Ago 2, 2023 | Escritos
Me los encontré en la última reunión del colegio. “A ver si te vienes a cenar en julio, cuando estemos todos más tranquilos”. Hace unos días me llamó y quedamos para el jueves siguiente. Aquella tarde fui al supermercado para unas compras que necesitaba.
La cena en el jardín fue muy grata, con ellos siempre te sientes acogido; no era la primera vez, pero no por eso deja de llamarme la atención. En la sobremesa hice un comentario sobre la cajera que me había atendido en el super.
Sus miradas se cruzaron, esbozaron una sonrisa y se les iluminaron los ojos. “Yo era cajera en un hipermercado; llevaba dos años cuando él empezó a trabajar de reponedor.” “Por mi puesto tenía movilidad dentro de la tienda y alguna vez tuve que hablar con ella”.
El ambiente se volvió íntimo, en el silencio de la noche el corazón dejaba salir recuerdos guardados celosamente; hablaban con naturalidad delante del hijo y de la hija, ya universitarios, que conocían la historia, pero la escuchaban de nuevo sin pestañear.
“Al poco tiempo me fijé en ella: trabajadora, amable, alegre, servicial”. Cuando él habla, ella le mira embobada.
“Conocía su nombre, nos habíamos saludado por asuntos del trabajo y nada más” Ahora es él quien bebe sus palabras, como si fueran nuevas.
“En horario de trabajo era imposible hablar de asuntos personales. La ocasión vino cuando mi padre compró coche; un día se lo pedí y me fui a trabajar con el Peugeot 206. Fui a verla: tengo coche nuevo, si quieres a la salida te lo enseño. Y dijo que sí”
Aquello acabó en boda; pero antes cambió de trabajo porque querían estar juntos: le ofrecían promocionar con movilidad por toda la geografía. Se puso de camionero. Cuando llegaron los hijos, se propuso mejorar. Retomó los estudios que había dejado para trabajar en el hiper. Empezó ingeniería sin dejar el camión. Fueron años duros para los dos: el trabajo, los niños, la casa y los estudios; el apoyo y la ayuda de ella fueron fundamentales. Lo consiguieron. Cambió a una empresa de informática con muchas horas de trabajo y buen sueldo. Luego surgieron nuevas inquietudes y ahora es profesor de Formación Profesional. Ella también dejó el hiper y es administrativa en una oficina de cara al público, donde se siente feliz ayudando a los demás a resolver problemas. No dejan de dar gracias a Dios por todo lo conseguido.
Los miro como se miran y miro a los hijos como los miran: esas miradas a cuatro son el mejor resumen de los casi veinticinco años de matrimonio.
El tiempo ha pasado volando, levantamos la velada; me acompaña hasta la puerta y a modo de despedida me dice sonriendo: ¡vaya con la cajera!
De regreso me entra la duda ¿se refiere a la mía o a la suya? Y también sonrío.
02/08/23
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
Jul 26, 2023 | Escritos
Como los últimos veranos, espero que también éste venga a Madrid y pueda acompañarle a visitar algún museo. Con sus explicaciones, entiendo por qué me siento atraído por la belleza.
Nos conocimos en mayo de 1979, en una actividad con gente de su curso; la amistad surgió fácil y permanece viva con encuentros frecuentes a pesar de los seiscientos kilómetros que la vida puso de por medio.
Su tía, la madrina, intuyó que aquel crío tenía un don para descubrir la belleza donde los demás sólo vemos lo que vemos; y arte para plasmarlo en el papel. A los cinco años le regaló una caja de pinturas, a los seis una de pinceles y desde entonces no ha dejado de pintar.
En BUP repitió curso, al siguiente lo dejó sin acabar; los estudios no eran lo suyo, le dijo el tutor, y mejor que se pusiera a trabajar. Le hizo caso y se puso con su padre, aunque él lo que quería era pintar. Como la viña y el trozo de tierra no daban para los dos, se fue a Barcelona. Trabajó en lo que pudo mientras pintaba. Hizo varias exposiciones, bien de crítica y escasas de ventas. La realidad se imponía, difícil vivir de la pintura. Fue repartidor, mozo de almacén, portero en un colegio. Le ofrecieron impartir un taller de arte y tuvo lista de espera. Se animó, quiso explorar ese camino. Con veintiocho cumplidos superó la prueba de acceso a la Universidad para mayores y empezó Bellas Artes. Trabajo, estudio y pintura, sin descuidar los amigos y las excursiones. Cinco años de renuncias y esfuerzo culminaron con la ceremonia de graduación y al nuevo Licenciado le contrataron de profesor. Enseñaba lo que llevaba en la sangre, disfrutaba con lo que hacía y pintaba. Después de una pausa, siguió con el curso de doctorado. Hace cinco años defendió su trabajo de investigación y el flamante Doctor ahora también imparte clases en la Universidad.
Pronto para montar el caballete y trasladar su visión al lienzo con una paleta de colores vivos y matices mediterráneos, pinta lo que los demás no vemos y nos atrae sin saber por qué.
