Oct 15, 2025 | Escritos
¡Perfecto! Así respondía Víctor para agradecer cualquier favor que recibía, con una sonrisa que convertía en grande lo pequeño y te hacía sentir valioso; por que el grande y valioso era él, tanto como su corazón donde cabían todos y todo lo de todos. Esa frase resumía su actitud en la vida, su forma de estar en el hoy; con optimismo, pasando por encima de las dificultades que en forma de barreras se presentan a cualquier hora; y a él no le faltaron
Una meningitis le dejó sordo antes de que hubiera aprendido a hablar, recién cumplido su primer año. Esa limitación que fue para él una señal de identidad, la convirtió en la oportunidad de rodearse de amigos en los colegios para sordos de Málaga, Granada y Madrid donde estudió. Y de implicarse con ellos en una actividad incesante en las asociaciones Asogra, Ecosol-Sord o en la Parroquia de Santa María del Silencio.
Nació y creció en Granada, en el seno de una familia numerosa, arropado por sus padres y hermanos que le trataron como uno más, que tan poco él quería distinciones. En la misma casa tenían de vecinos a los abuelos y a los primos. Cuando los López-Jurado y los Escribano salían a jugar, la calle Duquesa y la plaza de la Trinidad se llenaban de griterío y las palomas volaban a sitio seguro. Los veranos en Huétor Santillán son un pozo repleto de recuerdos que surgen cuando los hermanos se juntan salvando las distancias físicas, que las del cariño nunca les han separado.
Tenía destreza para el dibujo y sensibilidad para plasmar en la tela lo que otros no vemos al contemplar la naturaleza. Esas cualidades le permitieron incorporarse como delineante al despacho de arquitectos de su tío, donde empezó a trabajar muy joven. En Madrid, donde recaló la familia por traslado profesional de su padre, compaginó el trabajo y los estudios de Restauración en la Escuela de Bellas Artes. Superó la selección para una plaza de restaurador en el Museo del Ejército, puesto que cubrió sus aspiraciones profesionales hasta la jubilación, complementado con muchas horas dedicas en su estudio a pintar cuadros y encargos que le llegaban. De sus estancias en El Cárcamo, la finca familiar en un pueblecito cerca de Loja regresaba con la carpeta repleta de apuntes que luego trasladaba al lienzo.
La fe que impregnaba su vida y que procuraba hacer realidad en el día a día, le llevaba a ser leal con Dios y con sus amigos, a los que dedicaba tiempo y cariño. Últimamente salía de excursión al monte cada semana. Lo disfrutaba y te lo hacía disfrutar cuando lo contaba. Un martes de febrero volvió cansado y notó que le costaba respirar. Sus compañeros de caminata no habían notado ningún signo de flojera. Aprovechó una visita al médico para una revisión periódica y le comentó los síntomas. El buen galeno confirmó con pruebas posteriores lo que en la primera prospección le alarmó; unos ocupas disfrazados de células cancerígenas habían invadido el pulmón derecho y constreñían la libertad de respirar aire limpio con la frecuencia que pedía el ritmo de sus pasos ligeros, porque Victor no era de los que andaban despacio.
Recibió la noticia de la enfermedad como si de algo pasajero se tratara y adaptó su ritmo de trabajo con la mirada puesta en el cielo y en los proyectos que tenía en la tierra. En este tiempo hemos tenido oportunidad de hablar de lo divino y de lo humano; miraba a la muerte de frente pero no la tenía presente, consciente de que llegaría, pero todavía tenía mucho que hacer y no estaba dispuesto a esperarla sentado. Alguna vez se preguntó ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? sin esperar respuesta y a continuación redoblar su confianza en Dios.
El primer domingo de octubre estuvo en la parroquia dando catequesis; por la tarde ingresó en urgencias con insuficiencia respiratoria. El lunes le acompañé durante la noche en la clínica; su modo de agradecer a las enfermeras cada una de sus intervenciones, no era una pose, dejaba poso. El miércoles ya muy tarde estuvimos hablando por videollamada; a pesar de la mascarilla que le dificultaba, quería contar las visitas recibidas, que había estado preparando la clase siguiente y los planes para el jueves. Esa conversación era un resumen de su vida: siempre en activo pensando en los demás. Cuando el diez de octubre se desperezaba y la clínica recuperaba la actividad, Dios le modificó la agenda y nos dejó huérfanos de Víctor.
