Los hijos de Laura

Los hijos de Laura

Los primeros capítulos de la nueva vida de Laura y Ramón transitaron por caminos distintos a los del guion de la novela que habían soñado el día de su boda, de eso hacía trece años. La alegría del primer embarazo llamó enseguida a la puerta y María se presentó con una parálisis desde la cintura a los pies. El segundo fue Javier, un síndrome de Down precioso y simpático que tenía su propio código de comunicación. Laura y Ramón se abrazaron a la realidad como se hace con quien más quieres en esta vida y la alegría de sus rostros era el resplandor del cariño que se respiraba en aquella casa. Después, Pedro, Carmen y Pablo llenaron los escasos huecos que quedaban en el piso, con un derroche de vitalidad que cubría su cupo y el de los dos mayores.

El matrimonio planeó reorientar los proyectos profesionales, porque aquella empresa familiar requería cabeza, corazón y tiempo. Laura era directiva en una gran empresa y aunque sus ingresos estaban por encima de los del marido, decidieron que diera un parón a sus actividades mientras los hijos la necesitaran. Ramón se multiplicó para aportar algo más de lo habitual y amortiguar las estrecheces económicas que se avecinaban.

Las rutinas organizativas de la familia cambiaban los fines de semana, cuando aprovechaban para hacer planes todos juntos. Los sábados los dedicaban a la compra en el centro comercial con un añadido en forma de helado. Los domingos iban andando a misa a la parroquia cerca de casa y luego de visita a los abuelos que vivían a dos manzanas.

Un domingo se cruzaron por la calle con una joven que empujaba un carrito con una criatura sana y robusta; se miraron sin llegar a decirse adiós. Laura quiso recordar aquella cara, la había visto antes y no acertaba a situarla. Dos semanas después, bajó al parque con María y Javier, a esperar que los otros tres llegaran del colegio. Al poco la vio llegar con el carrito, pero se quedó un poco apartada. Habría pasado media hora cuando la criatura empezó a toser y llorar; la madre nerviosa no sabía bien lo que hacer y pidió ayuda. Laura se acercó corriendo y entendió lo que estaba pasando; el crío se había atragantado, había empezado a cambiar de color y no respiraba. Lo tomó en sus brazos y con la experiencia de quien ha pasado por esa situación, lo volvió cara al suelo, le golpeó la espalda, le hizo unos movimientos en el pecho, en la garganta, y consiguió liberar la obstruc­ción. Calmada la madre y el hijo, se sentó con ellos para acompañarlos hasta que se recuperaran del susto. Todavía con los ojos humedecidos por las lágrimas de impotencia, la joven le dio las gracias por todo lo que su hijo le debía. Le contó que Laura y su familia no pasaban desapercibidos en el barrio y que ella y su marido se habían fijado en ellos en más de una ocasión; aunque él rechazaba aquel planteamiento de familia porque no quería tener hijos, ella sentía admiración. Cuando se quedó embarazada, el ambiente en su casa se volvió tenso y se vio sometida a presión, también por la familia del marido. Llegó un momento que aquello le superó y aceptó una propuesta que le partía el corazón. La mañana que les habían citado en la clínica, parados con el coche en el semáforo, comenzaron a pasar uno detrás de otro los cinco hijos de Laura: el discapacitado ayudaba al mayor a em­pujar el carrito de la paralítica, los otros dos iban tan contentos de la mano de la madre. Se le hizo un nudo en la garganta y rompió a llorar. Notó que su marido le pasaba la mano por el hombro, la recogía en un abrazo y que las lágrimas que caían sobre la blusa no eran sólo suyas. Se miraron como nunca lo habían hecho en un diálogo mudo que salía del corazón y regresaron a casa.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17/09/25

Adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”.

Dolor y cariño: un día en urgencias

Dolor y cariño: un día en urgencias

Han pasado casi cinco años de aquella mañana que Ingresé en urgencias a primera hora. Me había roto el tobillo y los médicos decidieron operar. Había que esperar a que se produjera hueco en el quirófano y me advirtieron que podía pasar varias horas allí. Acertaron con la advertencia.

Estuve distraído, aquel lugar no era apropiado para sestear o pensar en las musarañas. El trajín de las entradas y salidas, el ruido de los aparatos, los suspiros lastimeros y alguna voz fuera de tono, configuraban un cuadro de alerta permanente. El contrapeso lo ponía el personal sanitario que atendía la sala: aportaba calma, serenidad, amabilidad y cariño en cada una de sus intervenciones.

