Como unas rosquillas

Como unas rosquillas

Fui con mi madre de visita al cementerio. Después de cruzar la entrada, avanzamos despacio por el pasillo de la derecha en ligera pendiente, con la pared de los nichos a un lado y el patio central con las tumbas al otro. Nos encontramos con una señora.
Buenos días, María.

Buenos días (me sorprende que mi madre no la llame por el nombre; luego me confesó que no lo sabe, que se encuentran alguna vez por el pueblo y han coincidido en la compra, pero han hablado muy poco).

He venido a cambiar las flores de Guillermo y de paso voy a limpiar la tumba de Manuel.

¿Cómo lo llevas?

Esto es muy duro ¡qué quieres que te diga! Después de dos años de luchar con el cáncer, había vuelto la alegría a su casa; varios meses de vida normal y en una semana se ha ido. Guillermo se levantó raro, mi hija llamó al médico, lo ingresaron y ya no ha regresado. La enfermedad volvió con fuerza y pudo más que las ganas de vivir. Mi hija ya llevaba el negocio sola, porque su marido nada ha podido hacer en estos años y ahora continuará luchando en solitario. Cómo me pasó a mí, quedé viuda con dos hijas que aún no iban al Instituto. He trabajado todo lo que he podido, sin descuidar su educación, estoy orgullosa de ellas. Pero ya ves, cuatro años llevo con lo mío; los dos primeros con el tratamiento fueron duros, luego la cosa ha mejorado y la próxima revisión ya es para seis meses. Claro que no te puedes fiar, vives con el miedo en el cuerpo. Ahora veremos con el marido de la pequeña, lleva unos meses de baja, ha perdido mucho, no puede comer porque todo le sienta mal y los médicos no aciertan, pruebas y más pruebas, pero nada.
Mira, yo no sé si hay Dios o no, soy de las que piensan que sí, pero a veces levanto la mirada al cielo y le digo: oye, a ver cómo repartes esto porque con algunas familias se te va la mano
.

Antes de despedirnos sonríe y me dice: tu madre tiene buen arte para las rosquillas, le salen riquísimas ¡muchas gracias, María!
Mientras nos alejamos, mi madre me cuenta que hace unos días hizo rosquillas para celebrar el último día de la novena a la Virgen de la ermita que hay en la calle. Esta señora vino acompañando a una vecina; le gustaron, ya lo dijo entonces.

Me giro para saludarla por última vez pero ya está inclinada sobre el suelo, con la escoba entre las manos moviéndola con fuerza, barriendo las hojas de los pinos que cubren la tumba de su marido. En la distancia le hablo desde mi interior: mira, como tú soy de los que vivo con fe en Dios y, como tú, no sé cómo funciona el reparto de las penas y alegrías, ni sé qué explicación humana tiene el dolor, no se me ocurren argumentos humanos que lo hagan entendible. Disfruto con las alegrías y, a veces, me rebelo con las penas. Con unas y otras también levanto la mirada, como tú, para decirle ¡gracias! o ¿por qué esto y porqué a mí? Y procuro aprender, sacar lo positivo, porque la vida nos da lecciones continuamente. Como de ti he aprendido en este breve encuentro, que en tu corazón hay sitio para el dolor por el sufrimiento propio y el de las personas que quieres; y para las alegrías de quienes te rodean, los pequeños detalles que con cariño los conviertes en grandes, como has hecho con mi madre al apreciar y agradecer algo tan sencillo como unas rosquillas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Súper rockera en plan guay

Súper rockera en plan guay

He quedado con Jorge en la puerta de la farmacia, la que hace esquina con la plaza de la Iglesia. De pie en la acera, le espero con la mirada puesta en la entrada de la calle para que me vea enseguida.

