Desde hace días los adornos de Navidad engalanan calles y escaparates; al oscurecer, cuando la tarde corta deja paso a la noche fría, el alumbrado se refuerza con dibujos y figuras que dan al ambiente una pincelada cálida y acogedora. El ánimo se prepara para recibir a quien baja del cielo a la tierra para enseñarnos, si queremos aprender, que aquí podemos vivir un anticipo de lo que nos espera allí.
En los colegios, esta semana hemos entrado en la recta final del trimestre; cuando recorro los pasillos, a través de los ventanales observo cómo en las aulas ensayan villancicos y representaciones que los pequeños preparan para sus padres. El silencio habitual se relaja, el movimiento se multiplica con idas y venidas; admiro a los profesores que, como directores de orquesta, conducen el grupo atendiendo a las peculiaridades de cada uno, a la vez que refuerzan las habilidades de unos y suplen las que les faltan a otros, y consiguen que todos se sientan implicados en el resultado final: el belén de la clase, que por la tarde del último día enseñaran con orgullo a las familias.
El martes amaneció un día despejado y gélido, un paréntesis en los días de lluvia a los que nos tiene acostumbrado este invierno. A mediodía, unas cuantas personas esperábamos la llegada del autobús a cobijo en el interior de la marquesina. Subí el último para poder saludar a Jaime, conductor habitual en esta línea, con el que hemos hecho amistad a base de trayectos. Después me senté y me distraje atraído por el esmero que el chófer ponía en cada uno de sus movimientos, atento a las personas que subían para saludar con una sonrisa o resolver dudas que daban seguridad.
En una de las paradas, cuando montó la última persona, Jaime cerró las puertas y arrancó el autobús. En ese momento, dos chavales de unos 12 años cruzaban el semáforo corriendo y le hicieron una señal agitando la mano levantada. Frenó, abrió de nuevo las puertas y los esperó. Venían del colegio que hay enfrente, al otro lado de la calle. Llegaron jadeando, con el uniforme descompuesto y el pelo alborotado; el primero validó su billete, se detuvo ante el conductor, le miró a la cara y le salió un “perdón, gracias” un tanto embarullado, pero con una intencionalidad muy clara. El segundo más o menos lo mismo, pero dirigiéndose al público que había seguido atento la operación. Un silencio generalizado redujo a murmullo las conversaciones interrumpidas con la frenada. Arrancó de nuevo, los chavales se sentaron delante de mí, recuperaron el ritmo de la respiración, se ajustaron el uniforme y se zambulleron en alegre conversación ajenos a las miradas que habían atraído.
A punto estuve de ponerme de pie y promover una ovación cerrada para los tres: el chófer y los dos jóvenes viajeros. No me atreví por aquello del “¡qué dirán!” pero lo que entonces no hice, lo propongo ahora con más empeño a través de este escrito. Se lo merecen, ellos y tantas personas con quienes tratamos a diario, que con su comportamiento contribuyen a que la vida sea un poco más cielo que tierra.
Los adornos, las luces, los villancicos, los belenes… y esas personas, nos recuerdan que es Navidad.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
24/12/2025
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.
¡Muy Feliz Navidad! ¡Detallazo!
Agudeza de cómo de lo ordinario se puede extraer endecasílabos de la vida. Gracias.
Que bonito. Estos detalles alegran la vida.