Merece la pena

Merece la pena

Era 21 de marzo y como todos los viernes acudí a la reunión del Patronato. Después de saludar a los de la oficina, me senté en la sala a leer correos mientras llegaban los demás. Algo pasaba ese día que la vista se apartaba del ordenador atraída por algo llamativo en los pies de cada uno de los que entraban.

Empezó la reunión; sobre la mesa papeles y pantallas, manos que se juntan y se separan, que juegan con el bolígrafo o toman nota. Por debajo de la mesa, un mosaico multicolor hecho de calcetines que se abren paso entre la seriedad de pantalones y zapatos, para lanzar su mensaje: merece la pena.

Nacho es un tipo inquieto, emprendedor, activo, que habla a la misma velocidad que fabrica los argumentos para apuntalar sus ideas. Dirige un colegio de educación especial y por los poros le sale el convencimiento de que merece la pena dedicarse a lo que se dedica. Cada año consigue involucrar a más personas en hacer visible su propósito de normalizar la diversidad con el gesto de calzar calcetines desparejados el 21 de marzo, desde que en 2011 las Naciones Unidas lo declarara el día mundial del síndrome Down (trisomía del cromosoma 21 -que tiene tres copias en lugar de dos- y por eso se une el 21 y el 3 para indicar día y mes). La idea de los calcetines se le ocurrió a la niña británica Chloe Lennon, para recordar que ser diferentes nos hace únicos; no hace falta encajar en un molde para tener un lugar en el mundo.

Mi aproximación al mundo de la diversidad ha tenido varios caminos; el más serio a través del colegio de Nacho; el más simpático por la historia de Jack, un adolescente al que se le desmoronan los pilares de la infancia que sostenían su inocencia al descubrir que vive en un mundo en el que lo distinto se discrimina, y el síndrome de Down no es una excepción. Hasta el punto de que empieza a sentir vergüenza de su hermano Gio. Con cinco años y dos hermanas, sus padres les anunciaron que iban a tener un hermano especial. Él lo interpretó como que sería un superhéroe y se alegró muchísimo. Poco a poco descubrió que lo de especial era verdad, que era distinto a los demás, pero lo de tener superpoderes iba para largo. Averiguó lo que significa síndrome Down y vio que en el Instituto donde se matriculó de adolescente eso podía ser un lastre; Gio le provocaba rechazo, vergüenza, lo ignoraba delante de los compañeros y nunca les habló de su hermano. Pero cuando llegaba a casa jugaba con él, compartía habitación y, en el fondo, lo quería. Esa doble vida saltó por los aires el día que delante de todos los que le importaban se atrevió a contarles quien era Gio: “Tiene ahora trece años y una sonrisa más ancha que sus gafas. Adora a los dinosaurios y el rojo; va al cine con una amiga y vuelve a casa diciendo «me he casado». Baila solo en medio de la plaza al ritmo de la música de un artista callejero, y los transeúntes, uno tras otro, se sueltan y empiezan a imitarlo: Es un tipo que hace bailar plazas enteras. Cada día sale al jardín y lleva una flor a sus hermanas. Y si es invierno y no encuentra la flor, les lleva hojas secas. Gio es… mi hermano. Y ahora entiendo que es un superhéroe y, además, mi mejor amigo”.

A Jack y Gio los conocí en el libro “mi hermano persigue dinosaurios” y en la película del mismo nombre. Y desde entonces me acompaña la presencia siempre afectuosa de Gio, su frescura y mirada maravillada que consiguen cambiar el corazón de Jack: “querer a un hermano no significa elegir a alguien a quien querer; sino encontrarte a tu lado a alguien a quien no has elegido, y quererlo.»

La historia de Gio la viven a diario todas familias que frecuentan el colegio de Nacho y nos dicen al ver a sus hijos asumir responsabilidades, tener amigos, formarse, crecer, caminar… ¡vivir!: merece la pena.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/03/25

Jesusito de mi vida

Jesusito de mi vida

Nos invitaron a tomar café para que conociéramos el nuevo piso que habían alquilado. En la habitación de las niñas, me atrajo el cuadro de la pared a la cabecera de la litera. Sin gafas no distinguía, me acerqué para ver de qué se trataba y me sorprendió aquella oración que tantas veces habré rezado de pequeño, pero que ahora me sonrojaba por una mezcla de orgullo tonto y rigidez mental. Quedé removido y pedí volver a ser niño un instante cada noche antes de acostarme, para ser capaz de rezarla con la sencillez que lo hacen Cris y Nena.