Recostado en la cama sin muchas ataduras, me entretuve con las historias que se sucedieron a mi alrededor.

Como la de aquel tipo con pintas de indigente, tostado por las horas de sol en algún rincón al rebrigo del frío callejero. Aquel día se había pasado con la dosis mañanera para desentumecer los músculos, trastabilló al cruzar la calle y los municipales lo trajeron para que le curaran. Debía tener los huesos duros a base de dormir a la intemperie, porque nada se había roto. En cuanto se espabiló, discutió con las auxiliares y se marchó sin atender a razones. No debía ser la primera vez: ellas sabían su alias y él conocía bien el camino.

A media mañana ingresó una señora de cara menudita pelo blanco y mirada serena; con cuidado la trasladaron a la cama frente a la mía. Cuando abría los ojos reflejaba entereza, pero los abría poco porque el dolor se los cerraba. La enfermera detectó la situación ¿le duele mucho? “sí” ¿viene con algún familiar? “no” ¿vive sola? “sí” Y se volcó con ella en detalles, aunque aquella buena mujer nada pedía. Debía tener algo serio porque se la llevaron enseguida, marchó con la misma paz que había llegado y de propina me dejó una muesca en el corazón.

Ya repartían la comida cuando entró un retablo de dolores en silla de ruedas, empujada por una señora que tan sólo sobresalía un palmo por encima del hombre sentado. Se adivinaba que los años la habían disminuido, pero conservaba fuerza para empujar y agilidad manejar la situación. Los ¡ay! que salían de aquella garganta como saetas disparadas con cadencia programada, se clavaban en los oídos y alteraban los ánimos. Grande debía ser su dolor en aumento por momentos, porque las interjecciones se convirtieron en exclamaciones contra el mundo en general y contra quienes le atendían en particular, incluida su esposa. Ella le acariciaba, le repetía frases cariñosas al oído y le disculpaba ante los demás: “él no es así, es que le duele mucho; lleva toda la noche sufriendo hasta que nos hemos decidido a venir.” Y a las enfermeras “por favor no se lo tengan en cuenta, hagan lo que puedan para calmarlo”. Agotado por el dolor, se durmió bajo los efectos del analgésico. A su lado, la mujer le sostenía la mano y le limpiaba la cara con un pañuelo humedecido en colonia suave. Despertó, abrió los ojos y se encontró con una sonrisa que le estaba esperando: “hola, cariño ¿estás mejor?” Lo que se dijeron desprendía el aroma de un amor fraguado en años de matrimonio que ha superado numerosas dificultades. Bien se conocían y mucho se querían. De aquel corazón también salieron palabras de agradecimiento para cada una de las personas que le habían atendido y no dejó de pedir disculpas a todos repitiendo que, por favor, le perdonaran las molestias. Se marcharon a pie, despacito, empujando la silla vacía. En la puerta se dieron la vuelta y saludaron con la mano a quienes habíamos compartido con ellos aquel momento duro: el dolor une.

Antes del verano he vuelto a urgencias, ahora como acompañante. Sentado a la cabecera del enfermo, volví a revivir historias parecidas: cambian las personas, flota el mismo ambiente; esa combinación serena hecha a base del dolor del enfermo, la generosidad de los profesionales y el cariño de tantos.

.Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader03

03/09/2025

¿Qué tal el día?

¿Qué tal el día?

Después de tantos días de lluvia sin ver el sol, el ánimo andaba un tanto replegado; aunque uno pone buena voluntad de su parte, faltaba la ayuda que presta la naturaleza para alegrarnos la vida; echaba en falta el cielo limpio que te llena de luz y produce el mismo efecto que un sorbo de energía.

Me entretuve en el trabajo más de lo previsto, se había hecho tarde y regresaba a casa con ganas de llegar cuanto antes, con esas prisas que a uno le entran de estar con los suyos. La circulación estaba espesa, la jornada había sido intensa y llevaba tensión acumulada. Por si fuera poco, se encendió la luz del aviso de la gasolina. El drama estaba servido, en esa situación cualquier tontería se eleva a la categoría de tragedia. En mi interior resonaron dos voces: la primera me recordaba que era tarde, que estaba cansado, que me esperaban en casa, que mejor madrugar al día siguiente y pasar por la gasolinera. Estaba convencido de que tenía razón y había que hacerle caso. Pero entonces se oyó la segunda que me recordaba que mejor ahora, que si me desviaba un poco, encontraría una gasolinera en el camino y así me ahorraría el susto por la mañana. Triunfó la segunda todavía no sé por qué, giré a tiempo, di un pequeño rodeo y la encontré en un plis plas.