La zona se empieza a llenar con los invitados a una boda; llegan en grupo, en pareja o solos, pero hablando con su móvil que ahora es otra forma de presentarse acompañado. El desfile de trajes y vestidos se parece a una competición por llamar la atención, por conseguir el reconocimiento de los demás. Se diría que es más importante el yo que el tú y que los novios.

A mis espaldas se saludan dos grupos; ellos dan fuertes palmadas, ellas reparten besos sonoros. Y salta la exclamación: ¡tía me encanta, me encanta, me encanta! vas de súper rockera en plan guay.

Hago un esfuerzo por no girarme y a punto estoy de sucumbir a la tentación. La curiosidad por conocer el vestido y el personaje, van a partes iguales. ¡Pero, qué ganas! ¿cómo será el vestido, y ella, y la otra?

Mientras sigo pendiente de que Jorge no se me escape, lo que acabo de oír me lleva a reflexionar sobre el vacío que abunda en la sociedad, lo bajo que hemos caído y me voy deslizando por la pendiente de la crítica que no lleva a ninguna parte, salvo a la amargura de comprobar que los demás no son como yo… ¡qué lástima, ellos se lo pierden!

Y de repente un pensamiento maligno, atrevido, insolente: oye ¿tú serías capaz de ponerte ese atuendo? ¡qué dices! Yo no me visto así jamás, vaya ridículo. O sea ¿no estás dispuesto a salir de tus esquemas? ¡Pues no, hasta ahí podemos llegar!

En esto llega Jorge, ya en el coche le cuento lo que bulle en mi interior. Él no le da la misma importancia, tiene un enfoque distinto; me dice que no está de acuerdo en el postureo y la falta de contenido con el que se comportan algunas personas. Pero que, si no somos capaces de salir de nuestro yo y llegarnos al otro con el sano propósito de comprenderlo, nunca le podremos ayudar.

Le miro con cara de sorpresa: lo que me quieres decir es que sin dejar de ser quien soy, he de dar entrada en mi mundo a quienes no son como yo; que tengo que hacer el esfuerzo de escucharles y entenderles, aunque estemos en las antípodas.

Tú lo has dicho, por ahí vas bien.

Vaya con la súper rockera en plan guay, la que me ha liado; intentaré hacer caso a Jorge.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

De poca inteligencia

De poca inteligencia

Pues le pasa como a mí,  que soy un hombre de poca inteligencia, me dijo Pedro en medio de la conversación. Habíamos quedado una tarde de este verano para ponernos al corriente. Después de un buen rato de contarnos las últimas novedades y no recuerdo bien a santo de qué, me soltó la frase. Me sorprendió porque lo tengo por persona sensata y prudente, bien formada y con criterio. Como me conoce bien y sabe de mi tendencia a la seriedad, intuí que había un doble sentido en aquella sentencia, así que frené mi impulso a ponerme trascendente y opté por no interrumpirle para decírselo en ese momento; puse cara de asombro, le miré con afecto, respeté su turno de palabra y continuó hablando.

Resulta que a finales de curso había estado con Begoña, su mujer, en una reunión del colegio para los padres de la clase de su hija Yolanda, la 3ª de los cuatro que tienen. A la salida se quedaron en la puerta con otros dos matrimonios, comentando el contenido de la reunión; la crítica se hizo presente enseguida, esta vez a cuenta de una profesora con la que no hay quien pueda. “Si es que eso es como todo” dijo otra de las madres allí presente, a modo de conclusión; y para corroborarlo pasaron a la política, la economía, el deporte… y se quedaron tan a gusto después de un buen repaso a tirios y troyanos. “¡Uy qué tarde se nos ha hecho!”, se despidieron y cada uno marchó por su lado. Por el camino Begoña le comentó que no le gustaba el tono de la conversación que habían tenido, demasiado hablar de los defectos de los demás, aunque no le dio mayor importancia.