Se agitaron los recuerdos de aquel mundo estrecho de horizontes cortos, que por la simplicidad propia de la edad parecía inmenso, inalcanzable, porque cada día se vivía con intensidad y la hora de ir a dormir te pillaba con muchos sueños por cumplir. Mi madre pasaba a darnos el beso de buenas noches y preguntaba ¿has rezado? Algunas veces se me olvidada y entonces saltaba de la cama, de rodillas con el culete apoyado en los talones, metía a Jesusito en mi vida y luego bajo las sábanas continuaba contándole lo hecho y lo por hacer, como uno más en mis sueños.

Luego vinieron los años del cambio de voz y granos en la cara, del corazón lleno de personas y aficiones, de ilusiones y ambiciones; tu mundo se queda pequeño, incluso ridículo, y el Jesusito cae al fondo del saco a donde la mano nunca llega. Son esos años en que los padres se ponen rarísimos, no hay quien los entienda; se caen del pedestal, ya no son tus héroes, no entienden los nuevos tiempos y son un freno para los planes. La pandilla es el refugio, el paraíso a donde quieres llegar cada tarde al salir del instituto. La amistad es un valor que cotiza al alza, se arma un andamio de relaciones, afectos y sentimientos que sostiene el crecimiento en esos tiempos confusos.

Cuando se disipa la polvareda que levanta la adolescencia, descubres que los padres siguen ahí, a tu lado. Que dan calor al hogar a donde vuelves cada noche después de la jornada de trabajo y de estar un rato con esa persona que has seleccionado de entre todas las que metiste en el corazón. Que la familia es el lugar donde tu ausencia no pasa desapercibida. Que cuando sales por la mañana a la calle, lo haces confiado en que tienes a donde volver porque te esperan. Y notas el contraste con quien al decirle “hasta mañana” no tiene prisa, porque tú serás hoy el último que le escucha y le mira a la cara.

Quise recuperar la oración de las niñas, la que mi madre me enseñó con paciencia y cariño; al meter la mano en el saco no encontré grandes gestas ni obras faraónicas, pero sí muchos detalles y hazañas menores disfrutadas siempre en compañía. Desde el momento en que me dejaron salir a la calle a jugar sin la custodia de mi hermano hasta hoy, se almacenan infinidad de vivencias gozosas compartidas. También hay experiencias que han dejado muesca -unas en la piel, otras en el corazón- pero esas no están en el saco, no tiene sentido guardar sucesos que ennegrecen el ambiente como nubarrones que amenazan tormenta. Olvidar es un ejercicio sano que despeja el cielo para que la luz de la alegría ilumine el día. Recordar es volver a vivir, y hoy mientras hundía la mano rebuscando la oración he vuelto a encontrarme con tantas personas que me han acompañado en esta aventura formidable que es la vida. Y allí en el fondo, donde casi no llega la mano, la he encontrado; al sacarla con mimo a la luz, he sonreído porque de nuevo me he visto de rodillas con el culete apoyado en los talones diciendo: Jesusito de mi vida.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

12/03/25

La palabra

La palabra

Este pasado fin de semana, lluvioso y frío, mientras leía frente a la ventana, la mirada quedó clavada en el horizonte teñido de gris tormenta y saltó el recuerdo de la carta que Pepe me escribió hace quince años en un domingo parecido, para compartir el impacto que una conversación le había dejado en su interior.

Querido Rafa: Se acaba un fin de semana largo que he podido disfrutar con intensidad. El viernes ya tuvimos fiesta y lo aproveché para esas gestiones que a diario es difícil de combinar con el trabajo; se pasó en un abrir y cerrar de ojos de tan ocupado que estuve, aunque ahora mismo no sabría decirte en qué.

