Ago 13, 2025 | Escritos
Su madre estaba ocupada con la plancha y además tenía la lavadora en marcha. La idea que otras veces había rechazado ahora volvió con fuerza y le arrastró a la cocina sin oponer resistencia. Empujó la silla desde la mesa hasta la encimera con cuidado para no hacer ruido, comprobó que estaba bien apoyada, se aupó hasta el asiento con movimientos mal coordinados pero eficaces. Se puso de pie, alargó la mano y se detuvo asustado por un ruido imprevisto; era la nevera. Comprobó que poniéndose de puntillas alcanzaba hasta la repisa donde su madre dejaba el encendedor de gas y la caja de cerillas. Se giró hacia la puerta, no había peligro y ahora sí se hizo con la caja. El corazón le temblaba y las manos se contagiaban; la mirada atenta a los movimientos que tenía interiorizados. Empujó con el pulgar y aparecieron las cerillas, ordenadas, quietas, dormidas. Sacó una, puso la caja de lado sin cerrarla y algunas cerillas cayeron al asiento de la silla. Las metió con nervios, desordenadas, cerró y presionando con la yema del índice desplazó la cerilla por el raspador. El fogonazo le pilló desprevenido, sin darle tiempo a separar el dedo y sintió la punzada de la quemadura. Soltó la cerilla y la llama se apagó mientras caía al suelo. Se chupó el dedo y lo restregó en el pantalón. Se aseguró de que estaba seco y volvió a intentarlo. Ahora estuvo más ágil y cuando el roce provocó la llama, sostuvo la madera entre el índice y el pulgar; la sonrisa le traspasó de oreja a oreja mientras la llama proyectaba dos sombras: la suya y la de su madre que escamada por el silencio se había acercado a la cocina y desde la puerta contemplaba la operación sin dejarse notar.
Volvió al cuarto y lo llamó ¿Andrés qué haces? Se asomó, la vio cómo se movía con destreza con la plancha en la mano “nada mamá”. En cuclillas para que las dos miradas quedaran a la misma altura lo besó. Le enseñó el dedo accidentado, algo ennegrecido. ¡Ahí va! ¿qué ha pasado? Empezó repitiendo palabras inconexas sin acertar en el relato; percibió que su madre se había olvidado de la plancha y le dedicaba toda la atención del mundo, así que poco a poco se entonó y le contó toda la aventura con la emoción de quien ha realizado una gesta inconmensurable. La madre le escuchaba con los ojos abiertos y los morritos de pez, como a quien le interesa esa historia lo más de lo más. Cuando acabó le dio un abrazo ¡que valiente mi chico! Y ahora vamos a curar el dedo. Allí quedó interrumpida la conversación porque se oyeron las voces de su padre y las tres hermanas mayores que llegaban de la calle.
Le costó dormirse, hecho un ovillo tan apenas abultaba en la cama bajo la sábana. Su madre le despertó más tarde, que para eso eran vacaciones; rezaron juntos las oraciones de la mañana y, después del aseo, se sentaron juntos a desayunar. ¿Cómo está el dedo chamuscado? Se lo enseñó mirándola a la cara. Va bien ¿Y qué tal has pasado la noche? Le contó que en su interior la cerilla había estado encendida toda la noche y una llama gigantesca le alumbró el sueño como si fuera de día. Con aquel relato se ganó un beso. Mira Andrés, lo que hiciste ayer no está bien. Le añadió unos cuantos motivos que escuchó con atención, a la vez que las piernas colgando de la silla se balanceaban con nerviosismo. Y esta tarde, cuando nos quedemos solos, te enseñaré cómo se enciende una cerilla.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
13/08/25
Ago 6, 2025 | Escritos
Los primeros días de agosto los paso en el pueblo, una estancia corta para poder llegar a todos los planes que se quedan pendientes para el verano. Hay aquí dos alicientes que hacen de estos pocos días algo irrenunciable: mi madre y la casa que me vio nacer, crecer y volar; cada peldaño, cada rincón, cada sala, almacenan vivencias que me acompañan allí donde esté sin necesidad de hacerse presentes.