En casa, entre los dos acostaron a los niños, recogieron la mesa, prepararon los desayunos y aún sacaron un rato para quedarse a solas contándose las incidencias del día. Mientras ella se preparaba para acostarse, Pedro siguió con el libro que tiene empezado, a ver si le llegaba el sueño. Había pasado dos o tres páginas cuándo se encontró un párrafo que le impactó: “Algunos creen que descubrir defectos es señal cierta de sabiduría, pero nada requiere tan poca inteligencia” (El poder oculto de la amabilidad, de Lawrence G. Lovasik).

Lo dejó ahí, cerró el libro y reflexionó sobre lo hablado en la puerta del colegio; una vez más se había dejado llevar por la crítica fácil que presume de saberlo todo. Fue en busca de Begoña: ¿recuerdas lo que me has comentado sobre el tono de la conversación? Bajó los ojos, le tomó las manos y con tono de arrepentimiento le confesó: pues has de saber que estás casada con un hombre de poca inteligencia.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Saber escuchar

Saber escuchar

«Es miércoles, un miércoles cualquiera, un día de diario, sin nada en especial… hasta ese momento.

He salido a resolver un asunto en el banco y, pasadas las doce, regreso al despacho. El semáforo rojo me detiene a la altura de un edificio singular: Colegio Infantil anuncia el rótulo de la fachada. Entre la acera y la puerta, un pequeño jardín con más tierra que hierba; imagino a la chiquillería como caballo de Atila en cada entrada y salida. Me fijo en un tipo que pasea arriba y abajo en tramos cortos, sin alejarse de la entrada; a cada giro, detiene la mirada en la puerta. Las manos recogidas en la espalda sostienen un paraguas; la madurez se le ha llevado parte del pelo y le ha regalado algunas canas. Ahora se detiene, con un gesto rápido alza la mirada, la cara se le ilumina con una sonrisa amplia, avanza rápido a su encuentro. Ya entiendo, la esperaba. El roce de sus labios con la mejilla que ella levanta con suavidad, produce un chisporroteo de cariño. Les veo marchar cogidos de la mano; ella habla con alegría y mueve con soltura la mano libre. Él tiene las dos ocupadas, la mira con algo más que atención sin perder ni una de sus palabras, la escucha ajeno al mundo que les rodea. El claxon nervioso del coche trasero me baja de la nube. Arranco, y al pasar a su lado me admira que sean capaces de andar mirándose a la cara sin tropezar. Llego al despacho, vuelvo a consultar el calendario y confirmo que hoy es miércoles, un miércoles cualquiera, un día de diario, pero que ésas dos personas anónimas lo han convertido en un día especial.»

Esta escena la viví hace unos años y, cuando la recuerdo, todavía me impacta el cariño con que se hablaban, la atención con que se escuchaban. Con esa actitud atenta parecían decirse “porque te quiero me interesas tú y lo que estás diciendo”. Si me llamó la atención, tal vez sea porque no abunda la escucha atenta. Las personas se escuchan cuando se sienten valoradas, queridas; y más si hay un argumento común en sus vidas. La advertencia, el reproche, la suficiencia, el aleccionamiento, el paternalismo, la indiferencia no favorecen la actitud de escucha. Parece algo muy sencillo, simplemente prestar atención a lo que nos dicen, pero algo tiene que la convierte en complicada porque nos escuchamos poco. Detenerse con cariño en lo que la otra persona nos dice supone enterrar el afán de protagonismo que se rebela a no llevar la voz cantante de la conversación. La calidad de vida que buscamos en la relación con los demás, se mide por la calidad con que nos escuchamos. Para eso hay que apagar el ruido interior que nos impide prestar atención a lo que viene del otro, vaciar nuestro almacén interior para hacer sitio a los intereses del otro.
Aquel tipo de esperar nervioso estaba adornado de una cualidad distintiva de algunas personas que, con su silencio, con su mirada, con su lenguaje corporal te invitan a que hables; a esas personas se les valora por encima de otras, porque es “de los que saben escuchar”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Gracias a vosotros por acordaros de mí.