Hoy domingo he despertado con el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado de pizarra que veo desde la ventana. La monotonía del sonido que se colaba en la habitación,  ha hecho más lento el despertar. Al regresar de Misa, el ambiente era frío, por el camino las gotas de agua perdían peso y ganaban volumen, caían suaves, resbalaban lentamente por el parabrisas del coche, se acumulaban en las aceras y las pintaban de blanco. Ahora ya por la tarde, mientras te escribo, contemplo los copos espesos que se posan en el cristal de la ventana inclinada, el jardín de la casa de enfrente cubierto de un manto espeso que amortigua los ruidos. Hasta aquí llega el silencio de fuera y los ruidos de dentro; en la sala de estar, apostados frente al televisor unos cuantos siguen animosos el partido de tenis. Este día invita a buscar el calor de la compañía, de la afición común.

A mí me lleva al ayer inmediato, al ayer de ayer, al ayer sábado que precedió a este domingo y llenó otra página del álbum histórico, esa colección de momentos entrañables que gusta recordar, no para anclarse en el pasado y lamentar el presente, si no para saborear esos instantes, tomar impulso y salir con garbo en busca de lo que nos espera a continuación.

La mañana soleada pasó entre las paredes del despacho, resolviendo cuatro asuntos pendientes que requerían algo de la paz que el día ordinario les niega. La satisfacción de haber rebajado la lista de tareas en los asuntos propuestos, también aporta su granito al balance del día. La cita de la tarde dejó la impronta de lo inesperado. Un encuentro sobrio, sin más adorno que la palabra; frente a frente, la conversación fluía ligera, sin prisas, tejida de habla y escucha, de pregunta y respuesta, de asentimiento y disconformidad; variedad, diversidad, comunión de ideas, diferencia de matiz, coincidencia en el fondo. A la palabra le acompañaba el gesto, la adornaba la sonrisa, la fortalecía la mirada. Ideas, sentimientos, dudas, convicciones; un mundo interior que la palabra descubría discretamente, sin llamar la atención, como pidiendo perdón por el atrevimiento de salir, de darse a conocer. Consciente de que eso no sucede siempre que dos personas hablan, abría los poros para dejarme empapar de aquella lluvia fina que nos cubría; no puedo decir que el tiempo pasaba sin darme cuenta, porque las agujas del reloj daban un salto imponente cada vez que las miraba; temía el momento de marchar como el estudiante el final de las vacaciones; agradecí la prórroga primera, y la segunda y la tercera. Quedaba mucho por decir, pero ya no era posible pedir más.

El frío de la tarde se había colado por las rendijas de la sala. Abstraído por el calor de la conversación, sólo cuando llegué a casa me di cuenta que me había quedado helado. Tomé algo caliente. Gozoso, lento, recogí con cuidado, ordené las cosas y algo de mi vida. Me acosté, cerré los ojos; poco a poco se fueron apagando las luces de un día que había dejado señal. Y aquí me tienes contándotelo, para compartirlo contigo y que te alegres conmigo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

12/03/25

Aquel tipo me alegró el día

Aquel tipo me alegró el día

Ángel nos hablaba con frecuencia de su afición a disparar con arco, algo que había podido hacer pocas veces. Pero alimentaba su ilusión con lecturas, vídeos y cualquier información que caía a su alcance; luego lo comentaba en las tertulias, escenificaba posturas y nos hacía disfrutar como si de verdad tuviera uno entre sus manos.

Se acercaba la celebración de las bodas de plata de su matrimonio con Cristina; en la cuadrilla empezamos los preparativos y, entre otras cosas, decidimos regalarle un arco y algunos complementos. El sábado por la mañana, con Paco y Jesús nos acercamos a una tienda que nos habían aconsejado, donde podríamos encontrar lo que buscábamos. En realidad, no sabíamos lo que queríamos, porque ninguno de los tres tenía ideas claras al respecto.