Al atardecer, cuando el sol se esconde y mueve la brisa, me siento a leer en la terraza; antes de sumergirme en el libro, la vista recorre el horizonte paseando por encima de los tejados y, cruzando el puente sobre el pantano, se pierde en el infinito. El silencio llena el espacio, a ráfagas roto por el chillido de unos críos que juegan en el parque. Cuando la luz se hace débil, los pájaros revolotean en quiebros audaces en busca del alimento que llevar al nido. La silla baja que me acoge -dos palmos sobre el suelo- es la silla de costura de la abuela, la que después sacaba mi padre a la calle después de cenar en las noches de verano para hacer un rondo con los vecinos.
Leo una recopilación de apuntes que Gustavo Martín publicó en un libro titulado “El cuarto de al lado”, muchos de ellos proceden de escenas familiares. En la cena le repaso a mi madre uno que me ha impactado sobre los demás: “Son las ocho de la mañana. Antes de salir de casa entro a despedirme de los niños. Ella está tan recogida en su cama que apenas abulta sobre las mantas. Muerta de sueño te habla del partido de esta tarde. Le beso la mejilla, el cuello, y cada beso es un gol de su equipo. Luego voy a ver a él. Al acercarme frota su cabeza contra la mía, como un carnerito. Se lo digo “eres el vellocino de oro” y se echa a reír. También le lleno la cara de besos. Luego beso a mi mujer. Se estiran, bostezan, vuelven a arrebujarse entre las sábanas calientes y blancas, como embebidas de luz lunar. Luego me alejo por el pasillo con la sensación de ser una figura de sus sueños que se retira con cautela al iniciarse la escena siempre incierta de un nuevo día”.
Es mi madre la que reacciona enseguida, removidos sus recuerdos por la lectura. “En casa era distinto, tu padre se iba pronto al campo y era yo quien me encargaba de despertaros. Un día de verano cuando ya anochecía, llegaste a casa cansado y sudoroso, apoyado en tu bicicleta que antes fue la mía. Te recordé lo de cada noche: «lávate, cena y a la cama». Tu queja saltó como muelle comprimido, alegando que todavía tenías planes: «mamá, que después me esperan en la calle para jugar, y luego queremos hacer … Antes de llegar al postre cediste al cansancio y te quedaste dormido sobre la mesa, agotado, pero tu día no se había acabado. Me contaste que por la noche parecías un volcán en activo, tu imaginación sugería un sueño, otro y otro; confundiendo la realidad y la ficción, creíste seguir despierto. A la mañana cuando te desperté, de un sobresalto quedaste sentado sobre la cama, restregando tus ojos con las manos cerradas; de golpe acudieron a tu cabeza la pelota y el partido, la bicicleta y la excursión, la pandilla, la calle … No te iba a quedar tiempo para todo y pediste un deseo: ¡mamá, que no se acabe este día!”
¿Y me lo concediste? Mueve afirmativamente la cabeza, en un gesto casi imperceptible y nos reímos. Sabe, porque se lo he contado otras veces, que mis mañanas empiezan sentado en el borde de la cama o de rodillas al pie de la imagen que guarda mi cabecera para dar sentido a todos los planes y personas que llenan el día. Y que ella sigue presente en ese despertar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/08/2025
Jul 23, 2025 | Escritos
Después de comer estuvo inquieto, movía las piernas, se destapaba, agitaba los brazos, pedía algo que no acertábamos a entender. Le tome una mano con caricias mientras le susurraba una historia al oído sabiendo que nos oía, en un afán de reforzar la acción de los calmantes y devolverle la paz. Se fueron las visitas, nos dejaron solos al tiempo que se quedó relajado, como dormido, con la boca abierta para respirar fuerte. Acomodé con suavidad un beso en su frente y me senté a su lado.
A través del ventanal se veía el parque que bordea el hospital; a última hora de la tarde algunas personas salían a pasear y decir adiós al sol poniente que se filtraba entre las ramas de los árboles. La calma que transmitía la imagen exterior se colaba al interior, sólo interrumpida por el sonido cadente de la respiración intensa del enfermo.
Le miré de nuevo y allí estaba el Javier de siempre. El trato íntimo, diario, que hemos mantenido en esta última etapa, no me daba perspectiva para descubrir el deterioro de su cuerpo, patente a los ojos de los demás. Y porque con los ojos del cariño le veía igual que antes, se me escapó una sonrisa cuando resonó en mi interior la pregunta “¿alguien viene a correr?” Fue hace veinticinco años, el primer día que conocí a Javi en una convivencia; como la ignorancia es atrevida, levanté la mano sin saber que era un deportista bragado en mil carreras. Desde entonces hemos rodado juntos muchos kilómetros, hemos compartido muchas aventuras y han sido horas de conversar sobre los temas que le llenaban: la ilusión profesional, la familia, los amigos; todo impregnado por la fe que le movía y que quería transmitir.