Que eso es un artista, y un amigo artista no lo tiene cualquiera. Bueno, yo sí; pero es que me lo puso muy fácil. Tanto como cuando le acompaño al museo y con sus explicaciones entiendo por qué también él se siente atraído por la belleza.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
26/07/23
Jul 19, 2023 | Escritos
Los viajes en tren son una fuente de experiencias enriquecedoras. El último domingo del mes de julio del año pasado, tomé uno para ir de Barcelona a Caspe. Hasta Tarragona corre paralelo a la playa, que en esas fechas es muy utilizado por los bañistas que van a pasar el día entre arena, sol y agua. Aunque era temprano, el vagón se llenó de un público todavía somnoliento, pertrechado de útiles playeros. En las siguientes estaciones, el movimiento era sólo de bajada y cuando llegamos a Tarragona casi me quedo sólo.
Allí subieron algunas personas. Emocionado con el libro que tenía entre manos, no presté atención a mis nuevos compañeros de viaje, hasta que una señora musitó unas palabras cariñosas a su marido, que con la mano la saludaba desde el andén. De pie y en silencio permaneció el tiempo que la vista les mantuvo unidos. Luego se acomodó en el asiento anterior al mío y lo único que pude distinguir de ella, fue el moño que sobresalía por encima del reposacabezas.
Enseguida inició una conversación por teléfono; estaba tan cerca que era imposible no enterarse de lo que hablaba. La señora reclamaba sobre alguna reparación hecha en casa y que no había quedado bien. Tan correcta en todo momento como firme en su planteamiento, no cedía en sus exigencias. Se oyó en tono serio “por favor, le pido que vengan inmediatamente”. Aunque no había levantado la voz, la frase sonó en el vagón tan contundente que hasta me removí en el asiento. Pasaron unos segundos de silencio que parecieron eternos, luego añadió “Que tenga buen día” y colgó.
La imagen dulce y cariñosa de la despedida, junto con el carácter firme y educado de la conversación, me recordaron las ocasiones en que me han tenido que corregir y lo han hecho con claridad y respeto, tanto en lo personal como en lo profesional.
A esas personas las recuerdo con nombre y apellidos y les guardo enorme agradecimiento; como también a la señora anónima del tren que volvió a darme una lección de cómo se pueden decir las cosas sin ofender. Aprovecho para desearle a ella y a Vd. querido lector ¡que tenga buen día!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
19/07/23
Jul 13, 2023 | Escritos
El Camino de Santiago francés nos sitúa en el recorrido medieval que conectaba Santiago de Compostela con Europa. Nuestro objetivo era la segunda etapa, desde Roncesvalles a Zubiri, veintidós kilómetros entre prados, hayas, robles y pinos. Un magnífico escenario salvo la bajada pedregosa del final.
El miércoles pasado, antes de salir, fuimos a saludar a la Virgen en la Colegiata de Santa María, construida junto con el albergue-hospital entre los siglos XII y XIII con estilo gótico francés.
La mañana se presentaba apropiada para la caminata; el cielo parcialmente nublado y la sombra del bosque nos protegía del calor y animaba la cadencia de los pasos. El buen humor en el grupo se dejaba sentir; los relevos en cabeza facilitaban la conversación por detrás.
Paramos a comer en Bizkarreta, al final de la bajada desde el alto de Mezkiritz. Poco antes Víctor empezó a notar molestias en la rodilla. Durante la comida se le pasaron, pero en el arranque volvió el dolor y abandonó el camino en Lintzoain. Me quedé con él y continuaron los otros cinco.
Decidimos hacer auto stop para que no tuvieran que venir a por nosotros. Después de media hora, la suerte llegó en forma de un tipo asombroso. Paró para ofrecerse, buscó un espacio donde aparcar sin molestar la circulación, quitó las sillitas de los niños que llevaba en el asiento de atrás, se preocupó por la situación de Víctor; todo con animosidad y sin darse importancia. Nos contó que se ha instalado en el pueblo con la familia desde que teletrabaja. Los quince minutos de trayecto pasaron rápidos, en una conversación fluida, optimista. Se desvió para dejarnos en nuestro punto de encuentro. Nos despedimos con un apretón de manos, le di las gracias y me dijo: nada hombre, hoy por ti, mañana por mí ¡agur! Tanto disfruté de la conversación y de la cercanía de aquel navarrico, que me olvidé preguntarle su nombre.
La etapa tuvo más emociones: en la última bajada desde el alto de Erro a Zubiri, Martín se cayó; la herida en la rodilla frenó la marcha. Y cuando llegaron ¡el coche se había quedado sin batería!
Por la noche podría haber hecho un resumen cenizo del día; sin embargo, el buen sabor de boca del viaje en auto stop superaba todo lo demás.