Encontramos una sección dedicada a ese deporte; en aquel momento, un joven con pinta de poca experiencia en la vida en general y en los arcos en particular, ordenaba las estanterías. Para despejar las dudas le preguntamos si era de la sección, no fuera el chico de los recados que pasaba por allí. Con mucha amabilidad se ofreció a ayudarnos en lo que necesitáramos. Pronto se dio cuenta de que, a pesar de nuestros esfuerzos, ni entendíamos ni sabíamos lo que queríamos. Nos dedicó tiempo, paciencia, explicaciones y una sonrisa permanente; puso en nuestras manos distintos arcos y flechas; nos ilustró sobre los diferentes materiales con sus ventajas e inconvenientes. Preguntó por nuestro amigo: edad, experiencia, tiempo que le podría dedicar; se hizo cargo de la situación exacta y concluyó con unos consejos sobre lo que le podría interesar, el equipo adecuado para iniciarse, lugares donde podría practicar, progresión que podría hacer con otros materiales y costes que asumiría, si se consolidaba en la afición.

Salimos con el regalo adecuado, convencidos de que lo mejor que nos había pasado era tropezarnos con aquel joven con pinta de poca experiencia, que resultó ser un buen chaval y gran profesional. Por la tarde, al pensar en cómo nos había tratado, me di cuenta de que aquel tipo me alegró el día.

A ti que lees este texto, seguramente te habrá pasado algo parecido en algún momento. O a lo mejor eres tú una de esas personas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es- @rdolader

 

 

LOS CIEN

LOS CIEN

Mi madre viaja en un tren que avanza tranquilo para que los pasajeros puedan disfrutar de la conversación, del paisaje y de los recuerdos que afloran. Las estaciones coinciden con los años y ayer hizo parada en la de LOS CIEN. A mi padre hace dieciocho años que una enfermedad le apeó del tren y mi madre continuó el viaje ella sola, asomada a la ventana mirando hacia atrás por si le veía y, a ratos, hacia adelante. Poco a poco, el recuerdo del trayecto recorrido juntos le dio fuerza para hablar más del futuro que del pasado. Y dedicó su tiempo a ayudar a los hijos, la familia, las amigas, las vecinas y cualquier persona a quien pudiera prestar un favor. De nuevo sus conversaciones se llenaron de contento por lo hecho y de alegría por lo que tenía por hacer. Nos ha enseñado a disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes, aunque de estas pocas encontramos en su currículum; salvo que, al vivirlas con intensidad, las pequeñas se convierten en grandes.

Fui el primer hijo en marchar de casa. De pie en la estación, con la maleta a los pies, un domingo de octubre esperamos el tren que me llevaría al futuro. Los nervios y la juventud me sujetaron al “yo” y fui incapaz de darme cuenta de lo que mi madre estaba viviendo en aquel momento. Más adelante lo he podido comprender, porque cuenta con mucho detalle todo lo que guarda en su memoria, aunque se le olvida lo de ayer. “Cuando marchaste a los quince años procuré rellenar el hueco con tus hermanos; ellos, el trabajo de la casa, ayudar a tu padre y atender otras necesidades, mantenían la mirada alta. Pero luego marchó José Antonio, Elvira, Joaquín… las habitaciones se quedaron vacías y me daba no sé qué pasar por allí”.

Ese no sé qué era por nosotros, no por ella. Mi madre no habla de cosas, habla de personas. En sus relatos, los aspectos materiales tienen un papel segundón, importan poco; sus historias son con personas: su abuela, los padres, los hermanos, las primas, las amigas, la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos. Lo que llena su corazón son los demás y por eso habla de ellos.

Quien quiera que se siente a su lado en este viaje de la vida, tardará muy poco en verse acogida en una conversación que empieza por lo evidente, por lo más sencillo; y acaba no se sabe cuándo ni donde, porque la cabeza y las fuerzas le acompañan, y los temas de su interés son amplios.

Doy gracias a Dios que nos ha permitido revivir aquella escena de un domingo de octubre, pero con los papeles invertidos: ahora ha sido una bienvenida en lugar de una despedida; quienes la queremos estábamos en el andén esperando el tren que la lleva por la vida y la hemos visto llegar arreglándose el pelo en el cristal de la ventanilla, mientras canturreaba una jota y se le iluminaba la cara de alegría al vernos bajo el cartel que anuncia: estación LOS CIEN.

