Aquella tarde en la feria quedó botando en mi alma y de vez en cuando se asoma atraída por algún impacto, como sucedió la semana pasada cuando en el avión de regreso se atenuaron las luces durante el despegue y nos quedamos en penumbra. En el colegio que visité por la mañana, querían renovar el mobiliario de dos aulas. En verano las vaciaron a la espera del nuevo, se retrasaba la entrega y empezaban las clases. Recuperaron del almacén unos pupitres que dormían el sueño de los justos; aunque la estructura metálica necesitaba una mano de pintura, el tablero de madera estaba impecable. El agujero para el tintero y la hendidura para la plumilla, removieron los recuerdos de aquellos años sentado en un aula parecida.

Mi padre no era muy de manifestar sentimientos; eso no nos afectaba porque era mi padre y el cariño nos envolvía. Cuando llegaba del campo, bajábamos corriendo para abrir la puerta y ayudarle, aunque seguramente seríamos más un estorbo que una ayuda. Le veíamos marchar temprano y regresar tarde; por eso aquel día me llamó la atención que viniera a comer a casa. Era dos de noviembre, un día medio laborable porque en el pueblo estábamos de ferias. En la comida nos dijeron que por la tarde iríamos a la plaza; se dispararon los nervios, la siesta de mi padre se me hizo eterna y mi madre tardó en arreglarse un mundo. El circo lo habían puesto en el patio de las escuelas, la feria de ganado y maquinaria en el surtidor. Por allí pasamos rápido para llegar con tiempo a la plaza del Ayuntamiento donde estaba el ambiente de las atracciones, tómbolas y barracas. La emoción de lo que me esperaba, hacía que me agarrara con fuerza a la mano de mi padre, no fuera a salir volando arrastrado por la imaginación. Montamos en los autos de choque; mi padre sentado a la izquierda conducía con una mano y con la otra me sujetaba; mi hermano a la derecha hacía de copiloto. Mi madre seguía nuestras peripecias desde un lateral y nos animaba. En la churrería había cola, aspirando el olor a la espera de que salieran calentitos. Nos detuvimos en los caballitos, pero no quise subir porque me parecía que ya era muy mayor, aunque por dentro me moría de ganas. En otro puesto compramos algo de merienda: a mi padre le encantaba el coco, mi hermano algodón de azúcar, mi madre un guirlache y yo una manzana acaramelada de un rojo irresistible. En la tómbola fue mi madre la que se detuvo con la mirada chispeando en el juego de sartenes y en la olla exprés; el señor del micro se dio cuenta y empezó a cantar las excelencias de lo que a mi madre le hacía tilín. Compró unos boletos y los abrimos entre todos; por poco nos toca la olla. Nos llevamos un exprime limones de plástico amarillo que duró muchos años de tan poco uso. Me había acabado el caramelo y quedaba la manzana, verde y dura; la tiré. En la caseta de tiro mi padre no tuvo mucha suerte. Se había echado la noche, el frío empezaba a notarse y mi madre nos puso el abrigo. Estaba cansado, el bullicio, el caramelo rojo y las emociones hicieron un revoltijo en el estómago; mi padre se dio cuenta y me cogió en brazos; desde la altura, la vida tenía otra visión. Me quedé dormido en el hombro de mi padre; cuando desperté, la música de la feria se oía a lo lejos, doblamos la esquina y nuestra casa se veía al fondo de la calle. En un segundo reviví las imágenes de la tarde y las emociones sentidas; de todo, lo que más me alegraba era estar los cuatro juntos.

El temblor del avión al tocar tierra apagó las luces del ayer y encendió las del hoy; en un rato estaría de nuevo en casa, me sentaría a la mesa y disfrutaría de estar con todos los de ahora, la misma alegría de aquella tarde en la feria.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

01/10/25