Avanzamos despacio siguiendo el carro fúnebre; la sepultura abierta esperaba la llegada del cortejo. Los operarios sujetaron el féretro y, a una indicación, iniciaron el descenso; la música que recorría los rincones del cementerio, allí se mezclaba con las avemarías que incoaba el sacerdote. Unos cuantos claveles cayeron sobre la tapa de madera y la losa empezó a deslizarse lentamente, hasta que un sonido blando, redondo, anunció que había encajado completamente y el acto se daba por finalizado. Costaba levantar la mirada porque los ojos aún seguían borrosos, secuelas de alguna lágrima furtiva. Salimos despacio para apurar los últimos momentos en su compañía; antes de cruzar la verja del portón, me volví reclamado por una voz. Entre el verde de los cipreses y el azul del cielo, la figura de Víctor me sonreía con el pulgar hacia arriba, señalando la sepultura con la mirada y diciéndome ¡perfecto!
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
15/10/25
Oct 8, 2025 | Escritos
Levanté la mirada, estaba parado en la puerta sin decirse a entrar. Hice a un lado los papeles y salí a su encuentro. Aquel tipo joven de treintaypocos, alto, moreno, de espaldas anchas y manos más hechas a dar que a pedir, tenía un aspecto abatido.
El amasijo de emociones, tensiones y preocupaciones que traía, ahogaron su voz y en lugar de palabras, la primera expresión fue con lágrimas, no muchas porque se esforzaba por taponar la fuente y se las tragaba antes de salir. Aquel hombrón sentado al otro lado de la mesa bajó la cabeza y cerró los puños en un intento de controlar sus sentimientos; respeté su silencio y acerqué la caja de pañuelos de papel que miró como algo raro que nunca había usado. Respiró hondo, recuperó la serenidad y pidió disculpas con sencillez; incluso hizo una broma por cuenta de la llorera. El acento de alguna de sus expresiones nos llevó a iniciar la conversación hablando de su pueblo; le cambió la cara, le brillaron los ojos y se le soltó la lengua.
Salió de casa por primera vez para ir a la mili; allí dejaba familia, amigos y una moza que no sabía cuánto la quería hasta ese momento. La distancia hizo madurar la relación y al acabar volvió a por ella, decididos a emprender el vuelo por su cuenta. Pero el pueblo no garantizaba el futuro que imaginaba para los suyos y marchó a la capital como avanzadilla para preparar el desembarco. Trabajó duro en la construcción, bien pagada en aquellos años de economía boyante. Malvivía compartiendo habitación, por ahorrar y ofrecer a su futura esposa un estreno digno. Tras el viaje de bodas, alquilaron un piso estrecho y algo oscuro, que a ellos les parecía un palacio. Andaban escasos de espacio, pero sobrados de cariño y de ganas de trabajar para hacer realidad su sueño. En su nuevo empleo de vigilante, por responsable y trabajador le ofrecieron el turno de noche para mejorar el salario; y después le hicieron encargado. A final de mes compartía con su mujer la alegría de una nómina que nunca pudieron imaginar. A la par, ella que empezó con unas horas de limpieza, ya tenía jornada completa. Había llegado el momento de dar el salto a la compra de un piso nuevo; tenían ahorros para dar la entrada y con sus nóminas garantizaban una hipoteca para cubrir el resto. Eran los primeros años del nuevo milenio, cuando los carteles de “nueva promoción de viviendas” se sustituían a los dos días por el de “promoción vendida”. En el barrio unos vecinos les hablaron del colegio y allí matricularon a la hija y a los dos años al pequeño. Llevaban ocho años en la nueva vivienda cuando estalló la crisis; le recortaron categoría, complementos, horas y finalmente se quedó en la calle. Para ese momento, ella también había perdido el empleo.
Ahora vivían de las reservas y se había encendido la luz roja. Si no encontraba trabajo, tendrían que renunciar al piso y marchar al pueblo. Mientras, procuraba que sus hijos no notaran la angustia que le corroía cuando cada día volvía de la calle cargado de negativas. Le dolía el orgullo de padre que no tiene nada que llevar a sus hijos. Y ahora tenía el dilema de los recibos del comedor del colegio. Si los pagaba no alcanzaban a la hipoteca; si priorizaban la hipoteca, renunciaban a la única comida que hacían. Encontramos una solución que le daba tranquilidad para los siguientes meses; marchó agradecido. En junio volvió para despedirse; el apretón de manos y su gesto de bondad me los guardé en un repliegue del corazón.
También a mí me llegó la hora de marchar, aunque vuelvo al colegio con frecuencia. La semana pasada me contaron que aquella familia había pasado a saludar y que después de quince años habían rescatado el piso y volvían para empezar de nuevo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/10/25
Oct 1, 2025 | Escritos
Aquella tarde en la feria quedó botando en mi alma y de vez en cuando se asoma atraída por algún impacto, como sucedió la semana pasada cuando en el avión de regreso se atenuaron las luces durante el despegue y nos quedamos en penumbra. En el colegio que visité por la mañana, querían renovar el mobiliario de dos aulas. En verano las vaciaron a la espera del nuevo, se retrasaba la entrega y empezaban las clases. Recuperaron del almacén unos pupitres que dormían el sueño de los justos; aunque la estructura metálica necesitaba una mano de pintura, el tablero de madera estaba impecable. El agujero para el tintero y la hendidura para la plumilla, removieron los recuerdos de aquellos años sentado en un aula parecida.