Gracias a vosotros por acordaros de mí.

«A la primera es un poco así, pero enseguida ves que es de un trato sencillo y muy maja». Se refería a Rosario, una chica viuda que ocupa su tiempo con tareas de limpieza en algunas casas.

Lo de chica es porque mi madre llama así a todas las mujeres que tienen la misma o menos edad que ella; bueno a veces dice “una joven”, supongo que es cuando la diferencia de años ya es muy notable.

El caso es que mi madre cuando cumplió los 93 se dió por vencida y aceptó que había llegado el momento de buscar alguien que le hiciera las tareas más pesadas de casa. Enseguida pensó en Rosario, que trabajaba para dos de sus amigas y era buena persona.

Una mañana de junio de 2018 la llamó y, aunque ya le advirtió que tenía los días completos y no podía comprometerse con más encargos, aceptó venir a vernos para hablar. Se presentó a la hora prevista, se saludaron y mi madre enseguida empezó a hablar, entre otras cosas porque no oye bien y no se dio cuenta de que Rosario ya lo estaba haciendo. La escuchó con atención, la dejo acabar sin interrupciones y le dijo que no podía porque ya tenía los días ocupados, en un tono y de un modo que parecía cualquier otra cosa menos un “no”. Gracias a Dios, le había quedado pensión de su marido y, aunque no es gran cosa, ya tenía la vivienda asegurada. Con esos trabajos completaba los ingresos para llevar una vida modesta y también quería tener tiempo para sus cosas; así ocupaba todos los días de lunes a viernes. El fin de semana lo dejaba libre de encargos, porque ayudaba a las monjas de la residencia de ancianos en la hora de comidas y cenas; también acudía a limpiar la iglesia con un grupo de voluntarias.

«De todas formas, María, si un sábado o domingo quieres que te acompañe a misa, me llamas y lo haré con mucho gusto. No voy mucho a misa y me vendrá bien.»

Mi papel en el encuentro era de espectador y se me estaba poniendo cara de boquerón al descubrir aquella persona que rezumaba bondad, de palabra y con los hechos que sin darse importancia iba contando. Viuda, sin hijos, agradecida a la vida por las oportunidades que le daba, generosa con los demás, dispuesta para hacer un favor “porque sí”, «porque tengo suficiente para vivir». Aquella visita la había encajado en medio de dos trabajos, en el siguiente ya la estarían esperando, pero no tenía prisa por marchar, se notaba que quería dejar contenta a mi madre y descubrir en qué otras cosas podía ayudarla.

La acompañé hasta la puerta; al despedirnos le agradecí que hubiera venido sabiendo que se podía haber ahorrado el viaje, pues al fin venía para decirnos que no podía. Y sin embargo fue ella quien cerró el saludo con un “gracias a vosotros por acordaros de mí”.

Por si me quedaba alguna duda, su actitud y sus palabras de despedida me confirmaban lo que había vivido en aquel encuentro. Lecciones que uno recibe en cualquier lugar y momento, de personas como Rosario: que a la primera es un poco así, pero enseguida ves que es de un trato sencillo y muy maja.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Un doctor en la campiña

Un doctor en la campiña

Una película de 2016 que podría titularse “un médico de pueblo” y se entendería antes y mejor; en su original francés es “Médecin de champagne” y en la distribución en castellano “un doctor en la campiña”, que tiene poco que ver con nuestra cultura.

Mi relación con la televisión es distante, fría; y cuándo me siento con la familia en torno al aparato, o más bien frente a él, suelo hacerlo con una lectura que me ayude a permanecer un rato con los demás sin sensación de perder el tiempo.

