La medalla tendrá que esperar

La medalla tendrá que esperar

En verano de 2019 pasé unos días en Alemania, un combinado de estudio y descanso, reflexión y excursiones. Regresaba pletórico, lleno de buenos propósitos para contribuir a mejorar el mundo que nos ha tocado vivir.

A punto de iniciar el despegue, se sentó a mi lado un tipo de buena pinta. Nos saludamos brevemente mientras se acomodaba y ponía el cinturón. Cuando la azafata empezó con las instrucciones de vuelo, los dos ya nos habíamos quedado dormidos. El cambio de presión en los oídos me despertó y me puse a leer. Al rato mi compañero se desperezó sin disimulo, miró a un lado y otro, sacó el móvil y se puso una peli sin auriculares. Cuanto mayor era el ruido de los motores, más subía el volumen del móvil; aquello me aturdía, me impedía centrarme en la lectura. Por momentos me encendía, removía inquieto en el asiento, me debatía por dentro entre saltar directamente a la yugular, decirle cuatro frescas o hacerle un gesto descriptivo. Debe ser que estos ejemplos de la vida real no estaban en el manual de “cómo contribuir a la paz mundial”, porque aquellos buenos propósitos e intenciones que llevaba al subir al avión habían desaparecido. No obstante, decidí hacer un esfuerzo, convertirme en héroe anónimo y no decir nada. Soporté con paciencia la situación hasta que apagó el móvil al iniciar el aterrizaje. El caso es que el chaval no debía ser mala persona, porque ayudó a bajar la maleta a un anciano, con sonrisa incluida.

Al día siguiente quedé con Jesús, amigo del alma, para contarle los días en Colonia y el paquete de buenos propósitos que me había traído; como ejemplo, le conté lo sucedido en el avión. Cuando acabé, me quedé en silencio esperando su aplauso o que directamente me pusiera la medalla al mérito paciente. Como no decía nada, le pregunté desconcertado ¿qué te parece? “Pues que no has salido del cascarón de tu egoísmo. Imagina que el buen tipo tuviera ganas de conversación, de compartir alegrías o penas contigo, porque de entrada le habías caído bien. Pero te vio tan a lo tuyo, enfrascado en la lectura, que optó por la peli sin ninguna gana, rumiando por dentro que su compañero de viaje es de los que van a su bola y pasa de quien está a su lado. Si tú hubieras roto el hielo con una pregunta inocente, le habrías enviado el mensaje de que le importabas y, a partir de ahí, todo hubiera sido distinto. Pero tu opción fue enrocarte en tu castillo y alimentar el yoísmo. Y encima te consideras un héroe. Pues va a ser que no.”

Qué quieres que te diga, pues que me vino muy bien el repaso que me dio mi amigo del alma. Y, así las cosas, ya veo que la medalla tendrá que esperar.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Aplausos a los dos

Aplausos a los dos

Pepe y Mari son padres jóvenes de familia numerosa, el mayor con diez años. Nos conocemos desde hace tiempo y mi admiración por ellos hace que, en ocasiones, sea poco objetivo al hablar de esa familia: es lo que tiene el cariño.

Pepe trabaja en un banco y Mari, enfermera, en el quirófano de un hospital.

Con Pepe suelo coincidir a la salida del colegio porque viene a recoger a los niños; en las conversaciones, la mayor parte del tiempo se la llevan las incidencias en casa; un piso pequeño provoca muchos roces entre niños… y entre mayores. Procuran compensarlo con salidas al campo los fines de semana, una forma de pasar juntos el tiempo libre que les aporta distensión y alegría.

Un día que estábamos relajados hablando en torno a la mesa del bar de enfrente, salieron algunos aspectos del trabajo de los dos, que le estaban afectando porque no conseguía encauzarlos.

“Cuando Mari se queda más tiempo en el hospital porque se han presentado más operaciones de las previstas, me enfado porque de buena es tonta; es que es incapaz de negarse. Entonces llega a casa muy tarde, ya están acostados los niños y se han ido a la cama sin ver a su madre en todo el día. Aunque procuro no verbalizar el enfado, se me nota y la relación se tensa”. “Otro momento que me afecta es cuando dice que al día siguiente no tiene que ir a trabajar porque le han dado libre para compensar. En el fondo noto que hay algo de envidia, porque tendrá el día para ella sin niños y a mí eso no me sucede. Mi reacción es un poco infantil, como de no hablar o pues ahora no respiro”.