Era el único cliente, parece que me estaban esperando. Enseguida me atendió un empleado joven que me recibió con un amable “buenas noches” para, a continuación, ofrecerme un tipo de gasolina que tiene mejor rendimiento y … No presté atención a todo lo que me decía, porque no estaba para muchas historias y quería acabar pronto aquella operación. Me salió un “no gracias” sin pensarlo demasiado, algo seco. No se lo tomó a mal y con la misma cara alegre continuó “¿y qué tal el día?”

La pregunta me pilló dando vueltas a mis asuntos. Le miré, sonreía a la espera de una respuesta con la intención de sacarme de mi encierro y provocar una conversación mientras se llenaba el depósito. Me sorprendió que, a esas horas, alguien se interesara por mí. Respiré hondo para evitar una frase evasiva, empecé con un “bien, nada especial” y acabé contándole un par de anécdotas que me habían sucedido en el colegio. Nos reímos y él también respondió con un chascarrillo divertido. Cuando regresé de pagar estaba con otro cliente, levantó la vista y con un gesto expresivo se despidió “que descanse”.

Llegué a casa con el ánimo cambiado, como si el sol tan esperado hubiera salido en aquellas horas de la noche; fue fácil sonreír cuando al oírme entrar, alguien a quien le importo y que me esperaba preguntó desde el fondo del pasillo ¿qué tal el día?

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

02/04/25

Era un vividor

Era un vividor

En el colegio, últimamente Jaime me hablaba con frecuencia de su hermano Miguel; era director de un colegio en Sevilla, pero había pillado una enfermedad rara y poco a poco iba delegando funciones.

Eso era allá por 2018 cuando su hermano tenía cuarenta años. Unos meses después coincidimos en un congreso de colegios; asistía como acompañante de su mujer. No les conocía, ella intervino en el turno de preguntas de una ponencia y al acabar fui a presentarme. Se asombraron de que estuviera tan al día de su situación y el motivo no era otro que su hermano; entre ellos había mucho cariño disimulado en un cuerpo grandote. A base de esfuerzo y optimismo, se movía entre los asistentes sin que se le notaran mucho las manifestaciones de la ELA, esa enfermedad incurable que en aquella época ya había dado la cara. De vez en cuando desaparecía y se iba a la habitación a descansar.

Miguel y Lucía se habían casado jóvenes, tenían cinco hijos por entonces de entre seis y catorce años. Trabajador, ordenado de cabeza, con gran capacidad de análisis y ejecución. Muy deportista desde pequeño, practicaba tenis, futbol, pádel, piscina; siempre que podía con los hijos, a los que dedicaba mucho tiempo. Un día al volver a casa después de un partido, comentó que había fallado un gol clarísimo: fue a darle al balón y no acertó; se reía de que le hubiera pasado a él. Además, se había cansado y le costaba respirar. Al poco en una cena con matrimonios amigos, lo contó para hacerles reír de lo mayor que se estaba poniendo. Uno de ellos, médico, se había dado cuenta de algunos movimientos torpes al servirles y, antes de despedirse, le aconsejó que fuera al médico.

Fue para revisar los pulmones y allí no había nada, estaba limpio. Pero le dijeron que las pruebas habían detectado que tenía una enfermedad degenerativa, mortal, sin tratamiento. Respiró hondó, apretó la mano de Lucía y preguntó ¿cuánto me queda? Desde entonces aprendió a vivir de otra manera, pendiente de ella y de los hijos, para hacerles la vida lo más agradable posible. De lo suyo, en casa se hablaba con naturalidad y todos colaboraban; cuando la voz se le fue entorpeciendo, el mediano era el que mejor le entendía, prácticamente con la vista sabía lo que necesitaba.