05/01/25

 

 

Yo, mi, me, contigo

Yo, mi, me, contigo

La última experiencia de viaje en tren está calentita, recién salida del horno; tanto que todavía no se han apagado las imágenes que a través de la ventanilla quedaron grabadas en la retina cada vez que levantaba la vista. La mañana soleada, dejaba fuera del vagón el fresco de las primeras horas del día; las lluvias que han empapado la tierra estos días pasados, han hecho reverdecer el campo en una imagen engañosa porque no es una primavera anticipada, si no la despedida del otoño antes de retirarse al interior de la tierra para que no la hiele el frío del invierno; entonces crece para adentro y brota de nuevo con fuerza en la primavera.

Ha sido esta semana cuando he viajado a León con Josemaría para visitar un colegio; con él comparto intereses vitales de fondo que nos unen en la dedicación al mundo educativo; pero nuestras aficiones caminan por derroteros distintos. Él es más de hacer cundir el tiempo que de mirar por la ventanilla; mientras yo me embelesaba con el reflejo del sol en la copa de los robles, él contestaba correos y atendía llamadas. Será por eso por lo que me sorprendió cuando, pasado la mitad del trayecto, cerró el ordenador, cerró los ojos el instante que dura un respiro hondo y me preguntó ¿qué te pareció la conferencia del sábado? Esa sí que no me la esperaba; me removí en el asiento para encontrar la posición correcta mientras por dentro una voz me decía “aprovecha, aquí hay tema”, porque la oportunidad era más para escuchar que para declarar.

El tipo nos había sorprendido hablando de optimismo en la educación, tanto en la familia como en la escuela. Necesario para que los jóvenes puedan superar las dificultades que en la vida se van a encontrar y fortalecer su voluntad para querer a los demás; sobre todo para amar a quien escojan para recorrer juntos el proyecto de vida. Aquí se extendió algo más en la importancia de un amor para siempre, hasta la muerte si hace falta. Y reforzó sus palabras con un párrafo de una canción de Joaquín Sabina ¡quién lo iba a decir! Es el estribillo de la canción “Contigo”: Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan, nunca mueren.

Al llegar a casa busqué la letra completa de la canción, tenía interés en saber por qué lo ponía de ejemplo. Y descubrí un canto al amor de verdad, de ese que no se conforma con banalidades, del que se manifiesta en la salud y la enfermedad: lo que yo quiero corazón es que mueras por mí.

La canción forma parte de un disco que lleva por título: yo, mí, me, contigo. Porque alguien capaz de amar así conjuga el tú, el contigo; quien ha sido educado en superar dificultades con optimismo, es capaz de compartir una vida hasta el final. El conferenciante nos hizo reír a la vez que nos dio abundantes ideas para educar con optimismo. Pero además consiguió que ahora me lo imagine dictando a dúo la conferencia con el cantautor Joaquín Sabina; uno dando ideas y otro poniendo música a la propuesta “lo que quiero muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí”. Nada de tonterías, nada de trivialidades, que aquí quien más quien menos, a lo que aspira es a un amor de verdad, del que lo entrega todo en un “yo, mí, me… contigo”

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

20/11/24

Solos en la Alhambra

Solos en la Alhambra

La primera vez que me hablaron de “Recuerdos de la Alhambra” supuse que se trataría de un libro y tuve que añadir a mi historial una nueva metedura de pata; bien es verdad que como por entonces era muy joven, no me afectó mucho al orgullo. Aprendí que era una pieza para guitarra clásica compuesta en 1896 por el famoso guitarrista español Francisco Tárrega. Y que a través de la música también se cuentan historias. Con esa lección aprendida, más adelante comprobé que mi simpatía por Granada se alimentaba exclusivamente de canciones; hasta que en 1998 pasé allí unos días del mes de abril, asistiendo a un curso organizado por un colegio del Sacromonte. Los paseos por el Albaicín y la visita nocturna a la Alhambra multiplicaron el atractivo por la ciudad y busqué más leña para alimentar aquel fuego; la encontré en el libro “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving escrito en 1829. Este americano enamorado del embrujo de la misteriosa Alhambra, recopiló leyendas, fábulas y cuentos transmitidos de generación en generación, convirtiéndolos en historias apasionantes, donde destaca lo legendario y fantástico.

