Ene 10, 2024 | Escritos
Era treinta de diciembre; en el colegio estábamos de vacaciones, pero había quedado con Paco para resolver un asunto. Trabajábamos con la puerta abierta como siempre, por eso no nos sorprendió que Nano entrara con toda la confianza, sin avisar. Venía a saludar, mientras los chicos se habían quedado jugando en el patio.
Llevábamos algo más de una semana sin cole y llovía casi todos los días; habían salido muy poco de casa y ese viernes, víspera de final de año, estaban muy nerviosos; les faltaba espacio para quemar energías y lo buscaban por todos los rincones, incluida la cocina donde su madre intentaba concentrarse en la preparación de todo lo que se le avecinaba en unas horas. La tensión del ambiente iba en aumento, a la par que la temperatura. Nano había reaccionado a tiempo: ¡chicos, hoy toca partido! En un instante las habitaciones se convirtieron en los vestuarios de un estadio cualquiera, sólo que con un poquito más de desorden; ¡ese es mi calcetín! ¿quién tiene mi camiseta?… Un guiño de Nano desde la puerta es correspondido por Tere con una sonrisa de agradecimiento; mientras los mayores bajan las escaleras de dos en dos, el ascensor acude en busca del resto del equipo ajeno a las prisas.
Nano entró en el despacho seguido de un balón con piernas; Javi tiene dos años y la pelota que lleva entre las manos le tapa de cintura para arriba. Cuando la deja en el suelo se encuentra con cuatro ojos que le miran y preguntan a la vez ¿cómo te llamas? ¿cuántos años tienes? del susto se esconde abrazado a la pierna de su padre. Nano nos va contando cosas de Javi, mientras le acaricia; con eso consigue que saque media cara por detrás del escondite; unos caramelos hacen el resto y lo vemos al completo.
Las dos manos de Javi son insuficientes para recoger cinco o seis caramelos desiguales. Me pongo en cuclillas y nuestras caras quedan a la misma altura ¡ya somos iguales!; me mira de tú a tú, surge la confianza y cruzamos unas palabras. Deja los dulces en mis manos mientras los reparte entre los bolsillos de su abrigo. Uno, dos, tres, en el bolsillo de la derecha ¿son para tus hermanos? Contesta que sí moviendo la cabeza. Luego repite la operación con el resto en el bolsillo de la izquierda ¿estos son para ti? Repite el gesto afirmativo; pero antes, un pequeño bulto indica que ya tiene algo guardado ¿qué es? Javi mete la mano, la saca con cuidado y la abre despacio como quien descubre un tesoro, mientras me mira con emoción y me dice ¡un caballo! Javi, pues parece una piedra; y se reafirma “pero es un caballo”.
No podía reírme; aquello era muy serio para él y para mí, porque en ese momento recordé que también yo tengo tesoros guardados en varios rincones; y que si un día, un señor mayor abre el cajón y me pregunta ¿esto qué es?, poniéndome colorado me acordaré de Javi y le responderé ¡son caballos!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10-01-24
Dic 27, 2023 | Escritos
La llamada se alargó más de lo que esperaba; cuando colgué, los de secretaría ya se habían ido. Así que también di por concluida la jornada, ordené la mesa, cerré el despacho y pasé un instante por la capilla del colegio. En la puerta me encontré con Ramón y Blanca hablando con dos profesores mientras esperaban que uno de los hijos acabase el entrenamiento. Me incorporé al corro, la tarde primaveral invitaba a la cháchara sin prisas. Su hija Pilar de cuatro años se entretenía a nuestro lado haciendo piruetas; en uno de los intentos perdió el equilibrio y se dio un sonoro golpe en el suelo. Se levantó enseguida; nos miró uno a uno con cara de asustada, la boca cerrada y los ojos muy abiertos; como no lloró, di por supuesto que no había sido gran cosa y continuamos hablando. Sin embargo, Blanca reaccionó enseguida, la subió en brazos y se la llevó aparte, donde no las veíamos. Oímos llorar con fuerza y al poco regresaron de la mano; Pilar volvía a brincar como si no hubiera pasado lo que pasó. Blanca comentó “pobrecita, necesitaba llorar, pero le daba vergüenza hacerlo delante de unos señores que no conoce”.
Aquella capacidad de Blanca para ponerse en la piel de la niña y entender sus necesidades, me impactó de tal modo que han pasado treinta años y lo sigo teniendo presente. Sobre todo, cuando me cuesta comprender la actuación de los demás. Con los años, el cuerpo pierde flexibilidad, se hace rígido; y lo mismo le pasa a la mente si no la trabajas. Por eso es muy bueno el ejercicio de ponerse a la altura de un niño, el hacerse como niños. En estos días de Navidad el ambiente favorece que lo intentemos, que no se trata tanto de pensar en los regalos que nos hacían de pequeños, si no en dejar a un lado nuestros esquemas para comprender los del otro.