En aquel momento no le añadí ningún comentario; me pareció que ya era mucho si Pepe reconocía la situación, no hacía falta abundar en consejos.

La semana pasada volvimos a tener oportunidad de hablar tranquilamente; a la vuelta del verano no habíamos pasado de unos saludos y cuatro frases. Durante la conversación surgió el momento y le pregunté ¿cómo vas con lo del trabajo de Mari?

Pues mira Rafa, gracias a Dios estoy mejorando. Desde aquella vez que te conté, cuando Mari llega tarde por imprevistos la espero con la mesa puesta para cenar juntos. Procuro recibirla con un abrazo y decirle al oído “te quiero tanto que esa tontería no puede afectarnos”. Y cuando le dan día libre, reúno a toda la pandilla y aplaudimos a mamá “porque así podrá descansar y estará en casa cuando lleguemos del cole”.

Es verdad que no salgo victorioso en todas las batallas; algunas las pierdo, me puede el carácter y me enfado igual. Pero con la ayuda de Mari, que es muy buena, esta guerra la ganaremos.

De regreso a casa, paseando sin prisa, me di cuenta de que también a mí me entraba una cierta envidia: pero no tenía claro si quería ser Pepe o Mari. Y con el corazón me vi mezclado con la pandilla en un día de aplausos ¡a los dos!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Plan de chicos

Plan de chicos

Es agosto, el miércoles estábamos libres ¿hacemos algo? Y aprovechamos para organizar un plan los tres solos.

Quedamos en ir a algún sitio y pasar el día juntos; no importaba el lugar si no el estar.

Con diez años coincidimos en el primer año de Instituto; unos cuantos formamos una pandilla que sigue unida. Cada etapa ha tenido sus emociones, sus modos de divertirse, de compartir. Pasa el tiempo y descubrimos que no todo está visto, que somos capaces de gozar de la presencia del otro de un modo nuevo.

Salimos en coche y hablamos.

Paramos a desayunar en el siguiente pueblo y hablamos.

Continuamos viaje sin prisa y hablamos.

Arriba en la montaña encontramos un pueblo que nos gustó, dimos un paseo por sus calles y hablamos.

Bajo los soportales de la plaza mayor, a la fresca nos sentamos a comer y hablamos.

Cuando el personal del bar empezó a retirar las mesas, nos levantamos en busca del coche y hablamos.

Por el camino de vuelta visitamos dos pueblos, una vuelta rápida, y hablamos.

Antes de despedirnos, tomamos un algo fresco en una terraza con brisa reconfortante, y hablamos.

A los dos días, en el libro que leo me llama la atención un párrafo: “Para pasarlo bien no es necesario mucho. Una buena conversación es capaz de llenarnos de paz y dar la serenidad que buscamos.”

Define certeramente lo que fue nuestro “plan de chicos”.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Día completo

Día completo

Repasó el escrito y lo guardó; era el punto final a una jornada de trabajo con resultado incierto, un día al que le sobraba una pizca de tensión y le faltaba una pincelada de optimismo: dolor de cabeza, frío interior, catarro incipiente, entrevista desafortunada… Un último esfuerzo para dejar todo en orden: el ordenador, la mesa, las sillas. Desde la puerta recorrió el despacho con la vista, la mirada se detuvo en la imagen y le dedicó sin palabras un adiósgraciashastamañana.

Los lunes, Pedro tenía actividades con un grupo de matrimonios del colegio. Las conversaciones con uno y otro le removían; conocer las inquietudes de la gente buena le tiraban el ánimo para arriba. Hablar de la familia, el trabajo y los amigos; de planes, proyectos, avances y retrocesos -el mundo particular de cada uno, con algo de común en todos- le ayudaban a olvidarse de lo suyo. Era la hora de marchar, pero ya no tenía prisa; se había olvidado de las ganas de llegar pronto a casa.

Se encontró con Miguel al recoger el abrigo, ¿te cuento la última? Y allí de pie se les pasó un buen rato hablando de los hijos.

Por el camino se le iluminó la cara al pensar que le esperaba para cenar juntos a pesar de la hora; los niños ya estarían acostados. En el rellano respiró hondo, se arregló el pelo, abrió. Con el ruido Isabel se asomó al pasillo, la envolvió en un abrazo largo mientras le susurraba ¡gracias preciosa! A ella le costaba sonreír, la tarde se había alborotado, Jorge vino enfadado del cole y no había dejado estudiar a los otros; acabó caliente en la cama, sin cenar.

