Los primeros días de agosto los paso en el pueblo, una estancia corta para poder llegar a todos los planes que se quedan pendientes para el verano. Hay aquí dos alicientes que hacen de estos pocos días algo irrenunciable: mi madre y la casa que me vio nacer, crecer y volar; cada peldaño, cada rincón, cada sala, almacenan vivencias que me acompañan allí donde esté sin necesidad de hacerse presentes.

Al atardecer, cuando el sol se esconde y mueve la brisa, me siento a leer en la terraza; antes de sumergirme en el libro, la vista recorre el horizonte paseando por encima de los tejados y, cruzando el puente sobre el pantano, se pierde en el infinito. El silencio llena el espacio, a ráfagas roto por el chillido de unos críos que juegan en el parque. Cuando la luz se hace débil, los pájaros revolotean en quiebros audaces en busca del alimento que llevar al nido. La silla baja que me acoge -dos palmos sobre el suelo- es la silla de costura de la abuela, la que después sacaba mi padre a la calle después de cenar en las noches de verano para hacer un rondo con los vecinos.

Leo una recopilación de apuntes que Gustavo Martín publicó en un libro titulado “El cuarto de al lado”, muchos de ellos proceden de escenas familiares. En la cena le repaso a mi madre uno que me ha impactado sobre los demás: “Son las ocho de la mañana. Antes de salir de casa entro a despedirme de los niños. Ella está tan recogida en su cama que apenas abulta sobre las mantas. Muerta de sueño te habla del partido de esta tarde. Le beso la mejilla, el cuello, y cada beso es un gol de su equipo. Luego voy a ver a él. Al acercarme frota su cabeza contra la mía, como un carnerito. Se lo digo “eres el vellocino de oro” y se echa a reír. También le lleno la cara de besos. Luego beso a mi mujer. Se estiran, bostezan, vuelven a arrebujarse entre las sábanas calientes y blancas, como embebidas de luz lunar. Luego me alejo por el pasillo con la sensación de ser una figura de sus sueños que se retira con cautela al iniciarse la escena siempre incierta de un nuevo día”.

Es mi madre la que reacciona enseguida, removidos sus recuerdos por la lectura. “En casa era distinto, tu padre se iba pronto al campo y era yo quien me encargaba de despertaros. Un día de verano cuando ya anochecía, llegaste a casa cansado y sudoroso, apoyado en tu bicicleta que antes fue la mía. Te recordé lo de cada noche: «lávate, cena y a la cama». Tu queja saltó como muelle comprimido, alegando que todavía tenías planes: «mamá, que después me esperan en la calle para jugar, y luego queremos hacer … Antes de llegar al postre cediste al cansancio y te quedaste dormido sobre la mesa, agotado, pero tu día no se había acabado. Me contaste que por la noche parecías un volcán en activo, tu imaginación sugería un sueño, otro y otro; confundiendo la realidad y la ficción, creíste seguir despierto. A la mañana cuando te desperté, de un sobresalto quedaste sentado sobre la cama, restregando tus ojos con las manos cerradas; de golpe acudieron a tu cabeza la pelota y el partido, la bicicleta y la excursión, la pandilla, la calle … No te iba a quedar tiempo para todo y pediste un deseo: ¡mamá, que no se acabe este día!”

¿Y me lo concediste? Mueve afirmativamente la cabeza, en un gesto casi imperceptible y nos reímos. Sabe, porque se lo he contado otras veces, que mis mañanas empiezan sentado en el borde de la cama o de rodillas al pie de la imagen que guarda mi cabecera para dar sentido a todos los planes y personas que llenan el día. Y que ella sigue presente en ese despertar.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

06/08/2025