Algo así debió pasar durante la Primera Guerra Mundial, en lo que se conoce como la “tregua de Navidad”. En la víspera de la Noche Buena de 1914, militares de los dos bandos se hicieron señales de paz y salieron desarmados de las trincheras en un alto el fuego espontáneo que duró hasta el día siguiente a la Navidad, dejaron a un lado sus esquemas y fueron capaces de abrazar al contrario. Hubo intercambio de comida, regalos y ropa, jugaron al fútbol, se hicieron fotografías y cantaron villancicos, aunque no hablaban el mismo idioma. La celebración del nacimiento de Jesús pudo más que lo que les enemistaba y se hicieron como niños.
Cuando estos días visito belenes, recuerdo el gesto de Blanca y me ayuda a ponerme a la altura de su hija Pilar; así puedo entrar en las casitas que pueblan las montañas, correr entre las ovejas, beber agua del río, caminar con el zagal que lleva un presente y entrar con él en la gruta para adorar a Jesús como niños.
¡Feliz Navidad!
27/12/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Dic 20, 2023 | Escritos
En casa ya tenemos el belén montado; es tradición que decoremos la casa y lo pongamos aprovechando el tiempo libre que nos deja el puente de la Inmaculada. En los días siguientes se remata algún detalle pendiente o incorporamos alguna innovación menor. Los artistas dicen que un cuadro nunca se acaba, se deja y ya está; así le pasa al belén.
Aún así, ayer volví a pararme delante para revisarlo y disfrutarlo. Paseando una vez más la mirada de derecha a izquierda, recorrí el camino estrecho que baja desde la montaña al valle, zigzaguea sorteando palmeras y rocas, cruza el río por el puente de madera y se ensancha antes de llegar a la gruta para acoger a todos los que se dirigen a ver al Niño cargados de regalos. Pero el Niño no está; tenemos por costumbre ponerlo en la Nochebuena.
Al contemplar la cuna vacía, me acordé de un artículo que leí en el periódico por estas fechas hace cuatro años y que llevaba por título “cuento de Navidad”: un tipo que iba a pasar él sólo la nochebuena, al llegar a casa se encontró con un mensaje que su hermana le había dejado en el teléfono. Acababa diciéndole “… y no hace falta que traigas nada, ni vinos de reserva ni champán del bueno, porque lo único que quiero es que vengas tú “.
Fui el primero en marchar de mi casa cuando empecé a trabajar en el banco con dieciséis años; allí se quedaban mis padres y los otros tres hermanos. En la primera Navidad me llevé la sorpresa de que los clientes traían regalos y el último día los repartíamos entre todos. Cuando me presenté en casa con botellas y turrones nunca vistos, la alegría de chicos y mayores fue tanta como la de verme llegar. En los años siguientes se esperaba este momento con ilusión; pero de verdad que no decían eso de “y lo único que queremos es que vengas tú” porque me esperaban y a ser posible bien cargado. Aquella emoción por sacar de la bolsa tanta sorpresa se quedó atrás con la madurez, cuando el tiempo te ayuda a poner el interés en las personas y vuelves a decir “porque lo que quiero es que vengas tú”.
Allí parado frente al belén con la mirada puesta en la cuna vacía, mientras hilaba estos recuerdos me entró un mensaje “Lucía operada, no han podido limpiar todo, pinta regulín. Ahora toca rezar”. En el colegio nos hemos puesto manos a la obra, y desde la primera familia hasta el último alumno, pasando por todos los profesores y empleados, pedimos por su pronta recuperación y que su sonrisa vuelva a iluminar el cole incorporada a su puesto en la Secretaría.
Lucía va por ti, porque para esta Navidad, junto con el Niño lo que queremos es que vengas tú.
20-12-23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Nov 29, 2023 | Escritos
Cuando estoy en Barcelona en casa de mi hermana, los domingos vamos a misa a una iglesia de franciscanos que está muy cerca. Se ha hecho tradición hacernos una foto de familia a la salida, el primer domingo que mi madre está allí cuando llega para pasar el invierno con ellos.
A la entrada de la iglesia, en el dintel está escrito el lema “Paz y bien” -en latín “Pax et bonum”- saludo generalizado en la familia franciscana y que ha impregnado la cultura popular en algunos ámbitos. Al acabar la celebración dominical, el padre Bernardino sale al atrio, saluda a cada grupo y nos despide con ese mismo deseo de que la paz de Dios nos acompañe y ayude a encontrar el bien que buscamos.
