, mientras recorría rápido el trayecto corto hasta el hotel junto al río. Fue la prolongación de la visita, los minutos de saborear lo vivido, la alegría de haber encontrado mucho más de lo que esperaba.
Dos días de trabajo con directores de colegios, alojados en aquel sencillo hotel de Burgos, repercutieron en la misma impresión que me había dejado la visita a la Catedral: la sorpresa está en el interior. Y si la sorpresa es para bien ¡miel sobre hojuelas! Allí me encontré con personas que conjugan el plural, el nosotros, porque el yo se diluye en el equipo para impulsarlo y animarlo; que asumen experiencias fallidas y puntos de mejora sin dramatismos; que buscan lo mejor para cada una de las personas que forman a diario y contribuir así a la mejora de la sociedad. Personas que en la calle no me hubieran llamado la atención.
Tarde he conocido la Catedral de Burgos, pero ha valido la pena si a partir de ahora esa experiencia va unida con la del grupo de directores de colegios, pues en los dos casos he recibido la misma lección: la sorpresa está dentro. Para llegar al interior de las personas hay que ir despacio, escuchar, prescindir de las primeras impresiones y ponerle algo de cariño. Entonces, si la sorpresa es buena, le puedes colgar el cartel virtual de ¡pasen y vean!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
23/10/24