En la mesa se entretuvieron repasando el día, hablando bajito, unidos por la mirada y el dedo meñique; afloraron recuerdos que actualizaban sentimientos y despertaban nuevas ilusiones.

Recogieron en silencio, recorrió las habitaciones con cuidado lanzando un beso desde la puerta y se retiró a descansar. Repasó el día: el dolor de cabeza, el frío, el catarro o la entrevista desafortunada se habían diluido con el cariño recibido. Cogidos de la mano se le cerraron los ojos; en su interior daba gracias porque el día había tenido de todo, un día completo.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Dormía con la misma intensidad que vivía

Dormía con la misma intensidad que vivía

Ramón es un tipo al que la vida no se lo ha puesto fácil; algo tiene que todos le quieren. Trabajó en cuanto pudo para mantener su familia a la que pronto le faltó el padre y estudió todo lo que el cansancio le permitía. Llegó a la universidad en el turno de tarde y conoció a Lola en el segundo año de carrera. Se casaron jóvenes con la prisa de los que se quieren y la ilusión de formar una familia generosa. Pasaron cuatro años y el matrimonio seguía sólo, con el sufrimiento de la falta de la compañía que tanto anhelaban. Por fin llegó Teresa y a continuación Javier; con el tercero, Ramón empezó la segunda carrera para garantizar un mejor futuro para los suyos, mientras el trabajo le lanzaba de un punto a otro por medio país; el piso se quedó pequeño con la cuarta y el quinto vino con las llaves de la nueva casa bajo el brazo. Allí llamaron a la puerta los siguientes hasta que el matrimonio y los once hijos se hicieron la foto definitiva para el carnet de familia numerosa. Intercalados con los hijos, el padre de Lola y la madre de Ramón también encontraron acomodo en el hogar.

Piluca lleva el número 8 en la camiseta del equipo familiar; genio inconformista, líder en su clase de 3º ESO, adolescente en pleno apogeo. Quiere ser buena pero mejor no recordárselo; juega a ir de mala y lo hace fatal. Cuando sube, querría bajar; y cuando va le apetece volver. La otra noche nos dio la cena, contaba Ramón. Se enfadó con nosotros, con sus hermanos, con el mundo: el motivo era Moisés, el de la biblia. En la mesa nos interpelaba ¿porqué la Iglesia no ha hecho Santo a Moisés? ¿eh? a ver ¿porqué?  a otros sí y a él no ¿porqué? A Ramón no le ha pillado falto de experiencia, pero reconoce que ésta es distinta y le exige técnicas nuevas. Utiliza la de callar y esperar que escampe; le pone mucho cariño y algo más de paciencia. Acabó la cena enfadadísima porque en aquella casa no se puede dialogar, que son como paredes y que para eso mejor se iba a dormir. Y se encerró en la habitación con un sonoro portazo. Ramón dejó pasar unos minutos, le hizo un guiño a Lola y subió a la habitación; llamó con suavidad y entró sin esperar respuesta. Piluca, hija, ¿¡qué quieres!? Sólo recordarte que no te has lavado los dientes ¡ni pienso! ¡y tampoco voy a rezar! Bueno, tu verás, pero si no te lavas los dientes, te pueden salir caries, ya sabes lo que ha dicho el dentista de cómo tienes la dentadura ¡me da lo mismo! ¡y tampoco pienso rezar! Ramón se esforzaba por dar un tono serio a la conversación, lo más que podía en aquella situación tragicómica. Con las caries se te puede caer un diente y estarías muy fea; ¡como si se me cae toda la dentadura! Sería una lástima ver a una chica tan guapa como tú y sin dentadura, pero ya eres mayor para saber lo que haces. Volvió sobre sus pasos al salón y se sentó como quien lee el periódico a la espera de acontecimientos. Podía utilizar el aseo de arriba y pasar desapercibida, pero quiso usar el que está junto a la cocina. Con la toalla y el cepillo en la mano, Piluca pasó por detrás de su padre sin decir palabra, arrastrando los pies por si no se había enterado. Cuando la oyó entrar de nuevo en la habitación, dejó el periódico, subió el primer tramo de escaleras y la llamó ¡hija! ¿¡que quieres!? Te vas a dormir y no me has dado un beso; ¡pues te aguantas! ¿cómo puedes tratar así a tu padre? Mira, yo he subido la mitad, te propongo que tú bajes la otra mitad; unos segundos largos, se abrió la puerta y Piluca apareció confusa, lenta, como quien no quiere lo que quiere, y llegó hasta la mejilla de su padre; el padre se dejó querer, la tomó del brazo delicadamente y la acompañó sin prisas saboreando aquel momento; arrodillados al pié de la cama, rezaron juntos como hacían cada noche. Después, desde la cocina la oyeron hablar con su hermano como si nada hubiera pasado; sonó la guitarra y cantaron su canción preferida.