La pieza musical tiene el mismo título que el libro, si entendemos que recuerdos y cuentos se mezclan y entrelazan ficción y realidad; es quizás la obra más célebre del mundo para guitarra sola, inspirada en el espectacular conjunto de palacios y jardines de la Alhambra. Y si dejas volar la imaginación, también en las leyendas que se cuentan en el libro. Por ser una obra tan célebre ha tenido infinidad de versiones para todo tipo de instrumentos y de estilos. De las versiones vocales guardo especial cariño por “Solos en la Alhambra” (1983) del grupo español Mocedades. La música tiene la virtud de evocar recuerdos y emociones vinculadas a situaciones específicas de nuestra vida. Escuchar una canción que estuvo presente en un momento significativo, puede refrescar emociones ligadas a esa circunstancia y nos conecta con nuestro pasado de una manera intensa. Cuando suena el estribillo “Pasas junto a mí / y vuela mi sombra / hombre entre mil hombres / solos en la Alhambra”, en mi interior se mezclan las historias de Irwing con la música de Tárrega y la imaginación recorre las estancias de la Alhambra en busca de la sombra anhelada.

El mes pasado volví a la Alhambra; al acabar las sesiones del congreso al que asistía, nos habían preparado una visita para dos grupos reducidos, una vez que se cierra el horario del público. La tarde se había quedado fría y el tiempo de espera hizo que encogiéramos el cuello y nos aisláramos del otro. La guía, una tipa joven muy bien preparada, detectó el ambiente y se empleó a fondo desde el primer momento: con gracia, con profesionalidad, provocando nuestro interés, conectando con detalles personales. Poco a poco estiramos el cuello, salimos de nuestro yo y volvimos a ser grupo; incluso pareció que el tiempo mejoraba, seguramente por cada uno había mejorado la actitud. Es lo mismo que sucede en la vida, cuando ante las dificultades tendemos a escondernos en la cueva y estamos más pendientes de lo mío que de lo tuyo.

Cuando pasamos por el Patio de los Arrayanes la guía nos animó a hacernos una foto aprovechando que el viento había parado y el agua del estanque parecía un espejo. Por la noche en la habitación del hotel, recibí un mensaje con la foto que me habían hecho. Al abrirla me pareció que sonaba un fondo musical -o quizás fue sólo en mi interior- con la canción de Mocedades, porque también nosotros estábamos solos en la Alhambra.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

13/11/24

Lugar de vivos

Lugar de vivos

El viernes por la tarde estuve de visita en el cementerio, uno de los varios que tiene Madrid; la tarde se había quedado preciosa después de la lluvia de la mañana. Unos cuantos coches marchaban cuando llegamos; dentro imperaba el silencio custodiado por los cipreses inmóviles que absorbían los comentarios de las pocas personas que aún quedaban. Por encima de las paredes de nichos que cierran los patios, nos cubría el cielo limpio de azul intenso, salpicado de nubes corridas que el sol de la tarde coloreaba de naranja pálido. Recorrimos sin prisa el camino que separa las tumbas conocidas, contagiados del ambiente tranquilo, respirando hondo la paz que flotaba en el aire. Delante de la lápida gris, sin más adornos que la cruz y los nombres grabados de quienes allí reposan, rezamos por su eterno descanso y recordamos anécdotas vividas o contadas. El grito del empleado alteró nuestro relajo; junto con las voces hacía gestos señalando el reloj. Se nos había pasado la hora y hacía quince minutos que tenía que haber cerrado; un tanto avergonzados le pedimos disculpas por alargar su jornada en un día tan intenso. Algo tenía aquel lugar que nos había retenido más de lo esperado.