Mi padre no era muy de manifestar sentimientos; eso no nos afectaba porque era mi padre y el cariño nos envolvía. Cuando llegaba del campo, bajábamos corriendo para abrir la puerta y ayudarle, aunque seguramente seríamos más un estorbo que una ayuda. Le veíamos marchar temprano y regresar tarde; por eso aquel día me llamó la atención que viniera a comer a casa. Era dos de noviembre, un día medio laborable porque en el pueblo estábamos de ferias. En la comida nos dijeron que por la tarde iríamos a la plaza; se dispararon los nervios, la siesta de mi padre se me hizo eterna y mi madre tardó en arreglarse un mundo. El circo lo habían puesto en el patio de las escuelas, la feria de ganado y maquinaria en el surtidor. Por allí pasamos rápido para llegar con tiempo a la plaza del Ayuntamiento donde estaba el ambiente de las atracciones, tómbolas y barracas. La emoción de lo que me esperaba, hacía que me agarrara con fuerza a la mano de mi padre, no fuera a salir volando arrastrado por la imaginación. Montamos en los autos de choque; mi padre sentado a la izquierda conducía con una mano y con la otra me sujetaba; mi hermano a la derecha hacía de copiloto. Mi madre seguía nuestras peripecias desde un lateral y nos animaba. En la churrería había cola, aspirando el olor a la espera de que salieran calentitos. Nos detuvimos en los caballitos, pero no quise subir porque me parecía que ya era muy mayor, aunque por dentro me moría de ganas. En otro puesto compramos algo de merienda: a mi padre le encantaba el coco, mi hermano algodón de azúcar, mi madre un guirlache y yo una manzana acaramelada de un rojo irresistible. En la tómbola fue mi madre la que se detuvo con la mirada chispeando en el juego de sartenes y en la olla exprés; el señor del micro se dio cuenta y empezó a cantar las excelencias de lo que a mi madre le hacía tilín. Compró unos boletos y los abrimos entre todos; por poco nos toca la olla. Nos llevamos un exprime limones de plástico amarillo que duró muchos años de tan poco uso. Me había acabado el caramelo y quedaba la manzana, verde y dura; la tiré. En la caseta de tiro mi padre no tuvo mucha suerte. Se había echado la noche, el frío empezaba a notarse y mi madre nos puso el abrigo. Estaba cansado, el bullicio, el caramelo rojo y las emociones hicieron un revoltijo en el estómago; mi padre se dio cuenta y me cogió en brazos; desde la altura, la vida tenía otra visión. Me quedé dormido en el hombro de mi padre; cuando desperté, la música de la feria se oía a lo lejos, doblamos la esquina y nuestra casa se veía al fondo de la calle. En un segundo reviví las imágenes de la tarde y las emociones sentidas; de todo, lo que más me alegraba era estar los cuatro juntos.
El temblor del avión al tocar tierra apagó las luces del ayer y encendió las del hoy; en un rato estaría de nuevo en casa, me sentaría a la mesa y disfrutaría de estar con todos los de ahora, la misma alegría de aquella tarde en la feria.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
01/10/25
Sep 17, 2025 | Escritos
Los primeros capítulos de la nueva vida de Laura y Ramón transitaron por caminos distintos a los del guion de la novela que habían soñado el día de su boda, de eso hacía trece años. La alegría del primer embarazo llamó enseguida a la puerta y María se presentó con una parálisis desde la cintura a los pies. El segundo fue Javier, un síndrome de Down precioso y simpático que tenía su propio código de comunicación. Laura y Ramón se abrazaron a la realidad como se hace con quien más quieres en esta vida y la alegría de sus rostros era el resplandor del cariño que se respiraba en aquella casa. Después, Pedro, Carmen y Pablo llenaron los escasos huecos que quedaban en el piso, con un derroche de vitalidad que cubría su cupo y el de los dos mayores.
El matrimonio planeó reorientar los proyectos profesionales, porque aquella empresa familiar requería cabeza, corazón y tiempo. Laura era directiva en una gran empresa y aunque sus ingresos estaban por encima de los del marido, decidieron que diera un parón a sus actividades mientras los hijos la necesitaran. Ramón se multiplicó para aportar algo más de lo habitual y amortiguar las estrecheces económicas que se avecinaban.
Las rutinas organizativas de la familia cambiaban los fines de semana, cuando aprovechaban para hacer planes todos juntos. Los sábados los dedicaban a la compra en el centro comercial con un añadido en forma de helado. Los domingos iban andando a misa a la parroquia cerca de casa y luego de visita a los abuelos que vivían a dos manzanas.