Pero de vez en cuando surge la sorpresa, como sucedió el sábado por la noche: al acabar un programa deportivo hubo escala en dos o tres canales, y por fin el mando recaló en la 2 de TVE. Al cabo de un rato levanté la vista ¿qué es?; una película francesa, hace un rato que ha empezado. La vista alternaba lectura y pantalla, más de lo primero que de lo segundo; poco a poco se invirtieron los porcentajes, hasta que la revista resbaló del regazo y se escondió entre el cojín y el respaldo. Para entonces, un servidor seguía con atención la película, atraído por la suma de unos cuantos detalles que me sumergieron en ella.

Personajes reales, creíbles, como los vecinos que me encuentro en el ascensor; como las personas con quienes comparto vagón de metro a primera hora de la mañana, como las familias que abarrotaban las urgencias del hospital cuando fui la semana pasada. Paisajes de verdad, que podrían ser los que recorro cada vez que voy a ver a mi madre. Problemas de la gente iguales a los que cuenta la mujer de mi primo, ella médico en un pueblo de 2.000 habitantes a 30 kms del mío. Un color tan natural en la fotografía, que parecen las que me envía mi hermana por whatsapp para enseñarme a sus nietos.

Claro que si la película me presenta algo tan real y común como la vida misma ¿dónde está el mérito? En la sobremesa de las noches de invierno, mi padre nos contaba historias de su abuelo, de su padre, de él mismo; eran la vida misma y nos tenía dos horas con la boca abierta. ¿dónde estaba el mérito? En la forma de contarlo, de pasar de una historia a otra, de cómo ponía el acento en un aspecto u otro, según lo que nos quería transmitir.

Y así, siguiendo a este médico de pueblo protagonista de la película, descubres gente como la que te rodea a diario, con problemas, dificultades, emociones y sentimientos. Y caes en la cuenta de que hay personas como el médico, que se dedican a hacer el bien con su trabajo, sabiendo que él mismo también tiene sus problemas, dificultades, emociones y sentimientos. Y me ayuda a plantearme si yo, un servidor, a partir de ahora puedo olvidarme un poco de mis problemas, dificultades, emociones y sentimientos, para preguntarme: a ésta persona que está a mi lado, ¿cómo puedo ayudarle? Por si te lo planteas tú también, dejo dos sugerencias recogidas en comentarios leídos sobre la película:

Apunta Rubén Lardín: valores como la integridad, el cuidado, la escucha, el cuento contigo, son reivindicados en esta película.

Y escribe Alberto Fijo: Conectar con el médico que interpreta François Cluzet y con los entrañables personajes que le rodean es una experiencia no solo agradable, sino enriquecedora. Porque en ese viaje, podemos redescubrir el encanto de lo cotidiano, donde no hay héroes con superpoderes, sino personas normales que pueden ser mejores o peores porque son libres, con una libertad condicionada, pero libres para elegir. Y deciden ser mejores. O no.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Pincha aquí para ver el tráiler en español

Pincha aquí para leer crítica de Alberto Fijo en filasiete.com

Pincha aquí para leer crítica de Rubén Lardín en eldiario.es

Me alegro por mis amigos

Me alegro por mis amigos

El 4 de marzo de 2016 el diariolagrada.com publicó una noticia titulada “Increíble carta de un niño perico de 12 años a Gerard Piqué”, en la que un chaval del Espanyol, escribe una carta a Gerard Piqué, jugador del Barça: Yo soy del Espanyol, pero siempre quiero que gane el Barça, porque todos mis amigos son del Barça y si gana el Barça ellos están contentos y yo quiero que mis amigos estén contentos, porque son mis amigos. pincha aquí para leer la carta

El recuerdo de aquella noticia me acompaña éstos días, porque he podido compartir con amigos la alegría de que el Barça sea campeón de Liga y de Copa, el Atléti campeón de Europe League y ayer, el Madrid campeón de Champions League.