En el pueblo, el cementerio está separado de la carretera por un camino amplio bordeado de cipreses que enmarcan la puerta de entrada. Aprendí de mi madre a rezar por los difuntos, cada vez que pasábamos por delante con el tractor camino de las tareas del campo. Luego, cuando quedó viuda, la he acompañado con frecuencia a rezar por mi padre, por los abuelos y por aquellos familiares que se han añadido a medida que la vida pasa. Al principio, ella salía dando un paseo y pasaba muchos ratos a solas con él; pero ni él ni ella estaban solos. El la tenía a ella; y a ella, el recuerdo nunca la ha bloqueado; en todo caso le avivaba el cariño, la impulsaba a estar activa para los demás: vecinas, enfermos, familia, amigas, siempre pendiente de los suyos. Los paseos frecuentes al cementerio y la oración continua, actualizaban el amor que les unió. Y un corazón que ama, transmite alegría, contagia optimismo, atrae porque a su lado se está bien. Y por eso siempre se ha sentido acompañada.

Ahora ya no está para paseos largos y vamos juntos. Se detiene delante de un nicho, de una tumba; se acerca para ver la foto, la reconoce, le sale el recuerdo fresco como si fuera de ayer. En algunas tumbas, el paso del tiempo ha borrado la numeración y las letras grabadas sobre la piedra arenisca; el musgo extendido sobre la lápida dificulta la localización. La parada se repite, avanzamos despacio, son historias de vivos porque las cuenta en presente, las adorna con mil detalles porque las vive y me las hace vivir, para ella es la vida de entonces y para mí la de ahora porque la vivo con ella.

El viernes, ya en la calle, una vez pasado el susto de que podíamos habernos quedado encerrados en el cementerio, sonreí con el recuerdo de los paseos con mi madre tan parecidos al de aquella tarde. Marché contento con el pensamiento de que todo el bien que han hecho esas personas sepultadas, todo el ejemplo que nos han dado, la luz que han arrojado con su comportamiento, no se apaga con el paso del tiempo como puede suceder con su nombre sobre la piedra; ha quedado impregnado en el ambiente para beneficio de quienes venimos detrás y hacen que el cementerio parezca un lugar de vivos.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/11/24

Pasen y vean

Pasen y vean

Pasen y vean era el reclamo que utilizaban, a voz en grito, algunos espectáculos de la feria cuando se instalaban en mi pueblo para Todos Santos, incluido el circo que levantaba su carpa en el patio de la Escuelas Nacionales. No nos importaba pasar frío a los pies de aquel señor vestido para llamar la atención, subido a una tarima para que se le viera, mientras desgranaba una tras otras todas las maravillas que nos encandilarían si cruzábamos la entrada previo pago del precio que dejaría esquilmados los exiguos ahorros. La mayor parte de las veces, nuestra imaginación suplía la realidad y se dejaba llevar por las palabradas del orador como si de una nave espacial se tratara, en un viaje supersónico. Era un soñar despierto ambientado de olor a churros, patatas fritas y algodón de azúcar. Después, un recorrido sólo a mirar por las tómbolas, por los caballitos, por los autos de choque; y corriendo a casa con un revoltijo de emociones que mi madre tenía que interpretar, porque todas dichas de golpe, muy rápido y con grandes gestos, sólo las madres saben descifrar.

Pero lo de la Catedral de Burgos es otra cosa; nada de casetas de feria, de lonas sostenidas por endebles estructuras metálicas, tómbolas levantadas con frágiles paneles de madera o carpas sostenidas por tensores de cuerda. Estamos hablando de muros de piedra, de contrafuertes bien calculados, de siglos de trabajo, de algo serio. También aquí se puede vocear el “pasen y vean” pero con una diferencia en el resultado final. Al salir de la feria, casi siempre había un halo de desilusión porque lo vendido superaba lo visto; en Burgos, la Catedral te sorprende por mucho y bien que hayas oído hablar antes de cruzar la portada del Sarmental. Es lo que me sucedió hace dos semanas, cuando tuve la oportunidad de visitarla en grupo reducido, oyendo las explicaciones de un catedrático de Historia del Arte que hacía asequible en cuatro pinceladas la complejidad que nos rodeaba en las sucesivas capillas, vidrieras, sepulcros y retablos que visitamos. Ante la contemplación de la belleza, al espíritu le pasa como al edificio gótico, que se estira hacia arriba para estar más cerca de Dios. Ya en la calle, la lluvia y el frío que aquellos días se generalizó en toda la geografía, me obligó a encoger el cuello para taparme con ese gesto de recogerse sobre uno mismo, mientras recorría rápido el trayecto corto hasta el hotel junto al río. Fue la prolongación de la visita, los minutos de saborear lo vivido, la alegría de haber encontrado mucho más de lo que esperaba.

