Saber escuchar
«Es miércoles, un miércoles cualquiera, un día de diario, sin nada en especial… hasta ese momento.
He salido a resolver un asunto en el banco y, pasadas las doce, regreso al despacho. El semáforo rojo me detiene a la altura de un edificio singular: Colegio Infantil anuncia el rótulo de la fachada. Entre la acera y la puerta, un pequeño jardín con más tierra que hierba; imagino a la chiquillería como caballo de Atila en cada entrada y salida. Me fijo en un tipo que pasea arriba y abajo en tramos cortos, sin alejarse de la entrada; a cada giro, detiene la mirada en la puerta. Las manos recogidas en la espalda sostienen un paraguas; la madurez se le ha llevado parte del pelo y le ha regalado algunas canas. Ahora se detiene, con un gesto rápido alza la mirada, la cara se le ilumina con una sonrisa amplia, avanza rápido a su encuentro. Ya entiendo, la esperaba. El roce de sus labios con la mejilla que ella levanta con suavidad, produce un chisporroteo de cariño. Les veo marchar cogidos de la mano; ella habla con alegría y mueve con soltura la mano libre. Él tiene las dos ocupadas, la mira con algo más que atención sin perder ni una de sus palabras, la escucha ajeno al mundo que les rodea. El claxon nervioso del coche trasero me baja de la nube. Arranco, y al pasar a su lado me admira que sean capaces de andar mirándose a la cara sin tropezar. Llego al despacho, vuelvo a consultar el calendario y confirmo que hoy es miércoles, un miércoles cualquiera, un día de diario, pero que ésas dos personas anónimas lo han convertido en un día especial.»
Esta escena la viví hace unos años y, cuando la recuerdo, todavía me impacta el cariño con que se hablaban, la atención con que se escuchaban. Con esa actitud atenta parecían decirse “porque te quiero me interesas tú y lo que estás diciendo”. Si me llamó la atención, tal vez sea porque no abunda la escucha atenta. Las personas se escuchan cuando se sienten valoradas, queridas; y más si hay un argumento común en sus vidas. La advertencia, el reproche, la suficiencia, el aleccionamiento, el paternalismo, la indiferencia no favorecen la actitud de escucha. Parece algo muy sencillo, simplemente prestar atención a lo que nos dicen, pero algo tiene que la convierte en complicada porque nos escuchamos poco. Detenerse con cariño en lo que la otra persona nos dice supone enterrar el afán de protagonismo que se rebela a no llevar la voz cantante de la conversación. La calidad de vida que buscamos en la relación con los demás, se mide por la calidad con que nos escuchamos. Para eso hay que apagar el ruido interior que nos impide prestar atención a lo que viene del otro, vaciar nuestro almacén interior para hacer sitio a los intereses del otro.
Aquel tipo de esperar nervioso estaba adornado de una cualidad distintiva de algunas personas que, con su silencio, con su mirada, con su lenguaje corporal te invitan a que hables; a esas personas se les valora por encima de otras, porque es “de los que saben escuchar”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
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