En mi familia somos de secano: mis padres, mis abuelos, los suyos, los de éstos y así hasta el siglo XIX donde ya figura nuestro apellido en el primer censo que se conoce del pueblo. Nuestras comparaciones y referencias han sido siempre las de tierra adentro. Será por nuestro origen que el mar me atrae con el embrujo de lo desconocido, me encandila con su infinitud; puedo pasar horas dejándome llevar por el vaivén de las olas y el ruido acompasado al romper en la playa. A mi madre le pasa algo parecido y aprovechamos sus estancias invernales en Barcelona para darnos una escapada por el paseo marítimo o por alguna de las playas cercanas. Al despertar una mañana soleada de la primera semana de enero, de eso hace cinco años, con un gesto de complicidad nos preparamos rápido y salimos en busca del mar; recalamos en la playa de Gavá. El viento había limpiado el cielo que lucía un azul de fiesta y encabritaba las olas para que rompieran con fuerza controlada; en su recorrido de ida y vuelta, el agua salada dejaba un paseo ancho de arena apretada, firme. Las pisadas dejaban huella por un instante, lo imprescindible para distinguir dos ritmos de estar en la vida. Por entonces mi madre ya había cruzado el umbral a esa etapa donde lo de ayer no queda registrado y lo de mañana necesita ser varias veces recordado; pero la infancia y juventud surgen con todo lujo de detalles y el relato adquiere vida fresca en sus palabras pausadas. Nos cruzamos con una pareja joven, de mirada limpia y sonrisa franca; se detuvieron para dedicarnos un piropo y la conversación surgió natural. Nos hicieron unas fotos antes de despedirnos. Aquel encuentro reactivó los recuerdos y mi madre, mientras miraba el horizonte apoyada en mi brazo, contó algunas travesuras que hizo mi padre antes de ser novios, para que ella se fijara en él; y locuras que el amor impulsó cuando ya les unió, primero a prueba y, después del sí, para siempre.
El mar, el horizonte, el punto de locura en el enamoramiento, el dolor de amor que madura la vida de entrega; gozamos de un paseo con ingredientes propios de gran película, por el tema que nos ocupaba, la fotografía que nos envolvía y la música de fondo que nos acompañaba.
De regreso rodamos despacio, para que las prisas no rompieran el encanto de la mañana. Le conté la historia de Rebeca, una mejicana fallecida en 2012, en la que también se juntan el mar y el amor, el horizonte y el punto de locura. La tarde de un martes de octubre de 1971, acompañó hasta el puerto a su novio Manuel que salía a faenar con sus otros compañeros pescadores, en el que tenía que ser el último trabajo antes de la boda preparada con todos los detalles para el domingo. El océano Pacífico regala en esa época unos atardeceres encendidos, con tonos violetas y naranjas. Cuando zarparon, el sol se cubrió de nubes oscuras y el viento empezó a soplar con fuerza de tormenta. Durante la noche, el huracán Priscila cambió el rumbo, se dirigió a tierra, pilló por sorpresa a los pescadores y de Manuel nunca más se supo. El muelle de San Blas se convirtió para Rebeca en el muelle de la esperanza, a donde acudió cada domingo vestida de novia; allí sus ojos se llenaron de amaneceres hasta que la muerte se la llevó, para entonces trastornada emocionalmente por el dolor de amor. El grupo Maná le dedicó la canción “el muelle de San Blas” que, aunque modifica algo la historia, es un homenaje al amor que encarnó Rebeca, la loca del muelle.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
04/02/2026
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.
Sin duda roza la excelència…hay paràgrafos que merecen releerlos i meditar.
La imagen és de cuadro…hoy lo empiezo
…serà con la tècnica puntllista, para recrearme……el titulo me viene dado.,
enamoramiento .
Fascinante!!
Es como sentir el ruido de las olas y la sal del agua