Un domingo se cruzaron por la calle con una joven que empujaba un carrito con una criatura sana y robusta; se miraron sin llegar a decirse adiós. Laura quiso recordar aquella cara, la había visto antes y no acertaba a situarla. Dos semanas después, bajó al parque con María y Javier, a esperar que los otros tres llegaran del colegio. Al poco la vio llegar con el carrito, pero se quedó un poco apartada. Habría pasado media hora cuando la criatura empezó a toser y llorar; la madre nerviosa no sabía bien lo que hacer y pidió ayuda. Laura se acercó corriendo y entendió lo que estaba pasando; el crío se había atragantado, había empezado a cambiar de color y no respiraba. Lo tomó en sus brazos y con la experiencia de quien ha pasado por esa situación, lo volvió cara al suelo, le golpeó la espalda, le hizo unos movimientos en el pecho, en la garganta, y consiguió liberar la obstrucción. Calmada la madre y el hijo, se sentó con ellos para acompañarlos hasta que se recuperaran del susto. Todavía con los ojos humedecidos por las lágrimas de impotencia, la joven le dio las gracias por todo lo que su hijo le debía. Le contó que Laura y su familia no pasaban desapercibidos en el barrio y que ella y su marido se habían fijado en ellos en más de una ocasión; aunque él rechazaba aquel planteamiento de familia porque no quería tener hijos, ella sentía admiración. Cuando se quedó embarazada, el ambiente en su casa se volvió tenso y se vio sometida a presión, también por la familia del marido. Llegó un momento que aquello le superó y aceptó una propuesta que le partía el corazón. La mañana que les habían citado en la clínica, parados con el coche en el semáforo, comenzaron a pasar uno detrás de otro los cinco hijos de Laura: el discapacitado ayudaba al mayor a empujar el carrito de la paralítica, los otros dos iban tan contentos de la mano de la madre. Se le hizo un nudo en la garganta y rompió a llorar. Notó que su marido le pasaba la mano por el hombro, la recogía en un abrazo y que las lágrimas que caían sobre la blusa no eran sólo suyas. Se miraron como nunca lo habían hecho en un diálogo mudo que salía del corazón y regresaron a casa.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
17/09/25
Adaptación de la historia que cuenta Ernesto Juliá en el libro “Desde la ribera”.
Sep 10, 2025 | Escritos
He sido muy feliz; ¿qué digo? ¡soy muy feliz! Así remataba la conversación que mantuvimos mientras recorríamos las dependencias del colegio el primer día que me lo enseñó. Aquella monja risueña, menudita, de movimientos ágiles y hábito caféconleche, hablaba con ilusión de lo que veíamos en cada aula, en cada rincón, y lo intercalaba con los recuerdos que unían el entonces con el ahora, los inicios con el presente. Todo tenía un porqué y ahora buscaban el relevo de quien alumbrara el mañana antes de que el hoy se apagara. Contagiaba la alegría de una vida de entrega a los demás, de un recorrido de servicio al prójimo a la luz de la fe que le alumbró desde el primer instante, cuando siendo niña se encendió en su interior la llama de la vocación y decidió ser como ellas. Ellas eran unas monjas que pasaron por el pueblo poco antes de la Semana Santa y fueron a la escuela a explicarles lo que hacían, como era la vida de una religiosa. Se lo contó a su madre nada más llegar a casa, hablando deprisa, moviendo las coletas de las que faltaba un lazo. “Se le pasará” dijo para sus adentros, porque la novela que tenía escrita para ella se desarrollaba en otros escenarios. La segunda de cuatro hermanos, la mayor de las chicas, servicial, alegre, despierta, trabajadora. Removía la pandilla con sus propuestas y sabían divertirse con los recursos a su alcance; en ese ambiente de grupo experimentó las aspiraciones del corazón que latía con fuerza cuando hablaba con el zagalote que la rondaba, hasta que encauzaron los sentimientos en una conversación un tanto nerviosa pero eficaz y siguieron tratándose sólo como amigos, porque ella se reservaba para Dios. En casa tenían una posición económica desahogada sin alardes, que les permitía costear sus estudios en la capital. Cuando llegó ese momento sentó a su padre y a su madre para recordarles que seguía viva la brasa que alimentaba su decisión. Se fue al internado con las monjas, avanzó en los estudios y en la vida religiosa; caminaba por la vida con la seguridad de quien se fía de alguien grande porque ella es pequeña y lo que haga no será sólo por sus méritos. A la devoción añadía trabajo, estudio y tiempo para los demás. La universidad le amplió horizontes y premió su esfuerzo y talento con un título de Licenciada en Ciencias. Puso aquel diploma a disposición de la superiora el mismo día que acabó las clases y en unas semanas viajaba a Perú para poner en marcha una misión que el Obispo les había encomendado. Su tarea fecunda cuajó en obras y personas que dieron sombra a quienes allí siguieron cuando ella regresó a los diez años, porque ahora le pedían arrimar el hombro en los inicios del colegio que hoy me enseñaba. Aquel sueño cuarenta años atrás que prendió en un pequeño local se había hecho realidad y de nuevo estaba preparada para que otros continuaran, porque ella y su sonrisa se iban a donde le dijeran sin importarle que el atardecer de la vida asomaba en el horizonte. Fue entonces cuando me dijo: “he sido muy feliz”; me miró en silencio con un punto de suspense, respiró hondo y con el brillo de los ojos iluminando su cara, apostilló ¡soy muy feliz!
