Jun 16, 2023 | Aficiones, Escritos
Nazarí es un caballo torero, de la cuadra del rejoneador Diego Ventura. De raza lusitana y color castaño, con habilidad y potencia para galopar llevando al toro pegado a la grupa. Elegante en los andares, valiente para entrar de cara a la faena, preciso en la batida y en el quiebro. Con extraordinario físico y una estampa que embelesa.
Mi afición a los caballos no llega tan lejos como para describirlo con tanto detalle; para la ocasión he acudido a lo que otros han escrito sobre Nazarí, a raíz de que el pasado 20 de mayo se jubiló en la plaza de las Ventas de Madrid, tras una magnífica faena que le valió, una vez más, el mayor premio: la Puerta Grande.
Al final de la tarde, sin que nadie lo esperara, su dueño lo sacó de nuevo a la arena, le despojó de la silla, le quitó lentamente la cabezada, entre lágrimas le depositó un beso en la frente y le dio una palmada en la grupa para que galopara libre. El caballo salió al trote hacia la barrera y recorrió media plaza mirando al tendido, como si quisiera responder al público que le aplaudía de pie en homenaje a tantas tardes de gloria que han compartido. Luego volvió a encontrarse con el jinete y regresaron a la cuadra. Ahí se cerró el currículum del mejor caballo en su mejor momento.
En lo más alto de su carrera profesional, cuando todavía le quedan unos años de buen rendimiento, Diego Ventura decide jubilarlo como caballo torero: “nunca más volveré a montarlo, será para mis hijos, ellos disfrutaran de Nazarí y él de la libertad en los prados que le esperan”.
Estos días se han producido cambios importantes en instituciones públicas y privadas bien conocidas. Reciente la noticia de Nazarí, emocionado por su estética y removido por la decisión, relaciono unas jubilaciones con otras y me aplico por sacar consecuencias. Los cambios son necesarios, unas veces vienen impuestos y otras hay que decidirlos; pasa también en nuestra vida.
Seguramente no hay una única conclusión, pero me sirve de ejemplo la fortaleza, elegancia y generosidad que he visto en el caso de Diego Ventura y su caballo Nazarí.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/06/23
Jun 1, 2023 | Aficiones, Escritos
En los años que estuve en la escuela de D. Emilio aprendí muchas matemáticas; nos contagiaba su pasión por el cálculo y las operaciones. Allí los números comían el tiempo a las letras y de lectura andábamos justitos.
Luego pase al Instituto y la dedicación a la lectura siguió más bien escasa; leíamos lo imprescindible para llevar la lección al día.
En casa, mi padre era aficionado lector, pero tenía pocos libros, muy pocos; por no tener, no teníamos ni librería.
Por eso, hacia finales de los sesenta, me sorprendió mi hermano Jose Antonio cuando me propuso que hiciéramos la colección de libros RTVE; aunque el gusto por la lectura me pillaba un poco lejos, le dije que sí. De la paga que nos daban los domingos, apartábamos una cantidad para comprar cada ejemplar que se publicaba. Allí conocí a Julio Verne y disfruté con sus aventuras y ciencia ficción.

En la pandilla, Margarita metió el gusanillo de la lectura en plena adolescencia. Los libros de José Luis Martin Vigil pasaban de mano en mano y, a veces, había que esperar turno hasta que alguno quedaba libre.
Cuando llegué a trabajar a Barcelona, me instalé en una pensión donde lo que más abundaba era el tiempo. Por las tardes era frecuente vernos tumbados en la cama, leyendo novelas del oeste, del español Marcial Lafuente Estefanía que llegó a publicar más de dos mil quinientas. Les llamábamos novelas de “tiro tenso”.
Y de ese modo, la lectura se subió al tren de mi vida y la hemos recorrido juntos; títulos, autores y materias me han llevado de aquí para allá en un viaje emocionante, unas veces divertido, otras no tanto, siempre interesante.
Pablo, profesor de Historia y gran lector, me dio un consejo: “lee para disfrutar, no te importe si al cabo de un tiempo no recuerdas los personajes o las situaciones concretas. Cada libro deja un poso que te mejora sin que te des cuenta”.
Hoy me he acordado de todos los que he citado y quiero darles las gracias, junto a tantos otros que se han “posado” en mi interior con cada libro, porque rebuscando en la librería he encontrado un ejemplar de aquella magnífica Colección Libros RTVE.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/05/23
Ene 21, 2021 | Aficiones, Escritos
El día de Reyes te levantaste inquieto, algo nervioso, sin perder la serenidad y afabilidad de tu porte externo. Pendiente de todo y de todos, animabas el desayuno con tu conversación mientras te anticipabas a servir las preferencias de cada uno. Me decías que el corazón se te agitaba cada vez que pasabas por delante del cuarto que guardaba los regalos, deseando que llegara pronto el momento del reparto, pero sin desperdiciar ningún minuto de los muchos que aún faltaban, atento a la casa, las personas o el teléfono. El esmero que ponías en cada una de tus acciones, la sonrisa dibujada en tu cara, nada hacía presagiar la llama interior que alimentaba tu fiesta de Reyes. El espíritu del niño que un día fuiste seguía vivo cincuenta años después. Las cargas de una vida profesional dilatada, la responsabilidad familiar compartida, la implicación en varios proyectos sociales, tu participación en iniciativas ciudadanas, no habían alejado de tu interior la capacidad de ilusionarte ante un acontecimiento sencillo, ni la sensibilidad de emocionarte por un pequeño detalle. Te habías hecho hombre sin dejar de ser niño.
