El paseo de la playa dibuja una curva en forma de abrazo enorme, como si quisiera acoger en su seno todo el mar. Una sólida barandilla separa dos ambientes; el de la arena para los bañistas y el de la ronda salpicada de bancos y terrazas para aquellos que, como nosotros, prefieren dar un garbeo. Como el paseo tiene forma de U, siempre tienes delante la arena y el mar sin olas; la bravura del Cantábrico se frena a la entrada custodiada por un monte a cada lado. En el recorrido de un extremo a otro, algunas escenas quedan grabadas en el recuerdo.

A primera hora, cuando algunas personas empiezan a bajar a la playa para tomar posiciones y marcar territorio, un matrimonio pasea tranquilamente con los pies en el agua. Destacan por su porte, elegancia, atuendo y edad. Ella lleva un vestido sobre el bañador y un capazo de rafia donde guarda los zapatos; él los lleva en una mano y con la otra toma la de ella. Alto, delgado, sus pasos lentos bien marcados. Viste un pantalón de tergal fresco con raya que remarca su altura y camisa de lino de manga larga abotonada con unos gemelos informales. De cara enjuta, pómulos algo salientes, nariz con personalidad y pelo blanco que peina todavía con raya. La mirada serena se alterna entre las olas para evitar que alguna les sorprenda, la arena donde pisan y ella. Sonríe cuando la vista se pierde en el horizonte, cuando se fija en lo concreto, cuando la contempla. La conversación es de pocas palabras, les basta el gozo de saberse juntos.

Un padre juega a pala con su hijo; procura que los golpes a la pelota sean fáciles de devolver y a veces falla intencionadamente, pero con tal disimulo que el crío brinca de alegría porque le ha ganado un punto a su padre.

En la arena junto a la pared que sostiene la barandilla, una madre pone crema a su hijo con rasgos síndrome de Down. El niño no colabora y ella lo convence contándole una historia divertida. El olor a crema invade ese trozo de paseo.

Dos niñas y un niño han hecho una piscina redonda excavada en la arena, de un metro de diámetro y un palmo de profundidad. Tan apenas caben, pero los tres chapotean, ríen y disfrutan ajenos al mundo que le rodea.

Cuatro chicas jóvenes usan la toalla como tapete y juegan una partida de cartas; las miradas se entrecruzan dos a dos. La que tengo de frente toma una carta, la incorpora a la mano, la mira, levanta la vista hacia su compañera y sonríe pícaramente.

El padre y la niña que lleva el mismo bañador con el que vino al mundo, construyen un castillo de arena humedecida; cada vez que ella trae un puñadito en una sola mano y la coloca en lo más alto, el padre aplaude y ella vuelve radiante a por más.

Una señora mayor y una chica joven empujan una silla de ruedas con dirección al agua; llevan un mozalbete fuerte y largo que debe pesar lo suyo, con síntomas de alguna enfermedad degenerativa. A pesar del esfuerzo, avanzan con alegría y le cuentan lo bien que lo van a pasar en el agua.

Faltan doscientos metros para llegar al final del paseo cuando unos gritos nos sorprenden y detienen nuestros pasos hasta que localizamos la procedencia. En la arena dos mujeres corren al encuentro con los brazos extendidos y gritan ¡pero qué alegría! ¡quién me lo iba a decir después de tanto tiempo! ¡no me lo puedo creer!  La niña pequeña un poquito apartada contempla admirada el abrazo largo de su madre con la amiga. El marido de ésta se ha hecho a un lado y las deja hablar ¡una posibilidad de entre 1000! ¡pues mira que nunca entro por estas escaleras! Continuamos el paseo y al llegar a la punta damos la vuelta, volvemos y todavía están allí, hablando en ese tono alto que refleja alegría, la alegría del encuentro.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

20/08/25