David sale de madrugada. Estas últimas noches, el cielo está despejado, frío, iluminado por una luna blanca, oronda, que ciega las estrellas. La puerta del garaje se abre pausadamente, ruge el motor y ella sonríe. El coche se asoma despacio, la saluda antes del giro. Su rostro redondo, sereno y alegre, lanza un guiño; se cuela a través del cristal, entra inquieta, se acurruca. En el primer tramo de calles oscuras le ilumina el camino. Ya en la carretera, aumenta la velocidad y se sujeta al asiento, asustada; en el trayecto es confidente, compañera en el rezo. Antes del túnel se apea discreta y le deja, con los suyos que nunca va solo. A la salida ya no está; el cielo, oscuro sin ella, entristece la circulación, hoy espesa. Avanza hacia el este con lentitud, contrapunto del reloj del salpicadero que se mueve con agilidadh. Por entre los bloques altos, en un claro que provoca el parque, la primera luz tenue que anuncia el alba, difumina el negro. A contraluz del suave resplandor, se recortan las siluetas nítidas de los edificios; en breve, los más alejados quedaran bañados de rosicler en su camino hacia la luz completa. Nueva parada, ahora la vista descansa en la foto familiar sostenida por un discreto marco adherido; los repasa uno a uno. No hace tanto que se ha despedido y cómo la echa en falta.

Teresa se levanta pronto, cuando todos duermen aún. Le encanta recorrer el pasillo acompañada del silencio, con la taza caliente entre las manos; piensa en ellos, los ve con los ojos del corazón, los oye en el murmullo del descanso, repasa con cada uno los planes que hablaron anoche, les dicta consejos que de día no podrán oír. Se detiene ante los suspiros de la pequeña, la tos a trompicones de su hermana o el dormir inquieto del mayor. De la habitación del fondo se cuela un resplandor; al poco él sale despacio en un despertar lento, atraído por el olor a café que le guía hasta la cocina. Uno al lado del otro, remueven callados, no hablan, se miran; ella le arregla un pequeño detalle del pelo, él le coge la mano: “cada mañana me cuesta dejarte”. Es la hora, los dos se funden en uno, “cuídate, hasta la noche”; cierra la puerta, apoyada en la espalda, cierra los ojos y respira hondo, ¡guárdalo!

De nuevo el silencio domina la casa; es su tiempo, el momento de leer, de escribir, de hablar con Dios, de preparar el día. Suena el despertador, enciende luces, besa uno a uno, ayuda uno a uno, anima, urge, reprende si es el caso. Mochilas, carteras, abrigos, bufandas, el bolso y el portátil, todo entra en el ascensor.

Antes de pulsar el botón, la pregunta de rutina ¿tenéis todo? Suspira, se contesta bajito “faltas tú”; luego los mira, sonríe y ¡chicos, nos vamos!

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

26/11/25