Lamento no saber el nombre de aquel tipo, por eso me lo invento para despedirme de él y darle las gracias de nuevo: ¡Agur, Jesús Mari!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
12/07/23
Jul 7, 2023 | Escritos
Un lunes por la tarde del pasado mes de marzo, asistí a una conferencia. El tema era de mi interés, pero Morfeo me enredó y por unos momentos me ganó el pulso. Oí citar a Narciso Yepes, di un respingo y recuperé la atención. El conferenciante contaba una anécdota sobre este famoso músico, del que yo conocía sólo su relación con el Concierto de Aranjuez. Poco había contado, pero suficiente para despertar mi curiosidad, buscar más información y descubrir un gigante.
Humilde de cuna y de espíritu, nació en Lorca (Murcia) en 1927 en una familia campesina. Es conocido mundialmente por su trabajo como guitarrista clásico español, pero el éxito no le afectó al interior de su ser.
“Cuando doy un concierto, el instante más emotivo y feliz para mí es ese momento de silencio que se produce antes de empezar a tocar. Entonces sé que el público y yo vamos a compartir una música, con todas sus emociones estéticas. Conservo en mí el alma de campesino que sabe levantar la mirada hacia el cielo. He intentado aceptar y desarrollar el don recibido. Creo que la respuesta de un hombre es agradecer lo que le es dado y ponerse al servicio de los demás, intentando transmitirlo. Espero dejar huella para los jóvenes que no escatiman el esfuerzo”.
“Mi vida de cristiano tuvo un largo paréntesis de vacío, que duró un cuarto de siglo. Me bautizaron al nacer, y ya no recibí ni una sola noción que ilustrase y alimentase mi fe. Fue una conversión súbita, repentina, inesperada y muy sencilla. Yo estaba en París, acodado en un puente del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana. Exactamente, el 18 de mayo. De pronto, le escuché dentro de mí. Quizás me había llamado ya en otras ocasiones, pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía «la puerta abierta» Y Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida”.
Su vida no fue fácil, su hijo Juan de la Cruz murió de accidente con 18 años. El a partir de los 66 años limitó sus apariciones por el fuerte dolor que le causaba la enfermedad y murió con 69.
Enamorado de su mujer Marysia, a la que conoció siendo una joven polaca estudiante de filosofía; de sus hijos, de sus amigos. Ella le dedicó el libro “Amaneció de Noche” en el que narra los últimos años de su vida, un canto al amor que da sentido al sufrimiento.
Después de haber descubierto un gigante y con la confianza que me da tener el mismo origen campesino, me atrevo a decir ¡Gracias Narciso!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
05/07/23
Jun 30, 2023 | Escritos
En los próximos días hará cuatro años que estuve en Roma para un curso de verano. No es la mejor época para disfrutar de una estancia romana, pero tuvimos suerte y el calor también se tomó unas mediovacaciones. De todas formas, con calor o frío, de día o de noche, en invierno o en verano, Roma no defrauda. Vuelves y es como una primera vez.
Una de las noches salimos a cenar. Paseamos sin prisa, nos adentramos en el Trastevere, pasamos por la Basílica de Santa María, recorrimos la Vía della Lungaretta y desembocamos en la Piazza Giuditta Tavani Arquati. Las mesas de varios restaurantes llenaban el espacio que la pequeña plaza ofrece; encontramos hueco en Carlo Menta.
La noche estrellada quedaba por encima de las diminutas luces que alumbraban la terraza; el murmullo de las conversaciones nos envolvía como el biombo que preserva tu espacio. El trajín silencioso de los camareros ponía movimiento al cuadro costumbrista.
Nuestros vecinos eran dos parejas a quienes el acento delataba su origen argentino. Oyeron hablar español y nos saludaron; de los lugares comunes, Messi, el Papa y alguno otro, pasamos a otros de mayor interés. Las mesas acabaron juntas y la conversación única. La despedida fue con abrazos y promesas de visitarnos a su paso por España.
La noche estaba agradable, decidimos alargar el paseo caminando junto al Tíber en dirección al Ponte Sisto. Al llegar a Piazza Trilussa nos encontramos un grupo musical amenizando la velada del público que llenaba las escaleras de la Fontanone dei Cento Preti. Sentado entre la gente, dejé volar la imaginación.
En esas estaba cuando sonaron las notas de «We Will Rock You», canción de rock de la banda británica Queen. Y me vi dando palmas arrastrado por el entusiasmo general, siguiendo el ritmo a la espera del espectacular solo de guitarra. Aquella noche, el cielo y la tierra se juntaban para darme una alegría. No hubiera marchado, de no ser que vinieron a buscarme y me sacaron de allí o perdía el autobús de regreso.
Al llegar a casa y hacer el balance del día, di gracias a Dios y a esos tipos que me alegraron la noche. No recuerdo sus caras, no sabré distinguirlos si me los encuentro por la calle, pero cuando San Pedro me convoque a revisar el libro de la contabilidad de mi vida, le hablaré de ellos. Seguro que él si los conoce y se lo tendrá en cuenta.
Al día siguiente, mi Ángel de la Guarda me dijo que me dormí con la cara sonriente y moviendo los labios al compás de We Will Rock You.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
28/06/23