Un miércoles a principios de junio me había invitado a comer en su casa; hablamos de planes en los que ponía alma, vida y corazón. Esperó al café para darme la noticia: “esta mañana me han confirmado que tengo cáncer y que irá rápido”. No hubo hueco para los sentimientos -Javier era así- si no un volver a los proyectos en marcha, ahora con la urgencia de acabarlos para facilitar el trabajo a los demás. Aceptó la invitación que Dios le hacía para participar en una carrera especial, distinta a cualquiera de los maratones que acumula en su dilatada experiencia de corredor de fondo. Asumió el reto con deportividad y le acompañamos en la preparación. “Rezad para que no haga el ridículo” y ahí nos ha tenido a todos dándole aliento.
Intentó hacer lo de siempre como si el horizonte, esa línea en que de la tierra se pasa al cielo, estuviera fuera del alcance de su vista; pero aceptando las limitaciones que cada despertar le traía. Pronto me dio las claves de acceso a todo lo personal: teléfono, ordenador, cuenta; “haced lo que queráis” y su interés se centró en las personas, en cómo ayudar a todos los amigos, en acelerar la gestión de los favores que tenía en marcha. Y en prepararse para cuando llegara el momento del pistoletazo de salida.
Me había distraído con estos pensamientos mirando a la gente que paseaba por el parque; volví la mirada hacia la cabecera, el ruido de la respiración había bajado de intensidad. De pie, su mano entre las mías, le desgrané una avemaría al oído, despacio, por si en su interior la seguía. Pulsé el botón, entró la enfermera y a continuación, la doctora. Me aparté ligeramente para facilitar su trabajo y en un instante, mirándome a la cara “Javier se nos ha ido”.
Respiré hondo, era lo esperado, pero no por eso dejaba de doler. Pensé en quienes le han acompañado en este tiempo, en tantos que le quieren, en todos los que hubieran querido estar allí en aquel momento y completé las palabras de la doctora; esa era sólo una parte de la realidad, porque en el corazón de todos ellos, también Javier se ha quedado.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
23/07/2025
Jul 9, 2025 | Escritos
“No sé si aún me recuerdas / nos conocimos al tiempo / tú, el mar y el cielo…” Sonó la inconfundible voz del grupo La Oreja de Van Gogh y me agarré fuerte al volante para saborearla. El fin de semana en el pueblo había sido fecundo en recuerdos por cuenta de mi madre. Apoyada en mi brazo y su bastón, recorrimos las calles al ritmo que le permiten sus muchos años, quizás para darle tiempo a contar la historia que le sugiere cada rincón. Asombra la frescura y el detalle con el que cuenta cada una de las vivencias guardadas en los repliegues del corazón.
Ahora la canción volvía a poner en primer plano los recuerdos. Conducía con tranquilidad por una carretera de rectas interminables, por en medio de sembrados maduros que el sol de atardecer bañaba de luz dorada: “Más de cincuenta veranos / hace hoy que no nos vemos / ni tú, ni el mar, ni el cielo…” Volver la mirada a lo pasado sin nostalgia, sin entorpecer el presente, sin anclarnos en el antes; revivir aquel momento, hacerlo presente de nuevo para disfrutarlo es volver a vivir. Ese sentido positivo del recuerdo me llevó a la historia que cuenta Ernesto Juliá en un libro titulado “Desde la ribera”.