En 1206 Francisco de Asís decidió abandonar la vida confortable que le deparaba ser hijo de un próspero mercader de telas, con tendencia a la pompa y al lujo. Después de un tiempo de maduración, se despojó de sus ricas vestiduras, se cubrió con un austero hábito ceñido por un cordón e inició una nueva andadura con la que se propuso contribuir a renovar la vida de la Iglesia y de la sociedad. Su ejemplo atrajo a otros jóvenes nobles, recibieron autorización para constituirse en orden religiosa y, desde entonces, muchedumbres de personas de todos los ambientes sociales, ellos y ellas, han seguido esa espiritualidad atraídos por la fuerza de su carisma; de eso han pasado más de ochocientos años y su propuesta sigue tan viva como el primer día. El desprendimiento de los bienes les lleva a la paz y bien interior que muestran y desean para el prójimo.
El mensaje puede parecer un tanto ingenuo, pues si miramos a nuestro alrededor, dentro y fuera de nuestro país, los conflictos llenan las portadas de los periódicos y abren los telediarios. Pero cuando te encuentras con religiosos, como el padre Bernardino y otros que he conocido, que por su formación, experiencia y cualidades personales podrían ocupar puestos de relevancia en la sociedad, reparo que en su actuar no hay ingenuidad. Cuando lo ves en la puerta de la iglesia, después de haber celebrado misa, mostrando su identidad para dar testimonio con su vida, percibo que sabe lo que hace, hace lo que quiere y quiere lo que hace. Ahí radica la fuerza del mensaje que los feligreses se llevan a casa y seguro que les ayuda a mejorar, primero en su interior y luego en su actuar exterior.
Atraer con el ejemplo de vida es poco vistoso; pero se muestra eficaz cuando la persona se siente removida y toma una decisión libre. La renuncia porque uno quiere a pequeños o grandes detalles, el desprendimiento voluntario de algunos bienes materiales, contribuye a la paz interior como fruto de una batalla ganada. Una persona con paz en su interior la extiende en su entorno y facilita el ambiente para conseguir el bien que todos buscamos.
Tengo mucho que agradecer a la espiritualidad franciscana; crecí en su ambiente y en mí han germinado valores que sembraron algunos de los franciscanos que traté. Ellos no lo saben, pero yo sí. Por eso me alegro cada vez que leo el lema que también deseo para ti: Paz y Bien.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
29-11-23
Nov 22, 2023 | Escritos
Esta mañana he salido temprano a dar un paseo por el camino de las cruces. Sentado al pie de una de las estaciones del vía crucis que va del castillo al cementerio, contemplo el despertar del día. Recostado en la columna de piedra fría que realza la cruz, disfruto de todos los pequeños detalles que avivan mis sentidos; los poros del alma se abren para darles cobijo, sin más orden que el de llegada, el mismo con el que te los comparto.
El sol tibio de finales de octubre forcejea por abrirse paso entre la neblina que difumina la estrecha vega del río con el pantano al fondo, casi en el horizonte.
Los pájaros están ausentes en este momento de la puesta en escena del día. Pero hasta mi puesto de observador en lo alto del cabezo, llegan otros sonidos, los primeros ruidos de un día que -tal vez por ser sábado-, no le apetece estar activo: la moto que levanta una nube de polvo por el camino de tierra junto al río; el camión que se desliza lento pegado a la carretera como un juguete de cuerda; el motor de la sierra que trocea unos troncos en algún rincón que no alcanzo a ver; el gruñido inquieto de los cerdos en aquella granja; el zagal tempranero que se acerca inseguro con la moto nueva; el tren de mercancías, largo, eterno, que cruza el puente de hierro sobre el cauce seco; la campana grande que anuncia entierro con un toque propio, profundo, lento, sereno.
Los colores tiñen de otoño la paleta. Los campos de alfalfa lucen un manto verde intenso; los melocotoneros aún conservan las hojas con mezcla de tonos en suave descenso hacía el amarillo; el maíz tardío, vivo, alterna con el seco que ya no se riega, a la espera de ser recogido. Fuera de la huerta, de lo que un día fue cauce del río, donde no llega el agua, sólo veo tierra seca de un paisaje seco que el Ebro envuelve en un recorrido incansable de meandros.
Ahora es el reflejo metálico del avión que pasa alto, muy alto, en silencio; o el humo que sube perezoso desde las chimeneas de un grupo de casas abrazadas a la iglesia.
Dos ancianos me saludan sonrientes, contentos de encontrar una novedad en su paseo matinohabitual y se acercan. La conversación pasa de un tema a otro cosida con recuerdos.
De regreso, camino sin prisa, respiro hondo y sonrío: vuelvo con la mochila llena, mucho más de lo que esperaba de este amanecer.
Escrito el 28.X.95 – Revisado y publicado el 22/11/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader