Jun 23, 2023 | Escritos
Coincidí con Ignacio durante unos años en el equipo directivo de un colegio; la sintonía en lo profesional se extendió a lo personal. Desde que nuestros caminos se separaron, hemos mantenido la amistad con encuentros algo menos frecuentes de lo que nos gustaría.
La semana pasada nos juntamos para ponernos al día. A raíz de un incidente que ha tenido en su trabajo, recordamos un jefe que tuvimos y al que los dos le estamos muy agradecidos por lo mucho que nos ayudó en nuestro crecimiento. Gran profesional y persona, conseguía integrar, delegar, corregir y premiar. Y aunque los buenos resultados eran gracias a él, te hacía sentir la parte más importante de los objetivos conseguidos.
Recordé las palabras que Roberto Benigni le dedicó a su esposa en el momento de recoger el León de Oro, el premio más importante del cine italiano, que se le entregó en el Festival de Venecia de 2021. Es un león con alas.
Tiene un fondo parecido a lo que estábamos hablando; se lo conté a Ignacio.
Sobre el escenario con la estatuilla en la mano, Benigni acaparaba todas las cámaras; pero consiguió que su esposa fuera el centro de atención, al hablarle como si estuvieran solos en la sala:
“Permitidme que dirija unas palabras a mi actriz preferida, presente en la sala, que está en la cúspide de mi pensamiento, o como dijo Dante “in paradiso la mía mente”, Nicoletta Braschi.
Hemos hecho todo juntos desde hace cuarenta años: producciones, interpretaciones, películas. Por eso sólo conozco un modo de medir el tiempo: contigo o sin ti.
Te sugiero dividir el premio para compartirlo, yo me quedo con la cola para manifestar mi alegría moviéndola y el resto es tuyo, sobre todo las alas; porque si alguna vez el trabajo que hecho ha volado alto, ha sido gracias a ti, a tu talento de actriz, a tu encanto, tu belleza, tu feminidad, al hecho de ser mujer. Ser mujer es un misterio que los hombres no entendemos.
Nicoletta, gracias; no puedo dedicarte el premio, porque el premio… ¡es tuyo!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
21/06/23
Jun 16, 2023 | Aficiones, Escritos
Nazarí es un caballo torero, de la cuadra del rejoneador Diego Ventura. De raza lusitana y color castaño, con habilidad y potencia para galopar llevando al toro pegado a la grupa. Elegante en los andares, valiente para entrar de cara a la faena, preciso en la batida y en el quiebro. Con extraordinario físico y una estampa que embelesa.
Mi afición a los caballos no llega tan lejos como para describirlo con tanto detalle; para la ocasión he acudido a lo que otros han escrito sobre Nazarí, a raíz de que el pasado 20 de mayo se jubiló en la plaza de las Ventas de Madrid, tras una magnífica faena que le valió, una vez más, el mayor premio: la Puerta Grande.
Al final de la tarde, sin que nadie lo esperara, su dueño lo sacó de nuevo a la arena, le despojó de la silla, le quitó lentamente la cabezada, entre lágrimas le depositó un beso en la frente y le dio una palmada en la grupa para que galopara libre. El caballo salió al trote hacia la barrera y recorrió media plaza mirando al tendido, como si quisiera responder al público que le aplaudía de pie en homenaje a tantas tardes de gloria que han compartido. Luego volvió a encontrarse con el jinete y regresaron a la cuadra. Ahí se cerró el currículum del mejor caballo en su mejor momento.
En lo más alto de su carrera profesional, cuando todavía le quedan unos años de buen rendimiento, Diego Ventura decide jubilarlo como caballo torero: “nunca más volveré a montarlo, será para mis hijos, ellos disfrutaran de Nazarí y él de la libertad en los prados que le esperan”.
Estos días se han producido cambios importantes en instituciones públicas y privadas bien conocidas. Reciente la noticia de Nazarí, emocionado por su estética y removido por la decisión, relaciono unas jubilaciones con otras y me aplico por sacar consecuencias. Los cambios son necesarios, unas veces vienen impuestos y otras hay que decidirlos; pasa también en nuestra vida.
Seguramente no hay una única conclusión, pero me sirve de ejemplo la fortaleza, elegancia y generosidad que he visto en el caso de Diego Ventura y su caballo Nazarí.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
14/06/23
Jun 8, 2023 | Escritos
Una mañana de primavera, de esas que en Madrid son limpias y frescas, regresé al colegio después de resolver unas gestiones. En el trayecto desde el aparcamiento a la entrada, me crucé con Luis Mª, un profesor joven con el que tenía confianza. Me levantó el dedo índice de la mano derecha, gesto que interpreté como “un momento por favor”. Oye Rafa ¿tienes prisa? Pues no, nada especial. Entonces ¿por qué vas tan rápido? Y cuando nos despedimos, hice el esfuerzo de continuar andando más despacio.
Eso sucedía en 2001, por entonces Luis Mª estaba soltero. Hoy es un veterano profesor, muy querido en el colegio, padre de cuatro hijos. Y en mí tiene un incondicional, que le está muy agradecido por aquella observación que la he tenido muy presente y me ha servido de mucho.
Pasados unos años, un mes de octubre estuve en Roma en un encuentro de escuelas europeas. Una de las tardes, fuimos a rezar a la Basílica de San Pedro. En la primera capilla que te encuentras a la derecha, se puede admirar “La Piedad” de Miguel Ángel. A continuación, en la segunda capilla, puedes rezar ante la tumba de San Juan Pablo II; sigue después la capilla del Santísimo con el sagrario monumental de Bernini, las reliquias de San Juan XXIII, la estatua de bronce de San Pedro, el baldaquino de Bernini…
Y ahí, después de haber cumplido todas las mandas que llevaba, mientras esperaba al resto del grupo al inicio de la nave, volví a recordar a Luis Mª y su consejo. Me vi reflejado en aquellas gentes que entraban precipitadas, deslumbradas por lo que descubrían, que se movían con prisa en su afán de llegar a todo. No es suficiente con ver, hay que mirar despacio, con serenidad, para descubrir la belleza que guardan las cosas. Las prisas nos llevan a la rutina, que convierte el paisaje que nos rodea en algo monótono, donde difícilmente vemos algo resaltable.
Una lástima entrar con prisas en San Pedro y, nada más entrar, perderse la contemplación de la belleza que desprende La Piedad. Allí se necesita un Luis Mª, que como a mí, levante el dedo índice de la mano derecha y pregunte a cada uno ¿dónde vas tan rápido?
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
7/06/23
Jun 1, 2023 | Aficiones, Escritos
En los años que estuve en la escuela de D. Emilio aprendí muchas matemáticas; nos contagiaba su pasión por el cálculo y las operaciones. Allí los números comían el tiempo a las letras y de lectura andábamos justitos.
Luego pase al Instituto y la dedicación a la lectura siguió más bien escasa; leíamos lo imprescindible para llevar la lección al día.
En casa, mi padre era aficionado lector, pero tenía pocos libros, muy pocos; por no tener, no teníamos ni librería.
Por eso, hacia finales de los sesenta, me sorprendió mi hermano Jose Antonio cuando me propuso que hiciéramos la colección de libros RTVE; aunque el gusto por la lectura me pillaba un poco lejos, le dije que sí. De la paga que nos daban los domingos, apartábamos una cantidad para comprar cada ejemplar que se publicaba. Allí conocí a Julio Verne y disfruté con sus aventuras y ciencia ficción.

En la pandilla, Margarita metió el gusanillo de la lectura en plena adolescencia. Los libros de José Luis Martin Vigil pasaban de mano en mano y, a veces, había que esperar turno hasta que alguno quedaba libre.
Cuando llegué a trabajar a Barcelona, me instalé en una pensión donde lo que más abundaba era el tiempo. Por las tardes era frecuente vernos tumbados en la cama, leyendo novelas del oeste, del español Marcial Lafuente Estefanía que llegó a publicar más de dos mil quinientas. Les llamábamos novelas de “tiro tenso”.
Y de ese modo, la lectura se subió al tren de mi vida y la hemos recorrido juntos; títulos, autores y materias me han llevado de aquí para allá en un viaje emocionante, unas veces divertido, otras no tanto, siempre interesante.
Pablo, profesor de Historia y gran lector, me dio un consejo: “lee para disfrutar, no te importe si al cabo de un tiempo no recuerdas los personajes o las situaciones concretas. Cada libro deja un poso que te mejora sin que te des cuenta”.
Hoy me he acordado de todos los que he citado y quiero darles las gracias, junto a tantos otros que se han “posado” en mi interior con cada libro, porque rebuscando en la librería he encontrado un ejemplar de aquella magnífica Colección Libros RTVE.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
31/05/23
May 25, 2023 | Escritos
Desde hace unos años visito un colegio en Oporto y varias veces al año soy usurario de su magnífico aeropuerto, que a estas alturas ya me resulta familiar.
La nueva terminal fue inaugurada en 2006 con un estilo moderno, funcional; desde el primer momento me llamó la atención la limpieza y luminosidad. Cinco claraboyas acristaladas en el techo dejan pasar la luz natural hasta el último rincón de la nave. Además, la pared del lado aire es de puro cristal y permite ver como aterrizan y despegan los aviones.
Una tarde de este mes de mayo, finalizada la visita al colegio, preferí marchar directamente al aeropuerto y esperar allí la hora del vuelo. Superado el trámite del control, paseé tranquilamente por la planta superior
, disfrutando de la arquitectura interior y de los amplios espacios que genera.
En esta ocasión me llamaron la atención unas mesas que antes no estaban, diseñadas para trabajar de pie o sentado en unos taburetes altos, de los que te dejan las piernas balanceándose como un columpio; cada puesto tiene un enchufe para el ordenador. Las tres mesas que encontré tenían los puestos ocupados y tuve que esperar para instalarme en uno de ellos.
Agradecí a quien hubiera detectado esa necesidad, aportando una solución práctica, estética y bien pensada. Ese pequeño detalle me ayudó a no sentirme solo: alguien ha pensado en mí. En esos lugares, es fácil encontrarte con personas que hacen cara de estar solas; personas que no tienen con quien compartir.
Hay una soledad querida, que es buena porque nos permite estar más cerca de nosotros mismos y conviene provocarla de vez en cuando. Pero hay otra soledad impuesta que produce dolor, porque las personas estamos hechas para compartir, para convivir “vivir con”; no es un capricho, es una necesidad. La persona se realiza en la relación con los demás; y aunque la convivencia no sea idílica, siempre es preferible a estar solo. Podemos buscar refugio en las cosas, pero estas no satisfacen las ansias del corazón como lo hace la relación con los otros.
Siempre me ha admirado mi madre porque, en cualquier situación, es capaz de entablar conversación con quien tiene a su lado. Sea quien sea, acaba encontrando temas comunes que facilitan la relación; se olvida de lo suyo para empatizar con la otra persona. Y para adoptar esa actitud en la vida, ella no ha necesitado volar a Oporto ni conocer su magnífico aeropuerto.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/05/23
May 18, 2023 | Escritos
El pasado 12 de marzo falleció Dick Fosbury, un atleta americano que ganó la medalla de oro en los juegos olímpicos de 1968 en México, con 21 años. Nunca más volvió a saltar; tras ganar la medalla anunció su retirada. Su estiló se calificó de locura porque rompía con la rutina del salto. Pero dejó su sello en aquellos Juegos para que, desde aquel momento, fueran los demás quienes le imitaran: desde entonces no se salta de otra manera.
Al leer la noticia recordé la historia que nos contó Juanjo, un profesor con el coincidía en el comedor del colegio, buen conversador y con el que se nos pasaba el tiempo volando. Había sido directivo en una empresa importante de telefonía, le jubilaron pronto y se pasó a la docencia.
Explicaba Juanjo que en una convención de la empresa con directivos de todo el mundo, el director general les habló a los casi dos mil asistentes de hacer muy bien el trabajo, escuchando a los clientes para interpretar sus necesidades y actuar con mejoras, innovando soluciones. En un sector donde cualquier novedad enseguida es imitada por todos, es muy importante ser innovadores.
Y les puso como ejemplo a Fosbury, que como atleta supo innovar. En los siguientes juegos olímpicos, su marca quedó superada por otros que imitaron su estilo. Pero su popularidad fue un premio maravilloso. Además, añadió el director, cuando saltaba miraba al cielo.
Y Juanjo nos añadió su reflexión: el director general nos quería decir que es preciso trabajar bien y prestar mucha atención a las personas que tenemos al lado, porque mirar al cielo es ver a Dios reflejado en el rostro de los demás. Y con el trabajo les podemos servir y ayudar en sus necesidades.
Por Dick, d.e.p.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/05/23