Fue unos días más tarde cuando escuché por primera vez la canción de Rosalía que da título a este relato y tuve la sensación de que ponía música a la historia de la monja:
“Si me das a elegir entre tú y la riqueza / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y la gloria / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir entre tú y el cielo libre para ir a otros nidos / ay, amor me quedo contigo” “Si me das a elegir en tú y mis ideas (que sin ellas estoy perdida) / ay, amor me quedo contigo”.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
10/09/25
Sep 3, 2025 | Escritos
Han pasado casi cinco años de aquella mañana que Ingresé en urgencias a primera hora. Me había roto el tobillo y los médicos decidieron operar. Había que esperar a que se produjera hueco en el quirófano y me advirtieron que podía pasar varias horas allí. Acertaron con la advertencia.
Estuve distraído, aquel lugar no era apropiado para sestear o pensar en las musarañas. El trajín de las entradas y salidas, el ruido de los aparatos, los suspiros lastimeros y alguna voz fuera de tono, configuraban un cuadro de alerta permanente. El contrapeso lo ponía el personal sanitario que atendía la sala: aportaba calma, serenidad, amabilidad y cariño en cada una de sus intervenciones.
Recostado en la cama sin muchas ataduras, me entretuve con las historias que se sucedieron a mi alrededor.
Como la de aquel tipo con pintas de indigente, tostado por las horas de sol en algún rincón al rebrigo del frío callejero. Aquel día se había pasado con la dosis mañanera para desentumecer los músculos, trastabilló al cruzar la calle y los municipales lo trajeron para que le curaran. Debía tener los huesos duros a base de dormir a la intemperie, porque nada se había roto. En cuanto se espabiló, discutió con las auxiliares y se marchó sin atender a razones. No debía ser la primera vez: ellas sabían su alias y él conocía bien el camino.
A media mañana ingresó una señora de cara menudita pelo blanco y mirada serena; con cuidado la trasladaron a la cama frente a la mía. Cuando abría los ojos reflejaba entereza, pero los abría poco porque el dolor se los cerraba. La enfermera detectó la situación ¿le duele mucho? “sí” ¿viene con algún familiar? “no” ¿vive sola? “sí” Y se volcó con ella en detalles, aunque aquella buena mujer nada pedía. Debía tener algo serio porque se la llevaron enseguida, marchó con la misma paz que había llegado y de propina me dejó una muesca en el corazón.
Ya repartían la comida cuando entró un retablo de dolores en silla de ruedas, empujada por una señora que tan sólo sobresalía un palmo por encima del hombre sentado. Se adivinaba que los años la habían disminuido, pero conservaba fuerza para empujar y agilidad manejar la situación. Los ¡ay! que salían de aquella garganta como saetas disparadas con cadencia programada, se clavaban en los oídos y alteraban los ánimos. Grande debía ser su dolor en aumento por momentos, porque las interjecciones se convirtieron en exclamaciones contra el mundo en general y contra quienes le atendían en particular, incluida su esposa. Ella le acariciaba, le repetía frases cariñosas al oído y le disculpaba ante los demás: “él no es así, es que le duele mucho; lleva toda la noche sufriendo hasta que nos hemos decidido a venir.” Y a las enfermeras “por favor no se lo tengan en cuenta, hagan lo que puedan para calmarlo”. Agotado por el dolor, se durmió bajo los efectos del analgésico. A su lado, la mujer le sostenía la mano y le limpiaba la cara con un pañuelo humedecido en colonia suave. Despertó, abrió los ojos y se encontró con una sonrisa que le estaba esperando: “hola, cariño ¿estás mejor?” Lo que se dijeron desprendía el aroma de un amor fraguado en años de matrimonio que ha superado numerosas dificultades. Bien se conocían y mucho se querían. De aquel corazón también salieron palabras de agradecimiento para cada una de las personas que le habían atendido y no dejó de pedir disculpas a todos repitiendo que, por favor, le perdonaran las molestias. Se marcharon a pie, despacito, empujando la silla vacía. En la puerta se dieron la vuelta y saludaron con la mano a quienes habíamos compartido con ellos aquel momento duro: el dolor une.
