Levanté la mirada, estaba parado en la puerta sin decirse a entrar. Hice a un lado los papeles y salí a su encuentro. Aquel tipo joven de treintaypocos, alto, moreno, de espaldas anchas y manos más hechas a dar que a pedir, tenía un aspecto abatido.
El amasijo de emociones, tensiones y preocupaciones que traía, ahogaron su voz y en lugar de palabras, la primera expresión fue con lágrimas, no muchas porque se esforzaba por taponar la fuente y se las tragaba antes de salir. Aquel hombrón sentado al otro lado de la mesa bajó la cabeza y cerró los puños en un intento de controlar sus sentimientos; respeté su silencio y acerqué la caja de pañuelos de papel que miró como algo raro que nunca había usado. Respiró hondo, recuperó la serenidad y pidió disculpas con sencillez; incluso hizo una broma por cuenta de la llorera. El acento de alguna de sus expresiones nos llevó a iniciar la conversación hablando de su pueblo; le cambió la cara, le brillaron los ojos y se le soltó la lengua.
Salió de casa por primera vez para ir a la mili; allí dejaba familia, amigos y una moza que no sabía cuánto la quería hasta ese momento. La distancia hizo madurar la relación y al acabar volvió a por ella, decididos a emprender el vuelo por su cuenta. Pero el pueblo no garantizaba el futuro que imaginaba para los suyos y marchó a la capital como avanzadilla para preparar el desembarco. Trabajó duro en la construcción, bien pagada en aquellos años de economía boyante. Malvivía compartiendo habitación, por ahorrar y ofrecer a su futura esposa un estreno digno. Tras el viaje de bodas, alquilaron un piso estrecho y algo oscuro, que a ellos les parecía un palacio. Andaban escasos de espacio, pero sobrados de cariño y de ganas de trabajar para hacer realidad su sueño. En su nuevo empleo de vigilante, por responsable y trabajador le ofrecieron el turno de noche para mejorar el salario; y después le hicieron encargado. A final de mes compartía con su mujer la alegría de una nómina que nunca pudieron imaginar. A la par, ella que empezó con unas horas de limpieza, ya tenía jornada completa. Había llegado el momento de dar el salto a la compra de un piso nuevo; tenían ahorros para dar la entrada y con sus nóminas garantizaban una hipoteca para cubrir el resto. Eran los primeros años del nuevo milenio, cuando los carteles de “nueva promoción de viviendas” se sustituían a los dos días por el de “promoción vendida”. En el barrio unos vecinos les hablaron del colegio y allí matricularon a la hija y a los dos años al pequeño. Llevaban ocho años en la nueva vivienda cuando estalló la crisis; le recortaron categoría, complementos, horas y finalmente se quedó en la calle. Para ese momento, ella también había perdido el empleo.
Ahora vivían de las reservas y se había encendido la luz roja. Si no encontraba trabajo, tendrían que renunciar al piso y marchar al pueblo. Mientras, procuraba que sus hijos no notaran la angustia que le corroía cuando cada día volvía de la calle cargado de negativas. Le dolía el orgullo de padre que no tiene nada que llevar a sus hijos. Y ahora tenía el dilema de los recibos del comedor del colegio. Si los pagaba no alcanzaban a la hipoteca; si priorizaban la hipoteca, renunciaban a la única comida que hacían. Encontramos una solución que le daba tranquilidad para los siguientes meses; marchó agradecido. En junio volvió para despedirse; el apretón de manos y su gesto de bondad me los guardé en un repliegue del corazón.
También a mí me llegó la hora de marchar, aunque vuelvo al colegio con frecuencia. La semana pasada me contaron que aquella familia había pasado a saludar y que después de quince años habían rescatado el piso y volvían para empezar de nuevo.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
08/10/25
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.
La vida pot donar molts tombs.
Però la família és un pilar bàsic que ens dona forces per intentar superar totes les adversitats.