Disfrutaste de la fiesta. Te alegrabas con cada uno de los regalos que recibían los demás y se te iluminó la cara con los tuyos. Abrías los ojos expectantes mientras desenvolvías los paquetes y nos contagiabas tus sentimientos. Llegó el final y nadie se dio cuenta de que eras tú quien recogía, ordenaba y limpiaba, a la vez que te interesabas por uno y otro: ¿te gusta?, ¿estás contento?.
Tus regalos quedaron sobre la mesa. Cómo nos reímos, cuando contabas que a la mañana siguiente te habías despertado con el relincho de los caballos y saliste de la cama disparado para ver qué les pasaba; no distinguías si habían sido de verdad o eran parte del sueño que te envolvía aquella madrugada. Con la misma sencillez decías que, si no es en esta vida, al menos en la otra querrías tener muchos caballos, para que todos tus amigos podamos pasear contigo y enseñarnos todo lo que tú has aprendido con lo que te traen los Reyes año tras año.
Mientras lo contabas, pensaba que tus amigos no necesitamos un caballo para estar a gusto a tu lado, ni nos hace falta esperar a la otra vida para disfrutar contigo. Y aunque compartamos contigo la afición por los caballos, no es eso lo que nos lleva a buscarte, si no el espíritu del niño que permanece en ti.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Nov 18, 2019 | Escritos
He salido al jardín a respirar el aire del otoño, a empaparme de sus colores, sin intermediarios. El cielo, los árboles, las piedras, el silencio… me retienen con su mensaje.
La lluvia fina resbala por la capucha, mientras contemplo absorto el manto de hojas que cubren la hierba y los amarillos que se sobreponen a los verdes.
Antes vibré con la vida que brotaba de sus yemas, luego me emocioné con las flores que salpicaban el jardín. Mañana me cubrirá la nostalgia del invierno con sus ramas desnudas.
La vida te sorprende a cada paso, te ofrece la emoción de las cosas sencillas.
Cuando miras con cariño (a las personas, al paisaje), se despierta en tu interior la sensación de que la vida es algo más que hacer cosas.


18-11-2019
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Jul 4, 2019 | Aficiones, Escritos
Mi madre ha tenido desde siempre una gran afición por las flores y la mantiene en la medida que sus fuerzas le permiten llegar a los cuidados que requieren. Cuando de mayor tuvo más tiempo libre, la afición creció y también intentó conquistarme para ese mundo. No lo tenía fácil; por más que el alumno ponga empeño, hay sensibilidades que no crecen sólo con el esfuerzo y la buena voluntad.
Cada vez que voy a verle, paseamos por la terraza y me cuenta las peculiaridades de cada una: quién le dio la simiente, cuándo la sembró, las incidencias que ha tenido y cómo ha conseguido salvarla, los planes que tiene con ella… Sólo por ver su cara cuándo me habla de las plantas, vale la pena el viaje. Claro, que ella habla con esa emoción de todas las ilusiones que tiene en la vida: las plantas, los hijos, los nietos, los bisnietos y más cosas.
En la primavera de 2019 había comprado unas petunias. En el paseo por la terraza me describió sus características: plantas anuales de hojas alargadas o redondeadas, con flores solitarias y axilares que surgen en los ápices de las ramas. El cáliz es tubular, con corola en forma de trompeta y muy pedunculadas. La floración es abundante, sin parar desde principios de primavera hasta finales de otoño. Pueden tener cualquier color excepto el naranja. Toda la planta exhala un agradable aroma.
A la mañana siguiente nos sentamos a disfrutar del chocolate delicioso que hace para desayunar todos los domingos. La conversación estaba animada, tocó varios temas, pasaba de uno a otro con facilidad; de repente cambió el gesto, se detuvo y me dijo algo seria: “mira, no pongas petunias rojas porque son muy “apagás”; las de color rosa y las blancas son más agradecidas. A mí las rojas nunca me salen bien”.
Me detuve a mirarla con cara de interés, la cuchara a mitad de camino entre la taza y la boca, los ojos bien abiertos y por dentro procesando la información como si en ello me fuera la vida. Tuve suerte de que no me preguntara por las petunias blancas y de color rosa que me había dado en el viaje anterior, porque las tenía en casa muy pochas por haberlas regado más de lo que me dijo.
Cuántas veces me ha pesado no hacer caso a sus consejos; en asuntos prácticos y en otros de fondo, que las madres aciertan en todo.
Mientras acabábamos el chocolate, una voz interior me repetía: presta atención, toma buena nota y cuidado con las petunias rojas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
30/07/25