Antes del verano he vuelto a urgencias, ahora como acompañante. Sentado a la cabecera del enfermo, volví a revivir historias parecidas: cambian las personas, flota el mismo ambiente; esa combinación serena hecha a base del dolor del enfermo, la generosidad de los profesionales y el cariño de tantos.
.Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader03
03/09/2025
Ago 27, 2025 | Escritos
Ni tan mal, oye. Así me respondió José Luis cuando le pregunté cómo le había ido el año. Nos sentamos juntos en la cena de la primera noche del curso de verano en el que hemos coincidido en San Sebastián. Está de maestro en un pueblo del norte de Navarra desde hace treinta años y habla con el acento de aquella zona, levantando ligeramente el tono en el final de la frase. En cada región tenemos expresiones propias, pero esta me dejó desconcertado porque ni la tenía registrada ni me la esperaba: bien, estupendo, fenomenal (arrastrando los labios y dejando la boca abierta que queda muy bien en algunos ambientes). Pero ese convertir en negativo lo que quieres que sea positivo, me dejó con el paso cambiado; el “ni” es negación y el “mal” ausencia de bien; a qué demonios responder así cuando lo que quieres decir es que te ha ido bien. En los días siguientes tuve ocasión de oírla más veces; llegué a familiarizarme con ella primero y luego, hasta me resultó simpática con ese “oye” final en tono ascendente.
El encuentro con el que inauguramos el curso facilitó que después hayamos compartido horas de conversación y actividades, entre otras una excursión a la Sierra de Andía en Navarra. De los cinco que fuimos, Chema se lanzó a contar en la sobremesa de la noche cuando otro preguntó cómo nos había ido.
Dejamos el coche en una explanada nada más pasar el túnel de Lizarra; la primera parte es una ascensión empinada, sostenida, hasta alcanzar la meseta ondulada con ligeras elevaciones que fuimos coronando. El andar se hace cómodo sobre los pastos que cubren la superficie de una tierra caliza, pobre para tareas agrícolas y escasa en agua. Zonas de brezo como si de una plantación se tratara; arbustos de espino blanco que bien puede parecer árbol pequeño, también conocido por majuelo como su fruto de aspecto similar a la cereza; algún enebro que presta su sombra como refugio a los animales y, abajo en el valle, bosques de hayas y pinos. Después de comer se nos vino la tormenta encima y en un instante nos había calado hasta los huesos; fue un rato intenso en el que sólo pudimos cobijar la cabeza bajo un espino blanco, como hacía el ganado que andaba suelto por la sierra. De regreso salió el sol y pudimos disfrutar de un paseo entre vacas pirenaicas, ovejas latxas, yeguas burguete y potros simpáticos con un lucero dibujado en la frente; sentados en una piedra para reponer fuerzas, contemplamos los buitres colgados en las paredes verticales y unas chovas (parecido al cuervo) de vuelos acrobáticos que rompían el silencio con sus graznidos. La ropa se secó enseguida y la amenaza de resfriado no fue a mayores; para celebrarlo, paramos en un camping y rebobinando la excursión se nos puso el sol.
Cuando Chema puso punto final al relato, otro le pidió a José Luis que diera su valoración ya que es de la zona; fue parco en palabras y nos arrancó una risa con su resumen: ni tan mal, oye.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
27/08/25
Ago 20, 2025 | Escritos
El paseo de la playa dibuja una curva en forma de abrazo enorme, como si quisiera acoger en su seno todo el mar. Una sólida barandilla separa dos ambientes; el de la arena para los bañistas y el de la ronda salpicada de bancos y terrazas para aquellos que, como nosotros, prefieren dar un garbeo. Como el paseo tiene forma de U, siempre tienes delante la arena y el mar sin olas; la bravura del Cantábrico se frena a la entrada custodiada por un monte a cada lado. En el recorrido de un extremo a otro, algunas escenas quedan grabadas en el recuerdo.
A primera hora, cuando algunas personas empiezan a bajar a la playa para tomar posiciones y marcar territorio, un matrimonio pasea tranquilamente con los pies en el agua. Destacan por su porte, elegancia, atuendo y edad. Ella lleva un vestido sobre el bañador y un capazo de rafia donde guarda los zapatos; él los lleva en una mano y con la otra toma la de ella. Alto, delgado, sus pasos lentos bien marcados. Viste un pantalón de tergal fresco con raya que remarca su altura y camisa de lino de manga larga abotonada con unos gemelos informales. De cara enjuta, pómulos algo salientes, nariz con personalidad y pelo blanco que peina todavía con raya. La mirada serena se alterna entre las olas para evitar que alguna les sorprenda, la arena donde pisan y ella. Sonríe cuando la vista se pierde en el horizonte, cuando se fija en lo concreto, cuando la contempla. La conversación es de pocas palabras, les basta el gozo de saberse juntos.