Con todos acostados, Ramón y Lola se alargaron en la sobremesa; la hora, el silencio, la luz tenue, facilitaban una conversación tejida sin prisas, más de oír que de hablar, atento al otro que se abre natural, sin adornos; y valía la pena escuchar palabras que llevaban premio.

Antes de ir a dormir, Ramón pasó por las habitaciones a disfrutar del último instante. Piluca, con la sonrisa en los labios, dormía con la misma intensidad que vivía.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

El hospital más cercano

El hospital más cercano

Conocí a Pepe y Lucero por motivos de trabajo hace unos cuántos años. De la relación profesional pasamos a la personal y ahora nos une una sincera amistad que procuramos alimentar.

Estuve tomando café en su casa como tantas veces; ese día estaban solos, los hijos ya habían salido cuándo llegué, cada uno con su plan. Quizás por eso la conversación derivó a temas más de fondo, propios de un matrimonio que procura educar a los hijos con la palabra y el ejemplo. El buen ambiente familiar que han conseguido en casa se palpa cuando están todos. Pero eso no les evita dificultades y disgustos, precisamente porque quieren que sean libres y responsables.

Lucero contó lo que le había pasado con Isabel, la mayor de las hijas. Esa tarde había tenido clases en la universidad y luego entreno con el equipo de básquet; como no habían coincidido en todo el día, decidió esperarla y, al menos, verle la cara y darle un beso. El día en el trabajo había sido pesado, les tocó limpiar a fondo unos despachos recién reformados y quería acostarse pronto. Aun así, se sentó con ella a la mesa mientras cenaba: te acompaño unos minutos y me voy enseguida que estoy muy cansada. La veía comer con ganas, el pelo mojado, la cara radiante; mientras la contemplaba orgullosa, Isabel levantó la vista y la pilló embobada: mamá – ¡ah, dime!… y arrancó una conversación íntima, pausada.

Isabel conoció a Pedro haciendo voluntariado en el comedor social de unas monjas; coincidieron varias veces y empezaron a salir. Llevan dos años de noviazgo: mamá, yo le quiero, pero hay actitudes suyas que me inquietan y no me gustaría que las mantuviera si llegamos al matrimonio. Es así desde el principio; confié que con cariño mejoraría, pero sigue igual.

El ambiente de la noche, la escucha atenta, las miradas, algún suspiro y por momentos los ojos llorosos, no consiguieron detener el tiempo. Se asustaron al ver el reloj de la pared y decidieron cortar; había que dormir si al día siguiente querían ser personas. Un abrazo intenso puso el punto final al día ¡gracias, mamá! buenas noches.

Y ¿qué ha pasado después? añadí curioso. No le he vuelto a preguntar; tiene que ser ella quien tome la iniciativa. Sabe que sus padres somos el hospital más cercano, para prevenir y para curar. Así les educamos, aunque a veces a nosotros también nos cuesta, no te vayas a pensar.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Actualizado 05/02/25

Original 23 de enero de 2022

 

LA CARA CANSADA DE MERCEDES

LA CARA CANSADA DE MERCEDES

Al entrar en la recepción oigo a Mercedes que se despide de Roberto ¡adiós corazón! y baja con cuidado los tres peldaños apoyada en el pasamanos. La veo alejarse despacio con el paso medido, mirando al suelo para asegurarse y levantando la vista cada vez que se cruza con alguien.