“Pedro era tan buen abogado como tímido para las relaciones sociales; de joven tan apenas consiguió salir más de un mes seguido con dos o tres conocidas y en vista del escaso entendimiento, decidió centrarse en el trabajo. Recién estrenada la decena de los sesenta, una tarde le asaltó una duda y consultó el libro de derecho penal que usaba en la facultad. Entre las hojas encontró una nota escrita a mano, firmada por Rosa “espero que los apuntes te sean útiles”. Se quedó pensativo ¿quién era? Repasó mentalmente los nombres de clase y no encontró ninguna Rosa. A la mañana se despertó con esa inquietud y quiso averiguar de quien se trataba. Llamó a Ramón, antiguo compañero de Derecho; entre los dos localizaron tres chicas en la clase con ese nombre. Supuso quien de ellas era la de la nota; aunque su relación con ella no había pasado de conversaciones esporádicas sobre los estudios, recordó que durante un tiempo se ponía colorado cuando sus miradas se cruzaban. Aquel papel algo desvaído le despertó inquietudes dormidas; se sorprendió cuando la idea de llamarla le empezó a rondar con frecuencia. Sonó el teléfono ¿está la señora? “un momento” contestó una voz de niña de siete años, se oyó correr por el pasillo ¡abuela, supongo que preguntan por ti! ¿Rosa? soy Pedro de la facultad ¿Pedro? No conozco… La conversación no fue fácil porque a Pedro no le salían las palabras; fue ella quien a base de preguntas unió el lazo deshecho al acabar la carrera. Rosa se había trasladado a otra ciudad, donde enviudó hacía diez años; con cinco hijos, todo este tiempo había sido intenso, muy dedicada a sacar la familia adelante. Ahora, la última hija estaba a punto de casarse y la dejaría sola. Volvieron a hablar al cabo de un mes, aunque a ella la imagen de Pedro le acompañó esos días al recordar que, durante un tiempo en la facultad, se fijaba en aquel chico discreto y le hacía tilín. Quedaron en verse y al regreso, los nietos notaron que la abuela sonreía con cara de felicidad. No tardaron en conocer la historia y en aplaudir cada vez que la veían arreglarse para la visita. Recibió la aprobación de todos los hijos cuando insinuó la posibilidad de boda. Nadie habló de nuevas ramas en troncos viejos, ni de locura colectiva. La ceremonia se celebró con sencillez y desbordada emoción cuando el novio y la abuela se miraron a los ojos para decir el ¡sí quiero! ante Dios”.
Bien podría sonar para ellos el estribillo “Más de cincuenta veranos / hacía hoy que no nos vemos / tú, el mar y el cielo…”
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
09/07/25
May 28, 2025 | Escritos
Pues entonces quedamos el lunes a las ocho y diez de la mañana; recuerde que tiene que venir en ayunas. Había salido de una reunión para atender la llamada. Dije que sí sobre la marcha para no entretenerme y, nada más colgar, me di cuenta de que no era el día apropiado. Conseguí no darle más vueltas y volví a centrarme en la reunión.
No recuerdo cuando empecé a notar que los lunes mi biología se resiste y se hace la remolona. Al final todo queda en nada, porque tampoco recuerdo algún lunes que haya salido tarde. Sólo que durante la mañana me delata la expresión ridícula que acompaña a la seriedad excesiva.
Con el añadido de la visita al ambulatorio, estaba cantado que el arranque de aquel sería más espeso. Puse algo más de empeño sin mejorar la situación. La puerta se me escapó al cerrar y dio un portazo. El portón del garaje se abrió con la lentitud habitual, pero me dio la sensación de que lo hacía con algo más de parsimonia. La rotonda recoge mucha circulación y cuesta incorporarse a esas horas, pero tuve la impresión de que habían soltado todos los coches a la vez. En el mostrador del vestíbulo pregunté a dónde debía dirigirme y percibí una contestación amorfa, carente de toda empatía. En la sala de espera opté por saludar con la mirada para ahorrar palabras, pero me pareció que todos apuntaban al suelo con la suya. Citaron mi nombre y pasé; me recibió una enfermera menudita, vivaracha, que se movía con una agilidad impropia de un lunes tan temprano. Se aseguró de que mi identidad correspondía con la de los tubitos que había preparado. Saludó a otra enfermera que entró a retirar un material y se rieron, algo incomprensible para mí en ese momento, lejos de intuir que la sonrisa es capaz de levantar el estado de ánimo del tipo más alicaído. ¿Derecho o izquierdo? me preguntó. “Me da lo mismo”, le contesté sin palabras con el gesto instantáneo de subir los hombros hasta media cabeza. Pues entonces el izquierdo, dijo con la sonrisa dibujada en el rostro como quien disfruta con lo que está haciendo. Cuando ya estaba todo preparado, se detuvo y me habló mirándome a la cara ¿está preocupado? “Un poco” ¿no será por el pinchazo? Disimulé con un “no” entre dientes. Le veo muy serio y esto no es para tanto. Y con la misma sonrisa continuó contándome chascarrillos intrascendentes, arrancándome contestaciones cada vez un poco más largas, hasta que encontramos puntos en común a partir de una estampa de la Virgen de su pueblo que dieron paso una conversación amena y me reí con ella.