Un padre juega a pala con su hijo; procura que los golpes a la pelota sean fáciles de devolver y a veces falla intencionadamente, pero con tal disimulo que el crío brinca de alegría porque le ha ganado un punto a su padre.
En la arena junto a la pared que sostiene la barandilla, una madre pone crema a su hijo con rasgos síndrome de Down. El niño no colabora y ella lo convence contándole una historia divertida. El olor a crema invade ese trozo de paseo.
Dos niñas y un niño han hecho una piscina redonda excavada en la arena, de un metro de diámetro y un palmo de profundidad. Tan apenas caben, pero los tres chapotean, ríen y disfrutan ajenos al mundo que le rodea.
Cuatro chicas jóvenes usan la toalla como tapete y juegan una partida de cartas; las miradas se entrecruzan dos a dos. La que tengo de frente toma una carta, la incorpora a la mano, la mira, levanta la vista hacia su compañera y sonríe pícaramente.
El padre y la niña que lleva el mismo bañador con el que vino al mundo, construyen un castillo de arena humedecida; cada vez que ella trae un puñadito en una sola mano y la coloca en lo más alto, el padre aplaude y ella vuelve radiante a por más.
Una señora mayor y una chica joven empujan una silla de ruedas con dirección al agua; llevan un mozalbete fuerte y largo que debe pesar lo suyo, con síntomas de alguna enfermedad degenerativa. A pesar del esfuerzo, avanzan con alegría y le cuentan lo bien que lo van a pasar en el agua.
Faltan doscientos metros para llegar al final del paseo cuando unos gritos nos sorprenden y detienen nuestros pasos hasta que localizamos la procedencia. En la arena dos mujeres corren al encuentro con los brazos extendidos y gritan ¡pero qué alegría! ¡quién me lo iba a decir después de tanto tiempo! ¡no me lo puedo creer! La niña pequeña un poquito apartada contempla admirada el abrazo largo de su madre con la amiga. El marido de ésta se ha hecho a un lado y las deja hablar ¡una posibilidad de entre 1000! ¡pues mira que nunca entro por estas escaleras! Continuamos el paseo y al llegar a la punta damos la vuelta, volvemos y todavía están allí, hablando en ese tono alto que refleja alegría, la alegría del encuentro.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
20/08/25
Ago 13, 2025 | Escritos
Su madre estaba ocupada con la plancha y además tenía la lavadora en marcha. La idea que otras veces había rechazado ahora volvió con fuerza y le arrastró a la cocina sin oponer resistencia. Empujó la silla desde la mesa hasta la encimera con cuidado para no hacer ruido, comprobó que estaba bien apoyada, se aupó hasta el asiento con movimientos mal coordinados pero eficaces. Se puso de pie, alargó la mano y se detuvo asustado por un ruido imprevisto; era la nevera. Comprobó que poniéndose de puntillas alcanzaba hasta la repisa donde su madre dejaba el encendedor de gas y la caja de cerillas. Se giró hacia la puerta, no había peligro y ahora sí se hizo con la caja. El corazón le temblaba y las manos se contagiaban; la mirada atenta a los movimientos que tenía interiorizados. Empujó con el pulgar y aparecieron las cerillas, ordenadas, quietas, dormidas. Sacó una, puso la caja de lado sin cerrarla y algunas cerillas cayeron al asiento de la silla. Las metió con nervios, desordenadas, cerró y presionando con la yema del índice desplazó la cerilla por el raspador. El fogonazo le pilló desprevenido, sin darle tiempo a separar el dedo y sintió la punzada de la quemadura. Soltó la cerilla y la llama se apagó mientras caía al suelo. Se chupó el dedo y lo restregó en el pantalón. Se aseguró de que estaba seco y volvió a intentarlo. Ahora estuvo más ágil y cuando el roce provocó la llama, sostuvo la madera entre el índice y el pulgar; la sonrisa le traspasó de oreja a oreja mientras la llama proyectaba dos sombras: la suya y la de su madre que escamada por el silencio se había acercado a la cocina y desde la puerta contemplaba la operación sin dejarse notar.
Volvió al cuarto y lo llamó ¿Andrés qué haces? Se asomó, la vio cómo se movía con destreza con la plancha en la mano “nada mamá”. En cuclillas para que las dos miradas quedaran a la misma altura lo besó. Le enseñó el dedo accidentado, algo ennegrecido. ¡Ahí va! ¿qué ha pasado? Empezó repitiendo palabras inconexas sin acertar en el relato; percibió que su madre se había olvidado de la plancha y le dedicaba toda la atención del mundo, así que poco a poco se entonó y le contó toda la aventura con la emoción de quien ha realizado una gesta inconmensurable. La madre le escuchaba con los ojos abiertos y los morritos de pez, como a quien le interesa esa historia lo más de lo más. Cuando acabó le dio un abrazo ¡que valiente mi chico! Y ahora vamos a curar el dedo. Allí quedó interrumpida la conversación porque se oyeron las voces de su padre y las tres hermanas mayores que llegaban de la calle.