Mercedes es abuela y lleva en el colegio tantos años como el primero de sus nietos, el de la mayor de sus hijas. Después entró otro, de la segunda, y con él se convirtió para nosotros en madre del colegio, más madre que abuela porque la suple en todo lo que ella no alcanza. A la hija, los años de rebeldía en la juventud la marcaron con el zarpazo que deja el ambiente en el que se hundió. Mercedes tiró de ella con suavidad y firmeza, cariño y desvelo; muchas horas de inquietud, muchos días de incertidumbre, muchos pasos siguiendo el rastro tras ella. Y volver a empezar, una vez, otra y otra. Pero lo consiguió: sonó el timbre, abrió la puerta y allí estaban los tres, la hija y un par de regalos –niño y niña- que entonces cabían en el bolso de la compra.

Mercedes tiene un puesto de ropa en el mercadillo. Un día me paso a ver qué le compro, le dije en una ocasión. Me miró con su sonrisa habitual y me dedicó una mueca disuasiva a la vez que añadía: es quees ropa un poco hippy. Los años de crisis los hemos comentado paso a paso: no es que no compren ¡es que ni vienen! Han sido duros, pero Mercedes aparecía cada mes a traer algo de dinero, a dar la cara, a pedir un aplazamiento, a informarse de las becas; a veces consigue que le acompañe la hija en un intento de que se responsabilice de alguna gestión, de que lleve el papel que le ha pedido la asistenta social o cualquier otro asunto, pero no hay forma; ¡esta hija! se le escapa en un suspiro.

A las reuniones viene acompañada de su marido con el mismo interés que los padres de los compañeros del nieto. Paco vivía en la misma calle que Mercedes, estudiaron en el mismo colegio, compartían los mismos amigos, el mismo tiempo libre y se casaron jóvenes. De aquellos años, a Paco le queda el pelo cano y rizado recogido en coleta, la frente arrugada, la tez morena y el punto brillante de la arracada en la oreja. Cogidos de la mano pasean su cariño como el primer día y, de eso, ha pasado mucho tiempo.

La hija mayor se quedó sola un día al doblar una de tantas esquinas que tiene la vida; le echó ganas y horas al kiosco para sacar la casa adelante y un hijo precioso, hasta que la enfermedad la apartó de la circulación y el Ayuntamiento le retiró la licencia por impago. Peleó y recuperó la concesión, pero cuando volvió a subir la persiana del kiosco, las ventas no estaban por la labor y la tuvo que bajar definitivamente. Donde una puerta se cierra otra se abre y fue a la casa de la madre como si fuera la suya.

Mercedes me confió que su práctica religiosa anda bajo mínimos por circunstancias de la vida, pero que la llama de la fe en Dios sigue viva; a su modo habla todos los días con Él y le pide que esté siempre a su lado para que cuando a ella le faltan las fuerzas -que sucede de vez en cuando-, a su familia nunca le falte un apoyo. Y que lo nota, o de lo contrario sería difícil de explicar cómo ha hecho todo lo que ha hecho, porque ni las ganas ni las fuerzas han estado siempre a la altura de las circunstancias.

Faltan dos días para las vacaciones de Navidad. El colegio está en ebullición, hay que preparar los belenes, el festival y un sinfín de cosas más. La Secretaría es un trasiego continuo de alumnos, de profesores: me falta una cartulina, ha dicho D. Fulano que si tienen un rotulador, necesito un poco de cuerda… Entre unos y otros ha entrado Mercedes, despacio, sin ruido. Apoya los brazos en el mostrador como si descansara de la vida. Saluda con un ¡hola corazón!, nos mira con su cara cansada y reparte una sonrisa y una palabra afectuosa para cada uno. Volveré después de Reyes a ver si puedo traer algo de dinero; hoy sólo vengo a felicitaros las fiestas y desearos Feliz Navidad. Se despide y mientras la veo alejarse despacio con el paso medido, mirando al suelo para asegurarse y levantando la vista cada vez que se cruza con alguien, veo en ella la Navidad porque en su corazón hay sitio para todos, todo el año.

Descarga en pdf: La cara cansada de Mercedes

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

19 de diciembre de 2021

No es lo mismo

No es lo mismo

Bajo el impacto del descarrilamiento de trenes con que se estrena el 2026, como quien quiere dar al traste con todos los buenos deseos con que lo recibimos, quiero agradecer a todos los socorredores de cualquier clase que con su ejemplo de altura de miras nos ayudan a transitar por estas situaciones imprevistas. A ellos dedico este escrito que ya publiqué hace un tiempo:

«He salido pronto de viaje para evitar el calor de mediodía. A esta primera hora la carretera está tranquila, conduzco relajado con velocidad fija, despreocupado de quienes me adelantan; a derecha e izquierda, los rastrojos aún mantienen la paja de la mies recién cosechada. Un poco más adelante, dos tractores cargados con el grano levantan el polvo del camino y obligan a subir la ventanilla del coche.

