Un escalofrío le recorrió el cuerpo al ponerse de pie, se notó destemplado. Era pronto para encender la calefacción, la casa se había quedado fría y aquel lunes otoñal le pillaba con un resfriado que le había rondado todo el fin de semana. Desde la ventana confirmó que el día estaba a tono con su cuerpo; cielo gris, lluvia fina, tráfico lento y gente encorvada bajo el paraguas avanzando con dificultad por las aceras. Daban ganas de quedarse en casa y dejar la visita para otro día. Pero la llamada de este pensamiento no fue atendida en su interior y continuó con las rutinas, un gran invento para cuando la cabeza está embotada y no acierta a dar indicaciones al cuerpo. La infusión caliente le devolvió algo de color a la cara, sonrió al tipo que le miraba desde el espejo y cerró la puerta con cuidado.

Por el camino avisó de que podía llegar con retraso, aunque no acertó con la previsión. El trayecto fue mejor de lo que esperaba y el ángel de la guarda le había reservado un sitio para aparcar casi en la puerta. Ya que no podía darle propina, le hubiera gustado dedicarle una sonrisa generosa, pero le salió una de mínimos.

El colegio ya le resultaba familiar después de varias visitas a la directora, una monja a punto de jubilarse como docente pero que necesitaría otra vida para poner en marcha todos los proyectos que tenía en cola; ni las fuerzas ni la disposición le faltaban y era tal el entusiasmo que ponía al contarlos que contagiaba sus ánimos. Aunque sólo fuera por el chute vital que recibía, daba por bien empleado el tiempo que pasaba con ella. Con los pies firmemente asentados en el suelo, la cabeza bien amueblada con la experiencia de la vida y el corazón metido en Dios, aquella mujer convertía en sencillos los temas profundos desgranados en una conversación amena y se les iba el tiempo transitando de lo humano a lo divino, en un viaje de ida y vuelta.

En la sala ya habían puesto la alfombra del invierno, el radiador desprendía un ligero temple, el ambiente era acogedor. Pero lo que de verdad le hizo entrar en calor y olvidarse del resfriado, de la lluvia y del incordio del tráfico, fue el recibimiento de aquella sonrisa enmarcada en la toca, la acogida afectuosa, las palabras cariñosas y la mirada atenta. La calidez que le envolvió tenía más de emocional que de material; notó que el corazón recuperaba el ritmo, el cuerpo se desencogía y los ojos le brillaban para acompañar sus primeras palabras.

Le llamaron la atención unos ángeles de porcelana sobre el mueble; aquellas figuras en distintas posiciones transmitían una sensación de paz. Cogió el que le pareció más simpático y lo llevó a la mesa donde iban a trabajar. El pobre angelote se quedó dormido al poco, aburrido de escuchar análisis y propuestas de asuntos terrenos que entre los suyos están devaluados.

Mientras la directora salió para atender una llamada, lo tomó delicadamente entre las manos y, contemplándolo, casi se queda dormido también. Tal era la paz que aquella figura le transmitía, la que se respiraba en aquella sala y la que había percibido en el recibimiento.  La paz es fruto del ejercicio del bien. Por eso aquellas personas que se esfuerzan por practicarlo, encuentran la paz en su interior y además la transmiten a su alrededor.

Aquel lunes otoñal se estaba caldeando, recuperaba el tono anímico y la alegría de vivir gracias a esas personas que te encuentras en la vida y, también, al angelito del mueble.

Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader

15/05/2025