Cuando salí, las personas que estaban esperando respondieron al saludo que les dirigí; “que tenga buen día” le dije al señor de recepción y me devolvió la contestación con una sonrisa como si fuera alguien distinto al que me había recibido. En la rotonda me costó entrar, como otros días, pero no me di cuenta porque iba tarareando una tonadilla que me había recordado la enfermera. Cuando llegué al trabajo tardé en encontrar aparcamiento, como cada día, pero tuve la impresión de que lo había conseguido enseguida. En la oficina vi caras de martes o miércoles y, desde luego, la mía ya no era de lunes. Caí en la cuenta de que ellos eran los de siempre, que las cosas estaban sucediendo como casi todos los días y que, si alguien había cambiado, ese era un servidor.
Se dice que la sonrisa es el detonante para un posible entendimiento; que la persona generosa suele regalar sonrisas porque le entusiasma hacer felices a los demás. Y me había pasado a mí, que salí del ambulatorio contagiado por la sonrisa de la enfermera.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/05/2025
May 14, 2025 | Escritos
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ponerse de pie, se notó destemplado. Era pronto para encender la calefacción, la casa se había quedado fría y aquel lunes otoñal le pillaba con un resfriado que le había rondado todo el fin de semana. Desde la ventana confirmó que el día estaba a tono con su cuerpo; cielo gris, lluvia fina, tráfico lento y gente encorvada bajo el paraguas avanzando con dificultad por las aceras. Daban ganas de quedarse en casa y dejar la visita para otro día. Pero la llamada de este pensamiento no fue atendida en su interior y continuó con las rutinas, un gran invento para cuando la cabeza está embotada y no acierta a dar indicaciones al cuerpo. La infusión caliente le devolvió algo de color a la cara, sonrió al tipo que le miraba desde el espejo y cerró la puerta con cuidado.
Por el camino avisó de que podía llegar con retraso, aunque no acertó con la previsión. El trayecto fue mejor de lo que esperaba y el ángel de la guarda le había reservado un sitio para aparcar casi en la puerta. Ya que no podía darle propina, le hubiera gustado dedicarle una sonrisa generosa, pero le salió una de mínimos.
El colegio ya le resultaba familiar después de varias visitas a la directora, una monja a punto de jubilarse como docente pero que necesitaría otra vida para poner en marcha todos los proyectos que tenía en cola; ni las fuerzas ni la disposición le faltaban y era tal el entusiasmo que ponía al contarlos que contagiaba sus ánimos. Aunque sólo fuera por el chute vital que recibía, daba por bien empleado el tiempo que pasaba con ella. Con los pies firmemente asentados en el suelo, la cabeza bien amueblada con la experiencia de la vida y el corazón metido en Dios, aquella mujer convertía en sencillos los temas profundos desgranados en una conversación amena y se les iba el tiempo transitando de lo humano a lo divino, en un viaje de ida y vuelta.
En la sala ya habían puesto la alfombra del invierno, el radiador desprendía un ligero temple, el ambiente era acogedor. Pero lo que de verdad le hizo entrar en calor y olvidarse del resfriado, de la lluvia y del incordio del tráfico, fue el recibimiento de aquella sonrisa enmarcada en la toca, la acogida afectuosa, las palabras cariñosas y la mirada atenta. La calidez que le envolvió tenía más de emocional que de material; notó que el corazón recuperaba el ritmo, el cuerpo se desencogía y los ojos le brillaban para acompañar sus primeras palabras.
Le llamaron la atención unos ángeles de porcelana sobre el mueble; aquellas figuras en distintas posiciones transmitían una sensación de paz. Cogió el que le pareció más simpático y lo llevó a la mesa donde iban a trabajar. El pobre angelote se quedó dormido al poco, aburrido de escuchar análisis y propuestas de asuntos terrenos que entre los suyos están devaluados.
Mientras la directora salió para atender una llamada, lo tomó delicadamente entre las manos y, contemplándolo, casi se queda dormido también. Tal era la paz que aquella figura le transmitía, la que se respiraba en aquella sala y la que había percibido en el recibimiento. La paz es fruto del ejercicio del bien. Por eso aquellas personas que se esfuerzan por practicarlo, encuentran la paz en su interior y además la transmiten a su alrededor.
Aquel lunes otoñal se estaba caldeando, recuperaba el tono anímico y la alegría de vivir gracias a esas personas que te encuentras en la vida y, también, al angelito del mueble.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/05/2025