Dos días de trabajo con directores de colegios, alojados en aquel sencillo hotel de Burgos, repercutieron en la misma impresión que me había dejado la visita a la Catedral: la sorpresa está en el interior. Y si la sorpresa es para bien ¡miel sobre hojuelas! Allí me encontré con personas que conjugan el plural, el nosotros, porque el yo se diluye en el equipo para impulsarlo y animarlo; que asumen experiencias fallidas y puntos de mejora sin dramatismos; que buscan lo mejor para cada una de las personas que forman a diario y contribuir así a la mejora de la sociedad. Personas que en la calle no me hubieran llamado la atención.

Tarde he conocido la Catedral de Burgos, pero ha valido la pena si a partir de ahora esa experiencia va unida con la del grupo de directores de colegios, pues en los dos casos he recibido la misma lección: la sorpresa está dentro. Para llegar al interior de las personas hay que ir despacio, escuchar, prescindir de las primeras impresiones y ponerle algo de cariño. Entonces, si la sorpresa es buena, le puedes colgar el cartel virtual de ¡pasen y vean!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

23/10/24

Señora de rojo

Señora de rojo

“En las sobremesas, solíamos sentarnos frente a frente y charlábamos. A veces callábamos. Nos bastaba sabernos y mirarnos. Nada importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente” así lo cuenta Nicolás, prestigioso pintor en horas bajas, protagonista de la novela de Miguel Delibes “Señora de rojo sobre fondo gris”, un monólogo en homenaje a su mujer Ana y al amor que les une, fuente de su creación artística.

No hacía mucho que había leído la novela cuando me crucé por la calle con Carmen y Vicente, un matrimonio del barrio conocidos de toda la vida. Las ramas desnudas de los árboles dejaban pasar los rayos del sol tibio que caldeaba la mañana. Caminaban sin prisa, con las manos entrelazadas; su conversación se tejía con palabras suaves, silencios y miradas. Se detuvieron para saludarme y nos alargamos por su interés en saber de mis asuntos y de la familia. Por la bondad de su sonrisa y el calor del cariño con que me trataban, se me pasó el tiempo en un satiamén. Nos despedimos y al poco me volví para contemplarlos. Recordé la imagen descrita en la novela, hecha de presencia, de silencio, de estar juntos.

“A veces callábamos”. El corazón habla un lenguaje que también utiliza miradas de diversa intensidad. En ocasiones no hay algo nuevo que decir; entonces simplemente buscamos acompañar y sentirnos acompañados. Estar al lado del otro tiene una dimensión afectiva que va mucho más allá de lo que podemos contar en una conversación. Buscamos la compañía de las personas porque las cosas materiales, los objetos se quedan cortos; tienen un recorrido limitado en nosotros: cuando el triciclo se nos queda pequeño queremos la bicicleta, después la moto, luego el coche y cuando nos damos cuenta de que nada de eso nos colma, buscamos la persona con la que compartir la vida, o a Dios. La felicidad no consiste en tener más, si no en amar más que es lo propio de la persona. Un corazón lleno de cosas materiales está frío; y como de lo que llena el corazón habla la boca, de esas personas sale indiferencia y olvido. Una persona que tiene el corazón caldeado por el amor, habla con cordialidad, mira con cariño, sonríe con simpatía, saluda con un cálido apretón de manos o un beso en la mejilla.

Doblaron la esquina, se ocultaron a la vista y siguieron presentes en el impacto del ratito pasado a su lado. Si aquella mañana la reflejara en un cuadro, sobre el fondo gris de lo ordinario destacarían dos manchas de color, dos pinceladas de trazo grueso que atraerían la atención de lo extraordinario, tanto como el sabor que me dejó aquel encuentro con mis vecinos, señor y señora de rojo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

09/10/24