Le costó dormirse, hecho un ovillo tan apenas abultaba en la cama bajo la sábana. Su madre le despertó más tarde, que para eso eran vacaciones; rezaron juntos las oraciones de la mañana y, después del aseo, se sentaron juntos a desayunar. ¿Cómo está el dedo chamuscado? Se lo enseñó mirándola a la cara. Va bien ¿Y qué tal has pasado la noche? Le contó que en su interior la cerilla había estado encendida toda la noche y una llama gigantesca le alumbró el sueño como si fuera de día. Con aquel relato se ganó un beso. Mira Andrés, lo que hiciste ayer no está bien. Le añadió unos cuantos motivos que escuchó con atención, a la vez que las piernas colgando de la silla se balanceaban con nerviosismo. Y esta tarde, cuando nos quedemos solos, te enseñaré cómo se enciende una cerilla.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
13/08/25
Ago 6, 2025 | Escritos
Los primeros días de agosto los paso en el pueblo, una estancia corta para poder llegar a todos los planes que se quedan pendientes para el verano. Hay aquí dos alicientes que hacen de estos pocos días algo irrenunciable: mi madre y la casa que me vio nacer, crecer y volar; cada peldaño, cada rincón, cada sala, almacenan vivencias que me acompañan allí donde esté sin necesidad de hacerse presentes.
Al atardecer, cuando el sol se esconde y mueve la brisa, me siento a leer en la terraza; antes de sumergirme en el libro, la vista recorre el horizonte paseando por encima de los tejados y, cruzando el puente sobre el pantano, se pierde en el infinito. El silencio llena el espacio, a ráfagas roto por el chillido de unos críos que juegan en el parque. Cuando la luz se hace débil, los pájaros revolotean en quiebros audaces en busca del alimento que llevar al nido. La silla baja que me acoge -dos palmos sobre el suelo- es la silla de costura de la abuela, la que después sacaba mi padre a la calle después de cenar en las noches de verano para hacer un rondo con los vecinos.
Leo una recopilación de apuntes que Gustavo Martín publicó en un libro titulado “El cuarto de al lado”, muchos de ellos proceden de escenas familiares. En la cena le repaso a mi madre uno que me ha impactado sobre los demás: “Son las ocho de la mañana. Antes de salir de casa entro a despedirme de los niños. Ella está tan recogida en su cama que apenas abulta sobre las mantas. Muerta de sueño te habla del partido de esta tarde. Le beso la mejilla, el cuello, y cada beso es un gol de su equipo. Luego voy a ver a él. Al acercarme frota su cabeza contra la mía, como un carnerito. Se lo digo “eres el vellocino de oro” y se echa a reír. También le lleno la cara de besos. Luego beso a mi mujer. Se estiran, bostezan, vuelven a arrebujarse entre las sábanas calientes y blancas, como embebidas de luz lunar. Luego me alejo por el pasillo con la sensación de ser una figura de sus sueños que se retira con cautela al iniciarse la escena siempre incierta de un nuevo día”.
Es mi madre la que reacciona enseguida, removidos sus recuerdos por la lectura. “En casa era distinto, tu padre se iba pronto al campo y era yo quien me encargaba de despertaros. Un día de verano cuando ya anochecía, llegaste a casa cansado y sudoroso, apoyado en tu bicicleta que antes fue la mía. Te recordé lo de cada noche: «lávate, cena y a la cama». Tu queja saltó como muelle comprimido, alegando que todavía tenías planes: «mamá, que después me esperan en la calle para jugar, y luego queremos hacer … Antes de llegar al postre cediste al cansancio y te quedaste dormido sobre la mesa, agotado, pero tu día no se había acabado. Me contaste que por la noche parecías un volcán en activo, tu imaginación sugería un sueño, otro y otro; confundiendo la realidad y la ficción, creíste seguir despierto. A la mañana cuando te desperté, de un sobresalto quedaste sentado sobre la cama, restregando tus ojos con las manos cerradas; de golpe acudieron a tu cabeza la pelota y el partido, la bicicleta y la excursión, la pandilla, la calle … No te iba a quedar tiempo para todo y pediste un deseo: ¡mamá, que no se acabe este día!”
¿Y me lo concediste? Mueve afirmativamente la cabeza, en un gesto casi imperceptible y nos reímos. Sabe, porque se lo he contado otras veces, que mis mañanas empiezan sentado en el borde de la cama o de rodillas al pie de la imagen que guarda mi cabecera para dar sentido a todos los planes y personas que llenan el día. Y que ella sigue presente en ese despertar.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
06/08/2025