El sábado fue un día de movimiento, de traslados y desplazamientos; se notaba en la circulación desde primera hora. Una vez en carretera propuse avanzar sin prisas, disfrutar de la conversación, del verde limpio del campo empapado de la lluvia abundante de los días anteriores. Repasamos planes para estos días, trabajos en la casa, encargos recibidos, visitas y encuentros de familia, de amigos. Y vivir la Semana Santa, algo que en mi casa siempre hemos hecho por devoción, por tradición, por implicación en la parroquia y en las cofradías.
Volver es revivir; la memoria y el recuerdo tienen la capacidad de hacer presente lo que en un pasado voló. Volvemos con la ilusión de encontrarnos allí donde nos despedimos. En los encuentros espontáneos, a veces, tardas en reconocer al que te saluda hasta que de repente acuden las imágenes, te sitúas en el momento y en el lugar que cimentaron tu vida y ahora re-vives.
Ni olvidar ni vivir anclado en el pasado. Las tradiciones mantenidas y actualizadas nos conectan con quienes nos antecedieron y ofrecieron a la siguiente generación el fruto de su trabajo. He visto a mi padre y tantos como él, gente sencilla, trabajadores natos, dedicar horas y esfuerzo en hacer realidad las procesiones, manifestación pública de fe, devoción y tradición. Luego vinieron otros que supieron tomar el testigo con renovado empeño y, lo que parecía agotado, volvió a prender con fuerza de unas brasas que nunca se apagaron.
Así se refuerza la identidad de las personas que alimentan sus raíces en las tradiciones de un pueblo y les permite andar firmes por la vida, como dice la cantadora: “con la jota de mi tierra, el mundo entero recorreré, y cuando me pregunten de dónde vengo, de Caspe gritaré”.
De todos los encuentros que se producen estos días, en la calle, en casa, entre familia y amigos, uno de los más emocionantes es el de la Virgen Dolorosa con Jesús Nazareno durante la procesión del Martes Santo. Después de recorrer algunas calles por separado, llegan a la plaza Mayor llena a rebosar de caras expectantes y entran por calles enfrentadas. Ella avanza con paso suave y firme; Él, balanceándose al ritmo que le marcan los costaleros, algo parecido a lo que debió suceder en la realidad. Se acercan lentamente el uno al otro, los tambores redoblan la intensidad advirtiendo que algo único está sucediendo y vale la pena prestar atención; se añaden las trompetas para elevar la vibración de lo que se vive en la plaza y, de repente, el silencio. Enmudecen tambores, trompetas y gargantas; todos pendientes de dos miradas que se encuentran y se hablan sin palabras: Madre e Hijo frente a frente.
La megafonía amplía la voz del lector que llega nítida a todos los rincones cuando relata la escena: “Cuarta estación: Jesús con la cruz a cuestas encuentra a su Santísima Madre”; la reflexión del Párroco se cuela en el interior de cada uno y remueve propósitos de mejora; la jota compuesta para la ocasión emociona al quedar suspendida en el aire en un final sostenido, eterno: “el silencio de la noche / solo lo rompe el lamento / de la Madre que ve al Hijo / por el calvario sufriendo”.
Cuando vuelven a desfilar tambores y trompetas marcando el camino de regreso a las dos cofradías, permanecemos en el sitio retenidos por la magia del Encuentro. Las palabras tardan en salir, algunos ojos brillan humedecidos. Desaparecen los últimos hachones al doblar la esquina de la calle Mayor y nos despedimos con un gesto sentido.
La mirada de la Madre al Hijo en el Encuentro me acompaña allá donde voy y, como la jota, me hace sentir lo que soy y de donde soy.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
16/04/2025
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.