Hoy por ser un domingo tranquilo, le he dedicado un poco de tiempo a repasar portadas de periódicos, también algunos deportivos. Me llama la atención uno de ellos con ésta relación de primeras noticias:

1.- Bomba Cristiano: No puedo asegurar que vaya a estar el año que viene en el Madrid

2.- La bofetada de Puyol a la directiva del Barça tras la decimotercera del Real Madrid

3.- Contundente respuesta de Florentino Pérez a Cristiano Ronaldo

4.- Cristiano Ronaldo agranda su crisis con el Real Madrid

5.- La brutal guerra de tuits entre Arbeloa y Manolo Lama

6.- El mensaje de Sergio Ramos que aún enciende más a los egipcios

7.- Bale también se quiere ir del Real Madrid

8.- El codazo de Ramos a Karius que pudo cambiarlo todo

9.- Quién es Loris Karius, el “héroe” de la decimotercera

10.- Crisis interna en el vestuario del Real Madrid por Cristiano Ronaldo

Sólo con leer los titulares de corrido, a uno le entra pánico: bomba, bofetada, crisis, guerra, codazo… No hay resquicio para el optimismo.

Posiblemente, si el niño perico de la carta a Piqué lee la portada de éste periódico, echará en falta la alegría de que haya ganado “otro equipo” que no es el mío; pero claro, es que ni siquiera dice que ha ganado.

Tengo un amigo que le dedica tiempo y esfuerzo a promocionar los valores a través del deporte; lo hace en persona en todos los ámbitos que puede y también a través de un blog muy seguido: https://deporteconvalores.com/

Comparto inquietudes con él, aunque mi colaboración consiste en apoyarle y animarle, como pretende ser este escrito. Tenemos mucho recorrido por delante, y el día que los periódicos deportivos nos echen una mano, avanzaremos mucho más rápido. Desde luego, las ganas y el optimismo no nos van a faltar.

Ah! y felicidades a los seguidores del Real Madrid por un nuevo triunfo; os lo dice uno del Real Zaragoza, aunque ya no tiene 12 años como el chaval perico.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Gracias por darme conversación

Gracias por darme conversación

Me cuenta Felipe que ésta semana paró en un bar al lado de la carretera, camino de Peñafiel. Mientras tomaba el café, habló un poco con el camarero, interesándose por el trabajo y también por algunos aspectos de la familia. Fue un tiempo breve, suficiente para desentumecer las piernas, despejarse y continuar al volante. Al despedirse, aquel buen hombre le dio las gracias. Felipe hizo una mueca de extrañeza, sorprendido. “Mire, por este bar pasa mucha gente gracias a Dios, no me puedo quejar del negocio. La mayoría entran, piden y se van, algunos sin decir adiós; Vd. me ha dado conversación, me ha tenido en cuenta, y éso es muy de agradecer”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

El pino del vecino

El pino del vecino

Era uno de los últimos días de invierno; después de lluvias intensas y viento racheado, el sol templaba el ambiente y alargaba la tarde. Entraba en casa cuando sonó el teléfono: “Rafa el pino de la entrada ha caído sobre la valla de la calle ¿me puedes ayudar?” Era Guillermo el vecino; las horas de trato para compartir aficiones, trabajos caseros y ayudas mutuas, han forjado una sincera amistad entre nosotros.

El día que estrenó su matrimonio con Laura, entraron juntos en aquella casa para iniciar una andadura que hoy reafirman maravillosa. Dentro y fuera de las cuatro paredes, tenían casi todo por hacer. Dentro pusieron mucho cariño y toneladas de ilusión, además de algunos muebles, cortinas y cuadros. Después llegaron Rodrigo, Laura, Guillermo, Beatriz y Cristina; con sus lloros, risas, gritos y juegos acabaron de llenar la casa hasta rebosar. Fuera, la pequeña parcela de tierra árida la ha convertido en una zona amigable y acogedora, a base de tiempo y esfuerzo. Rosales, hortensias, romeros, madroños, laureles, acebo, moreras, pinos, cipreses y unos retales de césped, le dan color, aromas y texturas todo el año.

