Mi madre ha tenido desde siempre una gran afición por las flores y la mantiene en la medida que sus fuerzas le permiten llegar a los cuidados que requieren. Cuando de mayor tuvo más tiempo libre, la afición creció y también intentó conquistarme para ese mundo. No lo tenía fácil; por más que el alumno ponga empeño, hay sensibilidades que no crecen sólo con el esfuerzo y la buena voluntad.
Cada vez que voy a verle, paseamos por la terraza y me cuenta las peculiaridades de cada una: quién le dio la simiente, cuándo la sembró, las incidencias que ha tenido y cómo ha conseguido salvarla, los planes que tiene con ella… Sólo por ver su cara cuándo me habla de las plantas, vale la pena el viaje. Claro, que ella habla con esa emoción de todas las ilusiones que tiene en la vida: las plantas, los hijos, los nietos, los bisnietos y más cosas.
En la primavera de 2019 había comprado unas petunias. En el paseo por la terraza me describió sus características: plantas anuales de hojas alargadas o redondeadas, con flores solitarias y axilares que surgen en los ápices de las ramas. El cáliz es tubular, con corola en forma de trompeta y muy pedunculadas. La floración es abundante, sin parar desde principios de primavera hasta finales de otoño. Pueden tener cualquier color excepto el naranja. Toda la planta exhala un agradable aroma.
A la mañana siguiente nos sentamos a disfrutar del chocolate delicioso que hace para desayunar todos los domingos. La conversación estaba animada, tocó varios temas, pasaba de uno a otro con facilidad; de repente cambió el gesto, se detuvo y me dijo algo seria: “mira, no pongas petunias rojas porque son muy “apagás”; las de color rosa y las blancas son más agradecidas. A mí las rojas nunca me salen bien”.
Me detuve a mirarla con cara de interés, la cuchara a mitad de camino entre la taza y la boca, los ojos bien abiertos y por dentro procesando la información como si en ello me fuera la vida. Tuve suerte de que no me preguntara por las petunias blancas y de color rosa que me había dado en el viaje anterior, porque las tenía en casa muy pochas por haberlas regado más de lo que me dijo.
Cuántas veces me ha pesado no hacer caso a sus consejos; en asuntos prácticos y en otros de fondo, que las madres aciertan en todo.
Mientras acabábamos el chocolate, una voz interior me repetía: presta atención, toma buena nota y cuidado con las petunias rojas.
Rafael Dolader – vidaescuela.es – @rdolader
30/07/25
Este blog es un pequeño cajón de sastre donde encontrarás escritos inspirados en el día a día, apuntes sobre aficiones y entretenimientos, comentarios a noticias leídas, material para descargar y asuntos varios. El día a día del que aprendemos continuamente, porque estamos en la escuela de la vida.
Efectivament las madres aciertan en todo y si se trata de flores aun mas.
Puedo decir que las flores de la señora Maria son las mejor cuidadas de todo Caspe.
Muchas gracias por tu relato, Rafael. Esta escuela de vida tiene tesoros. Comparto contigo ese aprendizaje con nuestras madres. A la mía, como a la tuya, le encantan las flores y las plantas. Y yo abro bien los oídos y los ojos, acogiendo esa sabiduría, porque la experiencia muchas veces solo se transmite así. Somos muy afortunados. Un beso GRANDE para tu madre y de nuevo, gracias.