Pongo música, suena Melendi:

No se confunda / No es lo mismo pisotear que dejar huella / Usted tan sólo mira al cielo / Mientras yo veo las estrellas.

Y el recuerdo se me va a la conversación mantenida con Julio esta semana:

«Rafa, ayer se reunió el equipo médico que me lleva. Con todas las pruebas sobre la mesa, queda claro que mi cuerpo ya no responde al tratamiento. Me plantearon dos opciones: pasar a paliativos o apostar por una intervención arriesgada de resultado incierto que alargaría la esperanza de vida en unos meses. Por la noche, cogidos de la mano con Elena y los niños, decidimos paliativos. Con eso, lo que me queda pueden ser dos semanas, máximo dos meses. Estoy sereno, confiado en Dios, contento de todo lo que me ha dado y de cómo se quedan ellos. Puesto que el final es bueno, que llegue cuando Él quiera. Además, ya sabes que en estos años que llevo conviviendo con la enfermedad, me he zafado de varios ultimátum. Y ahora ¡quién sabe!»

El nudo en la garganta me impidió decir gran cosa, mientras él siguió contando los planes para este corto plazo y animándome como si fuera yo quien tiene la fecha marcada en el calendario.

Durante los veinte años largos de trato, su actitud ante los reveses de la vida ha sido un ejemplo para mí, que siempre agradeceré por lo mucho que me ha ayudado; lo mismo sucede con la amistad que surgió y hemos profundizado durante este tiempo, aun sabiendo que estamos en dos categorías distintas: pues mientras yo miro al cielo, él contempla las estrellas; y mientras yo paso por la vida pisoteando, él deja huella. Y claro, no es lo mismo.»

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

17 de julio de 2021

El espíritu del niño que permanece en ti

El espíritu del niño que permanece en ti

El día de Reyes te levantaste inquieto, algo nervioso, sin perder la serenidad y afabilidad de tu porte externo. Pendiente de todo y de todos, animabas el desayuno con tu conversación mientras te anticipabas a servir las preferencias de cada uno. Me decías que el corazón se te agitaba cada vez que pasabas por delante del cuarto que guardaba los regalos, deseando que llegara pronto el momento del reparto, pero sin desperdiciar ningún minuto de los muchos que aún faltaban, atento a la casa, las personas o el teléfono. El esmero que ponías en cada una de tus acciones, la sonrisa dibujada en tu cara, nada hacía presagiar la llama interior que alimentaba tu fiesta de Reyes. El espíritu del niño que un día fuiste seguía vivo cincuenta años después. Las cargas de una vida profesional dilatada, la responsabilidad familiar compartida, la implicación en varios proyectos sociales, tu participación en iniciativas ciudadanas, no habían alejado de tu interior la capacidad de ilusionarte ante un acontecimiento sencillo, ni la sensibilidad de emocionarte por un pequeño detalle. Te habías hecho hombre sin dejar de ser niño.

Disfrutaste de la fiesta. Te alegrabas con cada uno de los regalos que recibían los demás y se te iluminó la cara con los tuyos. Abrías los ojos expectantes mientras desenvolvías los paquetes y nos contagiabas tus sentimientos. Llegó el final y nadie se dio cuenta de que eras tú quien recogía, ordenaba y limpiaba, a la vez que te interesabas por uno y otro: ¿te gusta?, ¿estás contento?.

Tus regalos quedaron sobre la mesa. Cómo nos reímos, cuando contabas que a la mañana siguiente te habías despertado con el relincho de los caballos y saliste de la cama disparado para ver qué les pasaba; no distinguías si habían sido de verdad o eran parte del sueño que te envolvía aquella madrugada. Con la misma sencillez decías que, si no es en esta vida, al menos en la otra querrías tener muchos caballos, para que todos tus amigos podamos pasear contigo y enseñarnos todo lo que tú has aprendido con lo que te traen los Reyes año tras año.