El pino de la entrada se llevó la mayor parte de sus cuidados; creció sano y fuerte, ensanchó la copa un poco cada vez que la familia crecía, para asegurar la sombra a toda la pandilla y la brisa en las tardes calurosas. A su pie han pasado horas de charla, juegos, meriendas, siestas, peleas, reprimendas y reconciliaciones. Ha sido punto de encuentro y de refugio. Discreto, silencioso, sus oídos eran sordos a las intimidades, los ojos ciegos a las travesuras, en sus labios no había lugar para las indiscreciones.

Cuando llegué, Guillermo estaba en la calle con Julián, otro vecino. Nos saludamos y me contó: la lluvia intensa de estos días y el viento a ráfagas, han podido con la resistencia del terreno y el pino se ha vencido. Hicimos planes para sujetarlo; pero de repente, una nueva ventolera agitó la copa, el tronco se removió y cayó lentamente arrastrando la valla y la farola. El estruendo de las ramas abrazando el asfalto nos sobrecogió. De reojo ví a Guillermo con la mirada fija en el pino tumbado; cerró los ojos, movió la cabeza y suspiró ¡se acabó! Sereno, sin alterarse, empezó a pensar en los demás, como siempre: hay que avisar a los vecinos, poner unas vallas para cortar la circulación, traer la motosierra, darnos prisa para molestar lo imprescindible.

En dos horas limpiamos la calle y volvió la normalidad; aunque la valla, la farola y las ramas amontonadas delataban el incidente. Algunos vecinos acudieron para interesarse, otros se paraban al pasar. Para todos tenía un agradecimiento, un no pasa nada, un gracias a Dios estamos bien. Se echaba la noche y el frío, era el momento de la despedida. Quise decirle algo sentido, pero Guillermo se adelantó con una reflexión en voz baja, un susurro que le salía del corazón: le tengo envidia, toda una vida al servicio de los míos y, al final, hasta su leña servirá para calentarnos en invierno, en la casa del pueblo; antes y después se ha consumido para los demás.

Volví a casa, andando despacio para saborear lo vivido aquella tarde, convencido de que la historia del pino tiene mucho de la historia de Guillermo: en los dos casos da gusto estar a su lado. Es lo que tienen las personas buenas.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

 

El asedio de Antioquía (2): narración

El asedio de Antioquía (2): narración

Bohemundo, máximo jefe franco, sitió Antioquía desde octubre de 1097 hasta junio de 1098

«En este mes de octubre de 1097, el viejo Yaghi Siyan, servidor desde hace cuarenta años de los sultanes selyúcidas, está convencido de que los ejércitos francos que se han concentrado ante Antioquía jamás podrán penetrar en la ciudad, pues no puede tomarse al asalto, y mucho menos sitiarse por hambre. Es cierto que los soldados de que dispone este emir turco de barba canosa no son más que seis o siete mil, mientras que los frany alinean más de treinta mil combatientes. Pero Antioquía es una plaza fuerte prácticamente inexpugnable. Su muralla tiene dos farsaj (doce mil metros) de largo y no cuenta menos de trescientas sesenta torres edificadas a tres niveles diferentes. La muralla, sólidamente construida con piedra de talla y ladrillo y asentada sobre cascote, trepa al este por el monte Habib-an-Nayyar, cuya cima corona con una alcazaba inexpugnable. Al oeste está el río Orontes, al que los sirios llaman al-Asi, «el río rebelde», porque a veces da la impresión de fluir en sentido contrario, desde el Mediterráneo hacia el interior. Su lecho corre paralelo a los muros de Antioquía, constituyendo un obstáculo natural difícil de cruzar. Al sur, las fortificaciones dominan un valle, cuya pendiente es tan empinada que parece una prolongación de la muralla. Por esto les resulta imposible a los sitiadores rodear por completo la ciudad y los defensores no tienen ninguna dificultad para comunicarse  con el exterior y para avituallarse. Las reservas de alimentos de la ciudad son tanto más abundantes cuanto que la muralla encierra, además de los edificios y los jardines, vastos campos cultivados. Antes del «Fath», la conquista musulmana, Antioquía era una metrópoli romana de doscientos mil habitantes; en 1097 sólo tiene cuarenta mil, y varios barrios, antaño poblados, se han convertido en campos de labor y en huertos. Yaghi Siyan no tiene inquietud alguna en lo que respecta a la solidez de sus fortificaciones o la seguridad de su aprovisionamiento…