Quererse en la salud es fácil, pero ¡ay, cuando llega la enfermedad! Y esa prueba la pasaban cada día con buena nota. Se habían enamorado siendo de una manera y eso se había esfumado. Ahora se querían por quien eres y no por como eres. Convencidos de que, aunque haya enfermedades incurables, no hay personas incuidables; todos arrimaban el hombro.  No podían evitar momentos de lágrimas y tristeza, pero en la fe encontraban la fuerza para secárselas y continuar. La pregunta que se hacían no era ¿por qué? sino ¿para qué?

Coloquialmente entendemos por vividor aquel que vive a cuerpo de rey. Pero en un sentido más profundo, un vividor es el que vive para hacer feliz a los que tiene alrededor; aquel que vive procurando encontrar el sentido, a pesar del sufrimiento: y a veces es fácil y a veces complicado.

Miguel falleció año y medio después de conocernos; a través de su hermano seguí muy de cerca su evolución. Vivía hablando, últimamente por medios electrónicos, de la vida y de la muerte, de alegrías y sinsabores. Sin censurar, buscando el sentido que no siempre es fácil encontrar, optimista y alegre: era un vividor.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/06/24

Aunque no lo parece

Una tarde de esta semana, entré a comprar en el super del barrio antes de llegar a casa; era de esos primeros días que el calor se dejó sentir. Dentro se estaba de maravilla: fresquito, poca gente y música de fondo; se me pasaron las prisas y anduve de una estantería a otra repasando lo que necesitaba. Me sorprendió aquella canción eterna que me acompañó hasta la caja, donde una empleada treintañera esperaba sonriente a que pusiera la compra en el mostrador, moviéndose disimuladamente al ritmo de la música, como reteniendo lo que vibraba en su interior para no llamar la atención. ¿Qué es lo que suena? le pregunté por iniciar una conversación y hacerle ameno aquel instante. ¡All Too Well! de Taylor Swift, contestó rápidamente con los ojos bien abiertos. Debí poner cara de interés y coincidió, además, que detrás no había más clientes, porque la muchacha se lanzó a explicarme cómo había disfrutado en el primer concierto de la artista en Madrid el jueves anterior. Me habló con tal pasión del mundo swiftie que a punto estuve de pedirle que me añadiera a la lista una de taylormanía, como si de una bolsa de plástico se tratara.

Mientras caminaba en busca del coche con la bolsa de la compra, se me pasó por la cabeza que aquella chica no parecía lo que era; me refería a que, si no le hubiera preguntado, me habría perdido la oportunidad de descubrir lo que albergaba en su interior. Algo parecido a la historia que contaba en la prensa el fotógrafo Víctor Clavijo en agosto de 2020 y que la recuerdo de la siguiente manera:

Clavijo empezó a impartir una actividad en una asociación por el centro de Madrid, tres días por semana. El local quedaba cerca de una parada de metro y aquel recorrido lo hacía a pie. El primer día, al pasar por la calle Preciados esquina con Callao, se encontró una señora entrada en canas tocando el violín; no le prestó mayor atención. En los días siguientes, comprobó que aquella buena mujer perseveraba en su tarea y le entró la curiosidad; una tarde que iba con tiempo se detuvo a escucharla. No le gustó y marchó rápido. Otro día pensó que podría hacerle unas fotos y buscando el encuadre adecuado se situó al lado de un señor mayor apoyado en la pared. Cuando iba a guardar la cámara, aquel hombre le preguntó ¿le gusta? “Pues no, me parece que lo hace francamente mal, aunque no soy un experto” “¿y a Vd.?” A mí sí “¿por qué?”  Porque es mi mujer. Se quedó de piedra y reaccionó interesándose por las circunstancias. Él era un virtuoso del violín, había sacado adelante la familia con la música; cuando no tenía trabajo fijo se venía a esta esquina y el público respondía con generosidad. Pero desde hacía un año que una dolencia le impedía seguir tocando; a pesar de la avanzada edad, ella le animó a que le enseñara, así podría ocupar su sitio en aquella esquina y conseguir el sustento para los dos. Allí estaban los dos cada tarde, ella dejando a un lado la vergüenza de exponerse al público y él para apoyarla y cuidar de ella. A partir de aquel momento, Víctor se acercaba a saludarles y hablar un poco con ellos. Cuando acabó la actividad se despidió “ha mejorado mucho” les dijo; y pensó que el roce hace el cariño y el cariño descubre lo que la mirada no ve.

Ahora cuando mira las fotografías que le hizo aquella tarde, en aquella mujer ve una artista, aunque no lo parece.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

05/06/2024