Mientras lo contabas, pensaba que tus amigos no necesitamos un caballo para estar a gusto a tu lado, ni nos hace falta esperar a la otra vida para disfrutar contigo. Y aunque compartamos contigo la afición por los caballos, no es eso lo que nos lleva a buscarte, si no el espíritu del niño que permanece en ti.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

Carmen y Vicente, sencillez y cariño

Carmen y Vicente, sencillez y cariño

Me llamó mi hermano ¿qué haces en Semana Santa? Me quedo por aquí, pendiente de unos asuntos que están al caer. Pues mira si haces hueco para venir a comer el viernes, que tus sobrinos te reclaman. Después nos acompañas a los oficios y a la procesión, y así nos ayudas; Teresa está un poco cansada estos días y quiere estar disponible para lo que necesite el párroco.

Llegué con tiempo y, antes de subir, pasé por la iglesia a rezar por ellos en el monumento que hacen en la capilla; un canto a la sencillez y buen gusto, con un ambiente recogido, centrado en el sagrario.

Al momento entraron Vicente y Carmen, con quienes de vez en cuando he hablado y de los que tengo abundantes referencias por la amistad que tienen con mi hermano, vecinos de la misma escalera. Nos saludamos con la mirada, estuvieron un ratito y se fueron.

Al salir, los vi más adelante en la misma acera, retuve el paso para contemplarlos. Caminaban sin prisa con las manos entrelazadas, hablaban, se miraban; me despertaron la admiración de su fidelidad, asentada en años de matrimonio, de dificultades, de alegrías, de luces y alguna sombra.

Al acabar la mili, Vicente se quedó en Madrid a buscar trabajo; su noviazgo con Carmen daba sus primeros pasos en el pueblo y quería ofrecerle un horizonte donde cumplir sus sueños. No tardaron en casarse y se instalaron en un barrio sencillo, unos bajos que en sueños les pareció un palacio. Nació Pedro, un chavalote cargado de energía y sonrisa amplía. Cambiaron de piso, esta vez un tercero sin ascensor. María y Vicente completaron los gozos del matrimonio y se esforzaron como jabatos para sacarlos adelante.

Volvieron a estrenar vivienda, la definitiva, en una zona por entonces de reciente construcción y donde todos los vecinos eran nuevos. Pedro pasó a la universidad y acabó Ingeniería Informática. María fue una chica inquieta, alegre, que revolucionaba la casa. Los últimos años del Instituto empezó a salir con un grupo del barrio, bajó rendimiento en estudios, pero consiguió entrar en la universidad. El ambiente que frecuentaba preocupaba a sus padres, sufrían en silencio y un día marchó de casa; dejó la familia, los estudios y le perdieron la pista. Vicente también tenía muchos amigos en el Instituto y los mantuvo en la Universidad. Colaboraba con la parroquia, ayudaba en catequesis y en las actividades deportivas. Empezó a salir con una compañera de clase sin dejar a los amigos; organizaban excursiones y celebraban las fiestas en casa de unos y otros. En 4º de Físicas acabó de madurar la idea que le rondaba en su interior y un día sentó a sus padres: quiero ser sacerdote. Al acabar la carrera se fue al seminario.

Pedro tiene un buen trabajo, es muy apreciado en la empresa; les ha dado la alegría de los nietos. Vicente está en la Parroquia de un barrio cercano y va por casa con frecuencia. María volvió, mal, muy mal, pero tuvo la valentía de llamar a la puerta y abrazar a su madre. Dicen que se curará, que la recuperación depende del entorno y de su fuerza de voluntad; cariño, comprensión y fortaleza no le van a faltar.

Vicente está jubilado y con Carmen vuelven a vivir una nueva etapa en su vida; participan juntos en actividades del Centro Cultural del barrio, ayudan en tareas asistenciales de la Parroquia, cuidan los nietos siempre que hace falta; son queridos en la escalera y allí donde se les conoce. Y pasean su cariño por la calle con la misma naturalidad y sencillez con la que viven.

Llegamos juntos al portal de la casa, nos saludamos y pasamos al ascensor. Poco tiempo, pero suficiente para que me pregunten por todos los míos y se interesen por mí. Ellos continúan; me quedo en el rellano un instante, antes de llamar al timbre, para digerir todas las emociones que me han despertado en tan poco rato. Aún así, cuando me abre Teresa me pregunta ¿qué te pasa? Pues que he venido con tus vecinos y… ¡son un encanto! me dice.

Sí, y un ejemplo en vida; muchas gracias Carmen y Vicente, sencillez y cariño.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

18 de agosto de 2020