…El 2 de junio, poco antes de la puesta del sol, los centinelas avisan de que los frany han reunido a todas sus fuerzas y se dirigen hacia el noreste. Emires y soldados sólo hallan una explicación: Karbuka está cerca y los sitiadores van a su encuentro. En unos minutos, la noticia ha corrido de boca en boca y casas y murallas están alerta. La ciudad respira de nuevo: mañana mismo el atabeg romperá el cerco de la ciudad, mañana mismo acabará la pesadilla. La noche está fresca y húmeda, la gente pasa las horas muertas charlando a la puerta de las casas, con todas las luces apagadas. Por fin se duerme Antioquía, agotada pero confiada.

Las cuatro de la mañana: al sur de la ciudad, se oye el ruido sordo de una cuerda que roza contra la piedra. Un hombre se asoma desde lo alto de una gran torre pentagonal y hace señas con la mano. No ha pegado ojo en toda la noche y tiene la barba revuelta. Se llama Firuz, un fabricante de corazas encargado de la defensa de las torres. Musulmán de origen armenio, Firuz ha formado parte durante mucho tiempo del círculo de allegados de Yaghi Siyan, pero, últimamente, éste lo ha acusado de hacer «estraperlo» y le ha impuesto una cuantiosa multa. Buscando venganza, Firuz se ha puesto en contacto con los sitiadores. Les ha dicho que controla el acceso a una ventana que da al valle, al sur de la ciudad, y se muestra dispuesto a dejarlos entrar. Más aún, para demostrarles que no les está tendiendo una trampa, les ha enviado a su propio hijo como rehén. Por su parte, los sitiadores le han ofrecido oro y tierras. Se ha fijado un plan: hay que actuar el 3 de junio al alba. La víspera, para desorientar a la guarnición, los sitiadores han fingido que se alejaban.

Por el pacto entre los frany y el fabricante de corazas, aquéllos treparon hasta la ventanita, la abrieron e hicieron subir a muchos hombres con ayuda de cuerdas. Cuando fueron más de quinientos, se pusieron a tocar la trompeta al alba, mientras los defensores estaban agotados por la prolongada vela. Yaghi Siyan se levantó y preguntó qué ocurría. Le contestaron que el sonido de las trompetas procedía de la alcazaba, que, seguramente, había sido tomada.

Los ruidos proceden de la torre de las Dos Hermanas. Pero Yaghi Siyan no se toma la molestia de comprobarlo. Cree que todo está perdido. Cediendo al pánico, ordena abrir una de las puertas de la ciudad y, acompañado de algunos guardias, huye. Despavorido, cabalgará así durante horas, incapaz de recobrarse. Tras doscientos días de resistencia, el señor de Antioquía se ha venido abajo. Se puso a llorar por haber abandonado a su familia, a sus hijos y a los musulmanes y, de dolor, cayó del caballo sin conocimiento. Sus compañeros intentaron volverlo a subir a la silla, pero ya no se tenía en pie. Se estaba muriendo. Lo dejaron, pues, y se alejaron. Un leñador armenio que pasaba por allí lo reconoció. Le cortó la cabeza y se la llevó a los frany a Antioquía.”

Narración que se hace en la novela “Las cruzadas vistas por los árabes” de Amin Maalouf.

Extracto realizado por Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

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